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domingo, 9 de diciembre de 2012

10 tips para confesarte mejor



1.       Hacé bien el examen de conciencia: tomate por lo menos 5 minutos. Hacelo en clima de oración, invocando al Espíritu Santo y a la Inmaculada. Tratá de pensar en profundidad. Eso sí: cuanto más tiempo dejés pasar, más difícil será recordar. Y puede quedarte alguna falta grave o –quizá sin ser grave- importante que no confieses porque con el paso del tiempo quedó “sepultada” en la conciencia. Por eso: confesate con frecuencia.
2.       Pensá en Cristo Crucificado: mirando al Señor en la Cruz, sus heridas, su Corazón traspasado, vemos lo que es en realidad el pecado. Aunque parezca imposible, tus pecados lastiman a Dios, lo dañan, lo hacen sufrir. En la Cruz encontramos el arrepentimiento.
3.       Confesá tus pecados con simplicidad: evitá el lenguaje rebuscado, los eufemismos. Tratá de ir directo “al grano”, sin dar demasiados rodeos. Eso ayudará también al sacerdote a ver lo esencial, y orientarte correctamente.
4.       Confesá tus pecados siguiendo el orden de los mandamientos: en la vida cristiana, “el orden de los factores altera el producto”. Los mandamientos no tienen un orden aleatorio, sino que es importante valorar nuestra vida moral según esa jerarquía. Algunas veces nos perturba e inquieta un pecado de la “segunda tabla” (los mandamientos del amor al prójimo) hasta tal punto que olvidamos la primera. Pero cuando pensamos, nos damos cuenta que esa falta es consecuencia de haber sido negligentes en nuestra vida con Dios.
5.       Nunca digás: “Yo padre, qué pecado puedo tener, me considero un buen cristiano”: es la frase fatal. Muy parecida a la del fariseo del Evangelio: “te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres”. Y ya sabemos cómo volvió el fariseo a su casa… Si no ves pecado en vos, casi seguro es porque no hiciste el examen, o porque tu conciencia está oscurecida o mal formada, o porque el orgullo te hace “impermeable” a la gracia de la contrición…
6.       No le hagás al sacerdote una detallada enumeración de tus buenas acciones: otro error fatal. Jamás empieces tu confesión diciendo: “padre, yo voy siempre a Misa, ayudo a la gente, me llevo bien con mi familia, rezo el Rosario todos los días…” En ese caso, tu lugar no es el confesionario, sino algún retablo donde haya un sitio vacío… Salvo que el sacerdote te pregunte, nunca le digas lo bueno que hacés.
7.       No confesés los pecados ajenos: otro error frecuente. Algunas veces vamos a la confesión angustiados por situaciones dolorosas, y en lugar de contar nuestras caídas, enumeramos detallada y apasionadamente los pecados de nuestros esposos/as, hijos/as, compañeros de trabajo, vecinos, políticos de turno, etc. Además de dedicar tiempo a algo que no forma parte de la esencia de la confesión –y muchas veces eso significa quitárselo a quien viene detrás en la cola- contar todo eso hace que tu culpa se vuelva insignificante, casi un acto de virtud, una reacción necesaria ante tanta maldad acumulada en tu contra…
8.       No minimicés el pecado, ni lo exagerés: la conciencia bien formada, la conciencia delicada –que es una gracia que hay que pedir- está entre dos extremos: la conciencia laxa –que no ve pecado en nada, o que considera leve lo que es grave- y la conciencia escrupulosa –que ve pecado grave cuando es leve, y ve pecado donde no hay. Leé, consultá, pedí la gracia, para caminar en el justo equilibrio, que no es el de la mediocridad, sino el de la santidad.
9.       Evitá mezclar temas que sean para otros momentos: es cierto que no es tan fácil encontrar a los sacerdotes con tiempo, y tal vez por eso, una vez que lo “pescaste” aprovechás a hacer todo junto… pero en principio, lo ideal es separar la confesión de la dirección espiritual o de temas pastorales. Si al terminar tu confesión ves que el sacerdote puede atenderte, decile: “padre, necesito hacerle una consulta…” o bien “necesito hablar con usted, cuando me puede atender”.
10.   Pedí perdón por lo que no te hayas dado cuenta o por si te olvidás de algo: el salmo 50 dice al Señor “absuélveme de lo que se me oculta”. Recordá que hay acciones que muchas veces hacemos sin saber que son pecado. Aún cuando no siempre tengamos responsabilidad moral –si obramos en ignorancia invencible, por ejemplo- esa acción, en cuanto contraria al bien objetivo, no nos plenifica, no nos lleva a Dios. También de ellas y sus efectos necesitamos ser sanados. Y también podemos pedir perdón por aquellas faltas que quizá olvidamos: Él nos conoce mejor que nosotros mismos.

