sábado, 23 de junio de 2012

5 motivos para no elegir el fondo del templo durante la Santa Misa



Lo que voy a decir es muy obvio, así que casi me da vergüenza escribirlo…
Pero como las cosas obvias, a fuerza de suponerlas, se van volviendo imperceptibles, les dejo estas reflexiones, maduradas, debo confesarlo, en los tiempos de “espera de penitentes”, en diversos confesionarios de la provincia.

Les dejo para que piensen y compartan 5 razones para no “elegir” el fondo. Y subrayo el “elegir”, porque a veces –ojalá a menudo, je- si el templo está llenísimo nos va a tocar, en contra de nuestra voluntad, quedarnos allí.
Me refiero al fondo “elegido”, buscado, “planeado”. Al fondo del templo más como actitud que como situación local.

1.     El altar te queda lejos: el culto litúrgico está hecho de ritos sensibles. Es cierto que su “eficacia” no varía en absoluto si yo los veo con claridad o si estoy lejos o con los ojos cerrados. No obstante, cada uno de los signos y elementos sensibles –ornamentos, candelabros y cirios, pan y vino, vasos sagrados, posturas del sacerdote, etc.- tienen un sentido y un valor. Y aunque no es obligatorio siempre “mirar” –salvo en el sublime momento de la elevación- se supone que el contacto visual es una de las formas de “participación activa” que propone la Iglesia, siempre pasando de lo visible a lo invisible, de lo exterior a lo interior.
2.     Entre el altar y vos hay muchas –o varias- personas: esto implica que cada movimiento inesperado  –el señor al que le suena el celular y hace malabarismos para apagarlo, la señora que no encuentra el monedero dentro de su amplia y abundante cartera, el nenito que se quedó dormido o los dos hermanitos que juegan a los autitos tres bancos más adelante- es una potencial distracción. Me dirás: “es inevitable alguna” o “alguien se tiene que distraer”, pero vuelvo al principio: si te quedás deliberadamente en el fondo, pudiendo ir delante, estás eligiendo esas distracciones.
3.     Suele escucharse menos: aunque sea algo elemental, uno de los déficits más frecuentes en nuestros templos es el de un buen sonido… Sentarte atrás significa muchas veces tener que hacer un doble esfuerzo para oír las lecturas o la homilía, para escuchar el número del canto que se va a hacer, para unirte a las oraciones del presidente…
4.     Todos los ruidos de la calle compiten con la Misa: esto varía de acuerdo al diseño de la iglesia y al lugar donde está enclavada, pero en muchos casos en el fondo podrás seguir atentamente el ritmo de la ciudad: te vas a distraer pensando en “¿qué habrá sucedido que pasaron una ambulancia y un patrullero?”, vas a escuchar algunos jóvenes planear su salida de sábado a la noche o comentar el resultado del clásico del domingo, vas a percibir las frenadas arriesgadas, te vas a preguntar ¿qué le pasará a este? cuando alguien entre y salga de la iglesia con rostro confundido, o te vas a sonreír por el “estilo” tan peculiar de algunos para hacer la Genuflexión.
5.     Te vas a tentar de hacer comentarios: como estás lejos del padre, como no estás tan expuesto, como ciertamente puede darte la sensación de ser mero “espectador” de lo que ocurre, es muy pero muy probable que –para salir un poco de la rutina- comiences a hacer comentarios con la persona que te acompaña a la celebración: sobre como leyeron, sobre la homilía del sacerdote, sobre la voz de los que cantan, sobre el frío, sobre lo larga que se hizo la Misa… Cada uno de estos pequeños comentarios nos apartan del modo perfecto de participación que la Iglesia, nuestra Madre, nos invita a desarrollar.

Ojalá estas sencillas reflexiones te ayuden a tener una participación cada día más fecunda en el Misterio del Señor.

viernes, 8 de junio de 2012

Una meditación preparando el Corpus



EL CIRIO
(de Romano Guardini, en "Los signos sagrados")

¡Singular posición la de nuestra alma! Acontécele con todas las cosas creadas lo que en el Paraíso a nuestro padre Adán; el cual, viendo desfilar ante sí, presentados por Dios para que les diera nombre, los animales de la creación, ninguno halló que se le asemejara. Así también de las cosas del mundo que pasan ante ella se reconoce el alma «distinta». Y no hay ciencia terrena que disipe esta certidumbre, ni bajeza que la desvirtúe: «Soy distinta del resto de la creación; extraña a todos los seres, con solo Dios emparentada».
Mas, con ser esto verdad, no lo es menos que con todas las cosas tiene el alma cierto parentesco. Siéntese a par de ellas como en familia. Todo le habla: forma, actitud, movimiento. E inquieta busca la manera de expresar en ellas sus sentimientos más íntimos y de convertirlas en símbolos de su propia vida. No bien descubre una figura relevante, allí ve reflejado algún rasgo de su propia fisonomía y aludida alguna cualidad suya.
¿No es verdad lo que decimos? Pues en eso estriba el simbolismo. «No soy como vosotras, dice el alma a las criaturas, viéndose esencialmente extraña a todas; mas luego, por la misteriosa afinidad que tiene con ellas, interpreta las cosas y los sucesos como imágenes de su propio ser.
He aquí un símbolo, bello y expresivo como pocos: el cirio. Quizá nada diga yo que no hayas tú mismo sentido a menudo.
Mírale ahí en el candelero. Anchurosa y grave descansa sobre el suelo el pie, del que arranca firme y seguro el tallo; ajustado en el mechero y ceñido inferiormente por amplia arandela, sube en el aire el cirio, algo más sutil en la parte superior, pero rígido y consistente, por alto que se eleve. Así está en el espacio, esbelto, intactamente puro, si bien cálido de tono; inconfundible por su forma distinta.
Mira en su ápice oscilar la llama, por donde el cirio convierte en luz radiante y ardorosa la sustancia de su cuerpo virginal.
Viéndole, ¿no sientes despertar en ti ambiciones nobles? Pues hele ahí en su puesto, sin titubeos ni vacilaciones, recto, puro y aristocrático. Nota bien cómo en él todo parece decir: «Estoy dispuesto»; y cómo está donde debe: ante el Señor.
Verás también que no usa de evasivas ni hurta el cuerpo al deber. Todo pregona disposición clara y resuelta. Y cumpliendo sin tregua su destino, se consume en luz y ardor.
Pero acaso dirás: ¿Qué sabe el cirio de esas cosas, no teniendo alma? Préstasela tu. Conviértelo en símbolo de la tuya. Haz que a su vista despierten las nobles disposiciones de tu corazón: « ¡ Heme aquí, Señor!» Al punto experimentarás que la actitud del cirio, tan gallarda y pura, representa tus propios sentimientos. Procura que esas bellas disposiciones se truequen en fidelidad probada. Entonces dirás con verdad: ¡En ese cirio, Señor, estoy yo en tu presencia!»
No abandones tu puesto; persevera en él hasta el fin. Ni andes inquiriendo razones ni motivos. La razón suprema de tu vida consiste en consumirte en verdad y amor por Dios, como el cirio en luz y ardor.

