lunes, 1 de agosto de 2016

Para comprender bien qué es una peregrinación


Comparto con ustedes un texto del "Directorio de Liturgia y Piedad Popular", que nos ayuda a comprender qué es una peregrinación y nos da algunas normas prácticas muy concretas para organizarlas y vivirlas.



La peregrinación

279. La peregrinación, experiencia religiosa universal, es una expresión característica de la piedad popular, estrechamente vinculada al santuario, de cuya vida constituye un elemento indispensable: el peregrino necesita un santuario y el santuario requiere peregrinos.





Peregrinaciones bíblicas

280. En la Biblia destacan, por su simbolismo religioso, las peregrinaciones de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a Siquem (cfr. Gn 12,6-7; 33,18-20), Betel (cfr. Gn 28,10-22; 35,1-15) y Mambré (Gn 13,18; 18,1-15), donde Dios se les manifestó y se comprometió a darles la "tierra prometida".

Para las tribus salidas de Egipto, el Sinaí, monte de la teofanía a Moisés (cfr. Ex 19-20), se convierte en un lugar sagrado y todo el camino del desierto del Sinaí tuvo para ellos el sentido de un largo viaje hacia la tierra santa de la promesa: viaje bendecido por Dios, que, en el Arca (cfr. Num 10,33-36) y en el Tabernáculo (cfr. 2 Sam 7,6), símbolos de su presencia, camina con su pueblo, lo guía y la protege por medio de la Nube (cfr. Num 9,15-23).

Jerusalén, convertida en sede del Templo y del Arca, pasó a ser la ciudad-santuario de los Hebreos, la meta por excelencia del deseado "viaje santo" (Sal 84,6), en el que el peregrino avanza "entre cantos de alegría, en el bullicio de la fiesta" (Sal 42,5) hasta "la casa de Dios" para comparecer ante su presencia (cfr. Sal 84,6-8).

Tres veces al año, los varones israelitas debían "presentarse ante el Señor" (cfr. Ex 23,17), es decir, dirigirse al Templo de Jerusalén: esto daba lugar a tres peregrinaciones con ocasión de las fiestas de los Ácimos (la Pascua), de las Semanas (Pentecostés) y de los Tabernáculos; y toda familia israelita piadosa acudía, como hacía la familia de Jesús (cfr. Lc 2,41), a la ciudad santa para la celebración anual de la Pascua. Durante su vida pública, también Jesús se dirigía habitualmente a Jerusalén como peregrino (cfr. Jn 11,55-56); por otra parte se sabe que el evangelista san Lucas presenta la acción salvífica de Jesús como una misteriosa peregrinación (cfr. Lc 9,51-19,45), cuya meta es Jerusalén, la ciudad mesiánica, el lugar del sacrificio pascual y de su retorno al Padre: "He salido del Padre y he venido al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28).
Precisamente durante una reunión de peregrinos en Jerusalén, de "judíos observantes de toda nación que hay bajo el cielo" (Hech 2,5) para celebrar Pentecostés, la Iglesia comienza su camino misionero.





La peregrinación cristiana

281. Desde que Jesús ha dado cumplimiento en sí mismo al misterio del Templo (cfr. Jn 2,22-23) y ha pasado de este mundo al Padre (cfr. Jn 13,1), realizando en su persona el éxodo definitivo, para sus discípulos ya no existe ninguna peregrinación obligatoria: toda su vida es un camino hacia el santuario celeste y la misma Iglesia dice de sí que es "peregrina en este mundo".

Sin embargo la Iglesia, dada la conformidad que existe entre la doctrina de Cristo y los valores espirituales de la peregrinación, no sólo ha considerado legítima esta forma de piedad, sino que la ha alentado a lo largo de la historia.

282. En los tres primeros siglos la peregrinación, salvo alguna excepción, no forma parte de las expresiones cultuales del cristianismo: la Iglesia temía la contaminación de prácticas religiosas del judaísmo y del paganismo, en los cuales la práctica de la peregrinación estaba muy arraigada.

No obstante, en estos siglos se ponen los cimientos para una recuperación, con características cristianas, de la práctica de la peregrinación: el culto a los mártires, en las tumbas, a las que acuden los fieles para venerar los restos mortales de estos testigos insignes de Cristo, determinará, progresiva y consecuentemente, el paso de la "visita devota" a la "peregrinación votiva".

283. Después de la paz constantiniana, tras la identificación de los lugares y el hallazgo de las reliquias de la Pasión del Señor, la peregrinación cristiana vive un momento de esplendor: es sobre todo la visita a Palestina, que, por sus "lugares santos", se convierte, comenzando por Jerusalén, en la Tierra santa. De esto dan testimonio las narraciones de peregrinos famosos, como el Itinerarium Burdigalense y el Itinerarium Egeriae, ambos del siglo IV.

Se construyen basílicas sobre los "lugares santos", como la Anástasis, edificada sobre el Santo Sepulcro, y el Martyrium sobre el Monte Calvario, que ejercen una gran atracción sobre los peregrinos. También los lugares de la infancia del Salvador y de su vida pública se convierten en meta de peregrinaciones, que se extienden también a los lugares sagrados del Antiguo Testamento, como el Monte Sinaí.

284. La Edad Media es la época dorada de las peregrinaciones; además de su función fundamentalmente religiosa, han tenido una función extraordinaria en la formación de la cristiandad occidental, en la unión de los diversos pueblos, en el intercambio de valores entre las diversas culturas europeas.

Los centros de peregrinación son numerosos. Ante todo, Jerusalén, que, a pesar de la ocupación islámica, continúa siendo un punto importante de atracción espiritual, así como el origen del fenómeno de las cruzadas, cuyo motivo fue precisamente permitir a los fieles visitar el sepulcro de Cristo. Asimismo las reliquias de la pasión del Señor, como la túnica, el rostro santo, la escala santa, la sábana santa atraen a innumerables fieles y peregrinos. A Roma acuden los "romeros" para venerar las memorias de los apóstoles Pedro y Pablo (ad limina Apostolorum), para visitar las catacumbas y las basílicas, y como reconocimiento del ministerio del Sucesor de Pedro a favor de la Iglesia universal (ad Petri sedem). Fue también muy frecuentado durante los siglos IX a XVI, y todavía hoy lo es, Santiago de Compostela, hacia donde convergen desde diversos países varios "caminos", formados como consecuencia de un planteamiento religioso, social y caritativo de la peregrinación. Entre otros lugares se puede mencionar Tours, donde está la tumba de san Martín, venerado fundador de dicha Iglesia; Canterbury, donde santo Tomás Becket consumó su martirio, que tuvo gran resonancia en toda Europa; el Monte Gargano en Puglia, S. Michele della Chiusa en el Piamonte, el Mont Saint-Michel en Normandía, dedicados al arcángel san Miguel; Walsingham, Rocamadour y Loreto, sedes de célebres santuarios marianos.

