lunes, 23 de mayo de 2016

Homilía en una primera misa (ésta sí pronunciada)


Hemos comenzado esta Eucaristía diciendo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Así comenzamos cada vez que nos disponemos a rezar. Así, en el nombre de la Trinidad, estamos llamados a vivir y morir.
Todo nos viene desde el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Y también así, en el Espíritu Santo, por el Hijo, estamos llamados a volver al Padre.
Y siguiendo ese dinamismo, esta mañana nuestra Iglesia de Paraná ha recibido un inmenso regalo.
Esta mañana, el Padre Dios, por la mediación de Cristo y gracias a la fuerza del Espíritu Santo, nos ha regalado 5 nuevos sacerdotes.
¿Qué ocurrió hoy en Catedral? ¿Fue simplemente un “acto de colación”? ¿Fue el momento en el cual unos chicos, luego de terminar su carrera y rendir unas materias, recibieron su “diploma”, y pueden comenzar a ejercer una profesión?
No. Lo que ocurrió fue algo mucho más hondo, que sólo desde la fe podemos comprender.
La ordenación de esta mañana, tu ordenación, querido Horacio, fue un misterio de Transformación, análogo a la Eucaristía. Para comprender tu sacerdocio, creo que nos hará mucho bien mirar el Sacramento de los sacramentos, al cual tu sacerdocio se ordena.
Porque así como la primera parte de la Misa es la Liturgia de la Palabra, en el inicio del camino, de tu camino, hay una Palabra. En el principio, fue el llamado, fue la dulce y firme voz de Jesús, que aprendiste a escuchar aquí, en este templo, en tu querida Acción Católica, en esta comunidad, como también en tu querida comunidad del Santa María del Rosario.
Siguiendo esa Palabra, respondiendo a la voz del Maestro, ingresaste al Seminario Mayor, luego de un período de discernimiento –no exento de dificultades-, en el cual tu vocación maduró y se hizo más clara.
Allí, en todos estos años de formación, se fue preparando y presentando tu vida, como una ofrenda. Como el trigo y la uva, tu naturaleza humana necesitó del trabajo del hombre, de tus formadores, además de tu propia libertad, para llegar a ser pan y vino. Te tocaron años difíciles, tanto para la vida de la Iglesia Católica como para nuestra querida diócesis. Te tocó formarte en el Seminario, en tiempos donde muchos pensaban  y hablaban de él como en un lugar oscuro y triste. Alguno llegó a decir que era como un campo de concentración. Pero tu alegría, tu sonrisa y tu risa contagiosa, el brillo de tu mirada, nos daba la certeza de que el Seminario seguía siendo seno materno, Cenáculo donde María y el Espíritu seguían y siguen estando presentes y actuantes. Alegría que pudiste compartir y contagiar a tus padres, cuyas lágrimas iniciales se fueron trocando, poco a poco, en alegría. Hoy también lloran, seguramente, pero de gozo, emoción y gratitud.
El Seminario te hizo pan blanco y vino bueno, modelando en vos el carácter y permitiéndote extraer de tu temperamento lo mejor, para bien de su Iglesia.
Pero solo esta mañana ocurrió el evento decisivo. Sólo esta mañana ocurrió tu Consagración. Y así como en la Eucaristía son esas Palabras las que producen una nueva realidad –palabras que sólo en minutos vas a pronunciar, presidiendo por primera vez la Misa- así también esta mañana vos, como pan, estuviste en las manos del Obispo –que eran las de la Iglesia, y en el fondo, las de Dios- y mientras él pronunciaba la fórmula de la ordenación, en el Cielo resonaba otra Palabra, eficaz: “Horacio, tú eres sacerdote para siempre”.
De tal modo que, al igual que en la Eucaristía, hay algo nuevo, aún cuando lo que vemos permanezca igual. Hoy podríamos decir, al mirarte, lo que Tomás de Aquino afirma ante la hostia: “se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto… más la palabra engendra fe rendida”
Hermanos, nosotros seguimos viendo a Horacio, pero nuestra fe nos dice: Él es Cristo, es otro Cristo, es el mismo Cristo. Por eso cuando le confesemos nuestros pecados, nos podrá decir… “yo te absuelvo”. Y al presidir la Misa, dirá “esto es mi cuerpo”.
Este es un misterio de fe, un misterio tan hondo, Horacio, que te llevará la vida entera y hasta la misma eternidad profundizarlo. Un misterio que nos supera, que nos da vértigo, que nos abruma y sorprende con su inmensidad, y a la vez nos enamora y nos conquista.
Nos abruma  y sorprende la audacia de Dios. Nos enamora y conquista su tozudez para amarnos, para volver a insistir con quererenos, con elegir a hombres débiles.

Querido Horacio: nunca te olvides que sos consagrado. Pertenecés a Dios. Toda tu vida –cuerpo y alma, con todas sus potencias- llevan la unción del Espíritu. Toda tu humanidad es a partir de ahora un instrumento para que Cristo se manifieste a los hombres.
No tengas miedo de vivir esa consagración y de testimoniarla. No dudes ni un instante que Dios no quita nada, sino que lo da todo. Y que es sólo perdiéndote como podrás encontrarte. Es desapareciendo para que surja Jesús como alcanzarás tu propia plenitud.
Tu ministerio sacerdotal, entonces, no es principalmente un trabajo, ni siquiera es únicamente una misión, un hacer. Lo primer es esta nueva realidad, esta identidad. De ella fluye, vigorosa y eficiente, tu misión sacerdotal. Todo lo que harás como cura no son tareas que se añaden desde afuera, como un oficio o un papel que se aprendiera y se ejecutara. Sos ahora pan consagrado: dejá que el Padre Dios te parta y te de al mundo.
Para que eso suceda, querido Horacio, debés estar enamorado de Cristo. Jesús te pregunta hoy, como lo hará cada mañana, “¿me amas?” De la intensidad de ese amor surge la transparencia.
Horacio, pedile al Espíritu vivir encendido. Alguien, hablando del padre Hurtado, lo definió como “un fuego que enciende otros fuegos”. Santa Catalina de Siena decía a los sacerdotes: “si son lo que deben ser, prenderéis fuego al mundo”. No dejes que se apague ese fuego del amor. Tené cuidado de que las innumerables actividades no te alejen de tu centro de gravedad, que debe ser Cristo en el Altar y el Sagrario. Si te enfriás, harás muchas cosas, mucho ruido, pero no podrás dar mucho fruto de vida eterna. Si permanecés ardiente en la caridad, con sólo verte los hombres se sentirán más cerca de Dios.