viernes, 1 de junio de 2012

Seis consejos infalibles para hacer una mala confesión.



Los antiguos decían: “corruptio optimi pessima”, que se puede traducir algo así “la corrupción de lo mejor es lo peor”
La confesión es una de los “mejores” inventos de Jesús, uno de los regalos más increíbles que  nos ha dejado el Maestro.
El Mandinga lo sabe: ¡por eso intenta alejarnos del Sacramento!
Pero cuando no lo logra, tiene otra estrategia: nos hace “falsificar” la confesión, nos hace “confesarnos mal”, es decir, corrompe este milagro que constantemente Dios quiere realizar en nosotros: que su Sangre redentora nos limpie, nos purifique y renueve.

Permítanme “exponer” alguna de estas falsificaciones (no todas, obviamente), poniéndome por un momento en el lugar del Tentador -¡vade retro!-. Se los digo como cariñosos consejos de amigo…

1.       No te preocupes por hacer examen de conciencia: eso puede hacerte mucho, mucho daño… la más mínima expresión de dolor por el pecado es peor que el cáncer y el sida juntos, la peor de las formas de autoflagelarse… ¿Para qué revolver lo que ya pasó? Jesús sabe todo, andá a la confesión espontáneamente… ¡el no necesita nada! 
2.       Cuando te presentes al sacerdote, ni se te ocurra decir esa infame frase: “Perdóname, Padre, porque he pecado”. No, no, no… eso está pasado de moda! Esas eran modalidades que los curas alemanes inculcaban a las personas para mantenerlas dominadas, oprimidas bajo el yugo de su conciencia. Decile al sacerdote: “hola padre, quiero charlar con usted”
3.     Es esencial que le cuentes al sacerdote –que le enumeres minuciosamente- tus grandes virtudes, tus obras de caridad, lo eficaz de tu apostolado, tus experiencias místicas… Eso te hará sentir muy bueno, un cristiano ejemplar que a lo sumo tiene “distracciones”. Me encantaría que todos se confesaran como aquél buen hombre del que habló mi enemigo, cuya oración era algo así: “te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres…”
4.       También es imprescindible –te diría que sin esto no tiene sentido que te confieses- que le cuentes al cura todos los pecados que recuerdes… ¡de los demás! Cuando le narrás el mal carácter de tu esposa, lo insoportable que son tus hijos, lo deleznables que son tus compañeros de trabajo… el sacerdote queda conmovido y casi tiene ganas de ponerse de rodillas y venerarte, cual un mártir contemporáneo. ¡Qué noble sensación, la de sentirse la mayor de las víctimas! Mover a compasión de este modo al sacerdote es la mejor estratagema para evitar preguntas molestas o desubicadas llamadas a conversión…
5.       Tal vez algo tengas que decir: todavía queda algún cura medieval que si no le confesás ningún pecado ¡te dice que no te puede absolver! En ese caso, procura decir tus pecados de manera “casual”, sin orden, sin tampoco aclarar mucho. Cuanto más genérico seas, más me gusta. Lo ideal –a esto le llamo yo confesarse con “estilo”- es decir tus pecados con una risita irónica… ¡casi me parece verme en vos en ese momento!
6.       Una cosa más, no te olvides de esto, por favor: rezá el pésame del modo más superficial que puedas, sacale alguna oración, rezalo entre dientes, o lo más rápido que te salga, como cuando eras niño y jugabas a ver quién decía más rápido el abecedario… No se te ocurra pensar en las palabras, palabras crueles que pueden hacerte creer que la confesión es algo serio, que implica un cambio de vida y que supone que vas a “evitar ocasiones próximas…”

viernes, 20 de abril de 2012

Una parábola moderna...

Mirando las estadísticas del Chelsea - Barcelona del pasado miércoles, se me ocurren algunas reflexiones: 

En la vida, podés elegir vivir con planteos "ultradefensivos", "colgado del travesaño", metiendo 10 jugadores en tu propio área, esperando el error del rival, siendo más "espectador" que protagonista, interactuando lo menos posible, agazapado hasta que aparezca una oportunidad... Quizá podés ganar algún partido, pero... ESO NO ES VIVIR.