285. En la época moderna, debido al cambio del ambiente cultural, a las vicisitudes originadas por el movimiento protestante y el influjo de la ilustración, las peregrinaciones disminuyeron: el "viaje a un país lejano" se convierte en "peregrinación espiritual", "camino interior" o "procesión simbólica", que consistía en un breve recorrido, como en el Vía Crucis.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX se recuperan las peregrinaciones, pero cambia en parte su fisonomía: tienen como meta santuarios que son particulares expresiones de la identidad de la fe y de la cultura de una nación; este es el caso, por ejemplo de los santuarios de Altötting, Antipolo, Aparecida, Asís, Caacupé, Chartres, Coromoto, Czestochowa, Ernakulam-Angamaly, Fátima, Guadalupe, Kevalaer, Knock, La Vang, Loreto, Lourdes, Mariazell, Marienberg, Montevergine, Montserrat, Nagasaki, Namugongo, Padua, Pompei, San Giovanni Rotondo, Washington, Yamoussoukro, etc.





Espiritualidad de la peregrinación

286. A pesar de todos los cambios sufridos a lo largo de los siglos, la peregrinación conserva en nuestro tiempo los elementos esenciales que determinan su espiritualidad:

Dimensión escatológica. Es una característica esencial y originaria: la peregrinación, "camino hacia el santuario", es momento y parábola del camino hacia el Reino; la peregrinación ayuda a tomar conciencia de la perspectiva escatológica en la que se mueve el cristiano, homo viator: entre la oscuridad de la fe y la sed de la visión, entre el tiempo angosto y la aspiración a la vida sin fin, entre la fatiga del camino y la esperanza del reposo, entre el llanto del destierro y el anhelo del gozo de la patria, entre el afán de la actividad y el deseo de la contemplación serena.
El acontecimiento del éxodo, camino de Israel hacia la tierra prometida, se refleja también en la espiritualidad de la peregrinación: el peregrino sabe que "aquí abajo no tenemos una ciudad estable" (Heb 13,14), por lo cual, más allá de la meta inmediata del santuario, avanza a través del desierto de la vida, hacia el Cielo, hacia la Tierra prometida.

Dimensión penitencial. La peregrinación se configura como un "camino de conversión": al caminar hacia el santuario, el peregrino realiza un recorrido que va desde la toma de conciencia de su propio pecado y de los lazos que le atan a las cosas pasajeras e inútiles, hasta la consecución de la libertad interior y la comprensión del sentido profundo de la vida.
Como ya se ha dicho, para muchos fieles la visita a un santuario constituye una ocasión propicia, con frecuencia buscada, para acercarse al sacramento de la Penitencia, y la peregrinación misma se ha entendido y propuesto en el pasado – y también en nuestros días – como una obra de penitencia.
Además, cuando la peregrinación se realiza de modo auténtico, el fiel vuelve del santuario con el propósito de "cambiar de vida", de orientarla hacia Dios más decididamente, de darle una dimensión más trascendente.


Dimensión festiva. En la peregrinación la dimensión penitencial coexiste con la dimensión festiva: también esta se encuentra en el centro de la peregrinación, en la que aparecen no pocos de los motivos antropológicos de la fiesta.
El gozo de la peregrinación cristiana es prolongación de la alegría del peregrino piadoso de Israel: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor" (Sal 122,1); es alivio por la ruptura de la monotonía diaria, desde la perspectiva de algo diverso; es aligeramiento del peso de la vida que para muchos, sobre todo para los pobres, es un fardo pesado; es ocasión para expresar la fraternidad cristiana, para dar lugar a momentos de convivencia y de amistad, para mostrar la espontaneidad, que con frecuencia está reprimida.

Dimensión cultual. La peregrinación es esencialmente un acto de culto: el peregrino camina hacia el santuario para ir al encuentro con Dios, para estar en su presencia tributándole el culto de su adoración y para abrirle su corazón.

En el santuario, el peregrino realiza numerosos actos de culto, tanto de orden litúrgico como de piedad popular. Su oración adquiere formas diversas: de alabanza y adoración al Señor por su bondad y santidad; de acción de gracias por los dones recibidos; de cumplimiento de un voto, al que se había obligado el peregrino ante el Señor; de imploración de las gracias necesarias para la vida; de petición de perdón por los pecados cometidos.

Con mucha frecuencia la oración del peregrino se dirige a la Virgen María, a los Ángeles y a los Santos, a quienes reconoce como intercesores válidos ante el Altísimo. Por lo demás, las imágenes veneradas en el santuario son signos de la presencia de la Madre y de los Santos, junto al Señor glorioso, "siempre vivo para interceder" (Heb 7,25) en favor de los hombres y siempre presente en la comunidad que se reúne en su nombre (cfr. Mt 18,20; 28,20). La imagen sagrada del santuario, sea de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles o de los Santos, es un signo santo de la presencia divina y del amor providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación en generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del necesitado, gemido del afligido, júbilo agradecido de quien ha obtenido gracia y misericordia.

Dimensión apostólica. La situación itinerante del peregrino presenta de nuevo, en cierto sentido, la de Jesús y sus discípulos, que recorrían los caminos de Palestina para anunciar el Evangelio de la salvación. Desde este punto de vista, la peregrinación es un anuncio de fe y los peregrinos se convierten en "heraldos itinerantes de Cristo".