Así, desde Cristo, te será siempre más fácil y gozoso vivir tu triple misión.
Como Cristo Maestro: enseñando, no tus ideas, no una filosofía de moda, no simplemente una ética: sino la Palabra eterna, revelada y transmitida por la Escritura y la Tradición.
No pretendas agradar a todos.
No calles por miedo
No te asustes.
No licúes la fe.
Hacé resonar esa Palabra en todos los ámbitos: en la homilía, en la catequesis, en las misiones, en los medios de comunicación, en las escuelas, en el campo y la ciudad.
Mantené unidas siempre la fidelidad absoluta al depósito de la fe, y la creatividad en el modo de exponerla, para poder “tocar” al hombre y a la mujer de este tiempo, tanto más hambriento de la Verdad cuanto más encarcelado en el relativismo.

Como Cristo Sacerdote serás puente y mediador entre el Cielo y la tierra. Nunca te acostumbres a celebrar, a confesar, a ungir… viví cada sacramento como si fuera la primera vez. No te avergüences de ser piadoso, de adorar. Tus fieles se darán cuenta si creés en lo que decís y en los gestos que realizás, o si simplemente repetís una fórmula o seguís un ritual.
Hacé de tu Misa diaria el momento culminante de tu vida y tu apostolado. Allí tendrás el privilegio de hacer retornar al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la Creación salida de sus manos. Allí, en tu cáliz, hay lugar para todos los dolores y esperanzas de de tus ovejas. Celebrando con dignidad y belleza, estarás, como Juan el Bautista, señalando al Cordero que quita el pecado del mundo.

Como Cristo Pastor, finalmente, sos invitado a reflejar en todo tu ser la Bondad, la paciencia, la humildad, la sencillez de Jesús. Que la sonrisa perenne sea uno de los puntos inamovibles de tu plan pastoral.
No te olvides que tu autoridad tiene razón de ser únicamente para el servicio de las ovejas. Hacé todo lo posible para que cada una se sienta querida, valorada y llamada a la santidad. Todos: los ricos y los pobres, los santos y los pecadores, los intelectuales y los rudos, los niños y los ancianos. Todos te son confiados.
Cuidá mucho la unidad de las que ya están cerca… pero no te dejes encerrar por ellas. Las perdidas, las alejadas, las que están fuera del rebaño, te necesitan. Hacete próximo a tantas ovejas que están heridas y medio muertas: los enfermos, los adictos, los que tienen su hogar roto, los ignorantes.
Pastor misericordioso, no dejes de curar heridas, no te olvides de consolar al triste. Pero no olvides también de enseñar al que no sabe y corregir al que se equivoca.
Que el amor por las almas te consuma, como a Don Bosco, cuyo lema sacerdotal rezaba: “dame almas, y quítame todo lo demás”. Junto a tu consagración a Dios, ese es el sentido más profundo de tu celibato.
No te olvides que sos colaborador e hijo de tu obispo, y hermano de los otros presbíteros. Tu acción apostólica perdería fuerza y se desvirtuaría si te aislás, si te encerrás en tu propia comunidad y olvidás a tu Iglesia local y universal. Recuerda que si bien eres pastor, nunca dejas de ser oveja, y necesitas también de los otros pastores para no perder el rumbo.

Querido Horacio:

La misión es tan grande como apasionante. Los desafíos de nuestro tiempo, inmensos. Las tentaciones, múltiples. Pero no tengas miedo. No te olvides que cada día, cuando subas al altar, y en cada momento de tu sacerdocio, Jesús te dice: “Horacio, ahí tienes a tu Madre”. En las manos de María tu sacerdocio –ese tesoro en vasijas de barro- está seguro y protegido. En Ella, como estrella del Mar, podrás reencontrar el rumbo cuando las tormentas agiten la navecilla de tu alma. Santa María del Rosario, nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia, sea también para vos nuestra Señora de la fecundidad y fidelidad sacerdotal. Amén.

viernes, 20 de mayo de 2016

Homilía -nunca pronunciada- en una Primera Misa.




Mañana me toca predicar en la primera Misa solemne de uno de los nuevos curas de Paraná. Mientras preparaba, me acordé que hace unos años había armado una, que finalmente no debí decir.
La comparto porque me hizo bien recordarla. Bendiciones!