Es preferible, aunque alguna vez te toque perder y recibas algún gol de contraataque, es preferible apostar por el juego asociado, asumir el protagonismo, intentar de todas las formas posibles, avanzar siempre -aunque juegues de visitante, en cualquier cancha, con cualquier equipo-, no especular, patear al arco, intentar construir paredes antes que buscar derribarlas... Podés perder algún partido, es cierto... pero acabarás cada día con la certeza de que ESTÁS VIVO!

jueves, 12 de abril de 2012

Visita a las 7 iglesias después del Viernes Santo

Todavía Paraná está atónita ante las multitudes que, durante el Viernes Santo, inundaron nuestras calles y nuestras iglesias: familias enteras, grupos de adolescentes, matrimonios maduros, personas solas. Con el equipo de mate o una botellita de agua, con un devocionario o una revista, o el folleto que ayudaba a rezar: miles de paranaenses le dieron un marco especial a este Triduo Pascual.

Para no perder el ritmo -falta bastante para el próximo Viernes Santo- y sobre todo pensando en los que -¡Aleluya!- han vuelto a entrar en un templo después de uno o varios años, quería proponer una nueva "visita a las siete iglesias":

a) No hay que hacerlas a todas el mismo día, sino una vez por semana, entre las 4 de la tarde del sábado y las 22 del domingo.
b) La visita a cada iglesia tiene que durar aproximadamente una hora, y debe coincidir con el momento en que otros "peregrinos" están allí. Para averiguar el horario ideal, podés pasar un par de días antes y fijarte en la cartelera, o llamar por teléfono.
c) Podés elegir las iglesias por diferentes motivos: porque te bautizaron ahí, te casaste, te dieron la comunión; o porque conocés el cura, o te gusta como cantan los chicos del domingo a la noche.
d) Pero si se te complica ir lejos, por falta de tiempo o de movilidad, estás autorizado a hacer las 7 visitas en la misma iglesia, y en el mismo horario -esta es una "promoción" especial hasta la Parusía del Señor-. Es más: si vas siempre a la misma, vas a terminar conociendo bien los cantos que hacen allí, aprendiéndote el nombre del sacerdote, seguramente en algún momento te van a invitar a leer una lectura o llevar la ofrenda, y llegará el momento en que te sentirás como en casa.

 Jesús me acaba de asegurar -y me consta que en la Santa Sede, tanto el secretario de Estado como el prefecto para la congregación de la doctrina de la fe están de acuerdo, además de Benedicto XVI- que esta "visita a las 7 iglesias" -si al terminar la séptima se empieza otra vez- es eficacísima para:

  • tener paz en el corazón
  • experimentar la alegría de Cristo resucitado
  • tener fortaleza para cargar la Cruz de cada día
  • crecer en la caridad con el prójimo y
  • alcanzar la vida eterna.

Y -aunque a la Santa Sede no le simpatizan mucho las "cadenas"- aseguran que el que hace 7 copias y logra contagiar a siete más para que se sumen a esta "visita a las 7 iglesias", tiene un lugarcito casi asegurado en el Paraíso.

domingo, 8 de abril de 2012

La Razón última de nuestra Alegría


Del Padre José Luis Martín Descalzo

Cuentan de un famoso sabio alemán que, al tener que -ampliar su gabinete de investigaciones, fue a alquilar una casa que colindaba son un convento de carmelitas. Y pensó: ¡Qué maravilla, aquí tendré un permanente silencio! Y con el paso de los días comprobó que, efectivamente, el silencio rodeaba su casa ... salvo en las horas de recreo. Entonces en el patio vecino estallaban surtidores de risa, limpias carcajadas, un brotar inextinguible de alegría. Y era un gozo que se colaba por puertas y ventanas. Un júbilo que perseguía al investigador por mucho que cerrase sus postigos. ¿Por qué se reían aquellas monjas? ¿De qué se reían? Estas preguntas intrigaban al investigador. Tanto que la curiosidad le empujó a conocer las vidas de aquellas religiosas. ¿De qué se reían si eran pobres? ¿Por qué eran felices si nada de lo que alegra a este mundo era suyo? ¿Cómo podía llenarles la oración, el silencio? ¿Tanto valía la sola amistad? ¿Qué había en el fondo de sus ojos que les hacía brillar de tal manera?
Aquel sabio alemán no tenia fe. No podía entender que aquello, que para él eran puras ficciones, puros sueños sin sentido, llenara un alma. Menos aún que pudiera alegrarla hasta tal extremo.
Y comenzó a obsesionarse. Empezó a sentirse rodeado de olea- das de risas que ahora escuchaba a todas horas. Y en su alma nació una envidia que no se decidía a confesarse a sí mismo. Tenía que haber "algo" que él no entendía, un misterio que le desbordaba. Aquellas mujeres, pensaba, no conocían el amor, ni el lujo, ni el placer, ni la diversión. ¿Qué tenían, si no podía ser otra cosa que una acumulación de soledades?
Un día se decidió a hablar con la priora y ésta le dio una sola razón.
-Es que somos esposas de Cristo.
-Pero -arguyó el científico- Cristo murió hace dos mil años. 
Ahora creció la sonrisa de la religiosa y el sabio volvió a ver en sus ojos aquel brillo que tanto le intrigaba. -Se equivoca -dijo la religiosa-; lo que pasó hace tres años fue que, venciendo a la muerte, resucitó. 
-¿Y por eso son felices?
-Sí. Nosotras somos los testigos de su resurrección.

