lunes, 24 de octubre de 2011

Mi amargura –y mi esperanza- por la Argentina…

Reconozco que en estos días el sentimiento de dolor me ha invadido varias veces. De tal manera y con tanta intensidad, que no logro compartir la alegría de muchos, para los cuales las elecciones son –ganen o pierdan sus elegidos- una “fiesta”.
Más allá del resultado de los comicios, me duele una Argentina donde no hubo un solo candidato presidencial a quien se pudiera votar con la certeza de que defendería los valores de la vida y la familia en su integridad.
…una Argentina donde sistemáticamente se está destruyendo el sentido moral de los niños y jóvenes, imponiendo una educación –perversión- sexual antinatural. Donde el relativismo moral se impone desde los medios de comunicación, para los cuales el peor –el único quizá- crimen es creerse “dueño de la verdad”
…una Argentina en la cual parece que se quiere hacer desaparecer la cultura del trabajo y el valor del esfuerzo. Me duele una Argentina donde los gobernantes mantienen sumisos y cautivos a millones de ciudadanos, prisioneros de un sistema y un modelo que los degrada y destruye su dignidad.
…una Argentina en la cual millones han aceptado cobrar sin trabajar. Donde cientos de miles han consentido en ser utilizados para llenar plazas y estadios, o para “dibujar” estadísticas.
…una Argentina en la cual para “subir” hay que mentir, hay que “transar” con la corrupción, hay que hacer trampa. Donde la corrupción en infinitas versiones –coimas, acomodos, cuñas, compra y venta de títulos, licencias falsas por enfermedad, arreglos “por afuera”…- penetra cada sector de la vida privada y pública.
…una Argentina en la cual la infidelidad a la pareja se promociona y aplaude, llegando a transformarse casi en un nuevo “deporte” nacional. Una argentina con millones de “hijos huérfanos de padres vivos”, y de viejitos que se mueren de tristeza, olvidados por su descendencia.
…una Argentina con millones y millones de argentinos con el alma sucia, con el corazón corrompido, sin ideales ni perspectivas,
…una Argentina con multitudinarias manifestaciones de fe –oh, María, esperanza nuestra- desmentidas casi siempre en el diario vivir.

Desde el fondo de nuestro dolor, pero con la certeza de que Cristo y María siguen amando y bendiciendo a nuestra querida Patria, estamos comprometidos a ser luz en medio de la oscuridad.
Quiera el Señor concedernos a todos los argentinos la gracia de la conversión, de una profunda y sincera conversión a Él y a sus mandamientos.

lunes, 17 de octubre de 2011

Oración de la oveja perdida

Jesús: tú nos has revelado que eres la Luz del mundo, la verdadera Luz.

Por eso, cuando estamos en pecado, vivimos en tinieblas.

Cuando nos escapamos, cuando huimos de tí, sentimos al principio como una libertad, como que nada nos ata ni nos retiene.

Pero a medida que nos vamos alejando, nos vamos perdiendo. Porque solos no podemos saber cual es el camino. Porque sin ti, no sabemos donde están las praderas tranquilas, y los estanques de agua fresca y limpia.

Y terminanos en el abismo, casi al borde del precipicio. La noche se nos viene encima. Los problemas de la vida, problemas que tantas veces provocamos nosotros con nuestro pecado, nos rodean, nos abruman.

Terminamos solos, enredados en zarzas llenas de espinas, sin poder distinguir nada a nuestro alrededor. Terminamos tristes, vacíos, con frío en el corazón.

Pero sabemos que tú nos amas. Esa certeza es la única luz que se mantiene encendida siempre. Sabemos que apenas te das cuenta de que faltamos, sales a buscarnos. Y que con solo emitir un pequeño sonido, una tenue llamada, vendrás a rescatarnos. Porque eres capaz de reconocer nuestra voz a kilómetros de distancia.

Hoy te queremos pedir perdón, te queremos llamar desde el fondo de nuestro pecado, de nuestra miseria. Hoy clamamos por ti, nuestro Pastor, nuestro salvador.

Hoy te decimos que queremos volver, que queremos cambiar. Que necesitamos ser renovados por tu gracia.

¡Ven a rescatarnos, Pastor bueno!

domingo, 9 de octubre de 2011

¿Cuándo festejar el cumpleaños?


Sí, mi documento dice: “Nacido el 28 de octubre de 1979”. Ese día mi mamá me “dio a luz”. Y sin duda que es una referencia ineludible: ver la luz del día, ver por primera vez los rostros de quienes me dieron vida, entrar en contacto con otros además de mi madre, es nacer.

De todas formas, nunca debemos olvidar que nuestra vida se remonta unos meses atrás. Cuando fui aprendiendo en la escuela –y en la parroquia- que desde la concepción ya somos persona, no pude dejar de pensar que deberíamos celebrar más a menudo esa bendita fecha, en que los gametos paterno y materno se unieron produciendo un individuo original, nuevo e irrepetible. De tal manera que, según esta forma de contar, ya he superado los 32 años largamente…

Y en el camino del crecimiento humano y espiritual, he ido aprendiendo que hay un nuevo nacimiento, superior, sobrenatural. El que anunciara Jesús al todavía dubitante Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo… hay que nacer del Agua y del Espíritu”. El Bautismo, ese nuevo nacimiento –celebrado algunas veces desde que tomé conciencia- fue el 3 de Noviembre, menos de una semana después de nacer. Nacido a vida sobrenatural, a la vida eterna, en la parroquia de Primero de Mayo. La misma en que recibí la gracia de la Confirmación y la Primera Comunión.

Pero hay una fecha más reciente en el tiempo, que sin embargo se remonta en su origen e inspiración a la eternidad: el día del llamado, el día de la vocación. Guardo como una “reliquia” las hojas de mi cuaderno personal de 1994, donde con infantil caligrafía -casi la misma de hoy- escribía:
“el domingo 9 (de octubre) ocurrió algo que me cambió. Tuve una charla profunda con Gustavo. En ella me contó de su decisión de ser sacerdote. Comenzamos a hablar, y descubrí que lo mismo que me pasa a mí le pasa también a él. Quedé muy pensativo, y luego, al ir a Misa, escuché el Evangelio que lo dice todo: el del joven rico. Y durante la Misa, comprendí que el llamado era para mí también, que yo quizá era el destinatario de tan claras palabras. Y allí, no se si durará, me decidí a ser sacerdote…”

Nuevo nacimiento, nuevos horizontes, nuevas perspectivas. Allí, en el mismo lugar santo donde recibí todos los sacramentos, y donde un día celebré la Primera Misa. Una palabra de Jesús que, atravesando los siglos y haciéndose nuevamente actual, fue como espada de doble filo: “vende lo que tienes y dalo a los pobres… luego ven y sígueme”. Misteriosa certeza –expresada con cierta reserva, por lo inesperada- que se transformó en el norte absoluto de mi vida joven.

Por eso hoy comparto mi magnificat con ustedes, y celebro este día casi como – o más- que mi “cumpleaños” de la tierra. Porque a pesar de mis miserias y pecados, a pesar de mis infidelidades al Amor, la palabra ha seguido viva, operante, eficaz. Sosteniendo mi proyecto de vida, dando sentido a cada acontecimiento desde hace 17 años.

Y por eso digo –y escribo- a quien quiera escuchar, tenga dudas o ande buscando: Jesús vive, Jesús es real, Jesús habla, Jesús llama. Y Jesús cumple sus promesas de dar el ciento por uno a quienes se animen a intentar responder. 

sábado, 13 de agosto de 2011

“Quiero ser sacerdote y servir a Dios”

Tenía el paraguas en la mano -porque parecía que en cualquier momento se desataba la tormenta- y la llave colocada en la puerta, cuando volvió a sonar el celular. Era el mismo número del que tenía dos llamadas perdidas en la tarde, mientras estaba en Misa. Un anciano estaba grave, y me pedían la Unción.
Subí a buscar el bolsito con los óleos, y en un rato estuve allí. El viejito me estaba esperando, mientras tomaba la sopa. Cuando terminó el último sorbo, y le limpiaron la boca, me espetó, sin mucho preámbulo:
- Santa Teresa decía: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”
Y pausadamente, comenzó a recitarme aquella bellísima poesía de la Gran Teresa, que yo conocía por la Liturgia de las Horas, y porque durante el tiempo de Seminario, los ahora padres Ariel Mantelli y Adrián Bonetto la musicalizaron y difundieron. Él las conocía de memoria, porque había sido profesor de literatura, y aunque se perdía en algunas conversaciones y olvidaba los inmediato, recordaba lo que durante tantos años había atesorado y enseñado.

