sábado, 19 de marzo de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: sexta carta

VI
Mi querido Orugario:
Me encanta saber que la edad y profesión de tu cliente hacen posible, pero en modo alguno seguro, que sea llamado al servicio militar. Nos conviene que esté en la máxima incertidumbre, para que su mente se llene de visiones contradictorias del futuro, cada una de las cuales suscita esperanza o temor. No hay nada como el suspense y la ansiedad para parapetar el alma de un humano contra el Enemigo. Él quiere que los hombres se preocupen de lo que hacen; nuestro trabajo consiste en tenerles pensando qué les pasará.
Tu paciente habrá aceptado, por supuesto, la idea de que debe someterse con paciencia a la voluntad del Enemigo. Lo que el Enemigo quiere decir con esto es, ante todo, que debería aceptar con paciencia la tribulación que le ha caído en suerte: el suspense y la ansiedad actuales. Es sobre esto por lo que debe decir: "Hágase tu voluntad", y para la tarea cotidiana de soportar esto se le dará el pan cotidiano. Es asunto tuyo procurar que el paciente nunca piense en el temor presente como en su cruz, sino sólo en las cosas de las que tiene miedo. Déjale considerarlas sus cruces: déjale olvidar que, puesto que son incompatibles, no pueden sucederle todas ellas. Y déjale tratar de practicar la fortaleza y la paciencia ante ellas por anticipado. Porque la verdadera resignación, al mismo tiempo, ante una docena de diferentes e hipotéticos destinos, es casi imposible, y el Enemigo no ayuda demasiado a aquellos que tratan de alcanzarla: la resignación ante el sufrimiento presente y real, incluso cuando ese sufrimiento consiste en tener miedo, es mucho más fácil, y suele recibir la ayuda de esta acción directa.
Aquí actúa una importante ley espiritual. Te he explicado que puedes debilitar sus oraciones desviando su atención del Enemigo mismo a sus propios estados de ánimo con respecto al Enemigo. Por otra parte, resulta más fácil dominar el miedo cuando la mente del paciente es desviada de la cosa temida al temor mismo, considerado como un estado actual e indeseable de su propia mente; y cuando considere el miedo como la cruz que le ha sido asignada, pensará en él, inevitablemente, como en un estado de ánimo. Se puede, en consecuencia, formular la siguiente regla general: en todas las actividades del pensamiento que favorezcan nuestra causa, estimula al paciente a ser inconsciente de sí mismo y a concentrarse en el objeto, pero en todas las actividades favorables al Enemigo haz que su mente se vuelva hacia sí mismo. Deja que un insulto o el cuerpo de una mujer fijen hacia fuera su atención hasta el punto en que no reflexione: "Estoy entrando ahora en el estado llamado Ira... o el estado llamado Lujuria". Por el contrario, deja que la reflexión: "Mis sentimientos se están haciendo más devotos, o más caritativos" fije su atención hacia dentro hasta tal punto que ya no mire más allá de sí mismo para ver a nuestro Enemigo o a sus propios vecinos.
En lo que respecta a su actitud más general ante la guerra, no debes contar demasiado con esos sentimientos de odio que los humanos son tan aficionados a discutir en periódicos cristianos o anticristianos. En su angustia, el paciente puede, claro está, ser incitado a vengarse por algunos sentimientos vengativos dirigidos hacia los gobernantes alemanes, y eso es bueno hasta cierto punto.
Pero suele ser una especie de odio melodramático o mítico, dirigido  hacia cabezas de turco imaginarias. Nunca ha conocido a estas personas en la vida real; son maniquíes modelados en lo que dicen los periódicos. Los resultados de este odio fantasioso son a menudo muy decepcionantes, y de todos los humanos, los ingleses son, en este aspecto, los más deplorables mariquitas. Son criaturas de esa miserable clase que ostentosamente proclama que la tortura es demasiado buena para sus enemigos, y luego le dan té y cigarrillos al primer piloto alemán herido que aparece en su puerta trasera.
Hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria. No sirve de nada inflamar su odio hacia los alemanes si, al mismo tiempo, un pernicioso hábito de caridad está desarrollándose entre él y su madre, su patrón, y el hombre que conoce en el tren. 
Piensa en tu hombre como en una serie de círculos concéntricos, de los que el más interior es su voluntad, después su intelecto, y finalmente su imaginación. Difícilmente puedes esperar, al instante, excluir de todos los círculos todo lo que huele al Enemigo; pero debes estar empujando constantemente todas las virtudes hacia fuera, hasta que estén finalmente situadas en el círculo de imaginación, y todas las cualidades deseables hacia dentro, hacia el círculo de la voluntad. Sólo en la medida en que alcancen la voluntad y se conviertan en costumbres nos son fatales las virtudes. (No me refiero, por supuesto, a lo que el paciente confunde con su voluntad, la furia y el apuro conscientes de las decisiones y los dientes apretados, sino el verdadero centro, lo que el Enemigo llama el corazón.) Todo tipo de virtudes pintadas en la imaginación o aprobadas por el intelecto, o, incluso, en cierta medida, amadas y admiradas, no dejarán a un hombre fuera de la casa de Nuestro Padre: de hecho, pueden hacerle más divertido cuando llegue a ella.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

viernes, 18 de marzo de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: quinta carta

