domingo, 20 de noviembre de 2016

Romance a Cristo Rey



Eres un rey misterioso
que gobierna en un madero
y conquista el mundo entero
para el Padre poderoso;
no eres cruel, sino piadoso
no violento, sino manso
al pobre ofreces descanso
al perdido dirección
al que cree, salvación
al alma inquieta, remanso.


Quieres reinar en el mundo
comenzando desde adentro
pones el amor al centro
de todo lo que es fecundo.
Tu mensaje es tan profundo
tu puro amor tan intenso
tu corazón, tan inmenso
y tu perdón, tan larguero
que ni el sabio más ligero
jamás puede comprenderlos.


En lo alto del madero
por tres veces escuchaste
"a muchos otros salvaste,
salvate vos, y creeremos"
Pero en un trance tan fiero
no desviaste tu camino
aquel designio divino
que tenías que cumplir:
por todo hombre morir
y quedarte en Pan y Vino.


Un perdón inusitado
le mostraste a aquél ladrón:
había sido un cabezón
que a muchos había afanado.
pero viéndote llagado
azotado, e impotente
descubrió un amor latente
y un corazón compasivo
y fue entonces el más vivo
y alcanzó por siempre verte.


"Jesús, mi Rey, mi Señor
acordate de mi nombre
yo soy sólo un pobre hombre
un ladrón, un malhechor.
Yo no soy merecedor
de ir al Cielo pa gozar
yo no hice más que pecar
pero ahora estoy contrito
Yo sé bien, Jesús bendito
que me puedes perdonar"

martes, 1 de noviembre de 2016

¿ CUÁL DEBE SER NUESTRA RESPUESTA A LOS TERRIBLES ESCÁNDALOS EN LA IGLESIA ?

Cuando aún era seminarista, y comenzaron a surgir a la luz más y más los casos de abusos de menores en EEUU -y luego en otros países-, llegó a mis manos esta homilía, pronunciada por un sacerdote norteamericano.

Cada vez que con INMENSO DOLOR tomo conocimiento de casos similares, los conceptos aquí vertidos vuelven. Hoy quiero compartirlos en este espacio, y los invito a leer y meditar.





Homilía del sacerdote Franciscano P. Roger J. Landry, pronunciada en la Parroquia del Espíritu Santo en Fall River, MA (Estados Unidos).


La nota de ocho columnas de la semana pasada no se la llevó el patriótico desfile del Super Bowl ni quién sería el mariscal de campo, Drew o Tom, ni tampoco el discurso del Presidente al Estado de la Unión y su comentario de que hay muchos operativos terroristas en los Estados Unidos que constituyen verdaderas "bombas de tiempo". Nada de esto fue la noticia principal. Los encabezados fueron capturados por la muy triste noticia de que quizá hasta setenta sacerdotes en la Arquidiócesis de Boston abusaron de jóvenes a quienes estaban consagrados a servir. Es un escándalo mayúsculo, uno que muchas personas que durante largo tiempo han tenido aversión a la Iglesia a causa de alguna de sus enseñanzas morales o doctrinales, lo están usando como pretexto para atacar a la Iglesia como un todo, tratando de implicar que después de todo ellos tenían razón. Muchas personas se han acercado a mí para hablar del asunto. Muchas otras hubieran querido hacerlo, pero creo que por respeto y por no querer sacar a relucir lo que consideran malas noticias, se abstuvieron; pero para mí era obvio que estaba en su mente. Y por eso, hoy quiero atacar el asunto de frente. Ustedes tienen derecho a ello.

No podemos fingir como si no hubiera sucedido. Y yo quisiera discutir cuál debe ser nuestra respuesta como fieles católicos a este terrible escándalo. Lo primero que necesitamos hacer, es entenderlo a la luz de nuestra fe en el Señor. Antes de elegir a Sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenia muchos seguidores. Él habló a Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran sus doce Apóstoles, los doce que Él formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en Su nombre. Él les dio el poder de expulsar a los demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron como Jesús obró incontables milagros. Ellos mismos obraron en Su nombre numerosos milagros. Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno que había seguido al Señor, uno, a quien el Señor le lavó los pies, que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que Él permitió que Satanás entrara en él y luego vendió al Señor por treinta monedas en Getsemaní, simulando un acto de amor para entregarlo. "!Judas," le dijo Jesús en el huerto de Getsemani, "con un beso entregas al Hijo del hombre!" Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. Él lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas fue siempre libre y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y, por su traición termino haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado. Así que desde los primeros doce que Jesús mismo eligió, uno fue un terrible traidor. A VECES LOS ELEGIDOS DE DIOS LO TRAICIONAN. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió. Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de comenzar a crecer. En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven. En vez de centrarse en aquel que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estamos aquí hoy. Es gracias a los otros once -todos los cuales, excepto San Juan, fueron martirizados por Cristo y por el Evangelio, por el cual estuvieron dispuestos a dar sus vidas para proclamarlo- que nosotros llegamos a escuchar la palabra salvífica de Dios, que recibimos los sacramentos de la vida eterna. 

Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quienes estaban llamados a servir, o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor. Los medios casi nunca prestan atención a los buenos "once", aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Pero nosotros, la Iglesia, debemos ver el terrible escándalo que estamos atestiguando bajo una perspectiva auténtica y completa. El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, cuando estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición matemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaron a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad, la Luz de Cristo brillara más intensamente. Yo quisiera centrarme un poco en un par de santos a quienes Dios hizo surgir en esos tiempos tan difíciles, porque su sabiduría realmente puede guiarnos durante este tiempo difícil. San Francisco de Sales fue un santo a quien Dios hizo surgir justo después de la Reforma Protestante. La Reforma Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de fe –aunque las diferencias teológicas aparecieron después- sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI. Este Papa jamás enseñó nada contra la fe -el Espíritu Santo lo evitó- pero fue simplemente un hombre malvado. Tuvo nueve hijos de seis diferentes concubinas. Llevó a cabo acciones contra aquellos que consideraba sus enemigos. Martín Lutero visitó Roma durante su papado y se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan malvado fuera la cabeza visible de Su Iglesia. Regresó a Alemania y observó toda clase de problemas morales.
Los sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Privaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. Él se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que fundo su propia iglesia. Eventualmente Dios hizo surgir a muchos santos que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a las personas a la Iglesia fundada por Cristo. San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza, donde los calvinistas eran muy populares, predicando el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto. Un día le preguntaron cuál era su postura en relación al escándalo que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon. Él no se anduvo con rodeos. Dijo: "Aquellos que cometen ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato, destruyendo la fe de otras personas en Dios con su pésimo ejemplo". Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: "Pero yo estoy aquí entre ustedes hoy para evitarles un mal aún peor. Mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo -los que permiten que los escándalos destruyan su fe-, son culpables de suicidio espiritual."