Celebramos hoy el don del Espíritu Santo. Además de darnos a su Hijo como Salvador, el Padre nos nos ha dado a la tercera persona de la Trinidad. En realidad, el Espíritu ya estaba actuando desde hace mucho tiempo en el mundo y en el ministerio de Jesús, desde su Encarnación a la Cruz. Jesús resucitado lo da a los Doce, unido al poder de perdonar pecados.
Pero es en Pentecostés que Jesús nos envía el Espíritu de modo pleno. Y entonces los apóstoles son arrebatados por el Espíritu, y llenos de valentía, comienzan a cumplir la misión de Jesús. La de ir por todo el mundo, predicando la palabra, santificando con los sacramentos y guiando al pueblo de Dios.
Hoy tenemos la gracia de asistir a la renovación de las maravillas de Dios. Porque el Padre sigue enviando su Espíritu, sigue ungiendo a los hombres para que cumplan la misión de Jesús. Y nosotros celebramos con alegría que ha elegido a otro hijo de nuestra comunidad, de esta parroquia San Isidro Labrador. Y con el poder de su Espíritu lo ha hecho sacerdote para siempre. Con el permiso de todos ustedes, a él quiero dirigir hoy mis palabras
Querido Ariel: permitime que hoy, cuando celebras tu primera Misa en tu pueblo, te dirija palabras que ya conocés.
Vos  también podés decir hoy, como Jesús al iniciar su misión: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción” Esa Unción te ha renovado interiormente. No sos el mismo. Porque el Sacramento del Orden que has recibido te ha configurado con Jesús.
Esta cuestión es esencial. Recordá una y otra vez esa verdad. Porque muchos querrán confundirte con algo que no sos. El sacerdote no es un líder gremial, un manager; ni es el gerente de una sucursal de alguna multinacional. No sos un agente humanitario ni un asistente social. No sos un psicólogo, ni un consejero, ni un tipo macanudo. Tendrás que cumplir a veces esas funciones. Pero sos mucho más
Desde el jueves, con todo realismo, si alguien te preguntara, al verte revestido con tus ornamentos, “ qué sos, Quién sos” vos le podés responder: “yo soy sacerdote, yo soy Cristo”
¿Qué sos? Sos Cristo. Esa es tu identidad profunda, ese es el milagro que se operó en tu corazón en la ordenación. Y por eso se abre ahora para vos un camino de santidad nuevo: ser en tu vida concreta lo que ya sos esencialmente por la gracia del sacramento. Te decimos como a los antiguos: Sé lo que eres. Eres Cristo: Sé Cristo.
Tu ideal de santidad es obrar siempre in persona Christi: pensar como Jesús, hablar como Jesús, sentir como Jesús, entregarte como Jesús. Así serás realmente un instrumento, un sacramento de su presencia en el mundo. Así Jesús seguirá enseñando, santificando y pastoreando a su Iglesia por tu intermedio.
El jueves la Providencia quiso que pudiera estar muy cerquita tuyo , y pude observar nuevamente, con lujo de detalles el rito de ordenación. Me parece encontrar en varios de sus elementos como la clave de tu camino de santidad.
Durante el rito, es llamativo que el ordenando diga tan pocas palabras: Aquí estoy, sí quiero con la ayuda de Dios, sí prometo, Amén. Pocas palabras y mucho silencio. Esto ya es muy importante. Es cierto que como sacerdote tendrás que hablar, tendrás que proclamar la palabra con ocasión y sin ella, aunque encuentre oposición y levante la persecución. El mundo necesita más que nunca la Verdad del Evangelio: nunca la calles por temor o cobardía.
Pero no te olvides que sólo proclamarás la Palabra de Dios, sólo será Palabra que salva, si brota del silencio de la contemplación. La primera y más importante palabra la decís con tu ejemplo, con tu coherencia de vida. Tu sonrisa inalterable, tu mirada llena de serenidad, cariño y misericordia, valen más que mil homilías sin testimonio, que llegan a ser pura verborragia, derroche de sonidos vacíos.
Y no te olvides que una parte muy importante de tu ministerio es escuchar: escuchar a Dios en primer lugar, como el Siervo de Yahvé. Y estar a la escucha de los que te son confiados. Estar siempre disponible para escucharlos sobre todo cuando quieren confesar sus pecados. Escuchá con paciencia, con delicadeza. No caigas en esa enfermedad de nuestro tiempo, en que tantas veces caemos, de andar siempre acelerados, apurados. Detenete ante cada alma que necesite tu oído, dedicale tiempo y atención: también allí te estará hablando el Señor.
Todas las palabras que dijiste el jueves son de total disponibilidad para Dios y para la Iglesia. Son palabras que antes dijo el mismo Jesús, al entrar en este mundo y en la noche terrible de Getsemaní. “Aquí estoy. Amén”. Sin condiciones, sin cláusulas de rescisión. No le dijiste a Dios “si quiero, a condición de que…”. No te olvides de ellas. No le niegues nada a Dios, jamás. No dudes en ser generoso, caballeresco con Él. Tus padres te enseñaron con su ejemplo la generosidad: viví siempre así, sin “mirar para atrás”.
Y que ese “aquí estoy” sea también para las almas que te van a ser confiadas. Nunca te acostumbres a usar demasiado, salvo cuando sea inevitable, nuestra conocida excusa “no tengo tiempo, tengo que ver si puedo, tengo muchas cosas”. Cuando las almas te requieran realmente como sacerdote, tu actitud debe ser esa:“Aquí estoy”: las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Tu sotana sólo será un signo sacerdotal si significa eso: disponibilidad para todos, siempre.
Otro momento impresionante de tu ordenación, fue cuando te postraste en tierra. El guionista nos aclaró “como signo de humildad”. Postrarse en tierra es reconocer que somos nada, y que Dios es todo. Que todo es gracia. Es aceptar nuestra pequeñez, nuestra miseria, nuestra infecundidad. Es el gesto que más expresa el anonadamiento de Jesús, y el tuyo propio. Es reconocer la grandeza, la omnipotencia y la majestad del Dios infinito. En esa actitud debe permanecer siempre tu corazón. No te olvides nunca de que recibiste el sacerdocio como un don que vino a llenar tu nada. Muchas veces vas a tener la tentación de sobresalir, de creerte más que los demás, de reclamar tus derechos y atribuciones, e incluso de dominar. No dejes nunca de estar postrado en tierra, no permitas que la soberbia envenene tu corazón. Porque sólo si sos humilde Dios va a obrar maravillas a través de tu sacerdocio.
Tirarse al suelo puede significar también la voluntad de hacerse camino. Como Jesús es Camino que lleva al Padre, vos tenés que hacerte camino para las almas. No te olvide aquella frase que nos repetía tanto monseñor Puiggari: “el sacerdote es un camino que se usa y se olvida”. No busques ser el centro. No sos fin, sino medio. No esperes reconocimientos, aplausos, no anheles ser importante: desea ser camino. Dejate pisar, dejate usar, para que los hombres lleguen al único importante, repitiendo con Juan el Bautista “es necesario que él crezca y yo disminuya”
Durante varios minutos durante la ordenación estuviste de rodillas. Este gesto tiene un doble significado. Estar de rodillas ante Dios significa estar en actitud de adoración. Para poder ser Jesús, tenés que ser totalmente de Jesús. Tenés que vivir para Él, en permanente actitud de ofrenda para la Gloria de Dios. Sólo Dios se merece tu vida. Por eso tu día tiene que comenzar y terminar siempre de rodillas ante el Sagrario. Ese es tu lugar. Esa es la mayor prioridad pastoral. Tu primer servicio a la Iglesia es dedicar largo tiempo a la Oración, a la Adoración Eucarística y a la celebración piadosa de la Liturgia de las horas. Sin este tiempo precioso, caerás inevitablemente en la idolatría del éxito, o en la tristeza del desaliento. Sin el Sagrario llegarás a ser un desconocido para vos mismo: habrás perdido tu centro.
Y no te olvides que en la misma noche en que Jesús instituyó el sacerdocio, se puso de rodillas y lavó los pies de los apóstoles. Ese Jesús inclinado ante la suciedad y la miseria de los suyos debe inspirar siempre tu servicio a la Iglesia. Las personas que tenés que servir no son perfectas, no están limpias. Pero no dudes de inclinarte hacia ellas, para purificarlas con la fuerza del amor. Ponete de rodillas sobre todo ante el que no tiene nada con qué devolverte: el pobre, el solitario, el enfermo, el extraviado. Así amarás gratuitamente, como Jesús.
Luego vinieron cuatro gestos de un gran significado eclesial: pusiste tus manos entre las del Obispo; luego recibiste la imposición de manos de parte de él, y luego de parte de los demás sacerdotes. Y luego también el saludo de la paz.
Dios te ha regalado el sacerdocio a través de la Iglesia. Una Iglesia con rostros y con manos concretas. Manos que te han comunicado la gracia y que te han recibido en un nuevo orden en la Iglesia. Acordate siempre que sos colaborador del Obispo, en cuyas manos pusiste las tuyas, y a cuyas decisiones has sometido, para siempre, tu voluntad. El Obispo es, según san Ignacio, ícono de Dios Padre. Al poner tus manos entre las suyas, renovaste el acto de confianza del Hijo encarnado a su Padre, y su obediencia hasta el fin. La obediencia de corazón es ardua, es difícil. Es quizá la mayor de las entregas que has hecho. Implica ofrecer tu propia libertad en sacrificio. Pero es fuente de fecundidad y de paz, cuando se vive como Jesús.
No te olvides que muchas manos sacerdotales se posaron sobre tu cabeza, y luego te abrazaron llenos de alegría. En los momentos de dificultad no te olvides de esas manos y esos brazos, que en cierto modo son para vos los brazos de Dios. No dejes de vivir con alegría y sinceridad la fraternidad sacramental.
Esas mismas manos que pusiste entre las del Obispo, fueron luego ungidas, consagradas. El Crisma que inundó tu frente en el Bautismo y la Confirmación, se derramó abundantemente, para que tus manos fueran las manos de Jesús. En ellas recibiste “la ofrenda del Pueblo Santo de Dios”, el Pan y el vino para la Eucaristía. Y recibiste como mandato “considera lo que realizas, e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor”.
Ariel: eres sacerdote sobre todo para celebrar la Eucaristía. Para que la Pascua de Jesús pueda llegar a todos los hombres, y renovar el mundo. En tus manos recibes los dones de la Creación y la ofreces para que vuelva al Padre; En tus manos recibes del Padre la carne de Jesús, que puede hacerse alimento de vida eterna para la Iglesia. “Considera lo que realizas”. No te acostumbres nunca a celebrar. Que nunca te salgan callos en esos dedos que tienen la gracia de tocar la carne del salvador. Como le pediste a María, hazlo siempre como si fuera la primera, la única y la última Misa. Celebra siempre la liturgia de la Iglesia, ama y respeta los ritos sagrados, y celébralos con unción y con piedad intensa. Recuerda que eres instrumento de Cristo, no protagonista. Solo de ese modo los hombres podrán darse cuenta de que es el mismo Dios el que ofreces con tus manos.
“Imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor” La Eucaristía es tu proyecto pastoral, la lógica de tus elecciones. Tu vida sacerdotal debe ser el despliegue de lo que celebres en el altar. Imitá la generosidad y el amor gratuito de Jesús, su amor hasta el fin. Y acordate que “amar es dar, amar es darse, amar es inmolarse”. Ofrecete al Pueblo de Dios como alimento. Esa es tu gloria y tu alegría.
Me falta solo el rito en el cual fuiste revestido con tus ornamentos sacerdotales.: la estola y la casulla. Cada día, cuando te coloques la estola sobre los hombros para confesar, ungir, bendecir o celebrar la Misa, recuerda que como buen Pastor tienes que buscar a la Oveja perdida, cargarla sobre tus hombros y llevarla de nuevo al rebaño. Que llevas sobre tus hombros el rebaño de Jesús “no a la fuerza, sino de buena gana”. Y cada vez que te coloques la casulla, pedile al Señor que te recubre así, todo entero, del amor, de la caridad pastoral. Que el amor hasta el fin, el amor que llega a dar la vida, sea siempre tu opción.
Sólo una cosa más: Jesús quiso que el día de tu ordenación, inmediatamente antes del rito, escucharas aquella palabra que nos llena de confianza: “hijo, aquí tienes a tu Madre” María está siempre junto a tu Cruz, estará a tu lado cada vez que celebres el sacrificio del Señor en la Eucaristía, y cada vez que tengas que conformar tu vida con el misterio de la Cruz, tanto por la entrega como por el sufrimiento. Recibila como el discípulo amado “entre tus cosas más preciadas”. Marianizá tu sacerdocio, hacé presente a María en cada acto de tu nministerio. Ella asegura tu fidelidad al plan de Dios y te hace dar fruto abundante, manteniéndote unida a la Vid.
Madre de los sacerdotes, Cuida al padre Ariel, desde el jueves uno de tus hijos predilectos. Concedele que sea muy fiel y feliz representando a tu Hijo. Amén.