Por C. S. Lewis
V
Mi querido Orugario:
Es un poquito decepcionante esperar un informe detallado de tu trabajo y recibir, en cambio, una tan vaga rapsodia como tu última carta. Dices que estás "delirante de alegría" porque los humanos europeos han empezado otra de sus guerras. Veo muy bien lo que te ha sucedido. No estás delirante, estás sólo borracho. Leyendo entre las líneas de tu desequilibrado relato de la noche de insomnio de tu paciente, puedo reconstruir tu estado de ánimo con bastante exactitud. Por primera vez en tu carrera has probado ese vino que es la recompensa de todos nuestros esfuerzos —la angustia y el desconcierto de un alma humana—, y se te ha subido a la cabeza. Apenas puedo reprochártelo. No espero encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes. ¿Respondió el paciente a alguna de tus terroríficas visiones del futuro? ¿Le hiciste echar unas cuantas miradas autocompasivas al feliz pasado? ¿Tuvo algunos buenos escalofríos en la boca del estómago? Tocaste bien el violín,  ¿no? Bien, bien, todo eso es muy natural. Pero recuerda, Orugario, que el deber debe anteponerse al placer. Si cualquier indulgencia presente para contigo mismo conduce a la pérdida final de la presa, te quedarás eternamente sediento de esa bebida de la que tanto estás disfrutando ahora tu primer sorbo. Si, por el contrario, mediante una aplicación constante y serena, aquí y ahora, logras finalmente hacerte con su alma, entonces será tuyo para siempre: un cáliz viviente y llenó hasta el borde de desesperación, horror y asombro, al que puedes llevar los labios tan a menudo como te plazca. Así que no permitas que ninguna excitación temporal te distraiga del verdadero asunto de minar la fe e impedir la formación de virtudes. Dame, sin falta, en tu próxima carta, una relación completa de las reacciones de tu paciente ante la guerra, para que podamos estudiar si es más probable que hagas un mayor bien haciendo de él un patriota extremado o un ardiente pacifista. Hay todo tipo de posibilidades. Mientras tanto, debo advertirte que no esperes demasiado de una guerra. Por supuesto, una guerra es entretenida. El temor y los sufrimientos inmediatos de los humanos son un legítimo y agradable refresco para nuestras miríadas de afanosos trabajadores. Pero ¿qué beneficio permanente nos reporta, si no hacemos uso de ello para traerle almas a Nuestro Padre de las Profundidades? Cuando veo el sufrimiento temporal de humanos que al final se nos escapan, me siento como si se me hubiese permitido probar el primer plato de un espléndido banquete y luego se me hubiese denegado el resto. Es peor que no haberlo probado. El Enemigo, fiel a Sus bárbaros métodos de combate, nos permite contemplar la breve desdicha de Sus favoritos sólo para tantalizarnos y atormentarnos..., para mofarse del hambre insaciable que, durante la fase actual del gran conflicto, su bloqueo nos está imponiendo. Pensemos, pues, más bien, cómo usar que cómo disfrutar esta guerra europea. Porque tiene ciertas tendencias inherentes que, por sí mismas, no nos son nada favorables. Podemos esperar una buena cantidad de crueldad y falta de castidad.
Pero, si no tenemos cuidado, veremos a millares volviéndose, en su tribulación, hacia el Enemigo, mientras decenas de miles que no llegan a tanto ven su atención, sin embargo, desviada de sí mismos hacia valores y causas que creen más elevadas que su "ego". Sé que el Enemigo desaprueba muchas de esas causas. Pero ahí es donde es tan injusto. A veces premia a humanos que han dado su vida por causas que Él encuentra malas, con la excusa monstruosamente sofista de que los humanos creían que eran buenas y estaban haciendo lo que creían mejor. Piensa también qué muertes tan indeseables se producen en tiempos de guerra. Matan a hombres en lugares en los que sabían que podían matarles y a los que van, si son del bando del Enemigo, preparados. ¡Cuánto mejor para nosotros si todos los humanos muriesen en costosos sanatorios, entre doctores que mienten, enfermeras que mienten, amigos que mienten, tal y como les hemos enseñado, prometiendo  vida a los agonizantes, estimulando la creencia de que la enfermedad excusa toda indulgencia e incluso, si los trabajadores saben hacer su tarea, omitiendo toda alusión a un sacerdote, no sea que revelase al enfermo su verdadero estado! Y cuán desastroso es para nosotros el continuo acordarse de la muerte a que obliga la guerra. Una de nuestras mejores armas, la mundanidad satisfecha, queda inutilizada. En tiempo de guerra, ni siquiera un humano puede creer que va a vivir para siempre.
Sé que Escarárbol y otros han visto en las guerras una gran ocasión para atacar la fe, pero creo que ese punto de vista es exagerado. A los partidarios humanos del Enemigo, Él mismo les ha dicho claramente que el sufrimiento es una parte esencial de lo que Él llama Redención; así que una fe que es destruida por una guerra o una peste no puede haber sido realmente merecedora del esfuerzo de destruirla. Estoy hablando ahora del sufrimiento difuso a lo largo de un período prolongado como el que la guerra producirá. Por supuesto, en el preciso momento dé terror, aflicción a dolor físico, puedes coger a tu hombre cuando su razón está temporalmente suspendida. Pero incluso entonces, si pide ayuda al cuartel general del Enemigo, he descubierto que el puesto está casi siempre defendido. 
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

jueves, 17 de marzo de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: cuarta carta

Por C. S. Lewis
IV
Mi querido Orugario:
Las inexpertas sugerencias que haces en tu última carta me indican que ya es hora de que te escriba detalladamente acerca del penoso tema de la oración. Te podías haber ahorrado el comentario de que mi consejo referente a las oraciones de tu paciente por su madre "tuvo resultados particularmente desdichados". Ese no es el género de cosas que un sobrino debiera escribirle a su tío... ni un tentador subalterno al subsecretario de un Departamento. Revela, además, un desagradable afán de eludir responsabilidades; debes aprender a pagar tus propias meteduras de pata.
Lo mejor, si es posible, es alejar totalmente al paciente de la intención de rezar en serio. Cuando el paciente, como tu hombre, es un adulto recién reconvertido al partido del Enemigo, la mejor forma de lograrlo consiste en incitarle a recordar —o a creer que recuerda— lo parecidas a la forma de repetir las cosas de los loros que eran sus plegarias infantiles. Por reacción contra esto, se le puede convencer de que aspire a algo enteramente espontáneo, interior, informal, y no codificado; y esto supondrá, de hecho, para un principiante, un gran esfuerzo destinado a suscitar en sí mismo un estado de ánimo vagamente devoto, en el que no podrá producirse una verdadera concentración de la voluntad y de la inteligencia. Uno de sus poetas, Coleridge, escribió que él no rezaba "moviendo los labios y arrodillado", sino que, simplemente, "se ponía en situación de amar" y se entregaba a "un sentimiento implorante". Ésa es, exactamente, la clase de oraciones que nos conviene, y como tiene cierto parecido superficial con la oración del silencio que practican los que están muy adelantados en el servicio del Enemigo, podemos engañar durante bastante tiempo a los pacientes listos y perezosos. Por lo menos, se les puede convencer de que la posición corporal es irrelevante para rezar, ya que olvidan continuamente —y tú debes recordarlo siempre— que son animales y que lo que hagan sus cuerpos influye en sus almas. Es curioso que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas.
Si esto falla, debes recurrir a una forma más sutil de desviar sus intenciones. Mientras estén pendientes del Enemigo, estamos vencidos, pero hay formas de evitar que se ocupen de Él. La más sencilla consiste en desviar su mirada de Él hacia ellos mismos. Haz que se dediquen a contemplar sus propias méritos y que traten de suscitar en ellas, por obra de su propia voluntad, sentimientos o sensaciones. Cuando se propongan solicitar caridad del Enemigo, haz que, en vez de eso, empiecen a tratar de suscitar sentimientos caritativos hacia ellos mismos, y que no se den cuenta de que es eso lo que están haciendo. Si se proponen pedir valor, déjales que, en realidad, traten de sentirse valerosos. Cuando pretenden rezar para pedir perdón, déjales que traten de sentirse perdonados. Enséñales a medir el valor de cada oración por su eficacia para provocar el sentimiento deseado, y no dejes que lleguen a sospechar hasta qué punto esa clase de éxitos o fracasos depende de que estén sanos o enfermos, frescos o cansados, en ese momento.
Pero, claro está, el Enemigo no permanecerá ocioso entretanto: siempre que alguien reza, existe el peligro de que Él actúe inmediatamente, pues se muestra cínicamente indiferente hacia la dignidad de Su posición y la nuestra, en tanto que espíritus puros, y permite, de un modo realmente impúdico, que los animales humanos arrodillados lleguen a conocerse a sí mismos. Pero, incluso si Él vence tu primera tentativa de desviación, todavía contamos con un arma más sutil. Los humanos no parten de una percepción directa del Enemigo como la que nosotros, desdichadamente, no podemos evitar. Nunca han experimentado esa horrible luminosidad, ese brillo abrasador e hiriente que constituye el fondo de sufrimiento permanente de nuestras vidas. Si contemplas la mente de tu paciente mientras reza, no verás eso; si examinas el objeto al que dirige su atención, descubrirás que se trata de un objeto compuesto, y que muchos de sus ingredientes son francamente ridículos: imágenes procedentes de retratos del Enemigo tal como se apareció durante el deshonroso episodio conocido como la Encarnación; otras, más vagas, y puede que notablemente disparatadas y pueriles, asociadas con Sus otras dos Personas; puede haber, incluso, elementos de aquello que el paciente adora (y de las sensaciones físicas que lo acompañan), objetivados y atribuidos al objeto reverenciado. Sé de algún caso en el que aquello que el paciente llamaba su "Dios" estaba localizado, en realidad... arriba y a la izquierda, en un rincón del techo de su dormitorio; o en su cabeza; o en un crucifijo colgado de la pared. Pero, cualquiera que sea la naturaleza del objeto compuesto, debes hacer que el paciente siga dirigiendo a éste sus oraciones: a aquello que él ha creado, no a la Persona que le ha creado a él. Puedes animarle, incluso, a darle mucha importancia a la corrección y al perfeccionamiento de su objeto compuesto, y a tenerlo presente en su imaginación durante toda la oración, porque si llega a hacer la distinción, si alguna vez dirige sus oraciones conscientemente "no a lo que yo creo que Sois, sino a lo que Sabéis que Sois", nuestra situación será, por el momento, desesperada. Una vez descartados todos sus
pensamientos e imágenes, o, si los conserva, conservados reconociendo plenamente su naturaleza puramente subjetiva, cuando el hombre se confía a la Presencia real, externa e invisible que está con él allí, en la habitación, y que no puede conocer como Ella le conoce a él..., bueno, entonces puede suceder cualquier cosa. Te será de ayuda, para evitar esta situación —esta verdadera desnudez del alma en la oración—, el hecho de que los humanos no la desean tanto como suponen ¡se puede encontrar con más de lo que pedían!
Tu cariñoso tío, 
ESCRUTOPO

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: tercera carta.

Por C. S. Lewis
III
Mi querido Orugario:
Me complace mucho todo lo que me cuentas acerca de las relaciones de este hombre con su madre. Pero has de aprovechar tu ventaja. El Enemigo debe estar trabajando desde el centro hacia el exterior, haciendo cada vez mayor la parte de la conducta del paciente que se rige por sus nuevos criterios cristianos, y puede llegar a su comportamiento para con su madre en cualquier momento. Tienes que adelantártele. Mantente en estrecho contacto con nuestro colega Gluboso, que se ocupa de la madre, y construid entre los dos, en esa casa, una costumbre sólidamente establecida y consistente en que se fastidien mutuamente, pinchándose todos los días. Para ello, los siguientes métodos son de utilidad.
1. Mantén su atención centrada en la vida interior. Cree que su conversión es algo que está dentro de él, y su atención está, por lo tanto, volcada, de momento, sobre todo hacia sus propios estados de ánimo, o, más bien, a esa versión edulcorada de dichos estados que es cuanto debes permitirle ver. Fomenta esta actitud; mantén su pensamiento lejos de las obligaciones más elementales, dirigiéndolo hacia las más elevadas y espirituales; acentúa la más sutil de las características humanas, el horror a lo obvio y su tendencia a descuidarlo: debes conducirle a un estado en el que pueda practicar el autoanálisis durante una hora, sin descubrir ninguno de aquellos rasgos suyos que son evidentes para cualquiera que haya vivido alguna vez en la misma casa, o haya trabajado en la misma oficina. 
2. Por supuesto, es imposible impedir que rece por su madre, pero disponemos de medios para hacer inocuas estas oraciones: asegúrate de que sean siempre muy "espirituales", de que siempre se preocupe por el estado de su alma y nunca por su reuma. De ahí se derivarán dos ventajas. En primer lugar, su atención se mantendrá fija en lo que él considera pecados de su madre, lo cual, con un poco de ayuda por tu parte, puede conseguirse que haga referencia a cualquier acto de su madre que a tu paciente le resulte inconveniente o irritante. De este modo, puedes seguir restregando las heridas del día, para que escuezan más, incluso cuando está postrado de rodillas; la operación no es nada difícil, y te resultará muy divertida. En segundo lugar, ya que sus ideas acerca del alma de su madre han de ser muy rudimentarias, y con frecuencia equivocadas, rezará, en cierto sentido, por una persona imaginaria, y tu misión consistirá en hacer que esa persona imaginaria se parezca cada día menos a la madre real, a la señora de lengua puntiaguda con quien desayuna. Con el tiempo, puedes hacer la separación tan grande que ningún pensamiento o sentimiento de sus oraciones por la madre imaginaria podrá influir en su tratamiento de la auténtica. He tenido pacientes tan bien controlados que, en un instante, podía hacerles pasar de pedir apasionadamente por el "alma" de su esposa o de su hijo a pegar o insultar a la esposa o al hijo de verdad, sin el menor escrúpulo.
3. Es frecuente que, cuando dos seres humanos han convivido durante muchos años, cada uno tenga tonos de voz o gestos que al otro le resulten insufriblemente irritantes. Explota eso: haz que tu paciente sea muy consciente de esa forma particular de levantar las cejas que tiene su madre, que aprendió a detestar desde la infancia, y déjale que piense lo mucho que le desagrada. Déjale suponer que ella sabe lo molesto que resulta ese gesto, y que lo hace para fastidiarle. Si sabes hacer tu trabajo, no se percatará de la inmensa inverosimilitud de tal suposición. Por supuesto, nunca le dejes sospechar que también él tiene tonos de voz y miradas que molestan a su madre de forma semejante. Como no puede verse, ni oírse, esto se consigue con facilidad.
4. En la vida civilizada, el odio familiar suele expresarse diciendo cosas que, sobre el papel, parecen totalmente inofensivas (las palabras no son ofensivas), pero en un tono de voz o en un momento en que resultan poco menos que una bofetada. Para mantener vivo este juego, tú y Globoso debéis cuidaros de que cada uno de ellos tenga algo así como un doble patrón de conducta. Tu paciente debe exigir que todo cuanto dice se tome en sentido literal, y que se juzgue simplemente por las palabras exactas, al mismo tiempo que juzga cuanto dice su madre tras la más minuciosa e hipersensible interpretación del tono, del contexto y de la intención que él sospecha. Y a ella hay que animarla a que haga lo mismo con él. De este modo, ambos pueden salir convencidos, o casi, después de cada discusión, de que son totalmente inocentes. Ya sabes como son estas cosas: "Lo único que hago es preguntarle a qué hora estará lista la cena, y se pone hecha una fiera". Una vez que este hábito esté bien arraigado en la casa, tendrás la deliciosa situación de un ser humano que dice ciertas cosas con el expreso propósito de ofender y, sin embargo, se queja de que se ofendan.
Para terminar, cuéntame algo acerca de la actitud religiosa de la vieja señora. ¿Tiene celos, o algo parecido, de este nuevo ingrediente de la vida de su hijo? ¿Se siente quizá "picada" de que haya aprendido de otros, y tan tarde, lo que ella considera que le dio buena ocasión de aprender de niño? ¿Piensa que está "haciendo una montaña" de ello, o, por el contrario, que se lo toma demasiado a la ligera? Acuérdate del hermano mayor de la historia del Enemigo.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

martes, 15 de marzo de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino: Segunda Carta

 Por C. S. Lewis
II
Mi querido Orugario:
Veo con verdadero disgusto que tu paciente se ha hecho cristiano. No te permitas la vana esperanza de que vas a conseguir librarte del castigo acostumbrado; de hecho, confío en que, en tus mejores momentos, ni siquiera querrías eludirlo. Mientras tanto, tenemos que hacer lo que podamos, en vista de la situación. No hay que desesperar: cientos de esos conversos adultos, tras una breve temporada en el campo del Enemigo, han sido reclamados y están ahora con nosotros. Todos los hábitos del paciente, tanto mentales como corporales, están todavía de nuestra parte.
En la actualidad, la misma Iglesia es uno de nuestros grandes aliados. No me interpretes mal; no me refiero a la Iglesia de raíces eternas, que vemos extenderse en el tiempo y en el espacio, temible como un ejército con las banderas desplegadas y ondeando al viento.  Confieso que es un espectáculo que llena de inquietud incluso a nuestros más audaces tentadores; pero, por fortuna, se trata de un espectáculo completamente invisible para esos humanos; todo lo que puede ver tu paciente es el edificio a medio construir, en estilo gótico de imitación, que se erige en el nuevo solar. Y cuando penetra en la iglesia, ve al tendero de la esquina que, con una expresión un tanto zalamera, se abalanza hacia él, para ofrecerle un librito reluciente, con una liturgia que ninguno de los dos comprende, y otro librito, gastado por el uso, con versiones corrompidas de viejas canciones religiosas —por lo general, malas—, en un tipo de imprenta diminuto; al llegar a su banco, mira en torno suyo y ve precisamente a aquellos vecinos que, hasta entonces, había procurado evitar. Te trae cuenta poner énfasis en estos vecinos, haciendo, por ejemplo, que el pensamiento de tu paciente pase rápidamente de expresiones como "el cuerpo de Cristo" a las caras de los que tiene sentados en el banco de al lado. Importa muy poco, por supuesto, la clase de
personas que realmente haya en el banco. Puede que haya alguien en quien reconozcas a un gran militante del bando del Enemigo; no importa, porque tu paciente, gracias a Nuestro Padre de las Profundidades, es un insensato, y con tal de que alguno de esos vecinos desafine al cantar, o lleve botas que crujan, o tenga papada, o vista de modo extravagante, el paciente creerá con facilidad que, por tanto, su religión tiene que ser, en algún sentido, ridícula. En la etapa que actualmente atraviesa, tiene una idea de los "cristianos" que considera muy espiritual, pero que, en realidad, es predominantemente gráfica: tiene la cabeza llena de togas, sandalias, armaduras y piernas descubiertas, y hasta el simple hecho
de que las personas que hay en la iglesia lleven ropa moderna supone, para él, un auténtico (aunque inconsciente, claro está) problema. Nunca permitas que esto aflore a la superficie de su conciencia; no le permitas que llegue a preguntarse cómo esperaba que fuesen. Por ahora, mantén sus ideas vagas y confusas, y tendrás toda la eternidad para divertirte, provocando en él esa peculiar especie de lucidez que proporciona el Infierno.
Trabaja a fondo, pues, durante la etapa de decepción o anticlímax que, con toda seguridad, ha de atravesar el paciente durante sus primeras semanas como hombre religioso. El Enemigo deja que esta desilusión se produzca al comienzo de todos los esfuerzos humanos: ocurre cuando el muchacho que se deleitó en la escuela primaria con la lectura de las Historias de la Odisea, se pone a aprender griego en serio; cuando los enamorados ya se han casado y acometen la empresa efectiva de aprender a vivir juntos.
En cada actividad de la vida, esta decepción marca el paso de algo con lo que se sueña y a lo que se aspira a un laborioso quehacer. El Enemigo acepta este riesgo porque tiene la curiosa ilusión de hacer de esos asquerosos gusanillos humanos lo que Él llama Sus "libres" amantes y siervos ("hijos" es la palabra que Él emplea, en Su incorregible afán de degradar el mundo espiritual entero a través de relaciones "contra natura" con los animales bípedos).
Al desear su libertad, el Enemigo renuncia, consecuentemente, a la posibilidad de guiarles, por medio de sus aficiones y costumbres propias, a cualquiera de los objetivos que Él les propone: les deja que lo hagan "por sí solos". Ahí está nuestra oportunidad; pero también, tenlo presente, nuestro peligro: una vez que superan con éxito esta aridez inicial, los humanos se hacen menos dependientes de las emociones y, en consecuencia, resulta mucho más difícil tentarles.
Cuanto te he escrito hasta ahora se basa en la suposición de que las personas de los bancos vecinos no den motivos racionales para que el paciente se sienta decepcionado. Por supuesto, si los dan —si el paciente sabe que la mujer del sombrero ridículo es una jugadora empedernida de bridge, o que el hombre de las botas rechinantes es un avaro y un chantajista—, tu trabajo resultará mucho más fácil. En tal caso, te basta con evitar que se le pase por la cabeza la pregunta: "Si yo, siendo como soy, me puedo considerar un cristiano, ¿por qué los diferentes vicios de las personas que ocupan el banco vecino habrían de probar que su religión es pura hipocresía y puro formalismo?" Te preguntarás si es posible evitar que incluso una mente humana sé haga una reflexión tan evidente. Pues lo es, Orugario, ¡lo es! Manéjale adecuadamente, y tal idea ni se le pasará por la cabeza. Todavía no lleva él tiempo suficiente con el Enemigo como para haber adquirido la más mínima humildad auténtica: todo cuanto diga, hasta si lo dice arrodillado, acerca de su propia pecaminosidad, no es más que repetir palabras como un loro; en el fondo, todavía piensa que ha logrado un saldo muy favorable en el libro mayor del Enemigo, sólo por haberse dejado convertir, y que, además, está dando prueba de una gran humildad y de magnanimidad al consentir en ir a la iglesia con unos vecinos tan engreídos y vulgares.
Manténle en ese estado de ánimo tanto tiempo como puedas. 
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

lunes, 14 de marzo de 2011

Cartas del diablo a su sobrino: primera carta

I
Mi querido Orugario:
Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa, y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son "ciertas" o "falsas", sino "académicas" o "prácticas", "superadas" o "actuales", "convencionales" o "implacables". La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.
La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo: también Él puede argumentar, mientras que en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo "vida real" y no le dejes preguntarse qué entiende por "real". 
Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente —¿sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?—, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que ésa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: "Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana", la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: "Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada", iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de "vida real" (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que "ese tipo de cosas" no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de "ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica". Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre. 
¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable "vida real". Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado, en conversaciones o lecturas es "el resultado de las últimas investigaciones". Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por como habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar.
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

domingo, 13 de marzo de 2011

Cartas del Diablo a su sobrino...: Prefacio

 Por C. S. Lewis
PREFACIO
Las cartas de Escrutopo aparecieron durante la segunda guerra alemana, en el desaparecido Manchester Guardian. Espero que no precipitasen su defunción, pero lo cierto es que le hicieron perder un lector: un clérigo rural escribió al director, dándose de baja como suscritor, con el pretexto de que "muchos de los consejos que se daban en estas cartas le parecían no sólo erróneos, sino decididamente diabólicos".
Por lo general, sin embargo, tuvieron una acogida como nunca hubiera soñado. Las críticas fueron elogiosas o estaban llenas de esa clase de irritación que le dice al autor que ha dado en el blanco que se proponía; las ventas fueron inicialmente prodigiosas (para lo que acostumbran venderse mis libros), y se han mantenido estables.
Desde luego, las ventas de un libro no significan lo que los autores esperan. Si se midiese lo que se lee la Biblia en Inglaterra en función del número de Biblias vendidas, se cometería un grave error. Pues bien, en una escala más modesta, las ventas de Las cartas de Escrutopo encierran una ambigüedad semejante: es él tipo de libro que se suele regalar a un ahijado, que se lee en voz alta en las residencias de ancianos. Es, incluso, el género de libro que, como he podido observar con una sonrisa escarmentada, tiende a ser depositado en los cuartos de invitados, para llevar en ellos una vida de ininterrumpida tranquilidad, en compañía de The Road Mender, John Inglesant y La vida de las abejas. A veces se compra por motivos más humillantes todavía. Una señora que yo conocía descubrió que la joven y encantadora enfermera en prácticas que, llenaba su bolsa de agua caliente en el hospital, había leído Cartas. También averiguó por qué las había leído.
—Verá —le dijo la joven—; se nos advirtió que en las entrevistas de examen, después de las preguntas de verdad, las técnicas, las matronas o los preguntan, a veces, qué tipo de cosas le interesan a una. Lo mejor es decir que se
ha leído algo. Así que nos dieron una lista de unos diez libros que suelen hacer bastante buena impresión, y nos dijeron que debíamos leer por lo menos uno de ellos.
—¿Y usted eligió Cartas?
—Bueno, claro: era el más corto.
Con todo, una vez hechas todas las salvedades, el libro ha tenido un número suficiente de lectores de verdad como para que valga la pena dar respuesta a algunos de los interrogantes que ha suscitado entre ellos.
La pregunta más corriente es si realmente "creo en el Diablo".Ahora bien; si por "el Diablo" se entiende un poder opuesto a Dios y, como Dios, existente por toda la eternidad, la respuesta es, desde luego, no. No hay más ser no creado que Dios. Dios no tiene contrario. Ningún ser podría alcanzar una "perfecta maldad" opuesta a la perfecta bondad de Dios, ya que, una vez descartado todo lo bueno (inteligencia, voluntad, memoria, energía, y la existencia misma), no quedaría nada de él.
La pregunta adecuada sería si creo en los diablos. Sí, creo. Es decir, creo en los ángeles, y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrío, se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos ángeles podemos llamarles "diablos". No son de naturaleza diferente que los ángeles buenos, pero su naturaleza es depravada. Diablo es lo contrario que ángel tan sólo como un Hombre Malo es lo contrario que un Hombre Bueno. Satán, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcángel Miguel.
Creo esto no porque forme parte de mi credo religioso, sino porque es una de mis opiniones. Mi religión no se desmoronaría si se demostrase que esta opinión es infundada. Hasta que eso ocurra —y es difícil conseguir pruebas negativas—, la mantendré. Me parece que explica muchas cosas. Concuerda con el sentido llano de las Escrituras, con la tradición de la Cristiandad y con las creencias de la mayor parte de los hombres de casi todas las épocas. Y no es incompatible con nada quelas ciencias hayan demostrado.
Debiera ser innecesario (pero no lo es) añadir que creer en los ángeles, buenos o malos, no significa creer en unos ni en otros tal y como se les representa en las artes y en la literatura. Se pinta a los diablos con alas de murciélago y a los ángeles con alas de pájaro, no porque nadie sostenga que la degradación moral tienda a convertir las plumas en membrana, sino porque a la mayoría de los hombres le gustan más los pájaros que los murciélagos. Se les pintan alas, para empezar, con la intención de dar una idea de la celeridad de la energía intelectual libre de todo impedimento. Se les confiere forma humana porque la única criatura racional que conocemos es el hombre. Al ser criaturas superiores a nosotros en el orden natural,
incorpóreas o que animan cuerpos de un tipo que ni siquiera podemos imaginar, hay que representarlas simbólicamente, si se quiere representarlas de algún modo. Además, estas formas no sólo son simbólicas, sino que la gente sensata siempre ha sabido que eran simbólicas. Los griegos no creían que los dioses tuviesen realmente las hermosas formas humanas que les daban sus escultores. En su poesía, un dios que quiere "aparecerse" a un mortal asume temporalmente la apariencia de un hombre. La teología cristiana ha explicado casi siempre la "aparición" de un ángel del mismo modo. "Sólo los ignorantes se imaginan que los espíritus son realmente hombres alados", dijo Dionisio en el siglo V.
En las artes plásticas, estos símbolos han degenerado continuamente. Los ángeles de Fra Angélico llevan en su rostro y en su actitud la paz y la autoridad del Cielo; luego vinieron los regordetes desnudos infantiles de Rafael; por último, los ángeles suaves, esbeltos, aniñados y consoladores del arte decimonónico, de formas tan femeninas que sólo su total insipidez evita que resulten voluptuosas: parecen las frígidas huríes de un paraíso de saloncito. Son un símbolo pernicioso. En las Escrituras, la visitación de un ángel es siempre alarmante; tiene que empezar por decir: "No temas". El ángel Victoriano, en cambio, parece a punto de susurrar: "Ea, ea, no es nada".
Los símbolos literarios encierran un mayor peligro, ya que no son tan fácilmente reconocibles como simbólicos. Los mejores son los del Dante: ante sus ángeles nos sumimos en un auténtico temor reverencial, y sus diablos se aproximan mucho más —por su rabia, despecho e indecencia— a lo que debe ser la realidad que cualquier cosa de Milton, como señaló acertadamente Ruskin. Los diablos de Milton, por su grandiosidad y su elevada poesía, han hecho mucho daño, y sus ángeles deben demasiado a Hornero y a Rafael. Pero la imagen verdaderamente nociva es el Mefistófeles de Goethe. Es Fausto, y no Mefistófeles, quien de verdad exhibe la implacable, insomne y crispada concentración en sí mismo que es la marca del infierno. El divertido, civilizado, sensato y flexible Mefistófeles ha contribuido a fortalecer la ilusoria creencia de que el mal es liberador.
Un hombre pequeño puede evitar, en ocasiones, un error cometido por un gran hombre, y yo estaba decidido a conseguir que mi simbolismo no incurriese, al menos, en el mismo error que el de Goethe. Porque el humor implica un cierto sentido de las proporciones, y la capacidad de verse a uno mismo desde fuera, y yo creo que, atribuyamos lo que atribuyamos a los seres que pecaron de orgullo, no debemos atribuirles precisamente eso. "Satán cayó por la fuerza de gravedad", dijo Chesterton. Se debe representar el Infierno como un estado en el que todo el mundo está perpetuamente pendiente de su propia dignidad y de su propio enaltecimiento, en el que todos se sienten agraviados, y en el que todos viven las pasiones mortalmente serias que son la envidia, la presunción y el resentimiento.
Eso, para empezar; en cuanto a lo demás, mi elección de símbolos depende, supongo, de mi temperamento y de la época. Me gustan mucho más los murciélagos que; los burócratas. Vivo en la Era del Dirigismo, en un mundo dominado por la Administración. El mayor mal no se hace ahora en aquellas sórdidas "guaridas de criminales" que a Dickens le gustaba pintar. Ni siquiera se hace, de hecho, en los campos de concentración o de trabajos forzados. En los campos vemos su resultado final, pero es concebido y ordenado (instigado, secundado, ejecutado y controlado) en oficinas limpias, alfombradas, con calefacción y bien iluminadas, por hombres tranquilos de cuello de camisa blanco, con las uñas cortadas y las mejillas bien afeitadas, que ni siquiera necesitan alzarla voz. En consecuencia, y bastante lógicamente, mi símbolo del Infierno es algo así como la burocracia de un estado-policía, o las oficinas de una empresa dedicada a negocios verdaderamente sucios.
Milton nos ha dicho que "diablo con diablo condenado mantiene firme concordia". Pero, me pregunto yo, ¿Cómo? Desde luego, no por amistad: un ser que aún puede sentir afecto no es todavía un diablo. También en este sentido mi símbolo me parece útil, porque permitía, por medio de paralelismos terrenales, describir una sociedad oficial sostenida enteramente por el miedo y la avaricia. En la superficie, los modales de sus habitantes son normalmente amables; la grosería para con los superiores de uno sería, evidentemente, suicida, y la grosería para con los iguales podría ponerles en guardia antes de que uno estuviese preparado para adelantárseles. Y es que, por supuesto, el principio rector de toda la organización es que "el perro se come al perro". Todos desean el descrédito, la degradación y la ruina de los demás: todos son expertos en el arte del informe confidencial, la alianza fingida, la puñalada a traición. Por encima de todo eso, sus buenos modales, sus expresiones de grave respeto, sus "homenajes" a los invaluables servicios prestados por los demás, constituyen una tenue corteza, que de vez en cuando se agrieta, y hace erupción la lava ardiente de su odio mutuo.
Este símbolo me permitía también deshacerme de la absurda idea de que los diablos están consagrados a la búsqueda desinteresada de algo llamado el Mal (la mayúscula es esencial). Mis diablos no tienen nada que ver con semejante fantasía.
Los ángeles malos, como los hombres malos, son enteramente prácticos. Tienen dos motivaciones. La primera es el temor al castigo: al igual que los países totalitarios tienen sus campos de tortura, mi Infierno contiene Infiernos más profundos, que son sus "correccionales".
Su segunda motivación es una especie de hambre. Me imagino que los diablos pueden, en un sentido espiritual, devorarse mutuamente; y devorarnos a nosotros, claro. Incluso en la vida humana hemos visto la pasión de dominar, casi de digerir al prójimo; de hacer de toda su vida intelectual y emotiva una mera prolongación de la propia: odiar los odios propios, sentir rencor por los propios agravios y satisfacer el propio egoísmo, además de a través de uno mismo, por medio del prójimo. Por supuesto que sus pequeñas pasiones deben ser suprimidas para hacer sitio a las propias, y si el prójimo se resiste a esta supresión, está comportándose de forma muy egoísta.
En la Tierra, a este deseo se le llama con frecuencia "amor". En el Infierno, me imagino, lo reconocen como hambre. Pero allí el hambre es más voraz, y se puede satisfacer más completamente. Allí, sugiero, el espíritu más fuerte —tal vez no haya cuerpos que lo impidan— puede absorber real e irrevocablemente al más débil en su interior, e imponer perpetuamente su propio ser a la individualidad atropellada del más débil. Por eso, me imagino, los diablos desean las almas humanas y las de los otros diablos; por eso Satán desea a todos sus seguidores, a todos los hijos de Eva y a todas las huestes del Cielo: sueña con la llegada de un día en que todos estén dentro de él, cuando todo aquel que diga "yo" sólo pueda decirlo a través de Satán;
Supongo que esto es la parodia de la araña hinchada, la única imitación al alcance de Satán de esa insondable magnanimidad por medio de la cual Dios convierte a sus instrumentos en servidores y a sus servidores en hijos, para que puedan al fin reunirse con Él, en la perfecta libertad de un amor ofrecido desde la altura de las individualidades absolutas que han podido alcanzar gracias a la liberación divina. Pero, como en el cuento de Grimm, todo esto no es más que mito y leyenda. Por eso, la pregunta acerca de mi opinión sobre los diablos, aunque, una vez formulada, merezca una respuesta, tiene en realidad una importancia mínima para el lector de Cartas. Para aquellos que compartan mi opinión, mis diablos serán símbolos de una realidad concreta; para otros, serán la personificación de ideas abstractas, y el libro será una alegoría. Pero importa poco de qué modo se lea, ya que su intención no era, por supuesto, la de especular acerca de la ,vida diabólica, sino la de iluminar, desde un ángulo nuevo, la vida de los hombres.
Me dicen que no fui el primero, que alguien escribió cartas de un diablo ya en el siglo XVII. No conozco ese libro, y tengo entendido que su punto de vista era principalmente político. Pero reconozco gustosamente mi deuda para con The Confessions of a Well-Meaning Woman, de Stephen McKenna. La relación puede no ser evidente, pero se hallará en él la misma inversión moral —todo lo negro, blanco, y todo lo blanco, negro—, y el humor que nace de hablar a través de un personaje totalmente desprovisto de sentido del humor. La idea del canibalismo espiritual debe algo, probablemente, a las horripilantes escenas de "absorción" del olvidado Voyage to Arcturus, de David Lindsay.
Los nombres de mis diablos han despertado mucha curiosidad, y se han aventurado numerosas explicaciones, todas ellas equivocadas. La verdad es que me propuse, simplemente, hacerlos repugnantes —y quizá también en esto le deba algo a Lindsay— por el sonido. Una vez inventado un nombre, podría especular, como cualquier otra persona (y no con más autoridad que cualquiera), acerca de las asociaciones fonéticas que me produjeron el efecto desagradable. Me imagino que escroto, Gestapo, topo y tópico tuvieron algo que ver con el nombre de mi protagonista y que baba, bobo, lapo y lapa han ido a parar a Babalapo.
Algunos me han hecho el inmerecido elogio de suponer que mis Cartas eran el fruto maduro de largos años de estudios de teología moral y de ascética. Olvidan, sin duda, que existe un medio igualmente fidedigno, aunque menos encomiable, de aprender corno funciona la tentación. "Mi corazón —no necesito el de otro—me mostró la maldad de los impíos."
Se me pidió o aconsejó con frecuencia que ampliase las Cartas originales, pero durante muchos años no me apeteció lo más mínimo. Aunque nunca había escrito con tanta facilidad, nunca escribí con menos gozo. La facilidad provenía, sin duda, de que el artificio de las cartas diabólicas, una vez que se ha tenido la idea, se explota a sí mismo espontáneamente, como los hombres grandes y pequeños de Swift, o la filosofía médica y ética de Erewhon, o la Piedra Gañida de Anstey. Es una idea que le arrastraría a uno durante mil páginas, si se le diese rienda suelta. Pero, aunque era fácil adoptar la actitud mental de un diablo, no resultaba divertido, o no por mucho tiempo. El esfuerzo me producía una especie de calambre espiritual: mientras hablaba por Escrutopo, tenía que proyectarme a un trabajo que no era sino polvo, arena, sed y picor; cualquier atisbo de belleza, frescor y cordialidad tenía que ser excluido. Casi me ahogo antes de acabar el libro; hubiera ahogado a mis lectores si lo hubiese prolongado.
Además, le tenía cierta inquina a mi libro, por no ser un libro diferente, un libro que nadie hubiese podido escribir. Idealmente, los consejos de Escrutopo a Orugario debieran haber sido contrapuestos a los consejos arcangélicos al ángel de la guarda del paciente. Sin esto, la visión de la vida humana que da el libro resulta parcial y desequilibrada. Pero, ¿cómo remediar tal deficiencia? Porque, incluso si un hombre —y habría de ser un hombre mucho mejor que yo—pudiese escalar las alturas espirituales necesarias para ello, ¿qué "estilo justificable" podría utilizar? Porque el estilo sería, realmente, parte del contenido. Los consejos, sin más, no servirían de nada; cada frase habría de tener el aroma del Cielo. Y hoy día, incluso si uno fuese capaz de escribir una prosa como la de Traherne,8 no se le permitiría, porque el criterio de "funcionalidad" ha inutilizado a la literatura para la mitad de sus funciones. (En el fondo, cada ideal estilístico dicta no sólo cómo se debieran decir las cosas, sino qué género de cosas se pueden decir.)
Luego, al pasar los años y convertirse la sofocante experiencia de escribir las Cartas en un débil recuerdo, se me empezaron a ocurrir ciertas reflexiones sobre esto yaquello, que parecían requerir, de algún modo, un tratamiento "escrutopiano". Pero estaba firmemente decidido a no volver a escribir una "carta". La idea de algo así como una conferencia o un "discurso" planeó vagamente por mi cabeza; idea ora olvidada, ora recordada, pero nunca escrita. Entonces me llegó una invitación del Saturday Evening Post, y eso apretó el gatillo...

Cartas del Diablo a su sobrino...

¿Por qué será que uno es tan cabezadura que, aún cuando te recomienden decenas de veces y de personas leer un libro, des tantas vueltas antes de hacerlo?
Pues bien, me pasó de nuevo. Pero al fin me decidí a leer "Cartas del Diablo a su sobrino". De las que oí hablar desde que tengo 16 años, apenas entrado en el Seminario.
Me bastaron cuatro renglones -cuatro- para entender el inmenso atractivo y la casi fascinación que su autor -C.L. Lewis- ejercía sobre mi amigo el p. Carlos Cepeda -ocasionandole muchas noches de insomnio...- y varios amigos más.
Como no creo que el autor se enoje, y como tampoco es probable que nadie ponga su mirada en este blog para sancionarme -por el copyright y demás- me propongo ir publicándolas de a una. Ya están en la web en otros sitios, incluso para descargar el libro completo. Solo lo hago como un homenaje personal y como un "apostolado cuaresmal". Porque, como al mismo Jesús, también en torno nuestro el Diablo "ronda como león rugiente, buscando a quien devorar". Que estas maravillosas páginas nos vuelvan más despiertos, astutos y vigilantes.

jueves, 3 de marzo de 2011

"Agradeceré eternamente el don del sacerdocio… ¡en San Francisco de Borja!"

Quería dejar que pasaran unos días. Que decantaran tantos sucesos. Que se me pasara un poco la ansiedad de la mudanza y la preocupación para que todo saliera bien –creo que, gracias a Dios y a todos los que colaboraron, salió-.
Ahora que, con mayor serenidad y claridad, puedo mirar hacia atrás, mi corazón se llena de un sentimiento de gratitud inmenso, inexpresable, por estos primeros cinco años de ministerio en San Francisco de Borja.
No es mi intención –lo aclaro por las dudas, para Anónimo y para quien pudiera “sospechar”- hacer un racconto de mis “obras”, ni alarde de nada. Soy plenamente conciente de las fallas, de las limitaciones, de los pecados de obra y omisión que he cometido… A quienes pude lastimar, desorientar o escandalizar con mis pecados: perdón.
Sólo quiero compartir, como quien echa un vistazo atrás, algunas pinceladas de momentos rebosantes de felicidad y pletóricos de sacerdocio. Porque para mí son una prueba palpable, indudable, del Amor de Dios, de un Amor que no es teoría, sino realidad, un amor tangible, cercano, que se expresa minuto a minuto.
Me sigue admirando la pintoresca versatilidad que supone el carisma del cura diocesano. Hasta el punto que, en un mismo día, podés bendecir un bebé en su segundo mes de gestación, bautizar, intentar captar la atención de los jardineros de cuatro años, confesar a un niño de ocho o a un joven que busca su vocación; celebrar la Eucaristía para una pequeña comunidad de religiosas o bajo el reparo de un parral, cuando está a punto de llover; quemar pasto o cavar un pozo negro; hacer trámites ante las autoridades provinciales o “manguear” para que te hagan un descuento en el corralón; dar clases en la escuela secundaria, atender a unos novios que vienen a hacer su expediente matrimonial, bendecir la casa recién construida de una joven familia, consolar a una madre por su hijo adolescente descarriado, acompañar e intentar estimular a un adulto comprometido que quiere ser más eficaz en su apostolado, dar la Unción a quien se debate entre la vida y la muerte; visitar la sala velatoria y bendecir la sepultura de un difunto...
Así pasaron, en estos cinco años, muchísimos días de ministerio ordinario, gris, pero siempre lleno de la Presencia de Cristo. Que se fueron entrelazando con tantos eventos extraordinarios: el primer encuentro con Don Cacho y la inevitable historia de su esposa “infiel”; la Asamblea de Acción Católica en Rosario; las bicicleteadas y las empanadas de las fiestas patronales; la primera procesión en Madre Teresa con los “angelitos” sobre el 1500; las intensísimas misiones parroquiales y su conveniente preparación –con el amado examen incluido- ; la nunca terminada lucha contra las palomas del Polideportivo; las peñas y festivales; los campamentos con los monaguillos y los chicos del Colegio, en especial el campamento con las chicas de 9no, 3ro y 5to en el 2007; la participación en la Pascua Joven; los viajes a San Nicolás; los ensayos para la Semana Santa y Navidad y la primera vez que cantamos el “Pastores de la montaña” a tres voces; la primera Semana Santa en Madre Teresa con los scouts y los chicos del Coro; los encuentros con “respetuosos” amigos de lo ajeno, que me dejaron sin guitarra, grabador, amplificador, ritual y bendicional, y celular, con mucho respeto…; el reparto de juguetes para la fiesta de Reyes en el Barrio Illia; las Misas en Villa Lola, Los Paraísos, 9 de Julio y barrio “la hora”; las vigilias de Adoración y Lectio Divina con diversas finalidades; la alegría por la decisión de algunos de seguir más de cerca de Jesucristo, en una vocación consagrada; la visita de la Virgen a la parroquia; las convivencias de preparación para la Primera Comunión; los villancicos con el Corito de Niños y el pesebre con la Vale; los campamentos con la Infancia misionera; los 50 años de sacerdocio del Padre César y el Padre Prudencio; la preparación y la experiencia de la inmensa solidaridad de la comunidad para alojar a los tucumanos en el ENM; las peregrinaciones Hasenkamp – Paraná en el camión de Don Domenico; el rastreo y recuperación de las “chapas voladoras” de Madre Teresa…
¡Ah!, me olvidaba, lo que refleja la foto, la mejor de las que guardo de estos años: la Adoración frente al monumento de la noche del Jueves Santo, en la noche heroica del 2008. Que simboliza y sintetiza mi intención –no siempre lograda- y mi único deseo para esa comunidad: que se orienten a Cristo, que lo adoren y lo sirvan con todas sus fuerzas.