Eso ya era demasiado para mí: ¡un moribundo recitando a Santa Teresa! Pero faltaba aún lo más importante. La cama de un hombre cercano a la muerte se transformaría, por enésima vez, en cátedra, y no de literatura.
Después que se confesó, y cuando acabamos el sacramento de la Unción, mi amigo me dijo:
- Padre, ¡qué insensatos somos los hombres! ¡He perdido mi tiempo en pavadas! ¡Quiero ser sacerdote y servir a Dios!

¡Madre Santa! Sus palabras fueron directamente a mi conciencia… Este hombre, llegando al umbral de la Eternidad, sentía que había malgastado el don más excelente: el Tiempo. ¡Con qué frecuencia, con qué superficialidad, malgastamos a diario ese bien tan precioso…! ¡Con cuantas pavadas, tonterías, imbecilidades… matamos el tiempo, en lugar de invertirlo!

Al leer esto pensará alguno: “Leandro, este hombre estaba perdido… deliraba simplemente… ¿cómo va a querer ser sacerdote?”
Desconozco su historia, desconozco si en algún momento esa posibilidad estuvo en su conciencia durante la juventud.
Pero me acordé inmediatamente de la tercera regla de discernimiento que propone Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, para el momento de la elección:  “considerar como si estuviese en el artículo de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el modo de la presente elección”
Ahora era demasiado tarde para él… ¡Que no nos pase, Señor! ¡Que no nos demos cuenta demasiado tarde de lo que querías para nosotros! ¡Que en la hora de nuestra muerte no tengamos que llorar nuestra falta de valentía, de confianza, o de decisión!

A pesar de todo, Su Amor va siempre más allá. Aunque no podía recibir el sacramento del Orden, ni ser ordenado sacerdote, podía aún unir su sacrificio al sacrificio de la Cruz. Así terminó el sacramento: después de besar “el libro” –me pidió que se lo acercara, quizá pensando que el Ritual era una Biblia- besó fervorosamente la Cruz, unido exterior e interiormente al Sumo Sacerdote Jesucristo.

¡Gracias, Jesús, por este pequeño "retiro espiritual"! ¡Gracias por el don de la vocación! ¡Que nunca me olvide que ser sacerdote es vivir para servirte! ¡Que pueda vivir y morir abrazando, besando, bendiciendo la Cruz de cada día!

viernes, 5 de agosto de 2011

¡Benditos niños!

Me costó levantarme de la siesta… fueron unos minutos de vacilación, ya que venía de dos días de terminar tarde con reuniones y demás. Después que lo logré, y de un rápido  baño, me encaminé a la Escuela. La temperatura era mucho más agradable que esta mañana.
Iba sin un plan demasiado preciso, pero no era necesario: en el día del Patrono de los sacerdotes, Dios ya tenía un plan…
Llegué justo en el recreo, a las 15:10 hs. Siempre hay una docena de chicos frente a la capilla, y otra docena dentro, a veces rezando, otras… explorando ese recuperado lugar. Primero, la rutina de siempre –hermosa rutina- de saludar a unos cuantos.
Pero este 4 de Agosto había algo diferente, preparado por Jesús. Una de las nenas me dijo: “¿querés rezar con nosotros?” ¿Cómo negarme? La nena y varias más –y hasta algunos varoncitos- me llevaron adelante. Cantamos la canción a la Virgen de Lourdes, y rezamos un Avemaría. Para ese momento éramos como veinte.
Me paré para darle un beso a la imagen y entonces una de las nenas –una petaca de 1,10 mts., como mucho- me miró y me dijo: ¿“Padre, me bendecís”?. Con el pulgar le hice la señal de la Cruz en la frente, diciendo: “Que te bendiga el Señor Dios, Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo…” Los demás miraban atentos, hasta que la segunda se animó: “a mí también”. Y luego, una tercera, y la cuarta, y la quinta… Y escuché a algunos que salían al patio gritando: “¡el Padre está bendiciendo!”.
En total, fueron como 10 minutos de bendiciones, unos 70 u 80 chicos, tal vez. Hasta se organizaron entre ellos en dos filas: las mujeres y los varones, ordenadamente y en silencio. Fue el recreo más tranquilo de los últimos meses.
10 minutos de bendiciones, más para quien supuestamente la daba, que para quienes, inocentemente y con alegría, la recibían.
¡Benditos niños! ¡Bendito el Señor que nos bendice, haciéndonos sus instrumentos! ¡Bendito seas, Señor, por el Don del Sacerdocio, por usar nuestras manos, nuestros pies, nuestra voz, para hacerte presente en el mundo! ¡Agradeceré eternamente el don del Sacerdocio!

martes, 24 de mayo de 2011

¿Cómo celebrar la Vigilia de Pentecostés?

Hace unos años, en el 2007, estaba preparando una Misa de Vigilia de Pentecostés. Quería hacerlo según las indicaciones de los libros litúrgicos y de los documentos. Pero cuando me puse a leer encontré solo unas escuetas indicaciones. El Misal Argentino que usamos hasta hace un par de años, y el español que también estaba en varias parroquias, no explicitaban si había alguna forma aprobada de "distinguir" esta Misa de una Misa de un sábado por la tarde.
La carta circular “La preparación y celebración de las fiestas pascuales” dice, en el punto 107:
“El domingo de Pentecostés concluye este sagrado período de cincuenta días con la conmemoración de la donación del Espíritu Santo derramado sobre los apóstoles, el comienzo de la Iglesia y el inicio de su misión a todos los pueblos, razas y naciones.
Se recomienda la celebración prolongada de la Misa de la Vigilia de Pentecostés, que no tiene un carácter bautismal como la Vigilia de Pascua, sino más bien de oración intensa según el ejemplo de los apóstoles y discípulos, que perseveraban unánimemente en la plegaria juntos con María, la Madre de Jesús, esperando el don del Espíritu Santo.”

Cómo quería hacer las cosas bien, respetando las normas litúrgicas, y no tenía demasiadas indicaciones concretas, hice una consulta al Padre Miguel Ángel Fuentes, VE, quien me derivó a su vez al p. Jon Mikel de Arza Blanco, VE, liturgista. Quiero compartir con ustedes algunas partes de la respuesta, que me parece muy bien fundamentada, y porque, además, lo que el padre mencionaba como posibilidades, está asumido como propuesta en la nueva versión del Misal "Argentino", cuya primera edición es de Agosto de 2009.

Mi pregunta fue: ¿Cómo prolongar la Misa de Vigilia?. Es lógico que se puede hacer un momento de oración antes de la Misa, o celebrar Vísperas solemnemente, o una Adoración al Santísimo haciendo hincapié en el don del Espíritu, etc. Pero me interesaba saber si la Misa misma podía ser prolongada de alguna forma. Y si para ello se podían leer las cuatro lecturas que el Leccionario propone como opcionales –una o la otra, o la otra, etc.-
El padre me respondió:

No conozco ninguna disposición que precise la recomendación de la Carta Circular a la que Usted alude.
Sin embargo hay razones de conveniencia para incluir las 4 lecturas opcionales del A. Testamento.
 La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en referencia a la Vigilia Pascual, hace esta observación: "Se ha llegado a perder la misma noción de "vigilia", hasta el punto de haber reducido su celebración a una mera Misa vespertina en cuanto al tiempo y el modo como se suele celebrar la Misa del domingo en la tarde del sábado precedente.” (Carta Circular sobre la Preparación y celebración de las fiestas pascuales, del 16/01/1988, n. 3).
Estas indicaciones de tiempo y modo prescritos para la Vigilia Pascual , sin embargo, son aplicables a toda vigilia, de modo particular a la de Pentecostés, la cual siempre ha sido celebrada con una solemnidad análoga a aquella de la “Madre de todas las vigilias” (S. Agustín).