Me pregunto ahora cuántos cristianos se dan cuenta de que ése es su "oficio", que ésa es la tarea que les encomendaron el día de su bautismo. Me pregunto por qué los creyentes no "perseguimos" al mundo con la única arma de nuestras risas, de nuestro gozo interior. Me pregunto por qué a los cristianos no se les distingue por las calles a través del brillo de sus ojos. Por qué nuestras eucaristías no consiguen que salgan de las iglesias oleadas de alegría. Cómo puede haber cristianos que se aburren de serio. Que dicen que el Evangelio no les "sabe" a nada. Que orar se les hace pesado. Que hablan de Dios como de un viejo exigente cuyos caprichos les abruman. Me pregunto, sobre todo, qué le diremos a Cristo el día del juicio, cuando nos haga la más importante de todas sus preguntas:
-Cristianos, ¿qué habéis hecho de vuestro gozo? 

Porque lo mismo que los apóstoles convivieron con Cristo tres años sin acabar de enterarse de quién era aquel que estaba entre ellos y necesitaron su resurrección y, sobre todo, la venida del Espíritu Santo para descubrirle, nosotros, veinte siglos después aún no nos hemos enterado del estallido de entusiasmo que significó su nacimiento y fue su vida.
Cuando Dios se muestra hay siempre una revelación de alegría. Su llegada al mundo estuvo rodeada de un viento de locura con el que todos los que lo conocieron quedaron trastornados -como comentó Evely-: Isabel, la estéril, da a luz; Zacarías, el incrédulo, profetiza; Juan, el no nacido, salta en el seno de su madre; José, que era sólo un hombre bueno, entiende los misterios de Dios; Ma- ría, la Virgen, se hace madre sin dejar de ser virgen; los pastores, los despreciados, cuya palabra no tenía siquiera valor en los juicios, se convierten en conversadores con los ángeles; los magos abandonan sus reinos, dejan su tierra y dan todo lo que tienen; Simeón, el viejo, deja de temer a la muerte. Es la alegría. Ninguno sabe explicarla. Todos la viven y se sienten inundados por ella.

Y en la vida pública de Jesús hay un viento de esperanza que crece a su paso- los apóstoles, torpes y egoístas, lo dejan todo y le siguen; Zaqueo, el rico, da su dinero a los pobres; la gente más in- culta se siente embelesada oyendo la palabra de Dios y hasta se olvida de comer por seguirle; a la gente se le multiplica el pan entre las manos; el agua se vuelve vino; los enfermos bendicen a Dios; los paralíticos se levantan bailando; los leprosos sienten reverdecer su carne; la samaritano encuentra, por fin, un agua que le quita para siempre la sed; María Magdalena abandona sus demonios y descubre la ternura de Dios; Jesús anuncia a los pobres que son felices y que podrán serio sin dejar de ser pobres y que lo serán precisa- mente porque son pobres... y los pobres le entienden; hasta las aguas se calman y las tempestades cesan.

Y Jesús no se canso de predicar el gozo: "Os dejo mi paz, es mi paz la que yo os doy, no la que da el mundo" (Jn 14,27). "Os doy mi gozo. Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro gozo sea completo" (Jn 15,11). "Vuestra tristeza se convertirá en gozo" (Jn 16,20).
"Si me amáis, tendréis que alegraros" (Jn 14,27). "No, yo no os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros" (Jn 14-18). "Volveré a vosotros y vuestro corazón se regocijará y el gozo que entonces experimentaréis nadie os lo podrá arrebatar. Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo" (In 16,22-24)."Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido" (In 15,1 l).

Y es el temor lo que más le disgusta en los suyos. Por eso se pasa la vida calmándoles y tranquilizándoles. "No temas recibir a María", dice el ángel a José cuando vacila en recibir a su esposa (Mt 1,20). "No temas, cree solamente", dice Jesús al ciego que le pide ayuda (Le 8,50). "No temáis, pequeño rebaño", repite a los suyos (Le 12,32). "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?", reprende a los apóstoles momentos antes de calmar la tempestad. "No temáis, vosotros valéis más que muchos pájaros", explica a quienes temen por sus vidas (Le 12,7). "Confiad, yo he vencido al mundo" (In 16,33), recuerda en la última cena.

Incluso después de la resurrección tendrá que dar una tremenda batalla contra el miedo de sus apóstoles. Las piadosas mujeres van hacia la tumba con el alma aplastada por la muerte del Maestro amado con la única angustia de quién levantará la piedra del sepulcro y de sus almas. Los de Emaús han perdido ya todas sus esperanzas. Comentan que "nosotros esperábamos" que fuera el salvador de Israel, pero ya no esperan. "No temáis, soy yo", tendrá que explicar a los doce al aparecérseles, porque aún no les cabe en la cabeza la alegría, porque han podido digerir la muerte de Cristo, pero no su resurrección. Tiene forzosamente que ser, piensan, un fantasma.

¿Y hoy? Han pasado veinte siglos y aún no hemos perdido el miedo. Aún no estamos convencidos de que las cosas puedan terminar bien. Y nos hemos fabricado un Dios triste, un Cristo triste, una Iglesia triste, unos cristianos aburridos.

Cuando en una corrida de toros el público bosteza los cronistas comentan: "La gente estaba como en misa" porque, al parecer, a la misa le van las caras largas y los rostros sin alma.

Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a ron- darle la cabeza, solía apostarse a la puerta de las iglesias para ver los rostros de los que de ella salían. Pensaba: Si ahí se encuentran con Dios, si ahí asisten verdaderamente a la muerte y resurrección de alguien querido, saldrán con rostros trémulos o ardientes, luminosos o encendidos. Y terminaba comentando: "Bajan del Calvario y hablan del tiempo entre bostezos."

¿Dónde se quedó nuestra vocación de testigos de la resurrección? ¡Si hasta a los santos los hemos vuelto tristes! De ellos sólo sabemos sus mortificaciones, sus dolores. Ignoramos todo el gozo interior de encontrarse con Dios en su alma. Hemos perdido lo que Lilí Alvarez llama el "aspecto fruitivo" de la religión. Dios se nos ha vuelto insípido porque no hemos sabido descubrir su "sabor". Hemos olvidado ese "rasgo de la experiencia de Dios que es la dulzura y la bondad que rezuma mansamente de la vida cristianas.