Dimensión de comunión. El peregrino que acude al santuario está en comunión de fe y de caridad, no sólo con los compañeros con quienes realiza el "santo viaje" (cfr. Sal 84,6), sino con el mismo Señor, que camina con él, como caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35); con su comunidad de origen, y a través de ella, con la Iglesia que habita en el cielo y peregrina en la tierra; con los fieles que, a lo largo de los siglos, han rezado en el santuario; con la naturaleza que rodea el santuario, cuya belleza admira y que siente movido a respetar; con la humanidad, cuyo sufrimiento y esperanza aparecen en el santuario de diversas maneras, y cuyo ingenio y arte han dejado en él numerosas huellas.





Desarrollo de la peregrinación

287. Puesto que el santuario es un lugar de oración, así la peregrinación es un camino de oración. En cada una de las etapas, la oración deberá alentar la peregrinación y la Palabra de Dios deberá ser luz y guía, alimento y apoyo.

El resultado feliz de una peregrinación, en cuanto manifestación cultual, y los mismos frutos espirituales que se esperan de ella, se aseguran disponiendo de manera ordenada las celebraciones y destacando adecuadamente las diversas fases.

La partida de la peregrinación se debe caracterizar por un momento de oración, realizado en la iglesia parroquial o en otra que resulte más adecuada, y consiste en la celebración de la Eucaristía o de alguna parte de la Liturgia de las Horas, o en una bendición especial para los peregrinos.

La última etapa del camino se debe caracterizar por una oración más intensa; es aconsejable que cuando ya se divise el santuario, el recorrido se haga a pie, procesionalmente, rezando, cantando y deteniéndose en las estaciones que pueda haber en ese trayecto.

La acogida de los peregrinos podrá dar lugar a una especie de "liturgia de entrada", que sitúe el encuentro entre los peregrinos y los encargados del santuario en el plano de la fe; donde sea posible, estos últimos saldrán al encuentro de los peregrinos, para acompañarles en el trayecto final del camino.

La permanencia en el santuario, obviamente, deberá constituir el momento más intenso de la peregrinación y se deberá caracterizar por el compromiso de conversión, convenientemente ratificado en el sacramento de la reconciliación; por expresiones particulares de oración, como el agradecimiento, la súplica, la petición de intercesiones, según las características del santuario y los objetivos de la peregrinación; por la celebración de la Eucaristía, culminación de la peregrinación.

La conclusión de la peregrinación se caracterizará por un momento de oración, en el mismo santuario o en la iglesia de la que han partido; los fieles darán gracias a Dios por el don de la peregrinación y pedirán al Señor la ayuda necesaria para vivir con un compromiso más generoso la vocación cristiana, una vez que hayan vuelto a sus hogares.

Desde la antigüedad, el peregrino ha querido llevarse algún "recuerdo" del santuario visitado. Se debe procurar que los objetos, imágenes, libros, transmitan el auténtico espíritu del lugar santo. Se debe conseguir que los lugares de venta no estén en el área sagrada del santuario, ni tengan el aspecto de un mercado.

lunes, 23 de mayo de 2016

Homilía en una primera misa (ésta sí pronunciada)


Hemos comenzado esta Eucaristía diciendo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Así comenzamos cada vez que nos disponemos a rezar. Así, en el nombre de la Trinidad, estamos llamados a vivir y morir.
Todo nos viene desde el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Y también así, en el Espíritu Santo, por el Hijo, estamos llamados a volver al Padre.
Y siguiendo ese dinamismo, esta mañana nuestra Iglesia de Paraná ha recibido un inmenso regalo.
Esta mañana, el Padre Dios, por la mediación de Cristo y gracias a la fuerza del Espíritu Santo, nos ha regalado 5 nuevos sacerdotes.
¿Qué ocurrió hoy en Catedral? ¿Fue simplemente un “acto de colación”? ¿Fue el momento en el cual unos chicos, luego de terminar su carrera y rendir unas materias, recibieron su “diploma”, y pueden comenzar a ejercer una profesión?
No. Lo que ocurrió fue algo mucho más hondo, que sólo desde la fe podemos comprender.
La ordenación de esta mañana, tu ordenación, querido Horacio, fue un misterio de Transformación, análogo a la Eucaristía. Para comprender tu sacerdocio, creo que nos hará mucho bien mirar el Sacramento de los sacramentos, al cual tu sacerdocio se ordena.
Porque así como la primera parte de la Misa es la Liturgia de la Palabra, en el inicio del camino, de tu camino, hay una Palabra. En el principio, fue el llamado, fue la dulce y firme voz de Jesús, que aprendiste a escuchar aquí, en este templo, en tu querida Acción Católica, en esta comunidad, como también en tu querida comunidad del Santa María del Rosario.
Siguiendo esa Palabra, respondiendo a la voz del Maestro, ingresaste al Seminario Mayor, luego de un período de discernimiento –no exento de dificultades-, en el cual tu vocación maduró y se hizo más clara.
Allí, en todos estos años de formación, se fue preparando y presentando tu vida, como una ofrenda. Como el trigo y la uva, tu naturaleza humana necesitó del trabajo del hombre, de tus formadores, además de tu propia libertad, para llegar a ser pan y vino. Te tocaron años difíciles, tanto para la vida de la Iglesia Católica como para nuestra querida diócesis. Te tocó formarte en el Seminario, en tiempos donde muchos pensaban  y hablaban de él como en un lugar oscuro y triste. Alguno llegó a decir que era como un campo de concentración. Pero tu alegría, tu sonrisa y tu risa contagiosa, el brillo de tu mirada, nos daba la certeza de que el Seminario seguía siendo seno materno, Cenáculo donde María y el Espíritu seguían y siguen estando presentes y actuantes. Alegría que pudiste compartir y contagiar a tus padres, cuyas lágrimas iniciales se fueron trocando, poco a poco, en alegría. Hoy también lloran, seguramente, pero de gozo, emoción y gratitud.
El Seminario te hizo pan blanco y vino bueno, modelando en vos el carácter y permitiéndote extraer de tu temperamento lo mejor, para bien de su Iglesia.
Pero solo esta mañana ocurrió el evento decisivo. Sólo esta mañana ocurrió tu Consagración. Y así como en la Eucaristía son esas Palabras las que producen una nueva realidad –palabras que sólo en minutos vas a pronunciar, presidiendo por primera vez la Misa- así también esta mañana vos, como pan, estuviste en las manos del Obispo –que eran las de la Iglesia, y en el fondo, las de Dios- y mientras él pronunciaba la fórmula de la ordenación, en el Cielo resonaba otra Palabra, eficaz: “Horacio, tú eres sacerdote para siempre”.
De tal modo que, al igual que en la Eucaristía, hay algo nuevo, aún cuando lo que vemos permanezca igual. Hoy podríamos decir, al mirarte, lo que Tomás de Aquino afirma ante la hostia: “se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto… más la palabra engendra fe rendida”
Hermanos, nosotros seguimos viendo a Horacio, pero nuestra fe nos dice: Él es Cristo, es otro Cristo, es el mismo Cristo. Por eso cuando le confesemos nuestros pecados, nos podrá decir… “yo te absuelvo”. Y al presidir la Misa, dirá “esto es mi cuerpo”.
Este es un misterio de fe, un misterio tan hondo, Horacio, que te llevará la vida entera y hasta la misma eternidad profundizarlo. Un misterio que nos supera, que nos da vértigo, que nos abruma y sorprende con su inmensidad, y a la vez nos enamora y nos conquista.
Nos abruma  y sorprende la audacia de Dios. Nos enamora y conquista su tozudez para amarnos, para volver a insistir con quererenos, con elegir a hombres débiles.