En efecto, en los más antiguos Sacramentarios (Gelasiano, Gregoriano –s. VII-VIII-), la Misa "oficial" de Pentecostés era la de la Vigilia, en la que se tenía un lucernario, se leían 4 lecturas del Antiguo Testamento (en el s. XII llegaron a ser 6, según el XI OR), se hacia la “benedictio fontis”, y se celebraban los sacramentos de la iniciación cristiana para aquellos que no los habían recibido en la Vigilia Pascual , y luego del canto de las letanías comenzaba la liturgia eucarística. En una palabra, "el servicio litúrgico era más o menos el de la Vigilia Pascual" (M. Riguetti, Storia Liturgica, vol II, 312)

En la actualidad, el Leccionario prescribe que se escoja una de entre cuatro lecturas del Antiguo Testamento (OLM, 102). Ahora bien, la Carta Circular  en el n. 107 recomienda “la celebración prolongada de la Misa de la Vigilia de Pentecostés”, lo cual requiere que se lean una mayor cantidad de lecturas, ateniéndonos a lo que para la Vigilia Pascual , establece la misma Carta: “Por lo tanto, en la medida en que sea posible, léanse todas las lecturas indicadas para conservar intacta la índole propia de la Vigilia pascual que exige una cierta duración.” (n. 80)
Es decir que, entre otros elementos, una celebración prolongada pareciera exigir una más abundante liturgia de la Palabra (de acuerdo también al espíritu e intención del Concilio Vaticano II y el OLM -Cf. OLM 58 y nota). Con mayor razón  si se tiene en cuenta la naturaleza de esta Vigilia, “que no tiene un carácter bautismal como la Vigilia de Pascua, sino más bien de oración intensa según el ejemplo de los apóstoles y discípulos, que perseveraban unánimemente en la plegaria juntos con María, la Madre de Jesús, esperando el don del Espíritu Santo” (n. 107). Existe una relación estrecha entre la Palabra de Dios proclamada y la acción del Espíritu Santo (Cf. OLM, 9), y, además, las lecturas con los salmos precedidas de breves moniciones, y haciendo uso del silencio litúrgico, favorecen la meditación de los fieles (Cf. OLM, 28)

Es importante atenerse a las normas del OLM, el cual prescribe que "no está permitido que en la celebración de la Misa las lecturas bíblicas, junto con los cánticos tomados de la Sagrada Escritura, sean suprimidas ni recortadas ni, cosa todavía más grave, sustituidas por otras lecturas no bíblicas". (n. 12) En el caso que nos ocupa se trata no de suprimir ni recortar, sino de adicionar lecturas. Por otra parte, cuando el OLM da los criterios para seleccionar lecturas dice que debe ser tenido en cuenta el principio de "composición armónica" y el de la "lectura semicontinua", cosas que no se aplican al ciclo de lecturas del tiempo pascual, y por tanto el hecho de leer más lecturas no afectaría la intención del Ordo. (Cf. OLM, 67)

Concluyendo,
·    dado que no conocemos una norma que precise más en qué consiste la “celebración prolongada de la Misa de la Vigilia de Pentecostés”;
·    teniendo en cuenta la simetría que tradicionalmente tuvo siempre la dicha vigilia con la de Pascua, con la que, además, forma un todo en el tiempo Pascual, como inicio y culminación del mismo, según enseña San Ambrosio (Expositio Evangelii secundum Lucam 8, 25; PL 15, 1863): “Los cincuenta días se deben celebrar como la Pascua y son todos como un único domingo”.
·    Y considerando que en otros tiempos se han proclamado más lecturas del A. Testamento, como vimos, y, finalmente, por la misma índole de la vigilia (que exige una cierta duración –lo que en la Vigilia Pascual se traduce en la recomendación de que sean leídas todas las lecturas),

Estimo que podrían hacerse las cuatro lecturas con sus respectivos salmos, incluso previendo un breve espacio de silencio luego de cada lectura, para fomentar la “oración intensa”.



Toda esta precisa fundamentación y armonización de textos y principios hermenéuticos -que me parece muy valiosa y pedagógica, para no caer en una arbitraria "creatividad" ya no es tan necesaria, desde el momento en que el Nuevo Misal, como mencionábamos arriba, sugiere esto como forma de prolongar y solemnizar la Vigilia. Propone, además, que entre cada lectura se haga un salmo y una oración, de modo similar a la Vigilia Pascual. Y que el Gloria se cante entre la lectura de Joel y la de la Carta a los Romanos.

Por otra parte, creo que es una forma de destacar el sentido de esta fiesta, y de revivirla haciéndonos “contemporáneos” a la misma, utilizar diferentes idiomas en la proclamación de las lecturas, en los cantos y en los textos eucológicos. Esto se realiza de manera habitual en las celebraciones “internacionales”, sobre todo en las del Santo Padre. Por lo tanto no hay ningún impedimento “litúrgico” para hacerlo. Y se ha hecho en algunas comunidades, casi siempre para esta fiesta.
Me parece que expresa bien el sentido de esta opción lo que el Card. Ratzinger (actual Benedicto XVI) decía en ocasión del Jubileo del año 2000:
“la Iglesia tiene su inicio en la comunidad de los ciento veinte, reunida en torno a María, sobre todo en la renovada comunidad de los Doce, que no son miembros de una Iglesia local, sino que son los Apóstoles, los que llevarán el Evangelio hasta los confines de la tierra.
Para esclarecer aún más la cuestión, se puede añadir que ellos, en su número de doce, son al mismo tiempo el antiguo y el nuevo Israel, el único Israel de Dios, que ahora -como desde el inicio se hallaba contenido fundamentalmente en el concepto de pueblo de Dios- se extiende a todas las naciones y funda en todos los pueblos el único pueblo de Dios. Esta referencia se ve reforzada por otros dos elementos: la Iglesia en este momento de su nacimiento habla ya en todas las lenguas. Los Padres de la Iglesia, con razón, interpretaron este relato del milagro de las lenguas como una anticipación de la "Catholica" -la Iglesia desde el primer instante está orientada "kat'holon"-, abarca todo el universo.(…)
En los peregrinos presentes, que provienen de todos los pueblos, esa Iglesia abraza inmediatamente también a todos los pueblos del mundo. (…) La Iglesia, en los Doce, es engendrada por el único Espíritu, desde el primer instante, para todos los pueblos y, por consiguiente, también desde el primer momento está orientada a expresarse en todas las culturas y precisamente así destinada a ser el único pueblo de Dios: no una comunidad local que crece lentamente, sino la levadura, siempre orientada al conjunto; por tanto, encierra en sí una universalidad desde el primer instante.
Escuchar la palabra proclamada en varios idiomas, rezar y cantar en ellos, es una forma de percibir que nosotros, aunque tal vez no seamos más de 30 o 40, somos la Iglesia católica, herederos de una rica historia y miembros de un pueblo grande, extendido por todo el mundo, y que habla todos los idiomas. Nos puede ayudar también a recordar que celebrar Pentecostés implica el compromiso de seguir haciendo resonar esa Palabra en cada época y en cada situación cultural, para todos los pueblos.

Por último, al finalizar la homilía, y antes de continuar con la celebración -que en este año, aquí, será la iniciación cristiana de un adulto-, cantaremos el himno Veni Creator. Si bien lamentablemente no es ya tan conocido, y sólo un mínimo porcentaje de fieles lo conoce -lo estamos aprendiendo al menos con algunos- su riqueza de contenido y su valor "tradicional" son impresionantes. Raniero Cantalamessa dice así, en la introducción a su "Comentario al Veni Creator"
“Compuesto por Rabano Mauro, abad de Fulda y Obispo de Maguncia, en la primera mitad del siglo IX, con él se han iniciado, desde principios del s. XI, cada siglo, cada cónclave, cada concilio ecuménico, cada sínodo, cada reunión importante en la vida de la Iglesia, así como las ordenaciones sacerdotales o episcopales…
“Como todas las cosas que vienen del Espíritu, el Veni Creator no se ha desgastado con el uso (…) se ha ido cargando de toda la fe, la devoción y el anhelo del Espíritu de las generaciones que lo han cantado antes que nosotros. Y ahora, gracias a la comunión de los santos, cuando lo canta incluso el más modesto coro de fieles, Dios lo escucha así, con esta “orquestación”

Sabiendo que no es la única forma de hacerlo, pero pensando en que quizá hay algún otro que quiere celebrar la Vigilia –y hacerlo en plena fidelidad a las normas litúrgicas y el sentido de los ritos-, nosotros lo vamos a hacer del siguiente modo:
20:30 a 22:00   Momento de oración en el templo, en torno al don del Espíritu Santo. Tendremos en cuenta y utilizaremos tres de los más importantes símbolos del Paráclito: el agua, el aceite y el fuego. Inmediatamente antes de la Santa Misa, renovaremos las promesas bautismales y el compromiso de la Confirmación.
22:00 hs      Santa Misa. Comenzaremos en la puerta del Templo con el rito de la presentación del candidato al Bautismo. Leeremos las cuatro lecturas del Antiguo Testamento, la Epístola  y el Evangelio en diversos idiomas –por ahora, inglés, francés, portugués, italiano, guaraní y griego. Después de la homilía cantaremos el Veni Creator. Haremos la plegaria eucarística latín. La Comunión será bajo las dos especies.
Los fieles tendrán un folleto donde estén todos los textos traducidos, para que puedan comprenderlos.