viernes, 1 de junio de 2012

Seis consejos infalibles para hacer una mala confesión.



Los antiguos decían: “corruptio optimi pessima”, que se puede traducir algo así “la corrupción de lo mejor es lo peor”
La confesión es una de los “mejores” inventos de Jesús, uno de los regalos más increíbles que  nos ha dejado el Maestro.
El Mandinga lo sabe: ¡por eso intenta alejarnos del Sacramento!
Pero cuando no lo logra, tiene otra estrategia: nos hace “falsificar” la confesión, nos hace “confesarnos mal”, es decir, corrompe este milagro que constantemente Dios quiere realizar en nosotros: que su Sangre redentora nos limpie, nos purifique y renueve.

Permítanme “exponer” alguna de estas falsificaciones (no todas, obviamente), poniéndome por un momento en el lugar del Tentador -¡vade retro!-. Se los digo como cariñosos consejos de amigo…

1.       No te preocupes por hacer examen de conciencia: eso puede hacerte mucho, mucho daño… la más mínima expresión de dolor por el pecado es peor que el cáncer y el sida juntos, la peor de las formas de autoflagelarse… ¿Para qué revolver lo que ya pasó? Jesús sabe todo, andá a la confesión espontáneamente… ¡el no necesita nada! 
2.       Cuando te presentes al sacerdote, ni se te ocurra decir esa infame frase: “Perdóname, Padre, porque he pecado”. No, no, no… eso está pasado de moda! Esas eran modalidades que los curas alemanes inculcaban a las personas para mantenerlas dominadas, oprimidas bajo el yugo de su conciencia. Decile al sacerdote: “hola padre, quiero charlar con usted”
3.     Es esencial que le cuentes al sacerdote –que le enumeres minuciosamente- tus grandes virtudes, tus obras de caridad, lo eficaz de tu apostolado, tus experiencias místicas… Eso te hará sentir muy bueno, un cristiano ejemplar que a lo sumo tiene “distracciones”. Me encantaría que todos se confesaran como aquél buen hombre del que habló mi enemigo, cuya oración era algo así: “te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres…”
4.       También es imprescindible –te diría que sin esto no tiene sentido que te confieses- que le cuentes al cura todos los pecados que recuerdes… ¡de los demás! Cuando le narrás el mal carácter de tu esposa, lo insoportable que son tus hijos, lo deleznables que son tus compañeros de trabajo… el sacerdote queda conmovido y casi tiene ganas de ponerse de rodillas y venerarte, cual un mártir contemporáneo. ¡Qué noble sensación, la de sentirse la mayor de las víctimas! Mover a compasión de este modo al sacerdote es la mejor estratagema para evitar preguntas molestas o desubicadas llamadas a conversión…
5.       Tal vez algo tengas que decir: todavía queda algún cura medieval que si no le confesás ningún pecado ¡te dice que no te puede absolver! En ese caso, procura decir tus pecados de manera “casual”, sin orden, sin tampoco aclarar mucho. Cuanto más genérico seas, más me gusta. Lo ideal –a esto le llamo yo confesarse con “estilo”- es decir tus pecados con una risita irónica… ¡casi me parece verme en vos en ese momento!
6.       Una cosa más, no te olvides de esto, por favor: rezá el pésame del modo más superficial que puedas, sacale alguna oración, rezalo entre dientes, o lo más rápido que te salga, como cuando eras niño y jugabas a ver quién decía más rápido el abecedario… No se te ocurra pensar en las palabras, palabras crueles que pueden hacerte creer que la confesión es algo serio, que implica un cambio de vida y que supone que vas a “evitar ocasiones próximas…”