Es bastante asombroso: la Iglesia colocó cuarenta días -la cuaresma- para prepararnos para la pasión del Señor. Y lo vivimos con relativa intensidad, hacemos ejercicios, mortificaciones, pensamos que es nuestro deber acompañar a Cristo en sus dolores. Pero la Iglesia colocó una segunda cuarentena -que va desde la Pascua hasta la Ascensión- para que acompañemos a Cristo en su gozo y aún no hemos encontrado la manera de celebrarla.

Rezamos -y está muy bien, es una bellísima devoción- el Vía Crucis. ¿Por qué aún no hemos encontrado el Vía Lucis, para acompañar a Cristo en las catorce estaciones de su gozo? Tal vez cuando llega la Pascua pensamos que ya hicimos bastante´, que ya hemos rezado mucho, que Cristo no necesita compañía en sus gozos. " jubilamos, como dice Evely, y le mandamos al cielo con una pensión por los servicios prestados. Tal vez porque es más fácil acompañar en el dolor que en la alegría. Tal vez porque, lo mismo que buscamos compañía en nuestras penas y gozamos a solas nuestros éxitos, pensamos que la Pascua no es también "nuestro" triunfo.

Nos parece, además, que Dios tuviera "la culpa" de nuestras desgracias y que no tuviese nada que ver con nuestros motivos de alegría. Sin descubrir que él es la última raíz, la última causa de toda auténtica alegría cristiana.

La Pascua -pienso yo- debería ser la gran ocasión para hacer el repaso de la infinita serie de alegrías que apenas disfrutamos. El tiempo de descubrir que:

-Somos dichosos porque fuimos llamados a la vida, porque entre la infinita multitud de seres posibles fuimos elegidos nosotros, amados antes de nacer, escogidos para este milagro de vivir.

-Somos dichosos porque fuimos llamados a la fe, recibimos esta gracia, sin mérito alguno. Pudimos nacer en una familia de paganos o de increyentes, y ya desde el bautismo nos pusieron una señal en la frente que nos reconocía como elegidos y llamados al Evangelio.

-Somos dichosos porque Dios nos amó primero, porque él no esperó a saber si mereceríamos su amor y quiso empezar a amarnos antes de nuestro nacimiento.

-Somos dichosos porque también nosotros le amamos, bien o mal, mediocre o aburridamente, le amamos y es eso lo que engrandece y da sentido a nuestras almas.

-Somos felices porque tenemos un Dios mucho mejor del que nos imaginábamos. Como nosotros somos tacaños en amar, creíamos que también él era tacaño. Como nosotros amamos siempre con condiciones, pensábamos que también él regatería.

-Somos felices porque Cristo quiso seguir siendo hombre después de su resurrección. El pudo, efectivamente, vivir transitoria- mente su condición de hombre, llevar la humanidad como un vestido y regresar a su exclusiva gloria de Dios cumplida su redención, pero quiso resucitar y permanecer siendo hombre además de Dios.

-Somos felices porque, al resucitar, venció a la muerte. Gracias a eso sabemos que la muerte ya no es definitiva, que está derrotada para siempre y que nadie ya nunca morirá del todo. Sabemos que, si resucitó él, también nosotros resucitaremos. Sabemos que nuestra historia, pase los avatares que pase, es siempre una historia que termina bien.

-Somos dichosos porque sabemos que incluso el dolor es camino de resurrección. Porque desde que él murió entendemos que todo dolor sirve para algo; que en sus manos ningún dolor se pierde.

-Somos dichosos porque él sigue estando con nosotros. Lo prometió y la suya es la única palabra que no miente jamás.

-Somos dichosos porque él se fue delante para prepararnos un sitio. No se fue a los cielos de vacaciones, olvidándose de los suyos; no se escapó de la lucha dejándonos a nosotros en la estacada.

-Somos dichosos porque nos encargó la tarea de evangelizar. Pudo hacerlo él, directamente, con su gracia. Pero quiso hacerlo a través de nuestras manos y nuestra palabra. Nos encargó también de mejorar este mundo, de acercarlo con nuestro trabajo a su reino.

-Somos dichosos porque, al ser él nuestro hermano, nos des- cubrió cuán hermanos éramos nosotros. Poco sabríamos de nuestra fraternidad, encerrados como estamos en el egoísmo. Pero él nos .descubrió esa misteriosa unidad, que ni siquiera sospechábamos, de hijos comunes de un único Padre.

-Somos dichosos porque él perdonará nuestros pecados como perdonó el de Pedro. Era su preferido y le traicionó públicamente por tres veces. ¿Por qué no habría de perdonar también nuestras traiciones tan sólo con decirle. tú sabes que te a-Somos dichosos porque él curará nuestra ceguera como la de Tomás. Todos estamos ciegos. Todos seguimos sin creer en su resurrección. El cogerá nuestras manos y nos las meterá, sonriendo, en sus llagas.

-Somos dichosos porque él avivará nuestras esperanzas muertas como las de los de Emaús. Un día saldrá al paso de nuestro camino -no sabemos dónde, no sospechamos cuándo-- y hablará y sentiremos que nuestro corazón arderá al oír su palabra.

-Somos dichosos porque él enderezará nuestro amor como el de Magdalena. Todos estamos llenos de amores torcidos. Pero él es experto en el arte de expulsarnos del alma nuestros siete demonios.

-Somos dichosos porque nuestros nombres están escritos en el reina de los cielos. El lo aseguró. En "el libro de la vida" están ya escritos los nombres de todos los que, bien o mal, intentamos amarlo.