Son culpables, dijo él, "de cortar de tajo su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía". San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza tratando de prevenir que cometieran un suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes. ¿Cuál debe ser entonces nuestra reacción? Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente difíciles también puede ayudarnos. El gran San Francisco de Asís vivió alrededor del año 1200, que fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aún peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su manera despreocupada de vivir. Pero eventualmente, se convirtió al Señor, fundó a los Franciscanos, ayudó a Dios a reconstruir Su Iglesia y llegó a ser uno de los más grandes santos de todos los tiempos. Una vez, uno de los hermanos de la Orden de Frailes Menores le hizo una pregunta. Este hermano era muy susceptible a los escándalos. "Hermano Francisco," le dijo, "¿qué harías tu si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?" Francisco, sin dudar un sólo instante, le dijo muy despacio: "Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote." ¿A dónde quiso llegar Francisco? El quiso dejar en claro una verdad formidable de la fe y un don extraordinario del Señor. Sin importar cuán pecador pueda ser un sacerdote, siempre y cuando tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia -en Misa, por ejemplo, cambiar el pan y el vino en la carne y la sangre de Cristo, o en la confesión, sin importar cuán pecador sea él en lo personal, perdonar los pecados del penitente-, Cristo mismo actúa en los sacramentos a través de ese ministro. Ya sea que el Papa celebre la Misa o que un sacerdote condenado a muerte por un crimen celebre la Misa, en ambos casos es Cristo mismo quien actúa y nos da Su cuerpo y Su sangre. Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de Su Señor que sus manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!

Y es que si siempre tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas. Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. Pero Dios lo sabía desde el principio. Once de los primeros doce Apóstoles se dispersaron cuando Cristo fue arrestado, pero regresaron; uno de los doce traicionó al Señor y tristemente nunca regresó. Dios ha hecho los sacramentos esencialmente "a prueba de los sacerdotes", esto es, en términos de su santidad personal. No importa cuán santos estos sean o cuán malvados, siempre y cuando tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, entonces actúa Cristo mismo, tal como actuó a través de Judas cuando Judas expulsó a los demonios y curó a los enfermos. 

Así que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea ordenado?

Absolutamente. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochenta, pero siempre puede ser perfeccionada.
Pero aún esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las victimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. El Cardenal Law ha hecho que la mayoría de los rectores de las escuelas de medicina en Boston trabajen en el establecimiento de un centro para la prevención del abuso en niños, que es algo que todos nosotros debemos apoyar. Pero ni siquiera esto es una respuesta suficiente ¡La única respuesta adecuada a este terrible escándalo, -, como San Francisco de Sales reconoció en 1600 e incontables otros santos han reconocido en cada siglo-, es la SANTIDAD!

¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro autentico de la Iglesia. Siempre hay personas -un sacerdote se encuentra con ellas regularmente, ustedes probablemente conocen a varias de ellas también-, que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué lentamente están cometiendo suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas de la Iglesia sobre algún asunto particular. Indudablemente habrá muchas personas estos días -y ustedes probablemente se encontraran con ellas- que dirán: "¿Para qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado leyendo?" Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos trataran de colgar su justificación para no practicar la fe. Por eso es que la santidad es tan importante. Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con amor al amor del Señor. Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de hoy son una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas y dar un testimonio aún mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡ incluyendo a los laicos ! Todos tenemos la vocación de ser santos y esta crisis es una llamada para que despertemos. Estos son tiempos duros para ser sacerdote hoy. Son tiempos duros para ser católicos hoy. Pero también son tiempos magníficos para ser un sacerdote hoy y tiempos magníficos para ser católicos hoy. Jesús dice en las bienaventuranzas que escuchamos hoy: "Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes." Yo he experimentado de primera mano esta bienaventuranza, al igual que otros sacerdotes que conozco. A principios de esta semana, cuando terminé de hacer ejercicio en un gimnasio local, salía yo del vestidor con mi traje negro de clérigo. Una madre, apenas me vio, inmediata y apresuradamente apartó a sus hijos del camino y los protegió de mi mientras yo pasaba. Me miró cuando pasé y cuando me había alejado lo suficiente, respiró aliviada y soltó a sus hijos como si yo fuera a atacarlos a mitad de la tarde en un club deportivo.

Pero mientras que todos nosotros quizá tengamos que padecer tales insultos y falsedades por causa de Cristo, de hecho debemos regocijarnos. Es un tiempo fantástico para ser cristianos hoy, porque es un tiempo en el que Dios realmente necesita de nosotros para mostrar Su verdadero rostro. En tiempos pasados en Estados Unidos, la Iglesia era respetada. Los sacerdotes eran respetados. La Iglesia tenía reputación de santidad y bondad. Pero ya no es así.

Uno de los más grandes predicadores en la historia estadounidense, el Obispo Fulton J. Sheen, solía decir que él prefería vivir en tiempos en los que la Iglesia sufre en vez de cuando florece, cuando la Iglesia tiene que luchar, cuando la Iglesia tiene que ir contra la cultura. Esas épocas para que los verdaderos hombres y las verdaderas mujeres dieran un paso al frente y contaran. "Hasta los cadáveres pueden flotar corriente abajo," solía decir, señalando que muchas personas salen adelante fácilmente cuando la Iglesia es respetada, "pero se necesita de verdaderos hombres, de verdaderas mujeres, para nadar contra la corriente."

¡Qué cierto es esto! Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para mantenerse a flote y nadar contra la corriente que se mueve en oposición a la Iglesia. Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para reconocer que cuando se nada contra la corriente de las críticas, estamos más seguros que cuando permanecemos adheridos a la Roca sobre la que Cristo fundó su Iglesia. Este es uno de esos tiempos. Es uno de los grandes momentos para ser cristianos.

Algunas personas predicen que en esta región la Iglesia pasará tiempos difíciles y quizá sea así, pero la Iglesia sobrevivirá, porque el Señor se asegurará de que sobreviva. Una de las más grandes réplicas en la historia sucedió justamente hace unos 200 años. El emperador francés Napoleón engullía con sus ejércitos a los países de Europa con la intención final de dominar totalmente el mundo. En aquel entonces dijo una vez al Cardenal Consalvi:

"Voy a destruir su Iglesia" El Cardenal le contestó: "No, no podrá". 
Napoleón, con sus 150 cm. de altura, dijo otra vez: "¡Voy a destruir su Iglesia!"
El Cardenal dijo confiado: "No, no podrá. !Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!"
Si los malos Papas, los sacerdotes infieles y miles de pecadores en la Iglesia no han tenido éxito en destruirla desde su interior -le estaba diciendo implícitamente al general- ¿cómo cree que Ud. va a poder hacerlo?

El Cardenal apuntaba a una verdad crucial. Cristo nunca permitirá que Su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre Su Iglesia, que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla, sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto suceda. Cristo sigue en la barca y Él nunca la abandonará.