Deo Patri sit gloria
Et Filio qui a mortuis
Surrexit ac Paraclito
In saeculorum saecula

martes, 26 de abril de 2011

Apostillas de la Gran Semana: los monaguillos del Domingo de Ramos

Una de las cuestiones clave para celebrar una Semana Santa es contar con expertos monaguillos. Que manejen las celebraciones y que sean “despiertos”. Y que sean piadosos y vivan los ritos con intensidad. Y que sean a la vez solemnes en su manera de moverse en el presbiterio, y dúctiles a los posibles imprevistos. Y que al verlos, la gente “entre” en la celebración.
Todos mis colegas coincidirán en que monaguillos así son casi una “especie en extinción”, en parte por nuestra falta de dedicación a formarlos, en parte también porque cuando van adquiriendo experiencia y soltura… suelen entrar en la edad donde “ayudar a Misa” les da vergüenza. Todo un desafío.
Así que: había que hacer lo que se podía. El viernes nos habíamos encontrado con algunos chicos de la escuela “Nuestra Señora de Lourdes”, para ensayar las celebraciones. Entre casi 30, 6 voluntarios se ofrecieron para ser monaguillos. “Si vienen 3, me doy por satisfecho”.
Pues bien, ¡llegaron 5!. 3 antes de la Misa, como habíamos quedado. Otro llegó en el preciso momento en que cantábamos “Con ramos en las manos cantamos al Señor…”. Y el último, cuando ya era demasiado tarde para incorporarse a la celebración, por lo cual se quedó en la puerta del templo, mirando con un poco de envidia a los demás.
Claro que mis improvisados monaguillos –algunos se estrenaban totalmente- distaban mucho de parecerse al ideal arriba enunciado, o a los concentrados y piadosos acólitos del Santo Padre en la Basílica de San Pedro. Cuando llegué y le hice señas al más cercano, pidiéndole que me ayude a sacarme la capa pluvial y la lleve a sacristía, me miraba como con cara de “¿y ahora que hice?”. La lectura de la Pasión se les hizo extremadamente larga, sin faltar los bostezos y gestos para “desperezarse”… Y los comentarios entre ellos. E incluso –esto lo supe al terminar, porque la mamá lo retó- uno que sacó su celular del bolsillo, y ¡se puso a responder o mandar un mensaje! Claro, había olvidado aclararles…
En mi interior –lo confieso- luchaban dos sentimientos: por un lado, la impaciencia, siempre a punto de desbordarse.
Pero a la vez –y esto lo seguí pensando y rezando después-, me acordaba que en el primer domingo de Ramos había muchos, muchos niños. Algunos concientes, otros no tanto, recibieron a Jesús como Rey. Ese Rey que en su mansedumbre y su humildad, nos invita a todos a “bajarnos” de nuestro pedestal. Él no nos mira desde arriba del hombro: al contrario, viene a ponerse a nuestros pies.
Imaginaba también a Jesús, entrando en Jerusalén, y sus discípulos totalmente en otra, distraídos de lo esencial: no entendían nada. Pensaban que tal vez, había llegado la hora –por fin- en que Jesús impondría su realeza… según sus criterios humanos. Y sin embargo, estaban allí, cerca del Señor, y Jesús quiso que prepararan su entrada, buscando el asna y su cría, y seguramente ellos iban abriendo el camino, cual encargados de dirigir el “transito” en aquél día.
Pensaba, y pienso ahora, que tantas veces, en mi servicio a Dios, soy como mis monaguillos del Domingo de Ramos. No siempre entiendo, muchas veces me canso, cientos de veces me distraigo de lo esencial… y sin embargo, el Señor me sigue eligiendo, me sigue llamando, como el primer día. Como mis monaguillos de ese día, mi imperfecto ministerio es una ayuda para que los demás, la Iglesia, pueda reconocer a Jesús como Rey, y celebrarlo, y recibirlo.
Obviamente, esto no implica un conformismo, o pensar que todo da igual, y quedarse “piolas” en la mediocridad. De hecho, al menos para las otras celebraciones, fuimos mejorando bastante. Logré que no mandaran mensajes… y varias cosas más.
Pero alabo y bendigo a este Señor tan paciente con nosotros, y le pido que cada día nos perfeccione en su servicio. Y que nos dé, todos los días, un poquito más de su paciencia.

domingo, 24 de abril de 2011

Homilía en la Vigilia Pascual

El domingo de Ramos escuchamos, en la segunda lectura, un himno en el cual San Pablo nos explicaba que Jesús, siendo “de condición divina”, había descendido al mundo, en un proceso de humillación cada vez más radical. No solo se “anonadó” haciéndose hombre, sino que aceptó la “forma de esclavo”, llegando incluso, por obediencia, a la “muerte, y muerte de cruz”. Y que por ese acto de obediencia y humildad infinito, el Padre lo exaltó por encima de todo.
Otra forma de comprender el mismo misterio de “humillación” del Hijo eterno, es recurriendo a la parábola de la oveja perdida. Jesús se describió a sí mismo como el Buen Pastor, al cual, habiéndosele escapado y perdido una oveja, dejó las 99 en el redil, para salir a buscarla. Y una vez que la encontró, la cargó sobre sus hombros, y la llevó de nuevo al rebaño, lleno de alegría.
Nosotros, como comunidad cristiana, solemos “saltar” desde la tarde del Viernes Santo a la mañana de la Resurrección, anticipada en la Vigilia Pascual. El Sábado Santo lo dedicamos, demasiadas veces, a una serie de actividades que postergamos en el feriado del Viernes, y a preparar la Vigilia.
Pero sólo acabamos de comprender el significado de la parábola, y del misterio pascual, si comprendemos que significa “resucitar de entre los muertos”

En el Sábado Santo sucede algo inaudito, inimaginable. El Buen Pastor, para encontrar a su oveja –es decir, al hombre, a Adán y a todos sus descendientes- debe ir a buscarla a aquél lugar donde ella estaba, malherida. Por eso el Credo nos enseña que Jesús, después de morir, “descendió a los infiernos”. ¿A qué se refiere la Iglesia con esta expresión? ¿qué eran, cómo eran los infiernos?
“Los infiernos”, también llamados Sheol o Hades, no era simplemente como una “sala de espera”. Es más: los salmos describen este como la ausencia de toda esperanza, como el lugar de la oscuridad, del absurdo, del sinsentido. El lugar de la suprema tristeza, de la soledad definitiva. Las almas permanecían en una total postración, en una absoluta pasividad. Incomunicados, incapaces de relacionarse entre sí.
Y sobre todo, estar en “los infiernos” significaba no ver a Dios, no poder pensar en él ni comunicarse con Él. El salmo 87 se refiere dramáticamente a quienes están en los infiernos como aquellos “de los cuales Dios ya no guarda memoria, porque fueron arrancados de su mano”. Lo llama "el país del olvido", donde no se alaba a Dios.
Ahí estaba la oveja. Ahí estaba Adán. Ahí estaban Abel, Abraham, Moisés, David, Sara, Judit.
Por eso el “viaje cósmico” de Jesús no termina en la tarde del Viernes. Su “salto mortal” en busca de la oveja lo lleva a ese lugar de sombras. Jesús ingresa en el Sheol, haciéndose solidario con la suerte de la humanidad, con la suerte del hombre pecador. Aquél que en la noche de Getsemaní había aceptado cargar con los “pecados del mundo”, aquél que se había “hecho pecado”, asume en sí mismo la consecuencia del pecado: la muerte y, con ella, la lejanía y la distancia con respecto al Padre.
En ese momento, cuando Jesús abraza la muerte en su sentido más hondo, cuando abraza toda nuestra historia de pecado, allí culmina el misterio de la Encarnación: realmente es verdadero hombre, igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Misterio de solidaridad con el hombre que supera nuestra capacidad de entender, y que nos invita a la adoración.
Por eso tenemos que decirle a Jesús: ¡qué distancia has tenido que recorrer para encontrarnos, Señor! Para poder ir hasta la oveja perdida, para poder cargarla sobre los hombros, y abrazarla, tuviste que gustar la muerte, porque solo así podías ingresar en esa tierra de sombras.
Y por eso, Jesús, sabemos que nunca estamos solos. No existe lugar en el Universo donde no podamos encontrarte, ni donde podamos escapar de tu mirada. Y por eso sabemos que también estás con nosotros cuando estamos en el fondo de nuestras depresiones, cuando no tenemos ganas de vivir, ni esperanza ni confianza, cuando nos parece que la vida es absurda y no tiene sentido. Nosotros podemos repetir, con toda certeza, la afirmación del salmo 138 “Si me postro en el Abismo, allí estás tu”.