-Somos dichosos porque el reino de los cielos está ya dentro de nosotros. No tenemos que pasarnos la vida esperando: crece ya en cada hombre que ama, en cada mano que se tiende, en cada lágrima que se enjuga.

-Somos dichosos porque nos ha nombrado testigos de su gozo, la más hermosa de las tareas, el más bendito de los oficios, la misión que debería llenarnos a todas horas los ojos de alegría.

Todo esto se hizo público la mañana de Pascua. Cuando 61 rompió la piedra de su sepulcro y nos mostró quién era verdaderamente- el Viviente Vivo, el Dios-Hombre que es la alegría de nuestra juventud.

sábado, 7 de abril de 2012

El alma de María también descendió a los infiernos


Comparto un texto que encontré en la red y que expresa muy bien - a mi parecer- el dolor de la Madre, su compasión, el misterio de la noche de la fe que tuvo que atravesar...
Dedicado a todas las madres que sufren por sus hijos, y a todos aquellos que muchas veces se sienten "en los infiernos"...
El texto es del padre José Luis Martín Descalzo, en su libro "Apócrifo de María"

Conocía la noche de la fe, pero nunca creí que fuera tan profunda. Ni una sola ventana con luz, solo creer, esperar, cerrar los ojos, entrar en la cuesta arriba.
Nada de ángeles, nada de voces del Padre. Sólo la noche y el sonar de los latigazos en los oídos, y las carcajadas, y las blasfemias, y las risas, el golpe final de la piedra, cerrándose.
¡Qué lejos ahora lo de Belén y aún las pequeñas angustias de Nazaret cuando él se alejaba!
Entonces, ¿es esto ser una madre? En la noche no hay nada. Sólo la noche, y la certeza de que el sol está al fondo y volverá mañana.
Pero, ¿por qué se ha de salvar siempre con sangre? ¿Es que son tan hondos los pecados del hombre que sólo pueden borrarse con manos y frentes desgarradas?
No, no le hubieras reconocido ayer si le hubieseis visto subir por la pendiente.
Las madres, sí, olemos a los hijos desde miles de kilómetros, porque no es verdad que salgan nunca de nosotros. Están fuera, caminan, lloran, triunfan, viven, pero no es verdad; siguen estando dentro. Ayer el Calvario estaba más en mi seno que en Jerusalén, clavaban dentro, martilleaban dentro.
Por eso no hubo nadie junto a Él. Juan, Magdalena... todos estaban sin estar. Y hasta el Padre se fue y nos dejó solos.
Pero hubo algo más horrible todavía, algo que no he logrado entender; que acepto a ciegas, sólo porque Él lo hizo: ¿Por qué no me miró? ¿Por qué en los últimos minutos no se volvió hacia mí? Estábamos unidos, sí, pero los dos entramos solitarios en la muerte. Creédmelo: esperé hasta el último minuto de su mirada. Y no me la dio. Vi doblarse su cabeza y supe que pensaba en quienes le habían abandonado: el Padre y los hombres. Fue entonces, y no cuando los martillazos, cuando yo di mi vida.
Después de muerto, volvió a pertenecerme. Quitando sangre, espinas, barro, fui reconquistando su cuerpo y, si cerraba los ojos, podía pensar que le estaba lavando otra vez como cuando era niño. Le hablé como entre sueños; y me pareció como si me entendiera.
Ahora ha vuelto la calma. La calma nocturna, pero calma al fin. Ya sólo queda esperar y ver la puerta que se abre y sus ojos que brillan. Me gustaría que viniera con las heridas. Sería un buen recuerdo de este segundo parto en que le he dado a luz, mucho más que la primera vez.

domingo, 4 de marzo de 2012

Paternidad responsable: profundización en el Magisterio



1° CAMBIO DE ENFOQUE DEL MATRIMONIO

Durante el siglo XX se produjeron dos momentos de cambio notables en la percepción del matrimonio y de la familia, especialmente en lo que se refiere a la procreación. Hay dos acontecimientos que parecen haber acelerado este proceso de transformación cultural y social:

1) 1935 El libro de  Herbert Doms
“Sentido y finalidad del matrimonio.”
El primer cambio se refiere al surgimiento de una concepción más personalista que legal del matrimonio. Como un hecho emblemático de esta nueva mentalidad se puede considerar el libro de Herbert Doms. No tanto por la repercusión que pueda haber tenido, sino porque en él se recoge los aportes de la filosofía personalista que está en la conciencia culta europea y se aplica al matrimonio, destacando el valor único de la persona humana; la importancia que tiene para el matrimonio y la familia el amor mutuo. Con este aporte se impulsa toda una reflexión y se hace más consciente la evolución que está teniendo el estilo de vida matrimonial.
2) 1952-56 Los descubrimientos médicos 
Doctores G. Pincus y John Rock

El segundo acontecimiento proviene del mundo de la investigación médica. Los doctores Pincus y Rock descubren la manera de provocar artificialmente los períodos agenésicos. Con este descubrimiento se responde, de alguna manera, a la explosión demográfica ocasionada especialmente a partir del descubrimiento de los antibióticos, pero que, a su vez, hace surgir toda una problemática de tipo teológico y moral en torno al matrimonio que aún está candente.

Apoyándose en este descubrimiento, pero sin considerar las implicaciones éticas, se desatan en todo el mundo campañas de control de la natalidad que responden a un cierto pánico ante el aumento acelerado de la población. Estas campañas han sido mantenidas por organismos internacionales. 