La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! !Es Su Iglesia! Aún cuando algunos de Sus elegidos lo hayan traicionado, Él llamará a otros que serán fieles, que los servirán a ustedes con el amor que merecen ser servidos, tal como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once Apóstoles se pusieron de acuerdo y permitieron que el Señor eligiera a alguien que tomara el lugar de Judas y escogieron al hombre que terminó siendo San Matías, quien proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.

¡Este es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad!
¡Estamos llamados a ser santos y cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte crucial de la solución. Y cuando caminen al frente hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a Él que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar Su autentico rostro.

Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote para ustedes hoy es porque siendo joven, me impresionaron negativamente algunos de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa y casi sin reverencia alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus manos algo de poco valor en vez de al Creador y Salvador de todos, en vez de a MI Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de ser sacerdote: "¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda tratarte como Tú mereces!" Eso me dio un ardiente deseo de servir al Señor.

Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo. Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, "Quiero ser santo, para que yo y la Iglesia podamos glorificar Tu nombre como Tú lo mereces, para que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he encontrado."

Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de los tiempos. Él sigue en la barca. 

Tal como a partir de la traición de Judas, Él alcanzo la más grande victoria en la historia del mundo, nuestra salvación por medio de Su Pasión, muerte y Resurrección, también a través de este episodio Él puede traer y quiere traer un nuevo renacimiento de la santidad, para lanzar unos nuevos Hechos de los Apóstoles en el siglo XXI, con cada uno de nosotros -y esto te incluye a TI- jugando un papel estelar. Ahora es el tiempo para que los verdaderos hombres y mujeres de la Iglesia se pongan de pie. Ahora es el tiempo de los santos. ¿Cómo vas a responder tú?

lunes, 1 de agosto de 2016

Para comprender bien qué es una peregrinación


Comparto con ustedes un texto del "Directorio de Liturgia y Piedad Popular", que nos ayuda a comprender qué es una peregrinación y nos da algunas normas prácticas muy concretas para organizarlas y vivirlas.



La peregrinación

279. La peregrinación, experiencia religiosa universal, es una expresión característica de la piedad popular, estrechamente vinculada al santuario, de cuya vida constituye un elemento indispensable: el peregrino necesita un santuario y el santuario requiere peregrinos.





Peregrinaciones bíblicas

280. En la Biblia destacan, por su simbolismo religioso, las peregrinaciones de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a Siquem (cfr. Gn 12,6-7; 33,18-20), Betel (cfr. Gn 28,10-22; 35,1-15) y Mambré (Gn 13,18; 18,1-15), donde Dios se les manifestó y se comprometió a darles la "tierra prometida".

Para las tribus salidas de Egipto, el Sinaí, monte de la teofanía a Moisés (cfr. Ex 19-20), se convierte en un lugar sagrado y todo el camino del desierto del Sinaí tuvo para ellos el sentido de un largo viaje hacia la tierra santa de la promesa: viaje bendecido por Dios, que, en el Arca (cfr. Num 10,33-36) y en el Tabernáculo (cfr. 2 Sam 7,6), símbolos de su presencia, camina con su pueblo, lo guía y la protege por medio de la Nube (cfr. Num 9,15-23).

Jerusalén, convertida en sede del Templo y del Arca, pasó a ser la ciudad-santuario de los Hebreos, la meta por excelencia del deseado "viaje santo" (Sal 84,6), en el que el peregrino avanza "entre cantos de alegría, en el bullicio de la fiesta" (Sal 42,5) hasta "la casa de Dios" para comparecer ante su presencia (cfr. Sal 84,6-8).

Tres veces al año, los varones israelitas debían "presentarse ante el Señor" (cfr. Ex 23,17), es decir, dirigirse al Templo de Jerusalén: esto daba lugar a tres peregrinaciones con ocasión de las fiestas de los Ácimos (la Pascua), de las Semanas (Pentecostés) y de los Tabernáculos; y toda familia israelita piadosa acudía, como hacía la familia de Jesús (cfr. Lc 2,41), a la ciudad santa para la celebración anual de la Pascua. Durante su vida pública, también Jesús se dirigía habitualmente a Jerusalén como peregrino (cfr. Jn 11,55-56); por otra parte se sabe que el evangelista san Lucas presenta la acción salvífica de Jesús como una misteriosa peregrinación (cfr. Lc 9,51-19,45), cuya meta es Jerusalén, la ciudad mesiánica, el lugar del sacrificio pascual y de su retorno al Padre: "He salido del Padre y he venido al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28).
Precisamente durante una reunión de peregrinos en Jerusalén, de "judíos observantes de toda nación que hay bajo el cielo" (Hech 2,5) para celebrar Pentecostés, la Iglesia comienza su camino misionero.





La peregrinación cristiana

281. Desde que Jesús ha dado cumplimiento en sí mismo al misterio del Templo (cfr. Jn 2,22-23) y ha pasado de este mundo al Padre (cfr. Jn 13,1), realizando en su persona el éxodo definitivo, para sus discípulos ya no existe ninguna peregrinación obligatoria: toda su vida es un camino hacia el santuario celeste y la misma Iglesia dice de sí que es "peregrina en este mundo".

Sin embargo la Iglesia, dada la conformidad que existe entre la doctrina de Cristo y los valores espirituales de la peregrinación, no sólo ha considerado legítima esta forma de piedad, sino que la ha alentado a lo largo de la historia.

282. En los tres primeros siglos la peregrinación, salvo alguna excepción, no forma parte de las expresiones cultuales del cristianismo: la Iglesia temía la contaminación de prácticas religiosas del judaísmo y del paganismo, en los cuales la práctica de la peregrinación estaba muy arraigada.

No obstante, en estos siglos se ponen los cimientos para una recuperación, con características cristianas, de la práctica de la peregrinación: el culto a los mártires, en las tumbas, a las que acuden los fieles para venerar los restos mortales de estos testigos insignes de Cristo, determinará, progresiva y consecuentemente, el paso de la "visita devota" a la "peregrinación votiva".

283. Después de la paz constantiniana, tras la identificación de los lugares y el hallazgo de las reliquias de la Pasión del Señor, la peregrinación cristiana vive un momento de esplendor: es sobre todo la visita a Palestina, que, por sus "lugares santos", se convierte, comenzando por Jerusalén, en la Tierra santa. De esto dan testimonio las narraciones de peregrinos famosos, como el Itinerarium Burdigalense y el Itinerarium Egeriae, ambos del siglo IV.

Se construyen basílicas sobre los "lugares santos", como la Anástasis, edificada sobre el Santo Sepulcro, y el Martyrium sobre el Monte Calvario, que ejercen una gran atracción sobre los peregrinos. También los lugares de la infancia del Salvador y de su vida pública se convierten en meta de peregrinaciones, que se extienden también a los lugares sagrados del Antiguo Testamento, como el Monte Sinaí.