Pero la historia del Buen Pastor no termina allí. Si solo fuera eso, sería una historia triste, una gesta heroica, pero inútil.
En la mañana del día tercero, el "primer día de la semana", como en la semana de la Creación, comienza a brillar una nueva luz. El salmo también había anunciado “ni las tinieblas son oscuras para ti, la noche es clara como el día”. Eso quiere simbolizar la Iglesia al inicio de la celebración de la Vigilia, cuando en la oscuridad de la noche se encendió el fuego nuevo y el cirio, símbolo de Cristo Resucitado.
En la mañana del domingo, el Abismo, el Reino de los muertos, se llena de luz. El Padre eterno rescata a Jesús de la fosa, levanta su cuerpo del sepulcro y su alma del Abismo. Recompensa su entrega hasta el fin, su obediencia amorosa. Y sopla en sus narices, como a Nuevo Adán, el Espíritu Santificador, y su alma y su Cuerpo comienzan a brillar con un brillo que no tiene fin, que durará por toda la eternidad. “Es el lucero que no tiene ocaso, Jesucristo, que resurgiendo de los abismos, vive y reina por los siglos…”
El Padre rescata al Buen Pastor del fondo de la Muerte, y lo lleva junto a sí, y lo sienta a su derecha. Pero El Pastor no vuelve solo: se ha abrazado definitivamente al hombre, y lleva consigo, a la derecha del Padre, a todos aquellos que acepten ser cargados sobre sus hombros.
Así, agarrados a Jesús, unidos a Él, sobre sus hombros, nosotros podemos hacer la Pascua. Nosotros pasamos de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la Luz.

Queridos hermanos: Jesucristo vive para siempre junto al Padre. Su luz no se ha extinguido. Su resurrección no es un hecho del pasado: Él está vivo. Él ha sido constituido por el Padre “Hijo de Dios con poder”. 
En la mañana de la Pascua, “vida y muerte lucharon en un duelo admirable”, y Cristo derrotó la muerte, no solo para sí mismo, sino también para nosotros. Porque aunque nosotros tenemos que morir, porque aunque debamos todavía experimentar la separación del alma y el cuerpo, y las angustias que la acompañan, sabemos que Cristo siempre está con nosotros. Antes de la muerte o después de ella, su presencia, su luz, es la fuente de la vida Verdadera. Por eso no nos encaminamos hacia la muerte como quienes van a un túnel oscuro y misterioso, un abismo de sombras: sabemos que, si perseveramos en la fe y en el amor, nos espera la Luz eterna del Rostro del Resucitado. La luz y la vida de Cristo han comenzado a habitar en nosotros el día de nuestro Bautismo, en el cual ya pasamos de la muerte a la vida. 
Hoy queremos renovar nuestro compromiso Bautismal, reconociendo que tantas veces hemos renegado de la Luz, y nos hemos vuelto a sumergir en las tinieblas del pecado. Hoy queremos decirle de nuevo al Señor: yo creo en ti. Digamosle con renovada confianza: “Aunque cruce por oscuras quebradas, ningún mal temeré… y habitaré en tu casa Señor, por muy largo tiempo”

Por último, queridos hermanos, no podemos olvidar que nuestro siglo XXI se parece, en muchos aspectos, a “los infiernos”. Oscuridad, incomunicación, tristeza, desesperanza, inseguridad, falta de comunión con Dios y entre los hombres. Tantas veces nuestras mismas familias parecen reproducir ese cuadro...
Hoy tenemos que renovar nuestra fe en el Buen Pastor resucitado, que puede hacer nuevas las cosas. Puede hacer nuevo tu corazón, nueva tu familia, nueva nuestra  sociedad. Él puede levantar, puede resucitar todo lo que está muerto.
En esta noche, escuchemos, como dichas a nosotros, las palabras que Jesús dirigió a Madre Teresa de Calcuta, el día de su vocación: “Ven, sé mi Luz… ellos no me aman porque no me conocen… lleva mi luz a los agujeros donde todo es oscuridad”. Nuestro templo estaba a oscuras antes de la Vigilia, pero cuando ingresamos con los cirios encendidos, aunque eran chiquititos,  comenzamos a ver nuestros rostros, caminamos con seguridad. Si nosotros nos animamos a mantener encendida la luz de la fe en la noche del siglo XXI, podremos iluminar a nuestros hermanos, alumbrar sus pasos, permitirles descubrirse y descubrir el amor de Dios.

Permítanme terminar con palabras de Benedicto XVI en forma de oración. Hoy digamos a Jesús: “Baja también en las noches y a los infiernos de nuestro tiempo moderno y toma de la mano a los que esperan. ¡Llévalos a la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de quienes esperan, que claman hacia ti desde el vientre del infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al "sí" del amor, que nos hace bajar y precisamente así subir contigo!” Reina del Cielo, alégrate, aleluya. Amén.

miércoles, 20 de abril de 2011

Renovación de las promesas sacerdotales en la Misa Crismal

Les dejo el texto de la renovación de las promesas sacerdotales que todos los presbíteros hacemos cada año, en la Misa Crismal.
Son todo un programa de vida, realista y exigente a la vez. Casi que me dan ganas de postrarme otra vez en el suelo, pidiendo perdón por tanta mezquindad en la respuesta y dejándome envolver nuevamente por la oración de la Iglesia.

Porque sólo las podemos vivir con la gracia del Señor y sostenidos por las oraciones del pueblo de Dios, como bien lo señala el rito.


Renovación de las promesas sacerdotales
Acabada la homilía, el obispo dialoga con los presbíteros con estas o semejantes palabras:

Obispo:
Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?

Los presbíteros, conjuntamente, responden a la vez:
Sí, quiero.

Obispo:
¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa' de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia ?

Presbíteros:
Sí, quiero.

Obispo:
¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?

Presbíteros:
Sí, quiero.

Seguidamente, dirigiéndose al pueblo, el obispo prosigue:
Y ahora vosotros, hijos muy queridos, orad por vuestros presbíteros, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones: que sean ministros fieles de Cristo sumo sacerdote, y os conduzcan a él, única fuente de salvación.

Pueblo:
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Obispo:
Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos.

Pueblo:
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Obispo:
El Señor nos guarde en su caridad y nos conduzca a todos, pastores y grey, a la vida eterna.

Todos:
Amén.

miércoles, 13 de abril de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: última carta