Querido Horacio: nunca te olvides que sos consagrado. Pertenecés a Dios. Toda tu vida –cuerpo y alma, con todas sus potencias- llevan la unción del Espíritu. Toda tu humanidad es a partir de ahora un instrumento para que Cristo se manifieste a los hombres.
No tengas miedo de vivir esa consagración y de testimoniarla. No dudes ni un instante que Dios no quita nada, sino que lo da todo. Y que es sólo perdiéndote como podrás encontrarte. Es desapareciendo para que surja Jesús como alcanzarás tu propia plenitud.
Tu ministerio sacerdotal, entonces, no es principalmente un trabajo, ni siquiera es únicamente una misión, un hacer. Lo primer es esta nueva realidad, esta identidad. De ella fluye, vigorosa y eficiente, tu misión sacerdotal. Todo lo que harás como cura no son tareas que se añaden desde afuera, como un oficio o un papel que se aprendiera y se ejecutara. Sos ahora pan consagrado: dejá que el Padre Dios te parta y te de al mundo.
Para que eso suceda, querido Horacio, debés estar enamorado de Cristo. Jesús te pregunta hoy, como lo hará cada mañana, “¿me amas?” De la intensidad de ese amor surge la transparencia.
Horacio, pedile al Espíritu vivir encendido. Alguien, hablando del padre Hurtado, lo definió como “un fuego que enciende otros fuegos”. Santa Catalina de Siena decía a los sacerdotes: “si son lo que deben ser, prenderéis fuego al mundo”. No dejes que se apague ese fuego del amor. Tené cuidado de que las innumerables actividades no te alejen de tu centro de gravedad, que debe ser Cristo en el Altar y el Sagrario. Si te enfriás, harás muchas cosas, mucho ruido, pero no podrás dar mucho fruto de vida eterna. Si permanecés ardiente en la caridad, con sólo verte los hombres se sentirán más cerca de Dios.

Así, desde Cristo, te será siempre más fácil y gozoso vivir tu triple misión.
Como Cristo Maestro: enseñando, no tus ideas, no una filosofía de moda, no simplemente una ética: sino la Palabra eterna, revelada y transmitida por la Escritura y la Tradición.
No pretendas agradar a todos.
No calles por miedo
No te asustes.
No licúes la fe.
Hacé resonar esa Palabra en todos los ámbitos: en la homilía, en la catequesis, en las misiones, en los medios de comunicación, en las escuelas, en el campo y la ciudad.
Mantené unidas siempre la fidelidad absoluta al depósito de la fe, y la creatividad en el modo de exponerla, para poder “tocar” al hombre y a la mujer de este tiempo, tanto más hambriento de la Verdad cuanto más encarcelado en el relativismo.

Como Cristo Sacerdote serás puente y mediador entre el Cielo y la tierra. Nunca te acostumbres a celebrar, a confesar, a ungir… viví cada sacramento como si fuera la primera vez. No te avergüences de ser piadoso, de adorar. Tus fieles se darán cuenta si creés en lo que decís y en los gestos que realizás, o si simplemente repetís una fórmula o seguís un ritual.
Hacé de tu Misa diaria el momento culminante de tu vida y tu apostolado. Allí tendrás el privilegio de hacer retornar al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la Creación salida de sus manos. Allí, en tu cáliz, hay lugar para todos los dolores y esperanzas de de tus ovejas. Celebrando con dignidad y belleza, estarás, como Juan el Bautista, señalando al Cordero que quita el pecado del mundo.

Como Cristo Pastor, finalmente, sos invitado a reflejar en todo tu ser la Bondad, la paciencia, la humildad, la sencillez de Jesús. Que la sonrisa perenne sea uno de los puntos inamovibles de tu plan pastoral.
No te olvides que tu autoridad tiene razón de ser únicamente para el servicio de las ovejas. Hacé todo lo posible para que cada una se sienta querida, valorada y llamada a la santidad. Todos: los ricos y los pobres, los santos y los pecadores, los intelectuales y los rudos, los niños y los ancianos. Todos te son confiados.
Cuidá mucho la unidad de las que ya están cerca… pero no te dejes encerrar por ellas. Las perdidas, las alejadas, las que están fuera del rebaño, te necesitan. Hacete próximo a tantas ovejas que están heridas y medio muertas: los enfermos, los adictos, los que tienen su hogar roto, los ignorantes.
Pastor misericordioso, no dejes de curar heridas, no te olvides de consolar al triste. Pero no olvides también de enseñar al que no sabe y corregir al que se equivoca.
Que el amor por las almas te consuma, como a Don Bosco, cuyo lema sacerdotal rezaba: “dame almas, y quítame todo lo demás”. Junto a tu consagración a Dios, ese es el sentido más profundo de tu celibato.
No te olvides que sos colaborador e hijo de tu obispo, y hermano de los otros presbíteros. Tu acción apostólica perdería fuerza y se desvirtuaría si te aislás, si te encerrás en tu propia comunidad y olvidás a tu Iglesia local y universal. Recuerda que si bien eres pastor, nunca dejas de ser oveja, y necesitas también de los otros pastores para no perder el rumbo.