jueves, 28 de abril de 2016

Mi -personal- elogio de la claridad

           Yo no sé si mi alma es igual a la de todos, o si la de todos es igual a la mía.

Sí sé que mi inteligencia –y también mi corazón- aman la claridad. Anhelan la claridad. Descansan en la claridad.

Como cuando era niño, y me gustaba que la camiseta de cada equipo fuera de color bien diferente. Camisetas parecidas, podían ocasionar una confusión fatal, y terminar en gol en contra, o en un ataque desperdiciado, por un pase mal dado.
Y cuando comencé a conducir en la ruta o en la ciudad, comencé a disfrutar de las rutas bien señalizadas: la línea blanca bien nítida en las orillas, la blanca intermitente cuando es posible avanzar, la amarilla –bien amarilla- cuando es riesgoso. Los carteles con los nombres de las calles en las esquinas, con la indicación de la orientación absolutamente visible. Y es que en una ruta bien marcada, o en una ciudad bien señalizada, es posible conducir seguros, incluso en noches de tormenta.

Amo poder reconocer de modo exacto qué significan las palabras. Sumergirme –al menos cada tanto- en el laberinto de las etimologías, para poder reconocer hasta el “fondo” su connontación.
Gozo teniendo certeza sobre la valor moral de mis acciones: si son buenas o malas, y por qué. Celebro el poder descubrir la naturaleza de las cosas, como realización temporal de la Verdad eterna, y poder juzgar así si una elección o otra es acertada, o destructora.

Mi inteligencia y mi corazón vivieron un verdadero festín al contacto con la filosofía realista –la filosofía del ser- y con la teología católica, tan esplendorosa y profunda. Fueron tiempos de un gozo superior, de ensanchamiento de horizontes, de ir hacia arriba y hacia lo hondo simultáneamente.

Supe también que mi inteligencia, como el murciélago ante el sol, no podía pretender absoluta claridad en todo, especialmente ante el misterio de Dios. Y que vastas regiones de la existencia humana son tan oscuras que es imposible ingresar allí, y mucho menos entender. Pero, aún así, la claridad con que ese límite se me presentaba me hacía gozar.

Siendo sacerdote, he dicho algunas homilías y he escrito algunas reflexiones muy buenas, otras buenas, muchas mediocres, tal vez algunas malas. Entre todos los adjetivos que alguna vez han usado quienes las han apreciado positivamente, el más recurrente es: “gracias por ser claro”.
Amo e intento imitar, desde mis límites, la claridad del Maestro, que nos señala como único lenguaje posible: “Sí, sí; No, no”. Admiro y me rejuvenezco en la claridad imponente de Pablo, al anunciar el Evangelio de la Cruz, y la necesidad de la fe en Cristo para salvarse. La claridad que lo expuso a ser apedreado, azotado, por no callar ni mimetizar su enseñanza con falsas doctrinas.