Por C. S. Lewis
XXXI
Mi querido, mi queridísimo Orugario, mi encantador sobrino:
¡Qué equivocadamente vienes lloriqueando, ahora que todo está perdido, a preguntarme si es que los términos afectuosos en que me dirijo a ti no significaban nada desde el principio! ¡Al contrario! Queda tranquilo, que mi cariño hacia ti y tu cariño hacia mí se parecen como dos gotas de agua. Siempre te he deseado, como tú (pobre iluso) me deseabas. La diferencia estriba en que yo soy el más fuerte. Creo que te me entregarán ahora; o un pedazo de ti. ¿Quererte? Claro que sí. Un bocado tan exquisito como cualquier otro.
Has dejado que un alma se te escape de las manos. El aullido de hambre agudizada por esa pérdida resuena en este momento por todos los niveles del Reino del Ruido hasta las profundidades del mismísimo Trono. Me vuelve loco pensar en ello. ¡Qué bien sé lo que ocurrió en el instante en que te lo arrebataron! Hubo un repentino aclaramiento de sus ojos (¿no es verdad?) cuando te vio por vez primera, se dio cuenta de la parte que habías tenido de él, y supo que ya no la tenías. Piensa sólo (y que sea el principio de tu agonía) lo que sintió en ese momento: como si se le hubiese caído una costra de una antigua herida, como si estuviese saliendo de una erupción espantosa, y parecida a una concha, como si se despojase de una vez para todas de una prenda sucia, mojada y pegajosa. ¡Por el Infierno, ya es bastante desgracia verles en sus días de mortales quitándose ropas sucias e incómodas y chapoteando en agua caliente y dando pequeños resoplidos de gusto, estirando sus miembros relajados! ¿Qué decir, entonces, de este desnudarse final, de esta completa purificación?
Cuanto más piensa uno en ello, peor resulta. ¡Se escapó tan fácilmente! Sin recelos graduales, sin sentencia del médico, sin sanatorio, sin quirófano, sin falsas esperanzas de vida: la pura e instantánea liberación. Un momento, pareció que era todo nuestro mundo: el estrépito de las bombas, el hundimiento de las casas, el hedor y el sabor de explosivos de gran potencia en los labios y en los pulmones, los pies ardiendo de cansancio, el corazón helado por el horror, el cerebro dando vueltas, las piernas doliendo; el momento siguiente, todo esto se había acabado, esfumado como un mal sueño, para no volver nunca a servir de nada. ¡Estúpido derrotado, superado! ¿Notaste con qué naturalidad —como si hubiese nacido para ella— el gusano nacido en la Tierra entró en su nueva vida? ¿Cómo todas sus dudas se hicieron, en abrir y cerrar de ojos, ridículas? ¡Yo sé lo que la criatura se decía!: "Sí. Claro. Siempre ha sido así. Todos los horrores han seguido la misma trayectoria, empeorando y empeorando y empujándole a uno a un embotellamiento hasta que, en el instante preciso en el que uno pensaba que iba a ser aplastado, ¡fíjate!, habías salido de las apreturas y de pronto todo iba bien. La extracción dolía cada vez más y de pronto la muela estaba sacada. El sueño se convertía en una pesadilla y de pronto uno se despertaba. Uno muere y muere y de pronto se está más allá de la muerte. ¿Cómo pude dudarlo alguna vez?"
Al verte a ti, también Les vio a Ellos. Sé cómo fue. Retrocediste haciendo eses, mareado y cegado, más herido por Ellos que lo que él lo fue nunca por las bombas. ¡Qué degradación!: que esta cosa de tierra y barro pueda mantenerse erguida y conversar con unos espíritus ante los cuales tú, un espíritu, sólo podías encogerte de miedo. 
Quizá tuviste la esperanza de que el temor reverencial y la extrañeza de todo ello mitigasen su alegría. Pero ésa es la maldición del asunto: los dioses son extraños a los ojos mortales, y sin embargo no son extraños. Él no tenía hasta aquel preciso instante la más mínima idea de qué aspecto tendrían, e incluso dudaba de su existencia. Pero cuando los vio supo que siempre los había conocido y se dio cuenta de qué papel había desempeñado cada uno de ellos en muchos momentos de su vida en los que se creía solo, de forma que ahora podría decirles, uno a uno, no "¿Quién  eres tú?", sino "Así que fuiste tú todo el tiempo." Todo lo que fueron y dijeron en esta reunión despertó recuerdos. La vaga coincidencia de tener amigos a su alrededor que había encantado sus soledades desde la infancia estaba ahora, por fin, explicada; aquella música en el centro de cada pura experiencia que siempre se había escapado de su memoria era ahora por fin recobrada. El reconocimiento le hizo libre en su compañía casi antes de que los miembros de su cadáver se quedasen rígidos. Sólo a ti te dejaron fuera.
No sólo les vio a Ellos; le vio a Él. Este animal, esta cosa engendrada en una cama, podía mirarle. Lo que es para ti fuego cegador y sofocante es ahora, para él, una luz fresca, es la claridad misma, y viste la forma de un Hombre. Te gustaría, si pudieras, interpretar la postración del paciente en su Presencia, su horror de sí mismo y su absoluto conocimiento de sus pecados (sí, Orugario, un conocimiento incluso más claro que el tuyo), a partir de la analogía de tus propias sensaciones de ahogo y  parálisis  cuando tropiezas con el aire mortal que respira el corazón del Cielo. Pero todo eso es un disparate. Todavía puede tener que enfrentarse con penas, pero ellos  abrazan  esas penas. No las trocarían por ningún placer terreno. Todos los deleites de los sentidos, o del corazón, o del intelecto con que una vez pudiste haberle tentado, incluso los deleites de la virtud misma, ahora le parecen, en comparación, casi como los atractivos seminauseabundos de una prostituta pintarrajeada le parecerían a un hombre cuya verdadera amada, a la que ha amado durante toda la vida y a la que había creído muierta, está viva y sana ahora a su puerta. Está atrapado en ese mundo en el que el dolor y el placer tornan valores  infinitos y en el que toda nuestra aritmética no tiene nada que hacer. Una vez más, nos enfrentamos con lo inexplicable. 
Después de la maldición de tentadores inútiles como tú, nuestra mayor maldición es el fracaso de nuestro Departamento de Información. ¡Si tan sólo pudiésemos averiguar qué se propone! ¡Ay, ay, que el conocimiento, algo tan odioso y empalagoso en sí mismo, sea, sin embargo, necesario para el Poder! A veces casi me desespera. Todo lo que me mantiene es la convicción de que nuestro Realismo, nuestro rechazo (frente a todas las tentaciones) de todos los bobos desatinos y de la faramalla, deben triunfar al final. Entretanto, te tengo a ti para saciarme. Muy sinceramente firmo como
Tu creciente y vorazmente cariñoso tío,
ESCRUTOPO

martes, 12 de abril de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: Trigésima carta