Querido Horacio:

La misión es tan grande como apasionante. Los desafíos de nuestro tiempo, inmensos. Las tentaciones, múltiples. Pero no tengas miedo. No te olvides que cada día, cuando subas al altar, y en cada momento de tu sacerdocio, Jesús te dice: “Horacio, ahí tienes a tu Madre”. En las manos de María tu sacerdocio –ese tesoro en vasijas de barro- está seguro y protegido. En Ella, como estrella del Mar, podrás reencontrar el rumbo cuando las tormentas agiten la navecilla de tu alma. Santa María del Rosario, nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia, sea también para vos nuestra Señora de la fecundidad y fidelidad sacerdotal. Amén.

viernes, 20 de mayo de 2016

Homilía -nunca pronunciada- en una Primera Misa.




Mañana me toca predicar en la primera Misa solemne de uno de los nuevos curas de Paraná. Mientras preparaba, me acordé que hace unos años había armado una, que finalmente no debí decir.
La comparto porque me hizo bien recordarla. Bendiciones!


Celebramos hoy el don del Espíritu Santo. Además de darnos a su Hijo como Salvador, el Padre nos nos ha dado a la tercera persona de la Trinidad. En realidad, el Espíritu ya estaba actuando desde hace mucho tiempo en el mundo y en el ministerio de Jesús, desde su Encarnación a la Cruz. Jesús resucitado lo da a los Doce, unido al poder de perdonar pecados.
Pero es en Pentecostés que Jesús nos envía el Espíritu de modo pleno. Y entonces los apóstoles son arrebatados por el Espíritu, y llenos de valentía, comienzan a cumplir la misión de Jesús. La de ir por todo el mundo, predicando la palabra, santificando con los sacramentos y guiando al pueblo de Dios.
Hoy tenemos la gracia de asistir a la renovación de las maravillas de Dios. Porque el Padre sigue enviando su Espíritu, sigue ungiendo a los hombres para que cumplan la misión de Jesús. Y nosotros celebramos con alegría que ha elegido a otro hijo de nuestra comunidad, de esta parroquia San Isidro Labrador. Y con el poder de su Espíritu lo ha hecho sacerdote para siempre. Con el permiso de todos ustedes, a él quiero dirigir hoy mis palabras
Querido Ariel: permitime que hoy, cuando celebras tu primera Misa en tu pueblo, te dirija palabras que ya conocés.
Vos  también podés decir hoy, como Jesús al iniciar su misión: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción” Esa Unción te ha renovado interiormente. No sos el mismo. Porque el Sacramento del Orden que has recibido te ha configurado con Jesús.
Esta cuestión es esencial. Recordá una y otra vez esa verdad. Porque muchos querrán confundirte con algo que no sos. El sacerdote no es un líder gremial, un manager; ni es el gerente de una sucursal de alguna multinacional. No sos un agente humanitario ni un asistente social. No sos un psicólogo, ni un consejero, ni un tipo macanudo. Tendrás que cumplir a veces esas funciones. Pero sos mucho más
Desde el jueves, con todo realismo, si alguien te preguntara, al verte revestido con tus ornamentos, “ qué sos, Quién sos” vos le podés responder: “yo soy sacerdote, yo soy Cristo”
¿Qué sos? Sos Cristo. Esa es tu identidad profunda, ese es el milagro que se operó en tu corazón en la ordenación. Y por eso se abre ahora para vos un camino de santidad nuevo: ser en tu vida concreta lo que ya sos esencialmente por la gracia del sacramento. Te decimos como a los antiguos: Sé lo que eres. Eres Cristo: Sé Cristo.
Tu ideal de santidad es obrar siempre in persona Christi: pensar como Jesús, hablar como Jesús, sentir como Jesús, entregarte como Jesús. Así serás realmente un instrumento, un sacramento de su presencia en el mundo. Así Jesús seguirá enseñando, santificando y pastoreando a su Iglesia por tu intermedio.
El jueves la Providencia quiso que pudiera estar muy cerquita tuyo , y pude observar nuevamente, con lujo de detalles el rito de ordenación. Me parece encontrar en varios de sus elementos como la clave de tu camino de santidad.
Durante el rito, es llamativo que el ordenando diga tan pocas palabras: Aquí estoy, sí quiero con la ayuda de Dios, sí prometo, Amén. Pocas palabras y mucho silencio. Esto ya es muy importante. Es cierto que como sacerdote tendrás que hablar, tendrás que proclamar la palabra con ocasión y sin ella, aunque encuentre oposición y levante la persecución. El mundo necesita más que nunca la Verdad del Evangelio: nunca la calles por temor o cobardía.
Pero no te olvides que sólo proclamarás la Palabra de Dios, sólo será Palabra que salva, si brota del silencio de la contemplación. La primera y más importante palabra la decís con tu ejemplo, con tu coherencia de vida. Tu sonrisa inalterable, tu mirada llena de serenidad, cariño y misericordia, valen más que mil homilías sin testimonio, que llegan a ser pura verborragia, derroche de sonidos vacíos.
Y no te olvides que una parte muy importante de tu ministerio es escuchar: escuchar a Dios en primer lugar, como el Siervo de Yahvé. Y estar a la escucha de los que te son confiados. Estar siempre disponible para escucharlos sobre todo cuando quieren confesar sus pecados. Escuchá con paciencia, con delicadeza. No caigas en esa enfermedad de nuestro tiempo, en que tantas veces caemos, de andar siempre acelerados, apurados. Detenete ante cada alma que necesite tu oído, dedicale tiempo y atención: también allí te estará hablando el Señor.
Todas las palabras que dijiste el jueves son de total disponibilidad para Dios y para la Iglesia. Son palabras que antes dijo el mismo Jesús, al entrar en este mundo y en la noche terrible de Getsemaní. “Aquí estoy. Amén”. Sin condiciones, sin cláusulas de rescisión. No le dijiste a Dios “si quiero, a condición de que…”. No te olvides de ellas. No le niegues nada a Dios, jamás. No dudes en ser generoso, caballeresco con Él. Tus padres te enseñaron con su ejemplo la generosidad: viví siempre así, sin “mirar para atrás”.
Y que ese “aquí estoy” sea también para las almas que te van a ser confiadas. Nunca te acostumbres a usar demasiado, salvo cuando sea inevitable, nuestra conocida excusa “no tengo tiempo, tengo que ver si puedo, tengo muchas cosas”. Cuando las almas te requieran realmente como sacerdote, tu actitud debe ser esa:“Aquí estoy”: las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Tu sotana sólo será un signo sacerdotal si significa eso: disponibilidad para todos, siempre.
Otro momento impresionante de tu ordenación, fue cuando te postraste en tierra. El guionista nos aclaró “como signo de humildad”. Postrarse en tierra es reconocer que somos nada, y que Dios es todo. Que todo es gracia. Es aceptar nuestra pequeñez, nuestra miseria, nuestra infecundidad. Es el gesto que más expresa el anonadamiento de Jesús, y el tuyo propio. Es reconocer la grandeza, la omnipotencia y la majestad del Dios infinito. En esa actitud debe permanecer siempre tu corazón. No te olvides nunca de que recibiste el sacerdocio como un don que vino a llenar tu nada. Muchas veces vas a tener la tentación de sobresalir, de creerte más que los demás, de reclamar tus derechos y atribuciones, e incluso de dominar. No dejes nunca de estar postrado en tierra, no permitas que la soberbia envenene tu corazón. Porque sólo si sos humilde Dios va a obrar maravillas a través de tu sacerdocio.