Yo no sé si mi alma es igual a la de todos, o si la de todos es igual a la mía.
Pero me cuesta comprender todo estilo comunicacional que deja el alma en ayunas de lo que, para mí, es un nutritivo alimento. Especialmente cuando ese estilo es utilizado en la Iglesia, y más cuando todavía se lo alaba.

Me cuesta asimilar y mucho más aún apropiarme del eufemismo como método, de la palabra ambigua y polivalente como estrategia, de los silencios que pueden ser interpretados como aprobación o rechazo al mismo tiempo, como proceder.

Siento necesidad de decir, sencillamente, al Señor: que no dejemos que la prístina Palabra, que el mensaje de salvación del que somos herederos y portadores –que debemos dejar a las siguientes generaciones- se vea oscurecido o menoscabado por nuestra debilidad. Que no dejemos de ser claros, que no tengamos miedo de seguir llamando las cosas por su nombre, que no intentemos conformar a todos… abandonando a Cristo.


¿O será que ya, sin darnos cuenta, nos hemos colocado la camiseta del rival… o estamos fuera de la ruta, o marchando en sentido contrario al verdadero?

sábado, 13 de febrero de 2016

La Adoración Eucarística: camino infalible de santificación.



1. ¿Qué es adorar?
Adorar es reconocer que Dios es Dios, y que nosotros somos creaturas.
Es asumir su grandeza y nuestra pequeñez. Es reconocer que Él es absoluto, y que nosotros somos relativos.
Adorar significa reconocer que todo viene de Dios, y que nosotros dependemos esencialmente de Él.
Que existimos por Él, y que si Él deja de pensar un solo instante en nosotros, desaparecemos.
El gesto corporal típico de la adoración es ponerse de rodillas o postrarse en tierra. El cuerpo asume una actitud de humildad ante Él, que es Inmenso e Infinito.

2. ¿Por qué creemos que en la Hostia Consagrada está presente Jesús mismo?
Porque en la Santa Misa, cuando el Sacerdote pronuncia las palabras de la Última Cena, el Pan se transforma en su Cuerpo, y el Vino en su Sangre. A partir de ese momento Jesucristo, todo entero, está presente en el Pan y en el Vino.
Su presencia no dura sólo durante la Misa, sino todo el tiempo que permanezcan los signos (pan y vino).
Jesús Resucitado y glorificado en el Cielo nos espera noche y día en el Sagrario, y cuando podemos “ver” la Hostia consagrada -cuando se la expone para la Adoración- nos resulta más evidente aún esta presencia.



3. ¿Cómo hacer un momento de Adoración al Santísimo personal?
La Adoración brota de un corazón que cree (fe), espera (esperanza) y ama (caridad).
No es indispensable tener una guía o un método para adorar: basta que nuestro corazón decida reconocer su total dependencia de Dios y de Jesucristo. El Espíritu Santo es el que nos asiste en estas actitudes.
Sin embargo, puede ser muy útil encontrar un método de oración y adoración, tomando como modelo el modo de rezar de los santos y maestros espirituales.
·      Es importante disponer el cuerpo en una postura adecuada y respetuosa de su presencia. Evitá todo lo que pueda dispersarte. Elegí el mejor lugar dentro de la iglesia u oratorio, donde puedas ver a Jesús presente en el Sacramento.
·      Habitualmente conviene entrar en la presencia del Señor invocando al Espíritu Santo o con una oración introductoria. San Pablo dice que “el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene”.
·      No te olvidés: Jesús te mira, te oye, te habla... Su corazón palpita de amor por vos. Tratá de tomar conciencia de que estás ante el Rey de Reyes. Imagina que eres María, la hermana de Marta, que en casa de Lázaro está a los pies del Señor. O que, como los Magos venidos de Oriente, te postrás ante Él y le abrís el cofre de tu corazón… O que, como la mujer cananea o el ciego de nacimiento corrés a su presencia, te postrás y pedís por otros o por vos mismo…
·      Podés pedir en este momento a María que te enseñe a adorar... que puedas estar ante Jesús como estaba Ella. Con su Fe, con su Confianza, con su Amor, con su humildad.
·      Si bien no es indispensable, es conveniente usar algún texto para meditar o que nos ayude a contemplar. Puede ser un texto de la Sagrada Escritura (especialmente de los Evangelios, pero también son muy valiosos los Salmos, oraciones del Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento) o de los santos.
·      No se trata sólo de leer para informarnos: es importante que cada palabra la recibamos como proviniendo del mismo Jesús, y que esa Palabra toque no sólo nuestra mente, sino también nuestro corazón. Que nos hiera, que nos lleva a la reflexión. Que suscite asombro, alegría, gratitud, confianza, entusiasmo, resolución… Recibir y atesorar las palabras y los sentimientos que ella despierta como un regalo del Maestro.
·      Por último, es importante no quedarnos sólo en la reflexión. Dios nos habla, y espera nuestra respuesta, que puede ser con palabras, y que muchas veces incluye el propósito de cambiar de vida, de ser mejores.
·      La oración espontánea (o también con un salmo, o texto que nos guste de algún santo) puede darse no sólo al final, sino también durante todo el tiempo.
·      Somos conducidos así a la contemplación: a mirar a Aquel que nos está mirando desde la Hostia Consagrada. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres.

4. ¿Cómo participar de un momento de Adoración al Santísimo guiado?
En los momentos de Adoración guiados (comunitarios) se suelen leer textos, ya sea como viniendo del mismo Jesús (palabras suyas de la Escritura o escritas por otro y puestas en su boca) ya sea como oraciones a Jesús o como invitaciones de quien dirige la oración a disponernos con ciertas actitudes.
Es importante que escuches atentamente y vayas pensando lo que se dice, tratando de asumir los sentimientos que se sugieren en los textos.
En los momentos de silencio que se intercalan, continúa pensando en las palabras que se han dicho, o bien hablá con Jesús de corazón a corazón, o simplemente miralo.  Aprovechá cada segundo que pases ante Él.
Un recurso que se suele utilizar son los cantos. Si están bien elegidos, basta que pienses en la letra y lo que ella transmite, para ponerte en oración. San Agustín decía: “el que canta bien, reza dos veces”. Cantar significa, en ese contexto, cantar pensando lo que decimos, las palabras que pronunciamos.