Por C. S. Lewis
XXX
Mi querido Orugario:
A veces me pregunto si te crees que has sido enviado al mundo para tu propia diversión. Colijo, no de tu miserablemente insuficiente informe sino del de la Policía Infernal, que el comportamiento del paciente durante el primer ataque aéreo ha sido el peor posible. Estuvo muy asustado y se cree un gran cobarde, y por tanto no siente ningún orgullo; pero ha hecho todo lo que su deber le exigía y tal vez un poco más. Frente a este desastre, todo lo que puedes mostrar en tu haber es un arranque de mal genio contra un perro que le hizo tropezar, un número algo excesivo de cigarrillos fumados, y haber olvidado una oración. ¿De qué sirve que te me lamentes de tus dificultades? Si estás actuando de acuerdo con la idea de "justicia" del Enemigo e insinuando que tus posibilidades y tus intenciones debieran tenerse en cuenta, entonces no estoy muy seguro de que no te estés haciendo merecedor de una acusación de herejía. En cualquier caso, pronto verás que la justicia del Infierno es puramente realista, y que sólo le interesan los resultados. Tráenos alimento, o sé tú mismo alimento.
El único pasaje constructivo de tu carta es aquél donde dices que todavía esperas buenos resultados de la fatiga del paciente. Eso está bastante bien. Pero no te caerá en las manos. La fatiga  puede  producir una extrema da amabilidad, y paz de espíritu, e incluso algo parecido a la visión. Si has visto con frecuencia a hombres empujados por ella a la irritación, la malicia y la impaciencia, eso es porque esos hombres tenían tentadores eficientes. Lo paradójico es que una fatiga moderada es mejor terreno para el malhumor que el agotamiento absoluto. Esto depende en parte de causas físicas, pero en parte de algo más. No es simplemente la fatiga como tal la que produce la irritación, sino las exigencias inesperadas a un hombre ya cansado. Sea lo que sea lo que esperen, los hombres pronto llegan a pensar que tienen derecho a ello: el sentimiento de decepción puede ser convertido, con muy poca habilidad de nuestra parte, en un sentimiento de agravio. Los peligros del cansancio humilde y amable comienzan cuando los hombres se han rendido a lo irremediable, una vez que han perdido la esperanza de descansar y han dejado de pensar hasta en la media hora siguiente. Para conseguir los mejores  resultados posibles de la fatiga del paciente, por tanto, debes alimentarle con falsas esperanzas. Métele en la cabeza razones plausibles para creer que el ataque aéreo no se repetirá. Haz que se reconforte pensando cuánto disfrutará de la cama la próxima noche. Exagera el cansancio, haciéndole creer que pronto habrá pasado, porque los hombres suelen sentir que no habrían podido soportar por más tiempo un esfuerzo en el momento preciso en que se está acabando, o cuando creen que se está acabando. En esto, como en el problema de la cobardía, lo que hay que evitar es la entrega absoluta. Diga lo que diga, haz que su íntima decisión no sea soportar lo que le caiga, sino soportarlo "por un tiempo razonable"; y haz que el tiempo razonable sea más corto de lo que sea probable que vaya a durar la prueba. No hace falta que sea mucho más corto; en los ataques contra la paciencia, la castidad y la fortaleza, lo divertido es hacer que el hombre se rinda justo cuando (si lo hubiese sabido) el alivio estaba casi a la vista.
No sé si es probable o no que se vea con la chica en situaciones de apuro. Si la ve, utiliza a fondo el hecho de que, hasta cierto punto, la fatiga hace que las mujeres hablen más y que los hombres hablen menos. De ahí puede suscitarse mucho resentimiento secreto, hasta entre enamorados. Probablemente, las escenas que está presenciando ahora no suministrarán material para llevar a cabo un ataque intelectual contra su fe; tus fracasos precedentes han puesto eso fuera de tu poder. Pero hay una clase de ataque a las emociones que todavía puede intentarse. Consiste en hacerle sentir, cuando vea por primera vez restos humanos pegadosa una pared, que así es "como es realmente el mundo", y que toda su religión ha sido una fantasía. Te habrás dado cuenta de que les tenemos completamente obnubilados en cuanto al significado de la palabra "real". Se dicen entre sí, acerca de alguna gran experiencia espiritual: "Todo lo que  realmente  sucedió es que oíste un poco de música en un edificio iluminado"; aquí "real" significa los hechos físicos desnudos, separados de los demás elementos de la experiencia que, efectivamente, tuvieron. Por otra parte, también dirán: "Está muy bien hablar de ese salto desde un trampolín alto, ahí sentado en un sillón, pero espera a estar allá arriba y verás lo que es  realmente":  aquí "real" se utiliza en el sentido opuesto, para referirse no a los hechos físicos (que ya conocen, mientras discuten la cuestión sentados en sillones), sino al efecto emocional que estos hechos tienen en una conciencia humana. Cualquiera de estas acepciones de la palabra podría ser defendida; pero nuestra misión consiste en mantener las dos funcionando al mismo tiempo, de forma que el valor emocional de la palabra "real" pueda colocarse ahora a un lado, ahora al otro, de la cuenta, según nos convenga. La regla general que ya hemos establecido bastante bien entre ellos es que en todas las experiencias que pueden hacerles mejores o más felices sólo los hechos físicos son "reales", mientras que los elementos espirituales son "subjetivos"; en todas las experiencias que pueden desanimarles o corromperles, los elementos espirituales son la realidad fundamental, e ignorarlos es ser un escapista. Así, en el alumbramiento la sangre y el dolor son "reales", y la alegría un mero punto de vista subjetivo; en la muerte, el terror y la fealdad revelan lo que la muerte "significa realmente". La odiosidad de una persona odiada es "real": en el odio se ve a los hombres tal como son, se está desilusionando; pero el encanto de una persona amada es meramente una neblina subjetiva que oculta un fondo "real" de apetencia sexual o de asociación económica. Las guerras y la pobreza son "realmente" horribles; la paz y la abundancia son meros hechos físicos acerca de los cuales resulta que los hombres tienen ciertos sentimientos. Las criaturas siempre están acusándose mutuamente de querer "comerse el pastel y tenerlo": pero gracias a nuestra labor están más a menudo en la difícil situación de pagar el pastel y no comérselo.
Tu paciente, adecuadamente manipulado, no tendrá ninguna dificultad en considerar su emoción ante el espectáculo de unas entrañas humanas como una revelación de la realidad y su emoción ante la visión de unos niños felices o de un día radiante como mero sentimiento.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

lunes, 11 de abril de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: vigésimonovena carta

Por C. S. Lewis
XXIX
Mi querido Orugario:
Ahora que es seguro que los humanos alemanes van a bombardear la ciudad de tu paciente y que sus obligaciones le van a mantener en el lugar de máximo peligro, debemos pensar nuestra política. ¿Hemos de tomar por objetivo la cobardía o el valor, con el orgullo consiguiente... o el odio a los alemanes?
Bueno, me temo que es inútil tratar de hacerle valiente. Nuestro Departamento de Investigación no ha descubierto todavía (aunque el éxito se espera cada hora) cómo producir  ninguna  virtud. Esta es una grave desventaja. Para ser enorme y efectivamente malo, un hombre necesita alguna virtud. ¿Qué hubiera sido Atila sin su valor, o Shylock sin abnegación en lo que se refiere a la carne? Pero como no podemos suministrar esas cualidades nosotros mismos, sólo podemos utilizarlas cuando las suministra el Enemigo; y esto significa dejarle a Él una especie de asidero en aquellos hombres que, de otro modo, hemos hecho más totalmente nuestros. Un arreglo muy insatisfactorio, pero confío en que algún día conseguiremos mejorarlo. 
El odio podemos conseguirlo. La tensión de los nervios humanos en medio del ruido, el peligro y la fatiga les hace propensos a cualquier emoción violenta, y sólo es cuestión de guiar esta susceptibilidad por los conductos adecuados. Si su conciencia se resiste, atúrdele. Déjale decir que siente odio no por él, sino en nombre de las mujeres y los niños, y que a un cristiano le dicen que perdone a sus propios enemigos, no a los de otras personas. En otras palabras, déjale considerarse lo bastante identificado con las mujeres y los niños como para sentir odio en su nombre, pero no lo bastante identificado como para considerar a los enemigos de éstos como propios y, en consecuencia, como merecedores de su perdón. 
Pero es mejor combinar el odio con el miedo. De todos los vicios, sólo la cobardía es puramente dolorosa: horrible de anticipar, horrible de sentir, horrible de recordar; el odio tiene sus placeres. En consecuencia, el odio es a menudo la compensación mediante la que un hombre asustado se resarce de los sufrimientos del miedo. Cuanto más miedo tenga, más odiará. Y el odio es también un antídoto de la vergüenza. Por tanto, para hacer una herida profunda en su caridad, primero debes vencer su valor. Ahora bien. Esto es un asunto peliagudo. Hemos hecho que los hombres se enorgullezcan de la mayor parte de los vicios, pero no de la cobardía. Cada vez que hemos estado a punto de lograrlo, el Enemigo permite una guerra o un terremoto o cualquier otra calamidad, y al instante el valor resulta tan obviamente encantador e importante, incluso a los ojos de los humanos, que toda nuestra labor es arruinada, y todavía queda un vicio del que sienten auténtica vergüenza. El peligro de inculcar la cobardía a nuestros pacientes, por tanto, estriba en que provocamos verdadero conocimiento de sí mismos y verdadero autodesprecio, con el arrepentimiento y la humildad consiguientes. Y, de hecho, durante la última guerra, miles de humanos, al descubrir su cobardía, descubrieron la moral por primera vez. En la paz, podemos hacer que muchos de ellos ignoren por completo el bien y el mal; en peligro, la cuestión se les plantea de tal forma en la que ni siquiera nosotros podemos cegarles. Esto supone un cruel dilema para nosotros. Si fomentásemos la justicia y la caridad entre los hombres, le haríamos el juego directamente al Enemigo; pero si les conducimos al comportamiento opuesto, esto produce antes o después (porque Él permite que lo produzca) una guerra o una revolución, y la ineludible alternativa entre la cobardía y el valor despierta a miles de hombres del letargo moral.Ésta es,  de hecho, probablemente, una de las razones del Enemigo para crear un mundo peligroso, un mundo en el que las cuestiones morales se plantean a fondo. El ve tan bien como tú que el valor no es simplemente una de las virtudes, sino la forma de todas las virtudes en su punto de prueba, lo que significa en el punto de máxima realidad. Una castidad o una honradez o una piedad que cede ante el peligro será casta u honrada o piadosa sólo con condiciones. Pilatos fue piadoso hasta que resultó arriesgado. 
Es posible, por tanto, perder tanto como ganamos haciendo de tu hombre un cobarde: ¡puede aprender demasiado sobre sí mismo! Siempre existe la posibilidad, claro está, no de cloroformizar la vergüenza, sino de agudizarla y provocar la desesperación. Esto sería un gran triunfo. Demostraría que había creído en el perdón de sus otros pecados por el Enemigo, y que lo había aceptado, sólo porque él mismo no sentía completamente su pecaminosidad; que con respecto al único vicio cuya completa profundidad de deshonra comprende no puede buscar el Perdón, ni confiar en él. Pero me temo que le has dejado avanzar demasiado en la escuela del Enemigo, y que sabe que la desesperación es un pecado más grave que cualquiera de los que la producen. 
En cuanto a la técnica real de la tentación a la cobardía, no hace falta decir mucho. Lo fundamental es que las precauciones tienden a aumentar el miedo. Las precauciones públicamente impuestas a tu paciente, sin embargo, pronto se convierten en una cuestión rutinaria, y ese efecto desaparece. Lo que debes hacer es mantener dando vueltas por su cabeza (al lado cíe la intención consciente de cumplir con su deber) la vaga idea de todo lo que puede hacer o no hacer, dentro del marco de su deber, que parece darle un poco más de seguridad. Desvía su pensamiento de la simple regla ("Tengo que permanecer aquí y hacer tal y cual cosa") a una serie de hipótesis imaginarias. ("Si ocurriese A — aunque espero que no— podría hacer B, y en el peor de los casos, podría hacer C.") Si nos las reconoce como tales, se le pueden inculcar supersticiones. La cuestión es hacer que no deje de tener la sensación de que, aparte del Enemigo y del valor que el Enemigo le infunde, tiene algo a lo que recurrir, de forma que lo que había de ser una entrega total al deber, se vea totalmente minado por pequeñas reservas inconscientes. Fabricando una serie de recursos imaginarios para impedir "lo peor", puedes provocar, a ese nivel de su voluntad del que no es consciente, la decisión de que  no  ocurrirá "lo peor". Luego, en el momento de verdadero terror, méteselo en los nervios y en los músculos y puedes conseguir que cometa el acto fatal antes de que sepa qué te propones. Porque, recuérdalo, el acto de cobardía es lo único que importa; la emoción del miedo no es, en sí, un pecado, y, aunque disfrutamos de ella, no nos sirve para nada.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