Tirarse al suelo puede significar también la voluntad de hacerse camino. Como Jesús es Camino que lleva al Padre, vos tenés que hacerte camino para las almas. No te olvide aquella frase que nos repetía tanto monseñor Puiggari: “el sacerdote es un camino que se usa y se olvida”. No busques ser el centro. No sos fin, sino medio. No esperes reconocimientos, aplausos, no anheles ser importante: desea ser camino. Dejate pisar, dejate usar, para que los hombres lleguen al único importante, repitiendo con Juan el Bautista “es necesario que él crezca y yo disminuya”
Durante varios minutos durante la ordenación estuviste de rodillas. Este gesto tiene un doble significado. Estar de rodillas ante Dios significa estar en actitud de adoración. Para poder ser Jesús, tenés que ser totalmente de Jesús. Tenés que vivir para Él, en permanente actitud de ofrenda para la Gloria de Dios. Sólo Dios se merece tu vida. Por eso tu día tiene que comenzar y terminar siempre de rodillas ante el Sagrario. Ese es tu lugar. Esa es la mayor prioridad pastoral. Tu primer servicio a la Iglesia es dedicar largo tiempo a la Oración, a la Adoración Eucarística y a la celebración piadosa de la Liturgia de las horas. Sin este tiempo precioso, caerás inevitablemente en la idolatría del éxito, o en la tristeza del desaliento. Sin el Sagrario llegarás a ser un desconocido para vos mismo: habrás perdido tu centro.
Y no te olvides que en la misma noche en que Jesús instituyó el sacerdocio, se puso de rodillas y lavó los pies de los apóstoles. Ese Jesús inclinado ante la suciedad y la miseria de los suyos debe inspirar siempre tu servicio a la Iglesia. Las personas que tenés que servir no son perfectas, no están limpias. Pero no dudes de inclinarte hacia ellas, para purificarlas con la fuerza del amor. Ponete de rodillas sobre todo ante el que no tiene nada con qué devolverte: el pobre, el solitario, el enfermo, el extraviado. Así amarás gratuitamente, como Jesús.
Luego vinieron cuatro gestos de un gran significado eclesial: pusiste tus manos entre las del Obispo; luego recibiste la imposición de manos de parte de él, y luego de parte de los demás sacerdotes. Y luego también el saludo de la paz.
Dios te ha regalado el sacerdocio a través de la Iglesia. Una Iglesia con rostros y con manos concretas. Manos que te han comunicado la gracia y que te han recibido en un nuevo orden en la Iglesia. Acordate siempre que sos colaborador del Obispo, en cuyas manos pusiste las tuyas, y a cuyas decisiones has sometido, para siempre, tu voluntad. El Obispo es, según san Ignacio, ícono de Dios Padre. Al poner tus manos entre las suyas, renovaste el acto de confianza del Hijo encarnado a su Padre, y su obediencia hasta el fin. La obediencia de corazón es ardua, es difícil. Es quizá la mayor de las entregas que has hecho. Implica ofrecer tu propia libertad en sacrificio. Pero es fuente de fecundidad y de paz, cuando se vive como Jesús.
No te olvides que muchas manos sacerdotales se posaron sobre tu cabeza, y luego te abrazaron llenos de alegría. En los momentos de dificultad no te olvides de esas manos y esos brazos, que en cierto modo son para vos los brazos de Dios. No dejes de vivir con alegría y sinceridad la fraternidad sacramental.
Esas mismas manos que pusiste entre las del Obispo, fueron luego ungidas, consagradas. El Crisma que inundó tu frente en el Bautismo y la Confirmación, se derramó abundantemente, para que tus manos fueran las manos de Jesús. En ellas recibiste “la ofrenda del Pueblo Santo de Dios”, el Pan y el vino para la Eucaristía. Y recibiste como mandato “considera lo que realizas, e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor”.
Ariel: eres sacerdote sobre todo para celebrar la Eucaristía. Para que la Pascua de Jesús pueda llegar a todos los hombres, y renovar el mundo. En tus manos recibes los dones de la Creación y la ofreces para que vuelva al Padre; En tus manos recibes del Padre la carne de Jesús, que puede hacerse alimento de vida eterna para la Iglesia. “Considera lo que realizas”. No te acostumbres nunca a celebrar. Que nunca te salgan callos en esos dedos que tienen la gracia de tocar la carne del salvador. Como le pediste a María, hazlo siempre como si fuera la primera, la única y la última Misa. Celebra siempre la liturgia de la Iglesia, ama y respeta los ritos sagrados, y celébralos con unción y con piedad intensa. Recuerda que eres instrumento de Cristo, no protagonista. Solo de ese modo los hombres podrán darse cuenta de que es el mismo Dios el que ofreces con tus manos.
Imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor” La Eucaristía es tu proyecto pastoral, la lógica de tus elecciones. Tu vida sacerdotal debe ser el despliegue de lo que celebres en el altar. Imitá la generosidad y el amor gratuito de Jesús, su amor hasta el fin. Y acordate que “amar es dar, amar es darse, amar es inmolarse”. Ofrecete al Pueblo de Dios como alimento. Esa es tu gloria y tu alegría.
Me falta solo el rito en el cual fuiste revestido con tus ornamentos sacerdotales.: la estola y la casulla. Cada día, cuando te coloques la estola sobre los hombros para confesar, ungir, bendecir o celebrar la Misa, recuerda que como buen Pastor tienes que buscar a la Oveja perdida, cargarla sobre tus hombros y llevarla de nuevo al rebaño. Que llevas sobre tus hombros el rebaño de Jesús “no a la fuerza, sino de buena gana”. Y cada vez que te coloques la casulla, pedile al Señor que te recubre así, todo entero, del amor, de la caridad pastoral. Que el amor hasta el fin, el amor que llega a dar la vida, sea siempre tu opción.
Sólo una cosa más: Jesús quiso que el día de tu ordenación, inmediatamente antes del rito, escucharas aquella palabra que nos llena de confianza: “hijo, aquí tienes a tu Madre” María está siempre junto a tu Cruz, estará a tu lado cada vez que celebres el sacrificio del Señor en la Eucaristía, y cada vez que tengas que conformar tu vida con el misterio de la Cruz, tanto por la entrega como por el sufrimiento. Recibila como el discípulo amado “entre tus cosas más preciadas”. Marianizá tu sacerdocio, hacé presente a María en cada acto de tu nministerio. Ella asegura tu fidelidad al plan de Dios y te hace dar fruto abundante, manteniéndote unida a la Vid.
Madre de los sacerdotes, Cuida al padre Ariel, desde el jueves uno de tus hijos predilectos. Concedele que sea muy fiel y feliz representando a tu Hijo. Amén.