284. La Edad Media es la época dorada de las peregrinaciones; además de su función fundamentalmente religiosa, han tenido una función extraordinaria en la formación de la cristiandad occidental, en la unión de los diversos pueblos, en el intercambio de valores entre las diversas culturas europeas.

Los centros de peregrinación son numerosos. Ante todo, Jerusalén, que, a pesar de la ocupación islámica, continúa siendo un punto importante de atracción espiritual, así como el origen del fenómeno de las cruzadas, cuyo motivo fue precisamente permitir a los fieles visitar el sepulcro de Cristo. Asimismo las reliquias de la pasión del Señor, como la túnica, el rostro santo, la escala santa, la sábana santa atraen a innumerables fieles y peregrinos. A Roma acuden los "romeros" para venerar las memorias de los apóstoles Pedro y Pablo (ad limina Apostolorum), para visitar las catacumbas y las basílicas, y como reconocimiento del ministerio del Sucesor de Pedro a favor de la Iglesia universal (ad Petri sedem). Fue también muy frecuentado durante los siglos IX a XVI, y todavía hoy lo es, Santiago de Compostela, hacia donde convergen desde diversos países varios "caminos", formados como consecuencia de un planteamiento religioso, social y caritativo de la peregrinación. Entre otros lugares se puede mencionar Tours, donde está la tumba de san Martín, venerado fundador de dicha Iglesia; Canterbury, donde santo Tomás Becket consumó su martirio, que tuvo gran resonancia en toda Europa; el Monte Gargano en Puglia, S. Michele della Chiusa en el Piamonte, el Mont Saint-Michel en Normandía, dedicados al arcángel san Miguel; Walsingham, Rocamadour y Loreto, sedes de célebres santuarios marianos.

285. En la época moderna, debido al cambio del ambiente cultural, a las vicisitudes originadas por el movimiento protestante y el influjo de la ilustración, las peregrinaciones disminuyeron: el "viaje a un país lejano" se convierte en "peregrinación espiritual", "camino interior" o "procesión simbólica", que consistía en un breve recorrido, como en el Vía Crucis.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX se recuperan las peregrinaciones, pero cambia en parte su fisonomía: tienen como meta santuarios que son particulares expresiones de la identidad de la fe y de la cultura de una nación; este es el caso, por ejemplo de los santuarios de Altötting, Antipolo, Aparecida, Asís, Caacupé, Chartres, Coromoto, Czestochowa, Ernakulam-Angamaly, Fátima, Guadalupe, Kevalaer, Knock, La Vang, Loreto, Lourdes, Mariazell, Marienberg, Montevergine, Montserrat, Nagasaki, Namugongo, Padua, Pompei, San Giovanni Rotondo, Washington, Yamoussoukro, etc.





Espiritualidad de la peregrinación

286. A pesar de todos los cambios sufridos a lo largo de los siglos, la peregrinación conserva en nuestro tiempo los elementos esenciales que determinan su espiritualidad:

Dimensión escatológica. Es una característica esencial y originaria: la peregrinación, "camino hacia el santuario", es momento y parábola del camino hacia el Reino; la peregrinación ayuda a tomar conciencia de la perspectiva escatológica en la que se mueve el cristiano, homo viator: entre la oscuridad de la fe y la sed de la visión, entre el tiempo angosto y la aspiración a la vida sin fin, entre la fatiga del camino y la esperanza del reposo, entre el llanto del destierro y el anhelo del gozo de la patria, entre el afán de la actividad y el deseo de la contemplación serena.
El acontecimiento del éxodo, camino de Israel hacia la tierra prometida, se refleja también en la espiritualidad de la peregrinación: el peregrino sabe que "aquí abajo no tenemos una ciudad estable" (Heb 13,14), por lo cual, más allá de la meta inmediata del santuario, avanza a través del desierto de la vida, hacia el Cielo, hacia la Tierra prometida.

Dimensión penitencial. La peregrinación se configura como un "camino de conversión": al caminar hacia el santuario, el peregrino realiza un recorrido que va desde la toma de conciencia de su propio pecado y de los lazos que le atan a las cosas pasajeras e inútiles, hasta la consecución de la libertad interior y la comprensión del sentido profundo de la vida.
Como ya se ha dicho, para muchos fieles la visita a un santuario constituye una ocasión propicia, con frecuencia buscada, para acercarse al sacramento de la Penitencia, y la peregrinación misma se ha entendido y propuesto en el pasado – y también en nuestros días – como una obra de penitencia.
Además, cuando la peregrinación se realiza de modo auténtico, el fiel vuelve del santuario con el propósito de "cambiar de vida", de orientarla hacia Dios más decididamente, de darle una dimensión más trascendente.


Dimensión festiva. En la peregrinación la dimensión penitencial coexiste con la dimensión festiva: también esta se encuentra en el centro de la peregrinación, en la que aparecen no pocos de los motivos antropológicos de la fiesta.
El gozo de la peregrinación cristiana es prolongación de la alegría del peregrino piadoso de Israel: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor" (Sal 122,1); es alivio por la ruptura de la monotonía diaria, desde la perspectiva de algo diverso; es aligeramiento del peso de la vida que para muchos, sobre todo para los pobres, es un fardo pesado; es ocasión para expresar la fraternidad cristiana, para dar lugar a momentos de convivencia y de amistad, para mostrar la espontaneidad, que con frecuencia está reprimida.

Dimensión cultual. La peregrinación es esencialmente un acto de culto: el peregrino camina hacia el santuario para ir al encuentro con Dios, para estar en su presencia tributándole el culto de su adoración y para abrirle su corazón.

En el santuario, el peregrino realiza numerosos actos de culto, tanto de orden litúrgico como de piedad popular. Su oración adquiere formas diversas: de alabanza y adoración al Señor por su bondad y santidad; de acción de gracias por los dones recibidos; de cumplimiento de un voto, al que se había obligado el peregrino ante el Señor; de imploración de las gracias necesarias para la vida; de petición de perdón por los pecados cometidos.

Con mucha frecuencia la oración del peregrino se dirige a la Virgen María, a los Ángeles y a los Santos, a quienes reconoce como intercesores válidos ante el Altísimo. Por lo demás, las imágenes veneradas en el santuario son signos de la presencia de la Madre y de los Santos, junto al Señor glorioso, "siempre vivo para interceder" (Heb 7,25) en favor de los hombres y siempre presente en la comunidad que se reúne en su nombre (cfr. Mt 18,20; 28,20). La imagen sagrada del santuario, sea de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles o de los Santos, es un signo santo de la presencia divina y del amor providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación en generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del necesitado, gemido del afligido, júbilo agradecido de quien ha obtenido gracia y misericordia.

Dimensión apostólica. La situación itinerante del peregrino presenta de nuevo, en cierto sentido, la de Jesús y sus discípulos, que recorrían los caminos de Palestina para anunciar el Evangelio de la salvación. Desde este punto de vista, la peregrinación es un anuncio de fe y los peregrinos se convierten en "heraldos itinerantes de Cristo".


Dimensión de comunión. El peregrino que acude al santuario está en comunión de fe y de caridad, no sólo con los compañeros con quienes realiza el "santo viaje" (cfr. Sal 84,6), sino con el mismo Señor, que camina con él, como caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35); con su comunidad de origen, y a través de ella, con la Iglesia que habita en el cielo y peregrina en la tierra; con los fieles que, a lo largo de los siglos, han rezado en el santuario; con la naturaleza que rodea el santuario, cuya belleza admira y que siente movido a respetar; con la humanidad, cuyo sufrimiento y esperanza aparecen en el santuario de diversas maneras, y cuyo ingenio y arte han dejado en él numerosas huellas.





Desarrollo de la peregrinación

287. Puesto que el santuario es un lugar de oración, así la peregrinación es un camino de oración. En cada una de las etapas, la oración deberá alentar la peregrinación y la Palabra de Dios deberá ser luz y guía, alimento y apoyo.

El resultado feliz de una peregrinación, en cuanto manifestación cultual, y los mismos frutos espirituales que se esperan de ella, se aseguran disponiendo de manera ordenada las celebraciones y destacando adecuadamente las diversas fases.

La partida de la peregrinación se debe caracterizar por un momento de oración, realizado en la iglesia parroquial o en otra que resulte más adecuada, y consiste en la celebración de la Eucaristía o de alguna parte de la Liturgia de las Horas, o en una bendición especial para los peregrinos.

La última etapa del camino se debe caracterizar por una oración más intensa; es aconsejable que cuando ya se divise el santuario, el recorrido se haga a pie, procesionalmente, rezando, cantando y deteniéndose en las estaciones que pueda haber en ese trayecto.

La acogida de los peregrinos podrá dar lugar a una especie de "liturgia de entrada", que sitúe el encuentro entre los peregrinos y los encargados del santuario en el plano de la fe; donde sea posible, estos últimos saldrán al encuentro de los peregrinos, para acompañarles en el trayecto final del camino.

La permanencia en el santuario, obviamente, deberá constituir el momento más intenso de la peregrinación y se deberá caracterizar por el compromiso de conversión, convenientemente ratificado en el sacramento de la reconciliación; por expresiones particulares de oración, como el agradecimiento, la súplica, la petición de intercesiones, según las características del santuario y los objetivos de la peregrinación; por la celebración de la Eucaristía, culminación de la peregrinación.

La conclusión de la peregrinación se caracterizará por un momento de oración, en el mismo santuario o en la iglesia de la que han partido; los fieles darán gracias a Dios por el don de la peregrinación y pedirán al Señor la ayuda necesaria para vivir con un compromiso más generoso la vocación cristiana, una vez que hayan vuelto a sus hogares.

Desde la antigüedad, el peregrino ha querido llevarse algún "recuerdo" del santuario visitado. Se debe procurar que los objetos, imágenes, libros, transmitan el auténtico espíritu del lugar santo. Se debe conseguir que los lugares de venta no estén en el área sagrada del santuario, ni tengan el aspecto de un mercado.

lunes, 23 de mayo de 2016

Homilía en una primera misa (ésta sí pronunciada)


Hemos comenzado esta Eucaristía diciendo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Así comenzamos cada vez que nos disponemos a rezar. Así, en el nombre de la Trinidad, estamos llamados a vivir y morir.
Todo nos viene desde el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Y también así, en el Espíritu Santo, por el Hijo, estamos llamados a volver al Padre.
Y siguiendo ese dinamismo, esta mañana nuestra Iglesia de Paraná ha recibido un inmenso regalo.
Esta mañana, el Padre Dios, por la mediación de Cristo y gracias a la fuerza del Espíritu Santo, nos ha regalado 5 nuevos sacerdotes.
¿Qué ocurrió hoy en Catedral? ¿Fue simplemente un “acto de colación”? ¿Fue el momento en el cual unos chicos, luego de terminar su carrera y rendir unas materias, recibieron su “diploma”, y pueden comenzar a ejercer una profesión?
No. Lo que ocurrió fue algo mucho más hondo, que sólo desde la fe podemos comprender.
La ordenación de esta mañana, tu ordenación, querido Horacio, fue un misterio de Transformación, análogo a la Eucaristía. Para comprender tu sacerdocio, creo que nos hará mucho bien mirar el Sacramento de los sacramentos, al cual tu sacerdocio se ordena.
Porque así como la primera parte de la Misa es la Liturgia de la Palabra, en el inicio del camino, de tu camino, hay una Palabra. En el principio, fue el llamado, fue la dulce y firme voz de Jesús, que aprendiste a escuchar aquí, en este templo, en tu querida Acción Católica, en esta comunidad, como también en tu querida comunidad del Santa María del Rosario.
Siguiendo esa Palabra, respondiendo a la voz del Maestro, ingresaste al Seminario Mayor, luego de un período de discernimiento –no exento de dificultades-, en el cual tu vocación maduró y se hizo más clara.
Allí, en todos estos años de formación, se fue preparando y presentando tu vida, como una ofrenda. Como el trigo y la uva, tu naturaleza humana necesitó del trabajo del hombre, de tus formadores, además de tu propia libertad, para llegar a ser pan y vino. Te tocaron años difíciles, tanto para la vida de la Iglesia Católica como para nuestra querida diócesis. Te tocó formarte en el Seminario, en tiempos donde muchos pensaban  y hablaban de él como en un lugar oscuro y triste. Alguno llegó a decir que era como un campo de concentración. Pero tu alegría, tu sonrisa y tu risa contagiosa, el brillo de tu mirada, nos daba la certeza de que el Seminario seguía siendo seno materno, Cenáculo donde María y el Espíritu seguían y siguen estando presentes y actuantes. Alegría que pudiste compartir y contagiar a tus padres, cuyas lágrimas iniciales se fueron trocando, poco a poco, en alegría. Hoy también lloran, seguramente, pero de gozo, emoción y gratitud.
El Seminario te hizo pan blanco y vino bueno, modelando en vos el carácter y permitiéndote extraer de tu temperamento lo mejor, para bien de su Iglesia.
Pero solo esta mañana ocurrió el evento decisivo. Sólo esta mañana ocurrió tu Consagración. Y así como en la Eucaristía son esas Palabras las que producen una nueva realidad –palabras que sólo en minutos vas a pronunciar, presidiendo por primera vez la Misa- así también esta mañana vos, como pan, estuviste en las manos del Obispo –que eran las de la Iglesia, y en el fondo, las de Dios- y mientras él pronunciaba la fórmula de la ordenación, en el Cielo resonaba otra Palabra, eficaz: “Horacio, tú eres sacerdote para siempre”.
De tal modo que, al igual que en la Eucaristía, hay algo nuevo, aún cuando lo que vemos permanezca igual. Hoy podríamos decir, al mirarte, lo que Tomás de Aquino afirma ante la hostia: “se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto… más la palabra engendra fe rendida”
Hermanos, nosotros seguimos viendo a Horacio, pero nuestra fe nos dice: Él es Cristo, es otro Cristo, es el mismo Cristo. Por eso cuando le confesemos nuestros pecados, nos podrá decir… “yo te absuelvo”. Y al presidir la Misa, dirá “esto es mi cuerpo”.
Este es un misterio de fe, un misterio tan hondo, Horacio, que te llevará la vida entera y hasta la misma eternidad profundizarlo. Un misterio que nos supera, que nos da vértigo, que nos abruma y sorprende con su inmensidad, y a la vez nos enamora y nos conquista.
Nos abruma  y sorprende la audacia de Dios. Nos enamora y conquista su tozudez para amarnos, para volver a insistir con quererenos, con elegir a hombres débiles.

Querido Horacio: nunca te olvides que sos consagrado. Pertenecés a Dios. Toda tu vida –cuerpo y alma, con todas sus potencias- llevan la unción del Espíritu. Toda tu humanidad es a partir de ahora un instrumento para que Cristo se manifieste a los hombres.
No tengas miedo de vivir esa consagración y de testimoniarla. No dudes ni un instante que Dios no quita nada, sino que lo da todo. Y que es sólo perdiéndote como podrás encontrarte. Es desapareciendo para que surja Jesús como alcanzarás tu propia plenitud.
Tu ministerio sacerdotal, entonces, no es principalmente un trabajo, ni siquiera es únicamente una misión, un hacer. Lo primer es esta nueva realidad, esta identidad. De ella fluye, vigorosa y eficiente, tu misión sacerdotal. Todo lo que harás como cura no son tareas que se añaden desde afuera, como un oficio o un papel que se aprendiera y se ejecutara. Sos ahora pan consagrado: dejá que el Padre Dios te parta y te de al mundo.
Para que eso suceda, querido Horacio, debés estar enamorado de Cristo. Jesús te pregunta hoy, como lo hará cada mañana, “¿me amas?” De la intensidad de ese amor surge la transparencia.
Horacio, pedile al Espíritu vivir encendido. Alguien, hablando del padre Hurtado, lo definió como “un fuego que enciende otros fuegos”. Santa Catalina de Siena decía a los sacerdotes: “si son lo que deben ser, prenderéis fuego al mundo”. No dejes que se apague ese fuego del amor. Tené cuidado de que las innumerables actividades no te alejen de tu centro de gravedad, que debe ser Cristo en el Altar y el Sagrario. Si te enfriás, harás muchas cosas, mucho ruido, pero no podrás dar mucho fruto de vida eterna. Si permanecés ardiente en la caridad, con sólo verte los hombres se sentirán más cerca de Dios.

Así, desde Cristo, te será siempre más fácil y gozoso vivir tu triple misión.
Como Cristo Maestro: enseñando, no tus ideas, no una filosofía de moda, no simplemente una ética: sino la Palabra eterna, revelada y transmitida por la Escritura y la Tradición.
No pretendas agradar a todos.
No calles por miedo
No te asustes.
No licúes la fe.
Hacé resonar esa Palabra en todos los ámbitos: en la homilía, en la catequesis, en las misiones, en los medios de comunicación, en las escuelas, en el campo y la ciudad.
Mantené unidas siempre la fidelidad absoluta al depósito de la fe, y la creatividad en el modo de exponerla, para poder “tocar” al hombre y a la mujer de este tiempo, tanto más hambriento de la Verdad cuanto más encarcelado en el relativismo.

Como Cristo Sacerdote serás puente y mediador entre el Cielo y la tierra. Nunca te acostumbres a celebrar, a confesar, a ungir… viví cada sacramento como si fuera la primera vez. No te avergüences de ser piadoso, de adorar. Tus fieles se darán cuenta si creés en lo que decís y en los gestos que realizás, o si simplemente repetís una fórmula o seguís un ritual.
Hacé de tu Misa diaria el momento culminante de tu vida y tu apostolado. Allí tendrás el privilegio de hacer retornar al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la Creación salida de sus manos. Allí, en tu cáliz, hay lugar para todos los dolores y esperanzas de de tus ovejas. Celebrando con dignidad y belleza, estarás, como Juan el Bautista, señalando al Cordero que quita el pecado del mundo.

Como Cristo Pastor, finalmente, sos invitado a reflejar en todo tu ser la Bondad, la paciencia, la humildad, la sencillez de Jesús. Que la sonrisa perenne sea uno de los puntos inamovibles de tu plan pastoral.
No te olvides que tu autoridad tiene razón de ser únicamente para el servicio de las ovejas. Hacé todo lo posible para que cada una se sienta querida, valorada y llamada a la santidad. Todos: los ricos y los pobres, los santos y los pecadores, los intelectuales y los rudos, los niños y los ancianos. Todos te son confiados.
Cuidá mucho la unidad de las que ya están cerca… pero no te dejes encerrar por ellas. Las perdidas, las alejadas, las que están fuera del rebaño, te necesitan. Hacete próximo a tantas ovejas que están heridas y medio muertas: los enfermos, los adictos, los que tienen su hogar roto, los ignorantes.
Pastor misericordioso, no dejes de curar heridas, no te olvides de consolar al triste. Pero no olvides también de enseñar al que no sabe y corregir al que se equivoca.
Que el amor por las almas te consuma, como a Don Bosco, cuyo lema sacerdotal rezaba: “dame almas, y quítame todo lo demás”. Junto a tu consagración a Dios, ese es el sentido más profundo de tu celibato.
No te olvides que sos colaborador e hijo de tu obispo, y hermano de los otros presbíteros. Tu acción apostólica perdería fuerza y se desvirtuaría si te aislás, si te encerrás en tu propia comunidad y olvidás a tu Iglesia local y universal. Recuerda que si bien eres pastor, nunca dejas de ser oveja, y necesitas también de los otros pastores para no perder el rumbo.

Querido Horacio:

La misión es tan grande como apasionante. Los desafíos de nuestro tiempo, inmensos. Las tentaciones, múltiples. Pero no tengas miedo. No te olvides que cada día, cuando subas al altar, y en cada momento de tu sacerdocio, Jesús te dice: “Horacio, ahí tienes a tu Madre”. En las manos de María tu sacerdocio –ese tesoro en vasijas de barro- está seguro y protegido. En Ella, como estrella del Mar, podrás reencontrar el rumbo cuando las tormentas agiten la navecilla de tu alma. Santa María del Rosario, nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia, sea también para vos nuestra Señora de la fecundidad y fidelidad sacerdotal. Amén.

viernes, 20 de mayo de 2016

Homilía -nunca pronunciada- en una Primera Misa.




Mañana me toca predicar en la primera Misa solemne de uno de los nuevos curas de Paraná. Mientras preparaba, me acordé que hace unos años había armado una, que finalmente no debí decir.
La comparto porque me hizo bien recordarla. Bendiciones!


Celebramos hoy el don del Espíritu Santo. Además de darnos a su Hijo como Salvador, el Padre nos nos ha dado a la tercera persona de la Trinidad. En realidad, el Espíritu ya estaba actuando desde hace mucho tiempo en el mundo y en el ministerio de Jesús, desde su Encarnación a la Cruz. Jesús resucitado lo da a los Doce, unido al poder de perdonar pecados.
Pero es en Pentecostés que Jesús nos envía el Espíritu de modo pleno. Y entonces los apóstoles son arrebatados por el Espíritu, y llenos de valentía, comienzan a cumplir la misión de Jesús. La de ir por todo el mundo, predicando la palabra, santificando con los sacramentos y guiando al pueblo de Dios.
Hoy tenemos la gracia de asistir a la renovación de las maravillas de Dios. Porque el Padre sigue enviando su Espíritu, sigue ungiendo a los hombres para que cumplan la misión de Jesús. Y nosotros celebramos con alegría que ha elegido a otro hijo de nuestra comunidad, de esta parroquia San Isidro Labrador. Y con el poder de su Espíritu lo ha hecho sacerdote para siempre. Con el permiso de todos ustedes, a él quiero dirigir hoy mis palabras
Querido Ariel: permitime que hoy, cuando celebras tu primera Misa en tu pueblo, te dirija palabras que ya conocés.
Vos  también podés decir hoy, como Jesús al iniciar su misión: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción” Esa Unción te ha renovado interiormente. No sos el mismo. Porque el Sacramento del Orden que has recibido te ha configurado con Jesús.
Esta cuestión es esencial. Recordá una y otra vez esa verdad. Porque muchos querrán confundirte con algo que no sos. El sacerdote no es un líder gremial, un manager; ni es el gerente de una sucursal de alguna multinacional. No sos un agente humanitario ni un asistente social. No sos un psicólogo, ni un consejero, ni un tipo macanudo. Tendrás que cumplir a veces esas funciones. Pero sos mucho más
Desde el jueves, con todo realismo, si alguien te preguntara, al verte revestido con tus ornamentos, “ qué sos, Quién sos” vos le podés responder: “yo soy sacerdote, yo soy Cristo”
¿Qué sos? Sos Cristo. Esa es tu identidad profunda, ese es el milagro que se operó en tu corazón en la ordenación. Y por eso se abre ahora para vos un camino de santidad nuevo: ser en tu vida concreta lo que ya sos esencialmente por la gracia del sacramento. Te decimos como a los antiguos: Sé lo que eres. Eres Cristo: Sé Cristo.
Tu ideal de santidad es obrar siempre in persona Christi: pensar como Jesús, hablar como Jesús, sentir como Jesús, entregarte como Jesús. Así serás realmente un instrumento, un sacramento de su presencia en el mundo. Así Jesús seguirá enseñando, santificando y pastoreando a su Iglesia por tu intermedio.
El jueves la Providencia quiso que pudiera estar muy cerquita tuyo , y pude observar nuevamente, con lujo de detalles el rito de ordenación. Me parece encontrar en varios de sus elementos como la clave de tu camino de santidad.
Durante el rito, es llamativo que el ordenando diga tan pocas palabras: Aquí estoy, sí quiero con la ayuda de Dios, sí prometo, Amén. Pocas palabras y mucho silencio. Esto ya es muy importante. Es cierto que como sacerdote tendrás que hablar, tendrás que proclamar la palabra con ocasión y sin ella, aunque encuentre oposición y levante la persecución. El mundo necesita más que nunca la Verdad del Evangelio: nunca la calles por temor o cobardía.
Pero no te olvides que sólo proclamarás la Palabra de Dios, sólo será Palabra que salva, si brota del silencio de la contemplación. La primera y más importante palabra la decís con tu ejemplo, con tu coherencia de vida. Tu sonrisa inalterable, tu mirada llena de serenidad, cariño y misericordia, valen más que mil homilías sin testimonio, que llegan a ser pura verborragia, derroche de sonidos vacíos.
Y no te olvides que una parte muy importante de tu ministerio es escuchar: escuchar a Dios en primer lugar, como el Siervo de Yahvé. Y estar a la escucha de los que te son confiados. Estar siempre disponible para escucharlos sobre todo cuando quieren confesar sus pecados. Escuchá con paciencia, con delicadeza. No caigas en esa enfermedad de nuestro tiempo, en que tantas veces caemos, de andar siempre acelerados, apurados. Detenete ante cada alma que necesite tu oído, dedicale tiempo y atención: también allí te estará hablando el Señor.
Todas las palabras que dijiste el jueves son de total disponibilidad para Dios y para la Iglesia. Son palabras que antes dijo el mismo Jesús, al entrar en este mundo y en la noche terrible de Getsemaní. “Aquí estoy. Amén”. Sin condiciones, sin cláusulas de rescisión. No le dijiste a Dios “si quiero, a condición de que…”. No te olvides de ellas. No le niegues nada a Dios, jamás. No dudes en ser generoso, caballeresco con Él. Tus padres te enseñaron con su ejemplo la generosidad: viví siempre así, sin “mirar para atrás”.
Y que ese “aquí estoy” sea también para las almas que te van a ser confiadas. Nunca te acostumbres a usar demasiado, salvo cuando sea inevitable, nuestra conocida excusa “no tengo tiempo, tengo que ver si puedo, tengo muchas cosas”. Cuando las almas te requieran realmente como sacerdote, tu actitud debe ser esa:“Aquí estoy”: las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Tu sotana sólo será un signo sacerdotal si significa eso: disponibilidad para todos, siempre.
Otro momento impresionante de tu ordenación, fue cuando te postraste en tierra. El guionista nos aclaró “como signo de humildad”. Postrarse en tierra es reconocer que somos nada, y que Dios es todo. Que todo es gracia. Es aceptar nuestra pequeñez, nuestra miseria, nuestra infecundidad. Es el gesto que más expresa el anonadamiento de Jesús, y el tuyo propio. Es reconocer la grandeza, la omnipotencia y la majestad del Dios infinito. En esa actitud debe permanecer siempre tu corazón. No te olvides nunca de que recibiste el sacerdocio como un don que vino a llenar tu nada. Muchas veces vas a tener la tentación de sobresalir, de creerte más que los demás, de reclamar tus derechos y atribuciones, e incluso de dominar. No dejes nunca de estar postrado en tierra, no permitas que la soberbia envenene tu corazón. Porque sólo si sos humilde Dios va a obrar maravillas a través de tu sacerdocio.
Tirarse al suelo puede significar también la voluntad de hacerse camino. Como Jesús es Camino que lleva al Padre, vos tenés que hacerte camino para las almas. No te olvide aquella frase que nos repetía tanto monseñor Puiggari: “el sacerdote es un camino que se usa y se olvida”. No busques ser el centro. No sos fin, sino medio. No esperes reconocimientos, aplausos, no anheles ser importante: desea ser camino. Dejate pisar, dejate usar, para que los hombres lleguen al único importante, repitiendo con Juan el Bautista “es necesario que él crezca y yo disminuya”
Durante varios minutos durante la ordenación estuviste de rodillas. Este gesto tiene un doble significado. Estar de rodillas ante Dios significa estar en actitud de adoración. Para poder ser Jesús, tenés que ser totalmente de Jesús. Tenés que vivir para Él, en permanente actitud de ofrenda para la Gloria de Dios. Sólo Dios se merece tu vida. Por eso tu día tiene que comenzar y terminar siempre de rodillas ante el Sagrario. Ese es tu lugar. Esa es la mayor prioridad pastoral. Tu primer servicio a la Iglesia es dedicar largo tiempo a la Oración, a la Adoración Eucarística y a la celebración piadosa de la Liturgia de las horas. Sin este tiempo precioso, caerás inevitablemente en la idolatría del éxito, o en la tristeza del desaliento. Sin el Sagrario llegarás a ser un desconocido para vos mismo: habrás perdido tu centro.
Y no te olvides que en la misma noche en que Jesús instituyó el sacerdocio, se puso de rodillas y lavó los pies de los apóstoles. Ese Jesús inclinado ante la suciedad y la miseria de los suyos debe inspirar siempre tu servicio a la Iglesia. Las personas que tenés que servir no son perfectas, no están limpias. Pero no dudes de inclinarte hacia ellas, para purificarlas con la fuerza del amor. Ponete de rodillas sobre todo ante el que no tiene nada con qué devolverte: el pobre, el solitario, el enfermo, el extraviado. Así amarás gratuitamente, como Jesús.
Luego vinieron cuatro gestos de un gran significado eclesial: pusiste tus manos entre las del Obispo; luego recibiste la imposición de manos de parte de él, y luego de parte de los demás sacerdotes. Y luego también el saludo de la paz.
Dios te ha regalado el sacerdocio a través de la Iglesia. Una Iglesia con rostros y con manos concretas. Manos que te han comunicado la gracia y que te han recibido en un nuevo orden en la Iglesia. Acordate siempre que sos colaborador del Obispo, en cuyas manos pusiste las tuyas, y a cuyas decisiones has sometido, para siempre, tu voluntad. El Obispo es, según san Ignacio, ícono de Dios Padre. Al poner tus manos entre las suyas, renovaste el acto de confianza del Hijo encarnado a su Padre, y su obediencia hasta el fin. La obediencia de corazón es ardua, es difícil. Es quizá la mayor de las entregas que has hecho. Implica ofrecer tu propia libertad en sacrificio. Pero es fuente de fecundidad y de paz, cuando se vive como Jesús.
No te olvides que muchas manos sacerdotales se posaron sobre tu cabeza, y luego te abrazaron llenos de alegría. En los momentos de dificultad no te olvides de esas manos y esos brazos, que en cierto modo son para vos los brazos de Dios. No dejes de vivir con alegría y sinceridad la fraternidad sacramental.
Esas mismas manos que pusiste entre las del Obispo, fueron luego ungidas, consagradas. El Crisma que inundó tu frente en el Bautismo y la Confirmación, se derramó abundantemente, para que tus manos fueran las manos de Jesús. En ellas recibiste “la ofrenda del Pueblo Santo de Dios”, el Pan y el vino para la Eucaristía. Y recibiste como mandato “considera lo que realizas, e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor”.
Ariel: eres sacerdote sobre todo para celebrar la Eucaristía. Para que la Pascua de Jesús pueda llegar a todos los hombres, y renovar el mundo. En tus manos recibes los dones de la Creación y la ofreces para que vuelva al Padre; En tus manos recibes del Padre la carne de Jesús, que puede hacerse alimento de vida eterna para la Iglesia. “Considera lo que realizas”. No te acostumbres nunca a celebrar. Que nunca te salgan callos en esos dedos que tienen la gracia de tocar la carne del salvador. Como le pediste a María, hazlo siempre como si fuera la primera, la única y la última Misa. Celebra siempre la liturgia de la Iglesia, ama y respeta los ritos sagrados, y celébralos con unción y con piedad intensa. Recuerda que eres instrumento de Cristo, no protagonista. Solo de ese modo los hombres podrán darse cuenta de que es el mismo Dios el que ofreces con tus manos.
Imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor” La Eucaristía es tu proyecto pastoral, la lógica de tus elecciones. Tu vida sacerdotal debe ser el despliegue de lo que celebres en el altar. Imitá la generosidad y el amor gratuito de Jesús, su amor hasta el fin. Y acordate que “amar es dar, amar es darse, amar es inmolarse”. Ofrecete al Pueblo de Dios como alimento. Esa es tu gloria y tu alegría.
Me falta solo el rito en el cual fuiste revestido con tus ornamentos sacerdotales.: la estola y la casulla. Cada día, cuando te coloques la estola sobre los hombros para confesar, ungir, bendecir o celebrar la Misa, recuerda que como buen Pastor tienes que buscar a la Oveja perdida, cargarla sobre tus hombros y llevarla de nuevo al rebaño. Que llevas sobre tus hombros el rebaño de Jesús “no a la fuerza, sino de buena gana”. Y cada vez que te coloques la casulla, pedile al Señor que te recubre así, todo entero, del amor, de la caridad pastoral. Que el amor hasta el fin, el amor que llega a dar la vida, sea siempre tu opción.
Sólo una cosa más: Jesús quiso que el día de tu ordenación, inmediatamente antes del rito, escucharas aquella palabra que nos llena de confianza: “hijo, aquí tienes a tu Madre” María está siempre junto a tu Cruz, estará a tu lado cada vez que celebres el sacrificio del Señor en la Eucaristía, y cada vez que tengas que conformar tu vida con el misterio de la Cruz, tanto por la entrega como por el sufrimiento. Recibila como el discípulo amado “entre tus cosas más preciadas”. Marianizá tu sacerdocio, hacé presente a María en cada acto de tu nministerio. Ella asegura tu fidelidad al plan de Dios y te hace dar fruto abundante, manteniéndote unida a la Vid.
Madre de los sacerdotes, Cuida al padre Ariel, desde el jueves uno de tus hijos predilectos. Concedele que sea muy fiel y feliz representando a tu Hijo. Amén.