2° RESPUESTA DEL MAGISTERIO

El Magisterio de la Iglesia no sólo acompañó este proceso que amagaba los cimientos mismos de la cultura moderna y conducía a la familia a su máxima debilidad, sino que, en cierto sentido se adelantó a él. Prueba de ello son los documentos magisteriales que comienzan a aparecer ya desde 1930 y que van diseñando una doctrina cada vez más clara y coherente al respecto. Sin pretender profundizar en el tema vamos a mostrar lo más significativo de cada uno de ellos.

1. “Casti Connubii”, el 31 de Diciembre de 1930, Pío XI

El primer paso dentro del proceso de gestación de una doctrina orgánica e integral sobre el matrimonio fue el documento de Pío XI, Casti Connubii. En él se aborda explícitamente la doctrina sobre la regulación de la natalidad.

“.. de lo que se opone a los bienes del matrimonio, hemos de hablar en primer lugar de la prole, la cual muchos se atreven a llamar pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, no ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal.

Ningún motivo aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza, sea honesto y conforme a la misma naturaleza;...”C.C. n. 35)

“cualquier uso del matrimonio en cuyo ejercicio el acto, de propia industria, queda destituido de su natural fuerza procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de grave delito” (C.C. 36)

2. Enseñanzas de Pío XII

Más tarde, Pío XII en múltiples ocasiones, especialmente en su nutrido contacto con los médicos y enfermeras de Roma, vuelve una y otra vez a reafirmar el pensamiento de Pío XI.[iv] Trazó claramente la línea divisoria del juicio moral sobre el uso de la progesterona. Afirmó que, si se utiliza con fin “terapéutico”, es lícita, porque lo que pretenden es curar a la mujer, “para evitar la ovulación” y consecuentemente la fecundidad misma, entonces es ilícita.

3. “Gaudium et Spes”

El Concilio Vaticano II no se sintió llamado a innovar en esta materia. Sin embargo, al hacer planteamiento global sobre el matrimonio, dio un enfoque que vendría a ser esencial para la nueva síntesis que presentaría más adelante Paulo VI y reafirmaría Juan Pablo II. Se refiere expresamente a aquellas circunstancias en que es preciso ejercer un cierto control de la fecundidad. El enfoque es el de la defensa de la vida, clarificando que es misión y responsabilidad del matrimonio. Lo presenta desde la perspectiva de la paternidad responsable y hace hincapié en la necesidad de recurrir a criterios objetivos al tomar esa decisión. En este planteamiento ya está expresada la unidad que debe existir entre los dos sentidos del acto conyugal: entrega íntima y procreatividad.

“En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del Evangelio.” (G. S. n. 50)

"El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no pueda aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse...

Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede haber contradicción entre las leyes divinas de la transmisión de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre.  Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables"(G.S. Nº 51).

“Al tratar de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende de la sincera apreciación e intención de los motivos, sino de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, que guardan íntegro el sentido de la mutua entrega y de la procreación humana, entretejidos con el amor verdadero; eso es imposible sin cultivar la virtud de la castidad conyugal sinceramente. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba, sobre la regulación de la natalidad.” (Idem)

4. “Humanæ Vitæ”

Como preámbulo de la promulgación de «Humanae Vitae» conviene recordar que Juan XXIII había constituido una «Comisión de Matrimonio y Natalidad» conformada por especialistas de todo el mundo para analizar los nuevos desafíos al respecto. La Iglesia entera estaba a la espera del informe de ella y del pronunciamiento definitivo del Papa sobre el uso de los anovulares.

Durante ese tiempo de espera, Paulo VI tuvo una sorpresiva intervención en una asamblea de Cardenales. En ella reafirmó la vigencia de la doctrina enseñada por Pío XII sobre el uso de la progesterona, pero, a la vez, manifestó su intención de extender la Comisión de Matrimonio y Natalidad agregando la participación de seglares casados, sacerdotes, religiosos y obispos. Junto con reconocer la complejidad del problema, afirma que entre las múltiples competencias que se suman en él, se debe destacar la de los propios esposos. No obstante eso, afirma que lo que está en juego es la ley divina, que debe ser interpretada a la luz de las nuevas evidencias científicas. Termina su intervención planteando tres normas a las que es preciso atenerse:
·         Todos los católicos han de atenerse a una única ley en esta materia tan grave.
·         Nadie puede arrogarse, hasta un pronunciamiento papal, el derecho a enseñar en términos diferentes a la norma vigente.
·         No encuentra argumentos suficientes para considerar superadas las normas de Pío XII.[v]

La Comisión evacuó su informe, el Papa reflexionó y oró y, en contra del veredicto mayoritario de ella, el dictamen de Paulo VI, hecho a través de la promulgación de la Encíclica «Humanae Vitae», fue negativo en relación a la liberalización del uso de ciertos medios anticonceptivos considerados por muchos como lícitos, concretamente, de la píldora anovulatoria de Pinks.

1º Define el concepto de «Paternidad Responsable».

10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de “paternidad responsable” sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí.

1. En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana.

2. En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad.

3. En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.

4. La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia.  El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.

En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan por tanto libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia“

2º Invita a respetar la naturaleza y finalidad del acto matrimonial.

11.  Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, “honestos y dignos”  y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismo distancian los nacimientos.  La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida.

3º Plantea lo inseparable de dos aspectos : Unión y procreación.

12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer.  Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido del amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental.

4º Ubica esto como fidelidad al plan de Dios.

13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos.  Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y la voluntad del Autor de la vida.  Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aún sólo parcialmente, contradecir la naturaleza del hombre y la de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad.  Usufructuar en cambio el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. 

En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre el cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. La vida humana es sagrada recordaba Juan XXIII; desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios

5º Define las vías ilícitas para la regulación de los nacimientos.

14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que:
1. hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas.

2. hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer;  queda además excluida toda acción que,  o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.

3. tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después, y que por tanto compartirán la única e idéntica bondad moral.  En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social.  Es por  tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda.



6º Muestra la licitud de los medios terapéuticos.

15. La Iglesia en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido.

7º Proclama la licitud del recurso a los períodos infecundos.

16. A estas enseñanzas de la iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy, como observábamos antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energías de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre.  Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos?  A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.

Por consiguiente si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar.

La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los períodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias.  En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los períodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los períodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.”




Así me hice cura, del p. José Luis Martín Descalzo


Este relato, escrito por Martín Descalzo cuando era un sacerdote recién ordenado, muestra con viveza todo el proceso del nacimiento y la maduración de la llamada a una vida de entrega a Dios y a los demás. Todo un gran horizonte de sacrificio y al tiempo de satisfacción, de renuncia y al tiempo de conciencia de ser un afortunado, de dejar algunas cosas pero ganar muchas más.



La noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada.

«En el viejo cuarto de estar —recordaría José Luis unos años después— golpeaba un reloj que marchaba más de prisa que los pasos de mi tío, que resonaban en el despacho. Mi tío era un hombre de esos a quienes hay que querer en cuanto se les conoce. Tenía el pelo gris y dos grandes arrugas surcaban la frente, sin que ninguna de estas dos cosas consiguieran hacer menos brillante su mirada ni apagar su sonrisa constante. En el cuarto de estar, mis hermanas hacían comiditas en un rincón. Yo jugaba con Laurel, un canelo de dos años a quien habíamos tenido que meter en casa porque la nieve casi taponaba la puerta de su caseta. De pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido agudo, que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces cuando oímos que un caballo se acercaba calle abajo, se paraba a nuestra puerta. Llamaban. Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la calle y la del despacho de mi tío, que apareció con el breviario en la mano. Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve.»

Aquel hombre venía a avisar de que en Roblavieja se había puesto muy enferma una señora y quizá falleciera esa misma noche. Él seguía su camino a otro lugar en busca de unas medicinas. Don Cosme no dudó instante, se puso sus botas, acabó de prisa su cena y se dispuso a salir. No sirvieron de nada los consejos de su hermana, que le hacía ver el peligro de salir andando, de noche y con esa nevada, para hacer los cuatro kilómetros hasta aquel otro pueblo. Solo logró convencerle de que le acompañara su sobrino.

«Había dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a la nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la torre dio las diez de la noche. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo el que ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el abrigo y la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies. La primera parte del camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca de tres cuartos de hora se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se levantó un frío que cortaba y que hacía llorar. La noche se había puesto muy oscura y no había más luz que la que despedía el brillo de la nieve. Fue entonces cuando yo comencé a tener miedo de veras, porque noté que mis pies se hundían más que antes, y tuve la sensación de que nos habíamos salido del camino. Miré a mi tío sin atreverme a hablar, y vi en sus ojos idéntico temor. Nos detuvimos. Se veían ya algunas luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura. Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme y liso.

»Seguimos andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y entonces fue cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado para esta fecha desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien aprendida. Mi tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e intenté ayudarle a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y ya no volvería a caminar más.

»Lo demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender en absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera casa hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y poco después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde había dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros eran secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin sentido, pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve removida una mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una manta le llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a casa de la enferma.

»Le arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la pierna, toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a la cama de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin acabar de comprender lo que pasaba; era demasiado grande aquello para mi pequeña cabeza. Yo perdí la noción del tiempo, porque mi tío y la vieja parecían no cansarse de hablar. Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi tío —una respiración irregular, como una máquina estropeada—, y entonces, no sé cómo, le vi como uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón. Le veía doblarse lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa clara, que tampoco ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio, morir calentando a los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría tras él, para morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de repente —¿cómo?— que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé, nunca se sabe cómo se ocurren las grandes ideas.

»Al día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque parecía que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La gente pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño lo que obsesionaba mi cerebro infantil.»

Al siguiente mes de octubre, José Luis entró en el Seminario. Las cosas no fueron fáciles, pero fueron resolviéndose. «Yo recordaba siempre a mi tío en cada sacerdote que veía, y recordaba aquella noche de nieve cada vez que nuestro patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo aquel fogón en que los leños iban consumiéndose. Y pensaba: dentro de cuatro años me tocará a mí arder y también calentar y alumbrar. ¿Qué sería de nosotros sin este fuego vivificador? En los pueblos sin sacerdote —pensaba— deben tener un invierno perpetuo.

»Y entonces venía a mi memoria toda mi vida. Recordaba, sobre todo, aquella noche de diciembre y me parecía que ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando por fin subí al altar tuve la sensación de oír el reloj que aquella noche había dado las diez campanadas. Y cuando me acercaba a la Consagración me parecía como si me hundiese en tierra, igual que aquella noche en la nieve. Me temblaba el corazón como entonces, aunque esta vez no de miedo, sino de gozo.

»Cuando acabó la Misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo rato, como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi vida era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir para algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como un canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del Cielo, por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el agua santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de los moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados— ¡ah, y viéndoles marcharse contentos, con una nueva alegría!— y bendiciendo los nuevos hogares en que se perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y angelicales, ante el altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del Señor sobre la lengua. Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición era lo último que descendía sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo bendecía las casas, y los animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de Dios, y por ellos, por todos ellos, levantaba en las manos la Hostia blanca, en la que Cristo se nos mostraría y vendría a vivir entre nosotros. Sí —pensé—; mi vida comienza a servir para algo.

»Pienso que ya estoy ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que calienta; que ése es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un glorioso acto de servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este destino!

»¿Cuánto durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío; quizá solo unos meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche no nevará y estará borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a caballo a llamar a mi puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en seguida alguien que me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego no puede extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.»