jueves, 28 de abril de 2016

Mi -personal- elogio de la claridad

           Yo no sé si mi alma es igual a la de todos, o si la de todos es igual a la mía.

Sí sé que mi inteligencia –y también mi corazón- aman la claridad. Anhelan la claridad. Descansan en la claridad.

Como cuando era niño, y me gustaba que la camiseta de cada equipo fuera de color bien diferente. Camisetas parecidas, podían ocasionar una confusión fatal, y terminar en gol en contra, o en un ataque desperdiciado, por un pase mal dado.
Y cuando comencé a conducir en la ruta o en la ciudad, comencé a disfrutar de las rutas bien señalizadas: la línea blanca bien nítida en las orillas, la blanca intermitente cuando es posible avanzar, la amarilla –bien amarilla- cuando es riesgoso. Los carteles con los nombres de las calles en las esquinas, con la indicación de la orientación absolutamente visible. Y es que en una ruta bien marcada, o en una ciudad bien señalizada, es posible conducir seguros, incluso en noches de tormenta.

Amo poder reconocer de modo exacto qué significan las palabras. Sumergirme –al menos cada tanto- en el laberinto de las etimologías, para poder reconocer hasta el “fondo” su connontación.
Gozo teniendo certeza sobre la valor moral de mis acciones: si son buenas o malas, y por qué. Celebro el poder descubrir la naturaleza de las cosas, como realización temporal de la Verdad eterna, y poder juzgar así si una elección o otra es acertada, o destructora.

Mi inteligencia y mi corazón vivieron un verdadero festín al contacto con la filosofía realista –la filosofía del ser- y con la teología católica, tan esplendorosa y profunda. Fueron tiempos de un gozo superior, de ensanchamiento de horizontes, de ir hacia arriba y hacia lo hondo simultáneamente.

Supe también que mi inteligencia, como el murciélago ante el sol, no podía pretender absoluta claridad en todo, especialmente ante el misterio de Dios. Y que vastas regiones de la existencia humana son tan oscuras que es imposible ingresar allí, y mucho menos entender. Pero, aún así, la claridad con que ese límite se me presentaba me hacía gozar.

Siendo sacerdote, he dicho algunas homilías y he escrito algunas reflexiones muy buenas, otras buenas, muchas mediocres, tal vez algunas malas. Entre todos los adjetivos que alguna vez han usado quienes las han apreciado positivamente, el más recurrente es: “gracias por ser claro”.
Amo e intento imitar, desde mis límites, la claridad del Maestro, que nos señala como único lenguaje posible: “Sí, sí; No, no”. Admiro y me rejuvenezco en la claridad imponente de Pablo, al anunciar el Evangelio de la Cruz, y la necesidad de la fe en Cristo para salvarse. La claridad que lo expuso a ser apedreado, azotado, por no callar ni mimetizar su enseñanza con falsas doctrinas.

Yo no sé si mi alma es igual a la de todos, o si la de todos es igual a la mía.
Pero me cuesta comprender todo estilo comunicacional que deja el alma en ayunas de lo que, para mí, es un nutritivo alimento. Especialmente cuando ese estilo es utilizado en la Iglesia, y más cuando todavía se lo alaba.

Me cuesta asimilar y mucho más aún apropiarme del eufemismo como método, de la palabra ambigua y polivalente como estrategia, de los silencios que pueden ser interpretados como aprobación o rechazo al mismo tiempo, como proceder.

Siento necesidad de decir, sencillamente, al Señor: que no dejemos que la prístina Palabra, que el mensaje de salvación del que somos herederos y portadores –que debemos dejar a las siguientes generaciones- se vea oscurecido o menoscabado por nuestra debilidad. Que no dejemos de ser claros, que no tengamos miedo de seguir llamando las cosas por su nombre, que no intentemos conformar a todos… abandonando a Cristo.


¿O será que ya, sin darnos cuenta, nos hemos colocado la camiseta del rival… o estamos fuera de la ruta, o marchando en sentido contrario al verdadero?

sábado, 13 de febrero de 2016

La Adoración Eucarística: camino infalible de santificación.



1. ¿Qué es adorar?
Adorar es reconocer que Dios es Dios, y que nosotros somos creaturas.
Es asumir su grandeza y nuestra pequeñez. Es reconocer que Él es absoluto, y que nosotros somos relativos.
Adorar significa reconocer que todo viene de Dios, y que nosotros dependemos esencialmente de Él.
Que existimos por Él, y que si Él deja de pensar un solo instante en nosotros, desaparecemos.
El gesto corporal típico de la adoración es ponerse de rodillas o postrarse en tierra. El cuerpo asume una actitud de humildad ante Él, que es Inmenso e Infinito.