domingo, 10 de abril de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: vigésimaoctava carta

Por C. S. Lewis
XXVIII
Mi querido Orugario:
Cuando te dije que no llenases tus cartas de basura acerca de la guerra quería decir, por supuesto, que no quería oír tus rapsodias más bien infantiles sobre la muerte de los hombres y la destrucción de las ciudades. En la medida en que la guerra afecte realmente el estado espiritual del paciente, naturalmente quiero informes completos. Y en este aspecto pareces singularmente obtuso. Así, me cuentas con alegría que hay motivos para esperar intensos ataques aéreos sobre la ciudad donde vive el paciente. Este es un ejemplo atroz de algo acerca de lo que ya me he lamentado: la facilidad con que olvidas la finalidad principal de tu goce inmediato del sufrimiento humano. ¿No sabes que las bombas matan hombres? ¿O no te das cuenta de que la muerte del paciente, en este momento, es precisamente lo que queremos evitar? Ha escapado de los amigos mundanos con los que intentaste liarle; se ha "enamorado" de una mujer muy cristiana y de momento es inmune a tus ataques contra su castidad; y los diferentes métodos de corromper su vida espiritual que hemos probado hasta ahora no han tenido éxito. En este momento, cuando todo el impacto de la guerra se acerca y sus esperanzas mundanas ocupan un lugar proporcionalmente inferior en su mente, llena de su trabajo de defensa, llena de la chica, obligada a ocuparse de sus vecinos más que nunca lo había hecho y gustándole más de lo que esperaba, "fuera de sí mismo", como dicen los humanos, y aumentando cada día su dependencia consciente del Enemigo, es casi seguro que le perderemos si muere esta noche. Esto es tan evidente que me da vergüenza escribirlo. Me pregunto a veces si no se os mantendrá a los diablos jóvenes durante demasiado tiempo seguido en misiones de tentación, si no corréis algún peligro de resultar infectados por los sentimientos y valores de los humanos entre los que trabajáis. Ellos, por supuesto, tienden a considerar la muerte como el mal máximo, y la supervivencia como el bien supremo. Pero esto es porque les hemos educado para que pensaran así. No nos dejemos contagiar por nuestra propia propaganda. Ya sé que parece extraño que tu objetivo primordial por el momento sea precisamente aquello por lo que rezan la novia y la madre del paciente; es decir, su seguridad física. Pero así es: deberías estar cuidándole como la niña de tus ojos. Si muere ahora, lo pierdes. Si sobrevive a la guerra, siempre hay esperanza. El Enemigo le ha protegido de ti durante la primera gran oleada de tentaciones. Pero, sólo con que se le pueda mantener vivo, tendrás al tiempo mismo como aliado tuyo. Los largos, aburridos y monótonos años de prosperidad en la edad madura o de adversidad en la misma edad son un excelente tiempo de combate. Es tan difícil para estas criaturas el  perseverar...  La rutina de la adversidad, la gradual decadencia de los amores juveniles y de las esperanzas juveniles, la callada desesperación (apenas sentida como dolorosa) de superar alguna vez las tentaciones crónicas con que una y otra vez les hemos derrotado, la tristeza que creamos en sus vidas, y el resentimiento incoherente con que les enseñamos a reaccionar a ella, todo esto proporciona admirables oportunidades para desgastar un alma por agotamiento. Si, por el contrario, su edad madura resulta próspera, nuestra posición es aún más sólida. La prosperidad une a un hombre al Mundo. Siente que está "encontrando su lugar en él", cuando en realidad el mundo está encontrando su lugar en él. Su creciente prestigio, su cada vez más amplio círculo de conocidos, la creciente presión de un trabajo absorbente y agradable, construyen en su interior una sensación de estar realmente a gusto en la Tierra, que es precisamente lo que nos conviene. Notarás que los jóvenes suelen generalmente resistirse menos a morir que los maduros y los viejos. 
Lo cierto es que el Enemigo, tras haber extrañamente destinado a estos meros animales a la vida en Su propio mundo eterno, les ha protegido bastante eficazmente del peligro de sentirse a gusto en cualquier otro sitio. Por eso debemos con frecuencia desear una larga vida a nuestros pacientes; en setenta años no sobra un día para la difícil tarea de desenmarañar sus almas del Cielo y edificar una firme atadura a la Tierra. Mientras sonjóvenes, siempre les encontramos saliéndose por la tangente. Incluso si nos las arreglamos para mantenerles ignorantes de la religión explícita, los imprevisibles vientos de la fantasía, la música y la poesía —el mero rostro de una muchacha, el canto de un pájaro, o la visión de un horizonte— siempre están volando por los aires toda nuestra estructura.  No se dedicarán firmemente al progreso mundano, ni a las relaciones prudentes, ni a la política de seguridad ante todo. Su apetito del Cielo es tan empedernido que nuestro mejor método, en esta etapa, para atarles a la Tierra es hacerles creer que la Tierra puede ser convertida en el Cielo en alguna fecha futura por la política o la eugenesia o la "ciencia" o la psicología o cualquier cosa. La verdadera mundanidad es obra del tiempo, ayudado, naturalmente, por el orgullo, porque les enseñamos a describir la muerte que avanza, arrastrándose como Buen Sentido o Madurez o Experiencia. La experiencia, en el peculiar sentido que les enseñamos a darle, es, por cierto, una palabra de gran utilidad. Un gran filósofo humano casi reveló nuestro secreto cuando dijo que, en lo referente a la Virtud, "la experiencia es la madre de la ilusión"; pero gracias a un cambio de moda, y gracias también, por supuesto, al Punto de Vista Histórico, hemos hecho prácticamente inofensivo su libro. 
Puede calcularse lo inapreciable que es el tiempo para nosotros por el hecho de que el Enemigo nos conceda tan poco. La mayor parte de la raza humana muere en la infancia; de los supervivientes, muchos mueren en la juventud. Es obvio que para Él el nacimiento humano es importante sobre todo como forma de hacer posible la muerte humana, y la muerte sólo como pórtico a esa otra clase de vida. Se nos permite trabajar únicamente sobre una minoría selecta de la raza, porque lo que los humanos llaman una "vida normal" es la excepción. Al parecer, Él quiere que algunos —pero sólo muy pocos— de los animales humanos con que está poblando el Cielo hayan tenido la experiencia de resistirnos a lo largo de una vida terrenal de sesenta o setenta años. Bueno, ésa es nuestra oportunidad. Cuanto menor sea, mejor hemos de aprovecharla. Hagas lo que hagas, mantén a tu paciente tan a salvo como te sea posible.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO