viernes, 20 de abril de 2012

Una parábola moderna...

Mirando las estadísticas del Chelsea - Barcelona del pasado miércoles, se me ocurren algunas reflexiones: 

En la vida, podés elegir vivir con planteos "ultradefensivos", "colgado del travesaño", metiendo 10 jugadores en tu propio área, esperando el error del rival, siendo más "espectador" que protagonista, interactuando lo menos posible, agazapado hasta que aparezca una oportunidad... Quizá podés ganar algún partido, pero... ESO NO ES VIVIR.

Es preferible, aunque alguna vez te toque perder y recibas algún gol de contraataque, es preferible apostar por el juego asociado, asumir el protagonismo, intentar de todas las formas posibles, avanzar siempre -aunque juegues de visitante, en cualquier cancha, con cualquier equipo-, no especular, patear al arco, intentar construir paredes antes que buscar derribarlas... Podés perder algún partido, es cierto... pero acabarás cada día con la certeza de que ESTÁS VIVO!

jueves, 12 de abril de 2012

Visita a las 7 iglesias después del Viernes Santo

Todavía Paraná está atónita ante las multitudes que, durante el Viernes Santo, inundaron nuestras calles y nuestras iglesias: familias enteras, grupos de adolescentes, matrimonios maduros, personas solas. Con el equipo de mate o una botellita de agua, con un devocionario o una revista, o el folleto que ayudaba a rezar: miles de paranaenses le dieron un marco especial a este Triduo Pascual.

Para no perder el ritmo -falta bastante para el próximo Viernes Santo- y sobre todo pensando en los que -¡Aleluya!- han vuelto a entrar en un templo después de uno o varios años, quería proponer una nueva "visita a las siete iglesias":

a) No hay que hacerlas a todas el mismo día, sino una vez por semana, entre las 4 de la tarde del sábado y las 22 del domingo.
b) La visita a cada iglesia tiene que durar aproximadamente una hora, y debe coincidir con el momento en que otros "peregrinos" están allí. Para averiguar el horario ideal, podés pasar un par de días antes y fijarte en la cartelera, o llamar por teléfono.
c) Podés elegir las iglesias por diferentes motivos: porque te bautizaron ahí, te casaste, te dieron la comunión; o porque conocés el cura, o te gusta como cantan los chicos del domingo a la noche.
d) Pero si se te complica ir lejos, por falta de tiempo o de movilidad, estás autorizado a hacer las 7 visitas en la misma iglesia, y en el mismo horario -esta es una "promoción" especial hasta la Parusía del Señor-. Es más: si vas siempre a la misma, vas a terminar conociendo bien los cantos que hacen allí, aprendiéndote el nombre del sacerdote, seguramente en algún momento te van a invitar a leer una lectura o llevar la ofrenda, y llegará el momento en que te sentirás como en casa.

 Jesús me acaba de asegurar -y me consta que en la Santa Sede, tanto el secretario de Estado como el prefecto para la congregación de la doctrina de la fe están de acuerdo, además de Benedicto XVI- que esta "visita a las 7 iglesias" -si al terminar la séptima se empieza otra vez- es eficacísima para:

  • tener paz en el corazón
  • experimentar la alegría de Cristo resucitado
  • tener fortaleza para cargar la Cruz de cada día
  • crecer en la caridad con el prójimo y
  • alcanzar la vida eterna.

Y -aunque a la Santa Sede no le simpatizan mucho las "cadenas"- aseguran que el que hace 7 copias y logra contagiar a siete más para que se sumen a esta "visita a las 7 iglesias", tiene un lugarcito casi asegurado en el Paraíso.

domingo, 8 de abril de 2012

La Razón última de nuestra Alegría


Del Padre José Luis Martín Descalzo

Cuentan de un famoso sabio alemán que, al tener que -ampliar su gabinete de investigaciones, fue a alquilar una casa que colindaba son un convento de carmelitas. Y pensó: ¡Qué maravilla, aquí tendré un permanente silencio! Y con el paso de los días comprobó que, efectivamente, el silencio rodeaba su casa ... salvo en las horas de recreo. Entonces en el patio vecino estallaban surtidores de risa, limpias carcajadas, un brotar inextinguible de alegría. Y era un gozo que se colaba por puertas y ventanas. Un júbilo que perseguía al investigador por mucho que cerrase sus postigos. ¿Por qué se reían aquellas monjas? ¿De qué se reían? Estas preguntas intrigaban al investigador. Tanto que la curiosidad le empujó a conocer las vidas de aquellas religiosas. ¿De qué se reían si eran pobres? ¿Por qué eran felices si nada de lo que alegra a este mundo era suyo? ¿Cómo podía llenarles la oración, el silencio? ¿Tanto valía la sola amistad? ¿Qué había en el fondo de sus ojos que les hacía brillar de tal manera?
Aquel sabio alemán no tenia fe. No podía entender que aquello, que para él eran puras ficciones, puros sueños sin sentido, llenara un alma. Menos aún que pudiera alegrarla hasta tal extremo.
Y comenzó a obsesionarse. Empezó a sentirse rodeado de olea- das de risas que ahora escuchaba a todas horas. Y en su alma nació una envidia que no se decidía a confesarse a sí mismo. Tenía que haber "algo" que él no entendía, un misterio que le desbordaba. Aquellas mujeres, pensaba, no conocían el amor, ni el lujo, ni el placer, ni la diversión. ¿Qué tenían, si no podía ser otra cosa que una acumulación de soledades?
Un día se decidió a hablar con la priora y ésta le dio una sola razón.
-Es que somos esposas de Cristo.
-Pero -arguyó el científico- Cristo murió hace dos mil años. 
Ahora creció la sonrisa de la religiosa y el sabio volvió a ver en sus ojos aquel brillo que tanto le intrigaba. -Se equivoca -dijo la religiosa-; lo que pasó hace tres años fue que, venciendo a la muerte, resucitó. 
-¿Y por eso son felices?
-Sí. Nosotras somos los testigos de su resurrección.

Me pregunto ahora cuántos cristianos se dan cuenta de que ése es su "oficio", que ésa es la tarea que les encomendaron el día de su bautismo. Me pregunto por qué los creyentes no "perseguimos" al mundo con la única arma de nuestras risas, de nuestro gozo interior. Me pregunto por qué a los cristianos no se les distingue por las calles a través del brillo de sus ojos. Por qué nuestras eucaristías no consiguen que salgan de las iglesias oleadas de alegría. Cómo puede haber cristianos que se aburren de serio. Que dicen que el Evangelio no les "sabe" a nada. Que orar se les hace pesado. Que hablan de Dios como de un viejo exigente cuyos caprichos les abruman. Me pregunto, sobre todo, qué le diremos a Cristo el día del juicio, cuando nos haga la más importante de todas sus preguntas:
-Cristianos, ¿qué habéis hecho de vuestro gozo? 

Porque lo mismo que los apóstoles convivieron con Cristo tres años sin acabar de enterarse de quién era aquel que estaba entre ellos y necesitaron su resurrección y, sobre todo, la venida del Espíritu Santo para descubrirle, nosotros, veinte siglos después aún no nos hemos enterado del estallido de entusiasmo que significó su nacimiento y fue su vida.
Cuando Dios se muestra hay siempre una revelación de alegría. Su llegada al mundo estuvo rodeada de un viento de locura con el que todos los que lo conocieron quedaron trastornados -como comentó Evely-: Isabel, la estéril, da a luz; Zacarías, el incrédulo, profetiza; Juan, el no nacido, salta en el seno de su madre; José, que era sólo un hombre bueno, entiende los misterios de Dios; Ma- ría, la Virgen, se hace madre sin dejar de ser virgen; los pastores, los despreciados, cuya palabra no tenía siquiera valor en los juicios, se convierten en conversadores con los ángeles; los magos abandonan sus reinos, dejan su tierra y dan todo lo que tienen; Simeón, el viejo, deja de temer a la muerte. Es la alegría. Ninguno sabe explicarla. Todos la viven y se sienten inundados por ella.

Y en la vida pública de Jesús hay un viento de esperanza que crece a su paso- los apóstoles, torpes y egoístas, lo dejan todo y le siguen; Zaqueo, el rico, da su dinero a los pobres; la gente más in- culta se siente embelesada oyendo la palabra de Dios y hasta se olvida de comer por seguirle; a la gente se le multiplica el pan entre las manos; el agua se vuelve vino; los enfermos bendicen a Dios; los paralíticos se levantan bailando; los leprosos sienten reverdecer su carne; la samaritano encuentra, por fin, un agua que le quita para siempre la sed; María Magdalena abandona sus demonios y descubre la ternura de Dios; Jesús anuncia a los pobres que son felices y que podrán serio sin dejar de ser pobres y que lo serán precisa- mente porque son pobres... y los pobres le entienden; hasta las aguas se calman y las tempestades cesan.

Y Jesús no se canso de predicar el gozo: "Os dejo mi paz, es mi paz la que yo os doy, no la que da el mundo" (Jn 14,27). "Os doy mi gozo. Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro gozo sea completo" (Jn 15,11). "Vuestra tristeza se convertirá en gozo" (Jn 16,20).
"Si me amáis, tendréis que alegraros" (Jn 14,27). "No, yo no os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros" (Jn 14-18). "Volveré a vosotros y vuestro corazón se regocijará y el gozo que entonces experimentaréis nadie os lo podrá arrebatar. Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo" (In 16,22-24)."Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido" (In 15,1 l).

Y es el temor lo que más le disgusta en los suyos. Por eso se pasa la vida calmándoles y tranquilizándoles. "No temas recibir a María", dice el ángel a José cuando vacila en recibir a su esposa (Mt 1,20). "No temas, cree solamente", dice Jesús al ciego que le pide ayuda (Le 8,50). "No temáis, pequeño rebaño", repite a los suyos (Le 12,32). "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?", reprende a los apóstoles momentos antes de calmar la tempestad. "No temáis, vosotros valéis más que muchos pájaros", explica a quienes temen por sus vidas (Le 12,7). "Confiad, yo he vencido al mundo" (In 16,33), recuerda en la última cena.

Incluso después de la resurrección tendrá que dar una tremenda batalla contra el miedo de sus apóstoles. Las piadosas mujeres van hacia la tumba con el alma aplastada por la muerte del Maestro amado con la única angustia de quién levantará la piedra del sepulcro y de sus almas. Los de Emaús han perdido ya todas sus esperanzas. Comentan que "nosotros esperábamos" que fuera el salvador de Israel, pero ya no esperan. "No temáis, soy yo", tendrá que explicar a los doce al aparecérseles, porque aún no les cabe en la cabeza la alegría, porque han podido digerir la muerte de Cristo, pero no su resurrección. Tiene forzosamente que ser, piensan, un fantasma.

¿Y hoy? Han pasado veinte siglos y aún no hemos perdido el miedo. Aún no estamos convencidos de que las cosas puedan terminar bien. Y nos hemos fabricado un Dios triste, un Cristo triste, una Iglesia triste, unos cristianos aburridos.

Cuando en una corrida de toros el público bosteza los cronistas comentan: "La gente estaba como en misa" porque, al parecer, a la misa le van las caras largas y los rostros sin alma.

Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a ron- darle la cabeza, solía apostarse a la puerta de las iglesias para ver los rostros de los que de ella salían. Pensaba: Si ahí se encuentran con Dios, si ahí asisten verdaderamente a la muerte y resurrección de alguien querido, saldrán con rostros trémulos o ardientes, luminosos o encendidos. Y terminaba comentando: "Bajan del Calvario y hablan del tiempo entre bostezos."

¿Dónde se quedó nuestra vocación de testigos de la resurrección? ¡Si hasta a los santos los hemos vuelto tristes! De ellos sólo sabemos sus mortificaciones, sus dolores. Ignoramos todo el gozo interior de encontrarse con Dios en su alma. Hemos perdido lo que Lilí Alvarez llama el "aspecto fruitivo" de la religión. Dios se nos ha vuelto insípido porque no hemos sabido descubrir su "sabor". Hemos olvidado ese "rasgo de la experiencia de Dios que es la dulzura y la bondad que rezuma mansamente de la vida cristianas.

Es bastante asombroso: la Iglesia colocó cuarenta días -la cuaresma- para prepararnos para la pasión del Señor. Y lo vivimos con relativa intensidad, hacemos ejercicios, mortificaciones, pensamos que es nuestro deber acompañar a Cristo en sus dolores. Pero la Iglesia colocó una segunda cuarentena -que va desde la Pascua hasta la Ascensión- para que acompañemos a Cristo en su gozo y aún no hemos encontrado la manera de celebrarla.

Rezamos -y está muy bien, es una bellísima devoción- el Vía Crucis. ¿Por qué aún no hemos encontrado el Vía Lucis, para acompañar a Cristo en las catorce estaciones de su gozo? Tal vez cuando llega la Pascua pensamos que ya hicimos bastante´, que ya hemos rezado mucho, que Cristo no necesita compañía en sus gozos. " jubilamos, como dice Evely, y le mandamos al cielo con una pensión por los servicios prestados. Tal vez porque es más fácil acompañar en el dolor que en la alegría. Tal vez porque, lo mismo que buscamos compañía en nuestras penas y gozamos a solas nuestros éxitos, pensamos que la Pascua no es también "nuestro" triunfo.

Nos parece, además, que Dios tuviera "la culpa" de nuestras desgracias y que no tuviese nada que ver con nuestros motivos de alegría. Sin descubrir que él es la última raíz, la última causa de toda auténtica alegría cristiana.

La Pascua -pienso yo- debería ser la gran ocasión para hacer el repaso de la infinita serie de alegrías que apenas disfrutamos. El tiempo de descubrir que:

-Somos dichosos porque fuimos llamados a la vida, porque entre la infinita multitud de seres posibles fuimos elegidos nosotros, amados antes de nacer, escogidos para este milagro de vivir.

-Somos dichosos porque fuimos llamados a la fe, recibimos esta gracia, sin mérito alguno. Pudimos nacer en una familia de paganos o de increyentes, y ya desde el bautismo nos pusieron una señal en la frente que nos reconocía como elegidos y llamados al Evangelio.

-Somos dichosos porque Dios nos amó primero, porque él no esperó a saber si mereceríamos su amor y quiso empezar a amarnos antes de nuestro nacimiento.

-Somos dichosos porque también nosotros le amamos, bien o mal, mediocre o aburridamente, le amamos y es eso lo que engrandece y da sentido a nuestras almas.

-Somos felices porque tenemos un Dios mucho mejor del que nos imaginábamos. Como nosotros somos tacaños en amar, creíamos que también él era tacaño. Como nosotros amamos siempre con condiciones, pensábamos que también él regatería.

-Somos felices porque Cristo quiso seguir siendo hombre después de su resurrección. El pudo, efectivamente, vivir transitoria- mente su condición de hombre, llevar la humanidad como un vestido y regresar a su exclusiva gloria de Dios cumplida su redención, pero quiso resucitar y permanecer siendo hombre además de Dios.

-Somos felices porque, al resucitar, venció a la muerte. Gracias a eso sabemos que la muerte ya no es definitiva, que está derrotada para siempre y que nadie ya nunca morirá del todo. Sabemos que, si resucitó él, también nosotros resucitaremos. Sabemos que nuestra historia, pase los avatares que pase, es siempre una historia que termina bien.

-Somos dichosos porque sabemos que incluso el dolor es camino de resurrección. Porque desde que él murió entendemos que todo dolor sirve para algo; que en sus manos ningún dolor se pierde.

-Somos dichosos porque él sigue estando con nosotros. Lo prometió y la suya es la única palabra que no miente jamás.

-Somos dichosos porque él se fue delante para prepararnos un sitio. No se fue a los cielos de vacaciones, olvidándose de los suyos; no se escapó de la lucha dejándonos a nosotros en la estacada.

-Somos dichosos porque nos encargó la tarea de evangelizar. Pudo hacerlo él, directamente, con su gracia. Pero quiso hacerlo a través de nuestras manos y nuestra palabra. Nos encargó también de mejorar este mundo, de acercarlo con nuestro trabajo a su reino.

-Somos dichosos porque, al ser él nuestro hermano, nos des- cubrió cuán hermanos éramos nosotros. Poco sabríamos de nuestra fraternidad, encerrados como estamos en el egoísmo. Pero él nos .descubrió esa misteriosa unidad, que ni siquiera sospechábamos, de hijos comunes de un único Padre.

-Somos dichosos porque él perdonará nuestros pecados como perdonó el de Pedro. Era su preferido y le traicionó públicamente por tres veces. ¿Por qué no habría de perdonar también nuestras traiciones tan sólo con decirle. tú sabes que te a-Somos dichosos porque él curará nuestra ceguera como la de Tomás. Todos estamos ciegos. Todos seguimos sin creer en su resurrección. El cogerá nuestras manos y nos las meterá, sonriendo, en sus llagas.

-Somos dichosos porque él avivará nuestras esperanzas muertas como las de los de Emaús. Un día saldrá al paso de nuestro camino -no sabemos dónde, no sospechamos cuándo-- y hablará y sentiremos que nuestro corazón arderá al oír su palabra.

-Somos dichosos porque él enderezará nuestro amor como el de Magdalena. Todos estamos llenos de amores torcidos. Pero él es experto en el arte de expulsarnos del alma nuestros siete demonios.

-Somos dichosos porque nuestros nombres están escritos en el reina de los cielos. El lo aseguró. En "el libro de la vida" están ya escritos los nombres de todos los que, bien o mal, intentamos amarlo.

-Somos dichosos porque el reino de los cielos está ya dentro de nosotros. No tenemos que pasarnos la vida esperando: crece ya en cada hombre que ama, en cada mano que se tiende, en cada lágrima que se enjuga.

-Somos dichosos porque nos ha nombrado testigos de su gozo, la más hermosa de las tareas, el más bendito de los oficios, la misión que debería llenarnos a todas horas los ojos de alegría.

Todo esto se hizo público la mañana de Pascua. Cuando 61 rompió la piedra de su sepulcro y nos mostró quién era verdaderamente- el Viviente Vivo, el Dios-Hombre que es la alegría de nuestra juventud.

sábado, 7 de abril de 2012

El alma de María también descendió a los infiernos


Comparto un texto que encontré en la red y que expresa muy bien - a mi parecer- el dolor de la Madre, su compasión, el misterio de la noche de la fe que tuvo que atravesar...
Dedicado a todas las madres que sufren por sus hijos, y a todos aquellos que muchas veces se sienten "en los infiernos"...
El texto es del padre José Luis Martín Descalzo, en su libro "Apócrifo de María"

Conocía la noche de la fe, pero nunca creí que fuera tan profunda. Ni una sola ventana con luz, solo creer, esperar, cerrar los ojos, entrar en la cuesta arriba.
Nada de ángeles, nada de voces del Padre. Sólo la noche y el sonar de los latigazos en los oídos, y las carcajadas, y las blasfemias, y las risas, el golpe final de la piedra, cerrándose.
¡Qué lejos ahora lo de Belén y aún las pequeñas angustias de Nazaret cuando él se alejaba!
Entonces, ¿es esto ser una madre? En la noche no hay nada. Sólo la noche, y la certeza de que el sol está al fondo y volverá mañana.
Pero, ¿por qué se ha de salvar siempre con sangre? ¿Es que son tan hondos los pecados del hombre que sólo pueden borrarse con manos y frentes desgarradas?
No, no le hubieras reconocido ayer si le hubieseis visto subir por la pendiente.
Las madres, sí, olemos a los hijos desde miles de kilómetros, porque no es verdad que salgan nunca de nosotros. Están fuera, caminan, lloran, triunfan, viven, pero no es verdad; siguen estando dentro. Ayer el Calvario estaba más en mi seno que en Jerusalén, clavaban dentro, martilleaban dentro.
Por eso no hubo nadie junto a Él. Juan, Magdalena... todos estaban sin estar. Y hasta el Padre se fue y nos dejó solos.
Pero hubo algo más horrible todavía, algo que no he logrado entender; que acepto a ciegas, sólo porque Él lo hizo: ¿Por qué no me miró? ¿Por qué en los últimos minutos no se volvió hacia mí? Estábamos unidos, sí, pero los dos entramos solitarios en la muerte. Creédmelo: esperé hasta el último minuto de su mirada. Y no me la dio. Vi doblarse su cabeza y supe que pensaba en quienes le habían abandonado: el Padre y los hombres. Fue entonces, y no cuando los martillazos, cuando yo di mi vida.
Después de muerto, volvió a pertenecerme. Quitando sangre, espinas, barro, fui reconquistando su cuerpo y, si cerraba los ojos, podía pensar que le estaba lavando otra vez como cuando era niño. Le hablé como entre sueños; y me pareció como si me entendiera.
Ahora ha vuelto la calma. La calma nocturna, pero calma al fin. Ya sólo queda esperar y ver la puerta que se abre y sus ojos que brillan. Me gustaría que viniera con las heridas. Sería un buen recuerdo de este segundo parto en que le he dado a luz, mucho más que la primera vez.

domingo, 4 de marzo de 2012

Paternidad responsable: profundización en el Magisterio



1° CAMBIO DE ENFOQUE DEL MATRIMONIO

Durante el siglo XX se produjeron dos momentos de cambio notables en la percepción del matrimonio y de la familia, especialmente en lo que se refiere a la procreación. Hay dos acontecimientos que parecen haber acelerado este proceso de transformación cultural y social:

1) 1935 El libro de  Herbert Doms
“Sentido y finalidad del matrimonio.”
El primer cambio se refiere al surgimiento de una concepción más personalista que legal del matrimonio. Como un hecho emblemático de esta nueva mentalidad se puede considerar el libro de Herbert Doms. No tanto por la repercusión que pueda haber tenido, sino porque en él se recoge los aportes de la filosofía personalista que está en la conciencia culta europea y se aplica al matrimonio, destacando el valor único de la persona humana; la importancia que tiene para el matrimonio y la familia el amor mutuo. Con este aporte se impulsa toda una reflexión y se hace más consciente la evolución que está teniendo el estilo de vida matrimonial.
2) 1952-56 Los descubrimientos médicos 
Doctores G. Pincus y John Rock

El segundo acontecimiento proviene del mundo de la investigación médica. Los doctores Pincus y Rock descubren la manera de provocar artificialmente los períodos agenésicos. Con este descubrimiento se responde, de alguna manera, a la explosión demográfica ocasionada especialmente a partir del descubrimiento de los antibióticos, pero que, a su vez, hace surgir toda una problemática de tipo teológico y moral en torno al matrimonio que aún está candente.

Apoyándose en este descubrimiento, pero sin considerar las implicaciones éticas, se desatan en todo el mundo campañas de control de la natalidad que responden a un cierto pánico ante el aumento acelerado de la población. Estas campañas han sido mantenidas por organismos internacionales. 

2° RESPUESTA DEL MAGISTERIO

El Magisterio de la Iglesia no sólo acompañó este proceso que amagaba los cimientos mismos de la cultura moderna y conducía a la familia a su máxima debilidad, sino que, en cierto sentido se adelantó a él. Prueba de ello son los documentos magisteriales que comienzan a aparecer ya desde 1930 y que van diseñando una doctrina cada vez más clara y coherente al respecto. Sin pretender profundizar en el tema vamos a mostrar lo más significativo de cada uno de ellos.

1. “Casti Connubii”, el 31 de Diciembre de 1930, Pío XI

El primer paso dentro del proceso de gestación de una doctrina orgánica e integral sobre el matrimonio fue el documento de Pío XI, Casti Connubii. En él se aborda explícitamente la doctrina sobre la regulación de la natalidad.

“.. de lo que se opone a los bienes del matrimonio, hemos de hablar en primer lugar de la prole, la cual muchos se atreven a llamar pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, no ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal.

Ningún motivo aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza, sea honesto y conforme a la misma naturaleza;...”C.C. n. 35)

cualquier uso del matrimonio en cuyo ejercicio el acto, de propia industria, queda destituido de su natural fuerza procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de grave delito” (C.C. 36)

2. Enseñanzas de Pío XII

Más tarde, Pío XII en múltiples ocasiones, especialmente en su nutrido contacto con los médicos y enfermeras de Roma, vuelve una y otra vez a reafirmar el pensamiento de Pío XI.[iv] Trazó claramente la línea divisoria del juicio moral sobre el uso de la progesterona. Afirmó que, si se utiliza con fin “terapéutico”, es lícita, porque lo que pretenden es curar a la mujer, “para evitar la ovulación” y consecuentemente la fecundidad misma, entonces es ilícita.

3. “Gaudium et Spes”

El Concilio Vaticano II no se sintió llamado a innovar en esta materia. Sin embargo, al hacer planteamiento global sobre el matrimonio, dio un enfoque que vendría a ser esencial para la nueva síntesis que presentaría más adelante Paulo VI y reafirmaría Juan Pablo II. Se refiere expresamente a aquellas circunstancias en que es preciso ejercer un cierto control de la fecundidad. El enfoque es el de la defensa de la vida, clarificando que es misión y responsabilidad del matrimonio. Lo presenta desde la perspectiva de la paternidad responsable y hace hincapié en la necesidad de recurrir a criterios objetivos al tomar esa decisión. En este planteamiento ya está expresada la unidad que debe existir entre los dos sentidos del acto conyugal: entrega íntima y procreatividad.

En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del Evangelio.” (G. S. n. 50)

"El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no pueda aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse...

Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede haber contradicción entre las leyes divinas de la transmisión de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre.  Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables"(G.S. Nº 51).

“Al tratar de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende de la sincera apreciación e intención de los motivos, sino de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, que guardan íntegro el sentido de la mutua entrega y de la procreación humana, entretejidos con el amor verdadero; eso es imposible sin cultivar la virtud de la castidad conyugal sinceramente. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba, sobre la regulación de la natalidad.” (Idem)

4. “Humanæ Vitæ”

Como preámbulo de la promulgación de «Humanae Vitae» conviene recordar que Juan XXIII había constituido una «Comisión de Matrimonio y Natalidad» conformada por especialistas de todo el mundo para analizar los nuevos desafíos al respecto. La Iglesia entera estaba a la espera del informe de ella y del pronunciamiento definitivo del Papa sobre el uso de los anovulares.

Durante ese tiempo de espera, Paulo VI tuvo una sorpresiva intervención en una asamblea de Cardenales. En ella reafirmó la vigencia de la doctrina enseñada por Pío XII sobre el uso de la progesterona, pero, a la vez, manifestó su intención de extender la Comisión de Matrimonio y Natalidad agregando la participación de seglares casados, sacerdotes, religiosos y obispos. Junto con reconocer la complejidad del problema, afirma que entre las múltiples competencias que se suman en él, se debe destacar la de los propios esposos. No obstante eso, afirma que lo que está en juego es la ley divina, que debe ser interpretada a la luz de las nuevas evidencias científicas. Termina su intervención planteando tres normas a las que es preciso atenerse:
·         Todos los católicos han de atenerse a una única ley en esta materia tan grave.
·         Nadie puede arrogarse, hasta un pronunciamiento papal, el derecho a enseñar en términos diferentes a la norma vigente.
·         No encuentra argumentos suficientes para considerar superadas las normas de Pío XII.[v]

La Comisión evacuó su informe, el Papa reflexionó y oró y, en contra del veredicto mayoritario de ella, el dictamen de Paulo VI, hecho a través de la promulgación de la Encíclica «Humanae Vitae», fue negativo en relación a la liberalización del uso de ciertos medios anticonceptivos considerados por muchos como lícitos, concretamente, de la píldora anovulatoria de Pinks.

1º Define el concepto de «Paternidad Responsable».

10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de “paternidad responsable” sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí.

1. En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana.

2. En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad.

3. En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.

4. La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia.  El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.

En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan por tanto libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia“

2º Invita a respetar la naturaleza y finalidad del acto matrimonial.

11.  Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, “honestos y dignos”  y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismo distancian los nacimientos.  La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida.

3º Plantea lo inseparable de dos aspectos : Unión y procreación.

12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer.  Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido del amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental.

4º Ubica esto como fidelidad al plan de Dios.

13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos.  Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y la voluntad del Autor de la vida.  Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aún sólo parcialmente, contradecir la naturaleza del hombre y la de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad.  Usufructuar en cambio el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. 

En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre el cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. La vida humana es sagrada recordaba Juan XXIII; desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios

5º Define las vías ilícitas para la regulación de los nacimientos.

14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que:
1. hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas.

2. hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer;  queda además excluida toda acción que,  o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.

3. tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después, y que por tanto compartirán la única e idéntica bondad moral.  En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social.  Es por  tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda.



6º Muestra la licitud de los medios terapéuticos.

15. La Iglesia en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido.

7º Proclama la licitud del recurso a los períodos infecundos.

16. A estas enseñanzas de la iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy, como observábamos antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energías de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre.  Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos?  A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.

Por consiguiente si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar.

La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los períodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias.  En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los períodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los períodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.”




Así me hice cura, del p. José Luis Martín Descalzo


Este relato, escrito por Martín Descalzo cuando era un sacerdote recién ordenado, muestra con viveza todo el proceso del nacimiento y la maduración de la llamada a una vida de entrega a Dios y a los demás. Todo un gran horizonte de sacrificio y al tiempo de satisfacción, de renuncia y al tiempo de conciencia de ser un afortunado, de dejar algunas cosas pero ganar muchas más.



La noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada.

«En el viejo cuarto de estar —recordaría José Luis unos años después— golpeaba un reloj que marchaba más de prisa que los pasos de mi tío, que resonaban en el despacho. Mi tío era un hombre de esos a quienes hay que querer en cuanto se les conoce. Tenía el pelo gris y dos grandes arrugas surcaban la frente, sin que ninguna de estas dos cosas consiguieran hacer menos brillante su mirada ni apagar su sonrisa constante. En el cuarto de estar, mis hermanas hacían comiditas en un rincón. Yo jugaba con Laurel, un canelo de dos años a quien habíamos tenido que meter en casa porque la nieve casi taponaba la puerta de su caseta. De pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido agudo, que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces cuando oímos que un caballo se acercaba calle abajo, se paraba a nuestra puerta. Llamaban. Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la calle y la del despacho de mi tío, que apareció con el breviario en la mano. Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve.»

Aquel hombre venía a avisar de que en Roblavieja se había puesto muy enferma una señora y quizá falleciera esa misma noche. Él seguía su camino a otro lugar en busca de unas medicinas. Don Cosme no dudó instante, se puso sus botas, acabó de prisa su cena y se dispuso a salir. No sirvieron de nada los consejos de su hermana, que le hacía ver el peligro de salir andando, de noche y con esa nevada, para hacer los cuatro kilómetros hasta aquel otro pueblo. Solo logró convencerle de que le acompañara su sobrino.

«Había dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a la nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la torre dio las diez de la noche. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo el que ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el abrigo y la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies. La primera parte del camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca de tres cuartos de hora se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se levantó un frío que cortaba y que hacía llorar. La noche se había puesto muy oscura y no había más luz que la que despedía el brillo de la nieve. Fue entonces cuando yo comencé a tener miedo de veras, porque noté que mis pies se hundían más que antes, y tuve la sensación de que nos habíamos salido del camino. Miré a mi tío sin atreverme a hablar, y vi en sus ojos idéntico temor. Nos detuvimos. Se veían ya algunas luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura. Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme y liso.

»Seguimos andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y entonces fue cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado para esta fecha desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien aprendida. Mi tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e intenté ayudarle a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y ya no volvería a caminar más.

»Lo demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender en absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera casa hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y poco después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde había dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros eran secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin sentido, pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve removida una mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una manta le llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a casa de la enferma.

»Le arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la pierna, toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a la cama de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin acabar de comprender lo que pasaba; era demasiado grande aquello para mi pequeña cabeza. Yo perdí la noción del tiempo, porque mi tío y la vieja parecían no cansarse de hablar. Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi tío —una respiración irregular, como una máquina estropeada—, y entonces, no sé cómo, le vi como uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón. Le veía doblarse lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa clara, que tampoco ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio, morir calentando a los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría tras él, para morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de repente —¿cómo?— que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé, nunca se sabe cómo se ocurren las grandes ideas.

»Al día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque parecía que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La gente pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño lo que obsesionaba mi cerebro infantil.»

Al siguiente mes de octubre, José Luis entró en el Seminario. Las cosas no fueron fáciles, pero fueron resolviéndose. «Yo recordaba siempre a mi tío en cada sacerdote que veía, y recordaba aquella noche de nieve cada vez que nuestro patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo aquel fogón en que los leños iban consumiéndose. Y pensaba: dentro de cuatro años me tocará a mí arder y también calentar y alumbrar. ¿Qué sería de nosotros sin este fuego vivificador? En los pueblos sin sacerdote —pensaba— deben tener un invierno perpetuo.

»Y entonces venía a mi memoria toda mi vida. Recordaba, sobre todo, aquella noche de diciembre y me parecía que ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando por fin subí al altar tuve la sensación de oír el reloj que aquella noche había dado las diez campanadas. Y cuando me acercaba a la Consagración me parecía como si me hundiese en tierra, igual que aquella noche en la nieve. Me temblaba el corazón como entonces, aunque esta vez no de miedo, sino de gozo.

»Cuando acabó la Misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo rato, como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi vida era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir para algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como un canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del Cielo, por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el agua santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de los moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados— ¡ah, y viéndoles marcharse contentos, con una nueva alegría!— y bendiciendo los nuevos hogares en que se perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y angelicales, ante el altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del Señor sobre la lengua. Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición era lo último que descendía sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo bendecía las casas, y los animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de Dios, y por ellos, por todos ellos, levantaba en las manos la Hostia blanca, en la que Cristo se nos mostraría y vendría a vivir entre nosotros. Sí —pensé—; mi vida comienza a servir para algo.

»Pienso que ya estoy ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que calienta; que ése es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un glorioso acto de servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este destino!

»¿Cuánto durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío; quizá solo unos meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche no nevará y estará borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a caballo a llamar a mi puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en seguida alguien que me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego no puede extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.»

domingo, 26 de febrero de 2012

Paternidad responsable: dificultades de su pastoral


 La pastoral de paternidad responsable desemboca en una adecuada y amplia difusión de los métodos naturales de regulación de la fertilidad humana. Debe contar con la resistencia del ambiente actual. Con certeza encontrará muchos obstáculos para lograr ese objetivo. Antes de la planificación pastoral, conviene hacer consciente los problemas concretos que enfrenta la difusión de los métodos naturales. Sólo así será posible elaborar un programa efectivo.

LA FALTA DE CONVICCIÓN ENTRE LOS RESPONSABLES
La primera dificultad proviene de los mismos responsables de la pastoral. En amplios círculos clericales, se nota un cierto escepticismo en relación a la plena validez de los métodos naturales de regulación de la fertilidad.
Mientras obispos, sacerdotes, diáconos y demás agentes pastorales no se hayan metido en profundidad en el tema y hayan elaborado, seriamente, sus convicciones, es difícil esperar que la pastoral de la paternidad responsable reciba un impulso fuerte y una orientación clara. Los matrimonios usuarios serán los testigos que avalen esta orientación pastoral.

2° FACTORES QUE DESPRESTIGIAN LOS MÉTODOS NATURALES
Hay muchos factores que desprestigian los métodos naturales. Para superarlos, hay que conocerlos. Vamos a señalar sólo aquellos más evidentes y comunes.
1. La mentalidad antivida
El mundo actual está marcado por una mentalidad antivida, que ha sido fomentada artificialmente por el mundo desarrollado, por razones geopolíticas. El control de la natalidad por todos los medios es parte de una política de “seguridad nacional”. Juan Pablo II nos previene frente a esta realidad. Las campañas antinatalistas, maliciosamente propiciadas o impuestas por el Primer Mundo, especialmente con la complicidad de la IPPF (APROFA), ejercen una fuerte presión en toda la sociedad.

2. Formación prejuiciada en el área de la salud
La formación prejuiciada que se ha impartido, en este campo, en muchas Escuelas de Medicina, Obstetricia y Enfermería durante largo tiempo. Esto repercute en médicos y enfermeras. En ellas se estudian en detalle los métodos artificiales de control de la fertilidad. En cambio, los métodos naturales, salvo raras excepciones, sólo se nombran como algo raro, haciendo hincapié en su ineficacia.

3. Decepción de muchos usuarios
Las personas que han hecho un mal uso de los métodos naturales y los declaran inútiles y poco científicos constituyen una pésima propaganda. Han acuñado los términos hijo de Billings como antes lo hacían con los hijos de Ogino. Son incontables las personas a las cuales les ha fallado el método y como no se han detenido a averiguar si fue por causa de ellas mismas, lo descalifican sin más. Normalmente, son ellas las que influyen más sobre las mujeres católicas. A ese fenómeno hay que contraponer las estadísticas publicadas por la Organización Mundial de la Salud y otras instituciones en las que se avala la rigurosidad científica de los métodos naturales y su contribución a la salud integral de las usuarias.

4. Sacerdotes con prejuicios
Muchos sacerdotes parten de una base errada. Sin detenerse a comprobarlo, sostienen que en amplios círculos de la sociedad, especialmente los estratos socioculturales de bajos ingresos, es imposible proponer esos métodos. Hablan de una utopía. Un crecido número incluso nunca se han metido en el tema, pero no se privan de opinar al respecto. Muchos opinan que dar a conocer esta forma evangélica de vivir la sexualidad es sobrecargar a la gente, que ya tiene suficientes problemas. Vendría a ser una auténtica falta de caridad.

5. Psicosis anticonceptiva
El ambiente público está cargado de una mentalidad anticonceptiva. Es un tema recurrente, en los medios de comunicación, que crea una verdadera angustia frente a la procreación. No en vano el siglo pasado le dio a los hijos el apelativo de carga familiar. A esto se suman los comentarios descalificadores irresponsables que hacen muchas personas serias, en sus círculos sociales y familiares, creando un ambiente negativo al respecto.

3° DIVERSAS FORMAS DE IGNORANCIA.
Como una dificultad especial para introducir los métodos naturales de regulación se pueden constatar diversos tipos de ignorancia.

1. Sobre los progresos científicos al respecto.
Hay personas responsables dentro de la Iglesia que poseen una información atrasada. Se quedaron en una primera etapa del proceso y no se han actualizado. Son incontables las personas de Iglesia que aseguran que se trata de métodos que no sólo son inseguros sino, además, excesivamente complicados.

2. Sobre la aplicación de los métodos.
Faltan espacios donde se entregue una información oportuna, adecuada y convincente. Además, hay personas que han leído algún folleto de difusión y sin mayor profundización han tratado de aplicarlos. Son los más expuestos a ser fuente de prejuicios.

3. Sobre las implicaciones de la doctrina
Por último, algunos católicos no han logrado compaginar la doctrina sobre el amor conyugal, la sexualidad y la vida, con el resto de la doctrina de la Iglesia. Se les produce una dicotomía. Tienen la impresión de que, en esta materia, se está ante una imposición arbitraria, propia de personas que no viven los problemas de la sexualidad, en razón del celibato.

4° EL USO DE ESTRATEGIAS ERRADAS EN LA DIFUSIÓN.
El progreso de la pastoral de paternidad responsable se ha visto dificultada también por los esfuerzos para difundir los métodos naturales que han realizado personas de buena voluntad, pero mal orientadas.

1. Presentación como método anticonceptivo lícito
Se puede constatar que, en muchos centros de atención de usuarios de métodos naturales, se les ha dado la imagen de que se trata simplemente de aprender a utilizar métodos anticonceptivos lícitos. No se hace hincapié en la espiritualidad que le da sentido. Los métodos naturales presuponen el amor a la vida y una apertura gozosa a la paternidad.
Hay quienes olvidan que estos métodos naturales forman parte integrante de una manera de vivir el amor hermoso que requieren una formación adecuada y se apoya en una mística. Se les olvida que se trata de un complemento valioso para ayudar a los esposos a vivir el amor y la sexualidad conyugales como camino de santidad. Desprovistos de mística, los métodos naturales tienden a perder su pleno sentido.

2. Presentación moralista
Hay quienes, habiendo vivido una auténtica conversión en relación a los métodos naturales, actúan en forma excesivamente apasionada al propiciarlos. Corren el riesgo de absolutizarlos y de crear anticuerpos en las personas que les escuchan. Algunos, incluso, han ido más lejos, los presentan en un contexto moralista con terminologías condenatorias. Este tipo de presentaciones muchas veces proviene de ciertos círculos de una jerarquía que se preocupa poco del aspecto pastoral y que ve su misión sólo en proclamar verdades de fe.

5° FALTA DE MÉDICOS Y MATRONAS DISPONIBLES.
Se suele producir un fenómeno curioso: hay sectores donde existe un buen equipo profesional de apoyo, pero faltan las personas interesadas en transformarse en usuarios de los métodos naturales; en cambio, hay otros donde no es posible poner un centro de atención por falta del apoyo médico.
Esta pastoral depende de la buena voluntad de los profesionales. Muchos agentes pastorales ven a los médicos y enfermeras tan ocupados, que tienen el temor de que sean inaccesibles. Esto los inhibe de propiciar la pastoral de métodos naturales en sus respectivas parroquias. Tienen miedo de hacer una oferta a la que no pueden responder. Hay que hacer un esfuerzo por superar prejuicios y por facilitar el acceso de los responsables de la pastoral familiar a los equipos de la salud que sirven este campo. Una descoordinación entre ambas instancias, responsables de la pastoral familiar y equipos de profesionales, puede frenar todo el proceso.
6° LAS ACTITUDES DEFENSIVAS Y PREJUICIADAS
Se puede constatar que muchas personas católicas activas, frente al tema de los métodos naturales, reaccionan de una manera abiertamente traumática. Están en una actitud defensiva que va más allá de lo normal. La pregunta que nos plateamos es ¿de dónde surgen los prejuicios que las cierran? La respuesta a esta pregunta es muy importante para establecer las pautas pastorales.

1. Temor a cambiar de hábitos
Es difícil dejar hábitos adquiridos y cultivados. Se piensa que con ellos se es feliz. Es así como muchas parejas, sin mayor reflexión, se han habituado a usar otros métodos y les parece que cambiar su rutina va a significar un desajuste total en sus vidas. Esto vale, especialmente, para matrimonios de mediana edad.

2. Temor a la responsabilidad de un nuevo hijo
Muchas personas entienden mal la postura de la Iglesia en el tema de la procreación. Piensan que ella propicia que los matrimonios tengan indiscriminadamente hijos, sin una ponderación bien hecha ante Dios. Esto los desanima a atenerse a sus orientaciones. La Iglesia, por el contrario, invita a los esposos a una reflexión profunda ante Dios para saber cuál es el número de hijos que les corresponde según la fisonomía global de su familia. El ambiente actual, no sin fundamentos bastante contundentes, presentan al hijo como un problema económico insuperable (hospital, médico, alimentación, educación, vestuario, etc.). La sola idea de traer un nuevo hijo al mundo causa un auténtico pánico. No es puro comodismo ni falta de generosidad. La sociedad entera se ha organizado considerando sólo familias nucleares pequeñas, el tamaño de las casas, los medios de transporte, los sueldos, etc., todo se confabula. Sería un error confundir el temor con el egoísmo.

3. Temor a asumir molestias y limitaciones
Ciertamente que, junto con la dificultad de tener una familia numerosa en una sociedad que socioeconómicamente está diseñada para admitir sólo familias pequeñas, existe una fuerte corriente hedonista y sensualista. Cualquier cosa que se presente con la perspectiva de asumir molestias y limitaciones produce espanto y rechazo inmediato.

7° DUDAS SOBRE LAS BASES DE LA DOCTRINA
En algunos círculos más cultos, dentro de la Iglesia, aún subsisten las dudas planteadas por la Comisión de Expertos constituida por Juan XXIII para estudiar el uso de los medios anticonceptivos. La mayoría en esa comisión pensó que era conveniente aceptar el uso de esos medios novedosos que ofrecía la ciencia médica para producir artificialmente períodos de infertilidad. El peso de la Comisión era enorme, ya que incluía personalidades tan prominentes como los futuros Papas Juan Pablo I y Juan Pablo II. Esto hizo pensar a muchas personas de alto nivel eclesial que la promulgación de la Humanae Vitae habría sido un error doctrinal de Paulo VI. Es interesante saber que el Cardenal Albino Luciani, que era proclive al uso de la progesterona como anticonceptivo, más tarde, cuando fue elegido Papa Juan Pablo I, entre las pocas cosas que alcanzó a realizar en sus 33 días de pontificado fue ratificar la Humanae Vitae. Para Paulo VI, las declaraciones doctrinales de sus antecesores pesó más que el de la Comisión. No se sintió autorizado para desdecir a Pío XI y a Pío XII.
Estas dudas han salido más allá del ámbito estrecho de los teólogos. Hay quienes, incluso, abiertamente sostienen que los métodos naturales no son sino formas de manipulación artificial de la sexualidad. Algunos piensan que el hecho de que la continencia periódica obligue a la mujer a tener relaciones íntimas en los momentos de su menor apetencia, es una voz de Dios que habla desde la naturaleza misma. Según ellos, este método atenta en contra de la espontaneidad de la expresión del amor.

8° DESCONTROL ÉTICO
Por último, otro aspecto que gravita fuertemente como obstáculo es el surgimiento del hombre light, esto es, un tipo de personalidad que no tolera normas, ni disciplinas. El caldo de cultivo de este tipo de hombre es el relativismo moral en que se debate un mundo que recién viene saliendo de un largo tiempo de moralismo y dogmatismo rígidos. Los hombres actuales, especialmente los jóvenes, se sitúan al margen de cualquier control ético y autoeducación. Los métodos naturales son una expresión eminente de un hombre orientado por principios y que aspira a lo sublime.
Por una parte, muchos rechazan los métodos por exceso de hedonismo, esto es, porque se ha idealizado de tal manera el placer, como finalidad de la vida humana, que cualquier privación, aunque sea temporal y por una felicidad mayor, aparece como intolerable y fuera de lugar. Por otra parte, la falta de comunicación afectiva y de diálogo, junto con las carencias y vacíos del corazón, han creado un clima de exacerbación de la sexualidad. Para muchos, es el único camino para comunicarse y temen que se les limite