5. ¿Qué hacer cuando nos vienen muchas distracciones?
Para nosotros es casi inevitable distraernos, porque no tenemos un dominio total sobre nuestra memoria, imaginación o inteligencia. Algunas veces estas distracciones proceden directamente del Maligno, que no quiere que estemos ante Jesús.
Otras veces es que, sencillamente, las cosas que nos entusiasman o preocupan vienen insistentemente a nuestra mente. Un examen que tenemos que rendir, una pelea que tuvimos con alguien, un familiar enfermo...
En esos momentos, lo más indicado es entregarle todo a Dios: ese examen, esa persona, esa enfermedad... dejar todo eso a los pies de Jesús. Transformar nuestra distracción en materia de oración.
Otras veces las distracciones son fruto de nuestro poco fervor: nuestra fe y amor son demasiado tibios, y fácilmente se nos va la mirada del Señor. Pedí, entonces, que Él reavive en vos el ardor y la alegría por ser su discípulo.

6. ¿Qué debemos hacer cuando sentimos mucha sequedad?
Algunas veces puede sucederte que, durante la Adoración, sentís como un fuego que te quema por dentro... o una gran dulzura espiritual... o una inmensa paz en el alma... o una alegría que te desborda y que amenaza con hacer “explotar” tu corazón. En esos momentos, una hora de Adoración se te “pasa volando”.
Pero otras veces no “sentís” nada. Es como que Dios se ha ido, como si no te escuchara, como si estuviera ausente. A eso podemos llamarlo “sequedad”, “aridez” o también “desolación”. En esos momentos, diez minutos se te vuelven “eternos”: no se te pasa nunca.
Allí, los santos nos dicen: perseverá. Continuá. No dejés la oración. Jesús te está haciendo crecer, está purificando tu alma del amor propio. Confìa y permanece.

jueves, 5 de marzo de 2015

¿Por qué los cristianos velamos a los difuntos?




En los últimos tiempos ha aumentado el número de familias que optan por no velar a los difuntos, e incluso por sepultarlos  o cremarlos sin una ceremonia comunitaria, como un simple proceso o trámite.
Respetando la libertad de quienes hacen esta opción, es conveniente recordar cuáles son las motivaciones profundas por las cuales la Iglesia sigue aconsejando a sus fieles “velar” a los difuntos y sepultarlos en el marco de una celebración litúrgica... Una práctica que la Iglesia vivió desde sus inicios, con diferentes acentos en cada época y cada lugar, pero siempre como un modo de expresar la novedad que había inaugurado Cristo.


Pero el contexto cultural ha cambiado mucho...

Es cierto que algunos rasgos de la cultura actual parecen ir en contra de esta práctica, así como el desarrollo de las sociedades urbanas.
Citaré extensamente un texto que me parece acertadísimo para describir este proceso en las grandes ciudades. En las ciudades más pequeñas y en los pueblos, no se dan todos estos "síntomas", pero sí algunos. El texto Está tomado del “Directorio de Liturgia y Piedad popular”.

“Esta muy difundido en la sociedad moderna, y con frecuencia tiene consecuencias negativas, el error doctrinal y pastoral de "ocultar la muerte y sus signos".
Médicos, enfermeros, parientes, piensan frecuentemente que es un deber ocultar al enfermo, -que por el desarrollo de la hospitalización suele morir, casi siempre, fuera de su casa- la inminencia de la muerte.
Se ha repetido que en las grandes ciudades de los vivos no hay sitio para los muertos: en las pequeñas habitaciones de los edificios urbanos, no se puede habilitar un "lugar para una vigilia fúnebre"; en las calles, debido a un tráfico congestionado, no se permiten los lentos cortejos fúnebres que dificultan la circulación; en las áreas urbanas, el cementerio, que antes, al menos en los pueblos, estaba en torno o en las cercanías de la Iglesia – era un verdadero campo santo y signo de la comunión con Cristo de los vivos y los muertos – se sitúa en la periferia, cada vez más lejano de la ciudad, para que con el crecimiento urbano no se vuelva a encontrar dentro de la misma.
La civilización moderna rechaza la "visibilidad de la muerte", por lo que se esfuerza en eliminar sus signos (...)
El cristiano, para el cual el pensamiento de la muerte debe tener un carácter familiar y sereno, no se puede unir en su fuero interno al fenómeno de la "intolerancia respecto a los muertos", que priva a los difuntos de todo lugar en la vida de las ciudades, ni al rechazo de la "visibilidad de la muerte", cuando esta intolerancia y rechazo están motivados por una huida irresponsable de la realidad o por una visión materialista, carente de esperanza, ajena a la fe en Cristo muerto y resucitado.

Parece ser, entonces, que abandonar la práctica de velar a los muertos y realizar la sepultura en privado no sería conveniente. Porque los cristianos, realizando ambas cosas, además de beneficiar al difunto, manifestamos algo muy profundo y central de nuestra fe. El mismo documento se expresa así en otro lugar, explicando el sentido de los sufragios por los muertos.

“En la muerte, el justo se encuentra con Dios, que lo llama a sí para hacerle partícipe de la vida divina. Pero nadie puede ser recibido en la amistad e intimidad de Dios si antes no se ha purificado de las consecuencias personales de todas sus culpas. "La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados”
De aquí viene la piadosa costumbre de ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio, que son una súplica insistente a Dios para que tenga misericordia de los fieles difuntos, los purifique con el fuego de su caridad y los introduzca en el Reino de la luz y de la vida.
Los sufragios son una expresión cultual de la fe en la Comunión de los Santos. Así, "la Iglesia que peregrina, desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios por ellos, "porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Mac 12,46)".

Quiere decir que cuando los cristianos velamos a los difuntos y los sepultamos piadosamente, estamos mostrando al hombre de hoy la fe en la Vida Eterna, en la existencia del Purgatorio y en el misterio de la Comunión de los Santos, por la cual los vivos podemos favorecer a los difuntos.


¿Qué se debe hacer durante un velatorio? ¿Hay que estar todo el tiempo rezando?

En los velatorios cristianos se combinan las dimensiones afectiva y religiosa, armónicamente.
El Ritual de las exequias se expresa del siguiente modo:
“El velatorio de una persona recién fallecida, es un momento en que sus familiares y amigos experimentan hondo dolor y con frecuencia se encuentran con su propia realidad y el sentido último de la vida. Ante el misterio de la muerte humana, los Evangelios atestiguan que nuestro Señor Jesucristo se conmovió y no ahorró sentimientos sinceros de dolor; al mismo tiempo Jesús encarnó el consuelo y el amor del Padre Dios, anticipando la liberación de las ataduras de la muerte que consumaría con su propia muerte y resurrección. Por lo tanto, el momento del velatorio de una persona es propicio para el anuncio evangelizador siempre en el marco del respeto por el dolor de los presentes”

Desglocemos un poco el texto y comentémoslo. Los comentarios, por supuesto, son reflexiones personales mías, con las cuales tal vez pueden disentir.