2. ¿Por qué creemos que en la Hostia Consagrada está presente Jesús mismo?
Porque en la Santa Misa, cuando el Sacerdote pronuncia las palabras de la Última Cena, el Pan se transforma en su Cuerpo, y el Vino en su Sangre. A partir de ese momento Jesucristo, todo entero, está presente en el Pan y en el Vino.
Su presencia no dura sólo durante la Misa, sino todo el tiempo que permanezcan los signos (pan y vino).
Jesús Resucitado y glorificado en el Cielo nos espera noche y día en el Sagrario, y cuando podemos “ver” la Hostia consagrada -cuando se la expone para la Adoración- nos resulta más evidente aún esta presencia.



3. ¿Cómo hacer un momento de Adoración al Santísimo personal?
La Adoración brota de un corazón que cree (fe), espera (esperanza) y ama (caridad).
No es indispensable tener una guía o un método para adorar: basta que nuestro corazón decida reconocer su total dependencia de Dios y de Jesucristo. El Espíritu Santo es el que nos asiste en estas actitudes.
Sin embargo, puede ser muy útil encontrar un método de oración y adoración, tomando como modelo el modo de rezar de los santos y maestros espirituales.
·      Es importante disponer el cuerpo en una postura adecuada y respetuosa de su presencia. Evitá todo lo que pueda dispersarte. Elegí el mejor lugar dentro de la iglesia u oratorio, donde puedas ver a Jesús presente en el Sacramento.
·      Habitualmente conviene entrar en la presencia del Señor invocando al Espíritu Santo o con una oración introductoria. San Pablo dice que “el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene”.
·      No te olvidés: Jesús te mira, te oye, te habla... Su corazón palpita de amor por vos. Tratá de tomar conciencia de que estás ante el Rey de Reyes. Imagina que eres María, la hermana de Marta, que en casa de Lázaro está a los pies del Señor. O que, como los Magos venidos de Oriente, te postrás ante Él y le abrís el cofre de tu corazón… O que, como la mujer cananea o el ciego de nacimiento corrés a su presencia, te postrás y pedís por otros o por vos mismo…
·      Podés pedir en este momento a María que te enseñe a adorar... que puedas estar ante Jesús como estaba Ella. Con su Fe, con su Confianza, con su Amor, con su humildad.
·      Si bien no es indispensable, es conveniente usar algún texto para meditar o que nos ayude a contemplar. Puede ser un texto de la Sagrada Escritura (especialmente de los Evangelios, pero también son muy valiosos los Salmos, oraciones del Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento) o de los santos.
·      No se trata sólo de leer para informarnos: es importante que cada palabra la recibamos como proviniendo del mismo Jesús, y que esa Palabra toque no sólo nuestra mente, sino también nuestro corazón. Que nos hiera, que nos lleva a la reflexión. Que suscite asombro, alegría, gratitud, confianza, entusiasmo, resolución… Recibir y atesorar las palabras y los sentimientos que ella despierta como un regalo del Maestro.
·      Por último, es importante no quedarnos sólo en la reflexión. Dios nos habla, y espera nuestra respuesta, que puede ser con palabras, y que muchas veces incluye el propósito de cambiar de vida, de ser mejores.
·      La oración espontánea (o también con un salmo, o texto que nos guste de algún santo) puede darse no sólo al final, sino también durante todo el tiempo.
·      Somos conducidos así a la contemplación: a mirar a Aquel que nos está mirando desde la Hostia Consagrada. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres.

4. ¿Cómo participar de un momento de Adoración al Santísimo guiado?
En los momentos de Adoración guiados (comunitarios) se suelen leer textos, ya sea como viniendo del mismo Jesús (palabras suyas de la Escritura o escritas por otro y puestas en su boca) ya sea como oraciones a Jesús o como invitaciones de quien dirige la oración a disponernos con ciertas actitudes.
Es importante que escuches atentamente y vayas pensando lo que se dice, tratando de asumir los sentimientos que se sugieren en los textos.
En los momentos de silencio que se intercalan, continúa pensando en las palabras que se han dicho, o bien hablá con Jesús de corazón a corazón, o simplemente miralo.  Aprovechá cada segundo que pases ante Él.
Un recurso que se suele utilizar son los cantos. Si están bien elegidos, basta que pienses en la letra y lo que ella transmite, para ponerte en oración. San Agustín decía: “el que canta bien, reza dos veces”. Cantar significa, en ese contexto, cantar pensando lo que decimos, las palabras que pronunciamos.

5. ¿Qué hacer cuando nos vienen muchas distracciones?
Para nosotros es casi inevitable distraernos, porque no tenemos un dominio total sobre nuestra memoria, imaginación o inteligencia. Algunas veces estas distracciones proceden directamente del Maligno, que no quiere que estemos ante Jesús.
Otras veces es que, sencillamente, las cosas que nos entusiasman o preocupan vienen insistentemente a nuestra mente. Un examen que tenemos que rendir, una pelea que tuvimos con alguien, un familiar enfermo...
En esos momentos, lo más indicado es entregarle todo a Dios: ese examen, esa persona, esa enfermedad... dejar todo eso a los pies de Jesús. Transformar nuestra distracción en materia de oración.
Otras veces las distracciones son fruto de nuestro poco fervor: nuestra fe y amor son demasiado tibios, y fácilmente se nos va la mirada del Señor. Pedí, entonces, que Él reavive en vos el ardor y la alegría por ser su discípulo.

6. ¿Qué debemos hacer cuando sentimos mucha sequedad?
Algunas veces puede sucederte que, durante la Adoración, sentís como un fuego que te quema por dentro... o una gran dulzura espiritual... o una inmensa paz en el alma... o una alegría que te desborda y que amenaza con hacer “explotar” tu corazón. En esos momentos, una hora de Adoración se te “pasa volando”.
Pero otras veces no “sentís” nada. Es como que Dios se ha ido, como si no te escuchara, como si estuviera ausente. A eso podemos llamarlo “sequedad”, “aridez” o también “desolación”. En esos momentos, diez minutos se te vuelven “eternos”: no se te pasa nunca.
Allí, los santos nos dicen: perseverá. Continuá. No dejés la oración. Jesús te está haciendo crecer, está purificando tu alma del amor propio. Confìa y permanece.