“El velatorio de una persona recién fallecida, es un momento en que sus familiares y amigos experimentan hondo dolor...”
Habitualmente, en un velatorio, hay personas afligidas, personas que sufren por la ausencia física del familiar o amigo. Una de las obras de misericordia del cristiano es, justamente, “Consolar al afligido”. Este acto de amor tiene ya un gran valor humano y espiritual.
Pero me parece oportuno recordar que ese sufrimiento tiene diversos expresiones y motivaciones. Hay personas que lo manifiestan con efusividad, mientras otros lo viven de modo discreto. Algunas veces hay dolor porque existía un profundo afecto; pero en otras puede suceder que el dolor es fruto de alguna relación marcada por el conflicto.
Es importante, entonces, no vivir esta consolación de un modo único, sino saber adaptarse a las circunstancias, y evitar todo lo que pueda ser inadecuado a la situación que los otros viven. En ese momento, consolar muchas veces no requiere palabras, sino gestos. Palabras que en un velatorio pueden ser muy adecuadas, en otros pueden ser inconvenientes.

“... y con frecuencia se encuentran con su propia realidad y el sentido último de la vida”: 
La partida de un familiar, sobre todo, suele “reactivar” la memoria, e invitar a la persona a mirar el pasado, muchas veces con gratitud, pero en otras con momentos de inquietud, remordimiento. 
A algunos, la muerte de su deudo los saca de un ritmo frenético, de la superficialidad o de un excesivo afán por las cosas materiales, y lo invita a redescubrir otras dimensiones de la existencia.
Es necesario recordar esto y respetar a quienes, en ese contexto, pueden estar necesitando un poco de soledad para la reflexión personal. Si el deudo necesita estar solo, respetarlo con el silencio cercano es una hermosa forma de acompañar.

“Ante el misterio de la muerte humana, los Evangelios atestiguan que nuestro Señor Jesucristo se conmovió y no ahorró sentimientos sinceros de dolor...”
Esto es importantísimo. Algunas veces se oye decir, en algún velatorio: “pero cómo, vos que tenés tanta fe, ¿cómo vas a estar así?”, cómo si la fe anulara los sentimientos e impidiera o hiciera ilegítimo extrañar al difunto y llorarlo. El Señor lloró a su amigo Lázaro. Podemos suponer que también habrá llorado a José, y a Joaquín y Ana, si los conoció. María estuvo junto a la Cruz, de pie, pero con toda probabilidad habrá llorado por la muerte de su Hijo.
Por lo tanto, sería un completo despropósito decir o insinuar a alguien que no debe llorar “porque él ya no sufre” “tenés que estar contento porque está en el Cielo...”. Volveremos sobre estas expresiones. También parecen inadecuadas expresiones que se suelen oír cuando fallece un anciano: "y bueno, él ya vivió su vida", como naturalizando un desprendimiento que siempre conserva algo de antinatural.

“al mismo tiempo Jesús encarnó el consuelo y el amor del Padre Dios, anticipando la liberación de las ataduras de la muerte que consumaría con su propia muerte y resurrección”
Jesús consuela eficazmente a Marta y María, resucitando a su hermano Lázaro. 
Y consuela a todos los que pierden un familiar, infundiendo en ellos la firme esperanza de que en su Resurrección todos estamos llamados a resucitar.
Como cristianos, uno de los más grandes consejos que podemos brindar a alguien es decirles: “el que puede consolar tu dolor es Jesús”, que especialmente en esas circunstancias dice: “vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”. Nosotros podemos y debemos consolar, pero el mayor servicio que podemos hacer en ese momento es ser un “dedo” que señale a Jesús y su Espíritu, diciendo: “ellos te van a consolar”.
Cabe recordar aquí un texto hermoso de San Pablo: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios. Porque así como participamos abundantemente de los sufrimientos de Cristo, también por medio de Cristo abunda nuestro consuelo.”

“...el momento del velatorio de una persona es propicio para el anuncio evangelizador siempre en el marco del respeto por el dolor de los presentes”
Pedro dijo a Jesús: “Tú tienes Palabras de Vida Eterna”. Siempre en un velatorio debemos hacer lo posible para que resuenen esas “palabras de Vida Eterna”, ofreciendo a los familiares la visita de un sacerdote, diácono o ministro laico de las exequias. Desde mi experiencia de sacerdote, puedo asegurar que en TODOS los casos en que he ido a rezar a un velatorio, el clima de dolor y la tristeza, incluso en los casos más dramáticos, se ha aliviado y serenado. SIEMPRE he recibido la gratitud de los familiares, y esto no por mis palabras, sino porque resuena la de Cristo.

Pero hay que tener una precaución. Puede suceder que en algunos casos -muertes trágicas, partida de un niño o joven- la familia experimente como un enojo con Dios, al no comprender los designios de su Providencia. En esos casos, es indispensable asegurarse de que ellos realmente quieren que se haga una oración, y nunca se debe “forzarla”, porque los frutos pueden ser negativos. Ofrecer, respetando la decisión y sobre todo el dolor de los presentes.

Por último, si queremos de verdad evangelizar, tenemos que ser delicados y precisos en el anuncio. Algunas veces, en el afán de consolar, podemos incurrir en afirmaciones temerarias, que conducen a la confusión, y que van creando una conciencia errónea.
Sucede así, me parece, cuando se dice al deudo: “porque él ya no sufre” “tenés que estar contento porque está en el Cielo...”, “tenés un intercesor ante Dios”. 
Claro que siempre tenemos confianza en la misericordia de Dios y en la salvación de nuestro hermano, pero no podemos afirmarla de modo taxativo, porque ese es un misterio que sólo Dios conoce y que la Iglesia, en algunos casos, afirma, cuando canoniza a alguien.
En cambio, siempre podemos decir, por ejemplo: “tené confianza en que él ya está con Jesús”, “pedile al Señor que Él ya esté en el Cielo, donde ya no se sufre”.


Además del responso (exequias), ¿se puede rezar algo más? ¿Qué conducta práctica observar durante el velatorio?

Teniendo en cuenta las orientaciones del Ritual, es aconsejable que, al menos en algunos otros momentos (además de cuando se hace la celebración) se rece el Santo Rosario, o la coronilla de la Divina Misericordia. 
El ritual propone especialmente la recitación o el canto de los salmos ( especialmente el 129, 22, 113, 41, 62, 24, 26, 102, 102, 114, 115, 50, 120, 121, 122, 125, 131, 133)

En el orden práctico, lo ideal sería que existan dos ámbitos diferentes. Uno en el que está el féretro del difunto, en el cual sería ideal que haya un clima de silencio y oración, y otro más externo, donde se pueda dar lugar espacio al diálogo y al encuentro.

En todos esos momentos, los cristianos confiamos en la acción del Espíritu Santo y en la acción maternal de María, consuelo de los afligidos, para poder ser instrumentos del consuelo divino.


martes, 3 de marzo de 2015

Sepultar a los muertos: una obra de misericordia

 
El viernes 6 de Marzo Monseñor Juan Alberto Puiggari, Arzobispo de Paraná, bendecirá el primer cinerario en una iglesia de nuestra Arquidiócesis. Será en la capilla Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en calle 25 de junio y Bvard. Sarmiento.

¿Qué es un cinerario?
Es un lugar preparado para sepultar los restos mortales cremados, habitualmente conocidos como “cenizas” de los difuntos.
La Iglesia en Paraná quiere ofrecer a las fieles la posibilidad de sepultarlos cristianamente en un espacio sagrado, contiguo a un templo dedicado a nuestra Madre. En este templo, en cada Eucaristía, se rezará por el eterno descanso de aquellos cuyos restos han sido llevados por sus familiares.
Los restos mortales serán sepultados los primeros viernes de cada mes, al finalizar la Santa Misa vespertina de la capilla. Quienes estén interesados, pueden consultar en la secretaría de la parroquia Nuestra Señora de la Piedad (Italia 370) de martes a sábado de 8:30 a 12, y de martes a viernes de 17:00 a 19:00, o telefónicamente al 4317954.

Pero cómo, ¿la Iglesia acepta la cremación? ¿No estaba prohibido?
La inauguración del cinerario nos da oportunidad de recordar la enseñanza de la Iglesia sobre el respeto debido a los cuerpos de los difuntos, y más específicamente sobre la cremación.
A la pregunta deberíamos responder: Sí, la Iglesia prohibía la cremación, pero luego la permitió.

¿Cuándo quedó permitida la cremación para los Católicos?
En 1963, a través de una instrucción del Santo Oficio, la Iglesia Católica levantó esta prohibición que impedía a los Católicos optar por la cremación. El Canon 1176 del Código de Derecho Canónico (la vigente Ley de la Iglesia) establece, "La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina Cristiana". Expliquemos un poco
a) El modo habitual y aconsejado vivamente sigue siendo la sepultura del cadáver. El Directorio de Liturgia y Piedad Popular (un documento de la Santa Sede del año 2002) da algunas razones, diciendo que: “ (la inhumación)... recuerda la tierra de la cual ha sido sacado el hombre (cfr. Gn 2,6) y a la que ahora vuelve (cfr. Gn 3,19; Sir 17,1); por otra parte, evoca la sepultura de Cristo, grano de trigo que, caído en tierra, ha producido mucho fruto (cfr. Jn 12,24).”
b) La Iglesia no prohibe la cremación: una persona que elige para sí o para otros este método de reducción del cadáver no está incurriendo en ninguna falta, ni se aleja de la fe de la Iglesia. La cremación, por lo tanto, no afecta en absoluto la suerte eterna de quien es reducido a cenizas, salvo que...
c) “haya sido elegida por razones contrarias a la Doctrina Cristiana” En ese caso, lo que la Iglesia rechaza no es la práctica, sino la motivación por la cual se la toma. Lo explicamos en el siguiente punto.


¿Por qué estaba prohibida la cremación?
Los Católicos creemos que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Así como el cuerpo debe tratarse con respeto en vida, debe ser tratado con igual respeto en la muerte. Como Católicos creemos que en el Bautismo el cuerpo fue marcado con el sello de la Trinidad y se convirtió en el templo del Espíritu Santo. Por ese motivo, se respetan y honran los cuerpos de los difuntos y los lugares donde descansan.
Desde los inicios del Cristianismo, la cremación se consideraba un rito pagano que se percibía como contrario a esta y otras enseñanzas católicas. Se difundía, especialmente en los últimos dos siglos, en ambientes racionalistas y materialistas, que negaban la Resurrección del último día, afirmada en el Credo de la Iglesia. Por eso estuvo prohibida durante muchos siglos, porque era casi un sinónimo de la apostasía.

¿Por qué hoy se permite?
Porque todos sabemos que hoy muchas personas optan por la cremación simplemente por cuestiones prácticas (por ejemplo, una persona fallece muy lejos de donde vive su familia, y trasladar el féretro es engorroso legalmente) o principalmente económicas (por ejemplo, porque los cementerios piden un aporte anual por las parcelas o nichos, que para algunas familias es difícil) Para ellos, por citar sólo algunos casos típicos, la cremación es una solución.

La cremación está permitida, pero ¿qué pasa luego? ¿qué hay que hacer con los restos mortales cremados o cenizas de los difuntos?
Aquí aparece una nueva cuestión, a la que queremos responder claramente.
La Iglesia enseña que estos restos deben ser tratados con el mismo respeto dado al cuerpo antes de la cremación. Esto tiene algunas consecuencias.

¿Se los puede tener en la propia casa?
El Directorio de Liturgia y Piedad Popular dice: “...se debe exhortar a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares...”. La razón de esta exhortación proviene del ámbito de la psicología: parece mucho más conveniente para un adecuado proceso de duelo y un equilibrio emocional no tenerlo en la casa. Tampoco es conveniente, por lo mismo, dividir las cenizas entre los familiares, y mucho menos rendirle homenaje como si fueran reliquias de santos.

¿Se puede esparcir las cenizas en el río, en la tierra, o en el aire?
Esta práctica no es coherente con la fe católica. No constituye la disposición final reverente que la Iglesia requiere.
El gesto de “esparcir” o “dispersar” no parece conforme con la dignidad del cuerpo humano, que ha sido templo del Espíritu Santo. Por otro lado, muchas veces subyace en estas prácticas una visión naturalista (no hay distinción entre el cuerpo humano y el resto de la Creación material) o panteísta (todo lo que existe es, en realidad, Dios; no se distingue el Creador de la creatura), posturas contrarias a la fe cristiana.
Por último, es admitido por todos la importancia de un punto de referencia local para que los familiares y amigos puedan recordar y orar por el difunto, posibilidad que no existe en el caso, por ejemplo, de arrojar al mar o al río las cenizas.

¿Qué se debe hacer, entonces?
Los restos mortales cremados, entonces, deben ser enterrados o sepultados, ya sea en un nuevo sepulcro o nicho, ya sea junto a otros cuerpos de difuntos (en un nicho compartido) en el cementerio o, donde existe, en un cinerario.

De este modo, la Iglesia quiere ofrecer una respuesta pastoral concreta a una situación cada vez más frecuente en nuestra sociedad.
Acompañando así a quienes parten y a sus familias, la Iglesia anuncia con Gozo la Victoria de aquél que “muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida” (Misal Romano, prefacio pascual). En efecto, “en Jesucristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y así, a quienes la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad.
Porque para los que creemos en ti, Padre, la vida no termina, sino que se transforma,
y al deshacerse esta morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. (Prefacio de difuntos del Misal Romano).