Se me escapan centenares de cosas…, pero no acabaría más.
Yo me sigo sorprendiendo día tras día por la confianza inmensa que el Padre deposita en nosotros, los curas: nos confía lo más valioso, lo que más ama: las almas por las que Cristo murió.
Y me asombra día a día, y me conmueve la confianza inmerecida y desproporcionada que los fieles depositan en nosotros, y han depositado en mí. Se me vienen a la mente cientos, miles de rostros. De encuentros donde mi yo personal pasaba a segundo lugar, y podía experimentar la gracia de ser instrumento. Frente a las almas que buscaban en mí, no a Leandro, sino a Cristo. Abriendo sus conciencias y sus corazones con una transparencia increíble, depositando en mí secretos o preocupaciones que solo Dios debe conocer. De todos –niños, jóvenes, adultos, ancianos- he aprendido, día a día, a amar a Dios y al prójimo, a ser sacerdote.
Desde este lugar comparto mi gratitud renovada a Jesús, por haberme elegido, por el “ciento por uno” –yo diría que se quedó corto-. Y mi gratitud eterna a cada uno de mis "compañeros de ruta" de este primer tramo de mi sacerdocio.
La Providencia nos lleva por caminos misteriosos para nosotros, desconocidos, pero una certeza hermosa me cobija y consuela: la presencia de María. ¡Gracias! ¡Totus Tuus!

jueves, 3 de febrero de 2011

Bendición de las gargantas, en el día de San Blas

Los que me conocen saben que soy un defensor denodado de la fidelidad a las normas litúrgicas, y un enemigo acérrimo de cualquier tipo de manipulación de los textos y ritos de la Liturgia de la Iglesia.
Sin embargo, no puedo evitar “imaginar” una nueva versión de la “bendición de las gargantas”, en el día de san Blas. No para utilizar en la santa Misa, lógicamente, sino para que cada uno de nosotros –yo en primer lugar, obviamente-, le pida hoy a este santo ser liberado, por su intercesión, de males peores que una carraspera, una disfonía, una faringitis o cualquier otro, por grave que parezca.

“Por intercesión de San Blas, Obispo y Mártir, me libre de Dios de todo mal de la garganta…
De la mentira, que desacraliza la palabra, poniéndola al servicio de mis propios interesas, y no de la verdad…
De la difamación y de la calumnia, que transforman mi garganta en una fuente de conflictos y disensiones, y destruyen la fama y la reputación del hermano…
De la vanagloria, con la que me atribuyo como si fueran míos los méritos que solo pertenecen al Creador…
De la queja y el rezongo estéril, que me deja el corazón triste y el mundo peor de lo mal que ya estaba…
De las ironías hirientes y de los modos bruscos en el tratar y en el corregir, que en lugar de alegrar al prójimo y ayudarlo a mejorar, lo deprimen e irritan...
De los chistes groseros y de doble sentido, y las malas palabras, que expresan y favorecen la frivolidad y la estupidez, y alejan mi corazón de los bienes espirituales…”

lunes, 31 de enero de 2011

Un poco de sabiduría salesiana.

Cada año, el 31 de enero nos trae preparado un "plato fuerte" a quienes celebramos diariamente el Oficio Divino (Liturgia de las horas). 
Es que hoy se celebra a San Juan Bosco, "padre y maestro de la juventud", sacerdote piamontés -!!!- que "revolucionó" la pedagogía y los métodos educativos de su tiempo. No lo hizo después de culminar algún master en Didáctica, o en Psicología, sino impulsado por su inmenso amor y por el deseo de vivir al pie de la letra el Evangelio. 
Pero Juan no era un tipo "blandito", bueno porque carente de carácter. Todo lo contrario. Fue "instruido" en esta nueva sabiduría por la Santísima Virgen, quien, a los 9 años, le enseñó que no debía corregir a sus rebeldes compañeros a golpes de puño -era piamontés, no lo olviden-, sino "con dulzura y amabilidad". Y ese aprendizaje le llevó toda la vida, como al santo que eligió por patrono, San Francisco de Sales.
Educadores en general, ya sea en el ámbito de la familia o de la escuela o en tantos otros ámbitos de educación no formal: los dejo con el texto.


De las cartas de san Juan Bosco, presbítero
(Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203)

Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene ante todo que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.
¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.
Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia los llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.
Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.
Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.
Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.
Son hijos nuestros, y por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.
En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

miércoles, 26 de enero de 2011

A manera de agradecimiento...

Me pasé el día entero –casi literalmente- subiendo fotos del Grupo Misionero al Facebook. Estoy unos días en casa, de vacaciones, el tiempo estuvo feo y… aproveché.
Y comenzaron a llover los comentarios, llenos de recuerdos fascinantes. Casi casi me pongo melancólico, o nostálgico, o no sé cual será la mejor expresión. Casi me parece que vuelvo a tener 15 o 16 años…
Cuando voy a rezar antes de celebrar la Misa, recuerdo que fue por estas fechas -26 o 27 de enero, no sé bien-  que “ingresé” de verdad al Grupo, hace ¡17 años!.
Mi ingreso real –aunque ya estaba yendo a las reuniones- fue el retiro ignaciano, predicado por el p. Ernesto Moyano, en la “escuela de Berteth” como la llamábamos.
Al retiro fui por casualidad. Justo el padre Heraldo y unos cuantos más no estaban, y después de la Misa del sábado por la noche, quedamos Néstor, el Miky y yo. El padre Moyano nos invitó a comer unas pizzas. Pagaba él, así que no dudamos… Yo tenía solo 14 años, todavía me faltaba uno para poder hacer el retiro, pero el padre –que no se por qué razón desde entonces me recuerda como ¿“Picapiedras”?- me invitó. Dudé un instante, pero como no tenía demasiada idea de lo que era un retiro de silencio, acepté.
El miércoles por la tarde ingresamos en el silencio. No recuerdo bien los detalles, más allá de algunas anécdotas graciosas, como los errores de lectura en el libro de Maximiliano Kolbe… Sé que el primer día fue complicado: mucho ruido, mucho mundo, mucha vanidad en el corazón y la imaginación.
Pero la gracia –la de Dios, y la del predicador, que nos invitaba a tirarnos “de pechito” hacia la santidad- hicieron su trabajo. Y volví a casa diferente. Con los mismos defectos, pero con un ansia enorme de ser santo, y de ganar almas para el Rey eternal.
Y allí comencé a vivir de verdad –en la medida de mi edad y capacidades- la gracia del Grupo Misionero. Fueron dos años increíbles, antes de ingresar al Seminario Menor, de un entusiasmo y una alegría que me cuesta describir adecuadamente.
¿Cuál era el secreto del grupo? No hay demasiados secretos.
·            Una seria formación, que el padre Heraldo impartía con constancia y profundidad. Tengo grabadas, por ejemplo, la charla sobre la Eucaristía en que nos explicó con lujo de detalles el misterio de la Transustanciación según la fe de la Iglesia, y las controversias eucarísticas del medioevo; o la vez que nos explicó la unión hipostática, y nos narraba las historias de Arrio y sus secuaces; o la concienzuda lectura de la Evangelium Vitae, apenas publicada, en el ´95. Todo esto matizado con las infaltables bromas, cargadas, ironías, etc.
·            Una vida espiritual intensa, hecha con las “recetas” de siempre, las de don Bosco: Comunión y Misa diaria en lo posible, confesión semanal o quincenal, Rosario diario, meditación… Vida espiritual que compartíamos con un buen número, cada vez mayor. Al comenzar las clases, la llave de la parroquia quedaba invariablemente en la maceta junto al porchecito de la casa parroquial; a los más grandes, que ya lo hacían, nos sumamos ese año un buen grupo, que se acrecentó más y más. 15 minutos, media hora, 45, una hora antes de de entrar en el colegio, pasábamos junto a Jesús en el Sagrario. Sobre el armonio estaban la Imitación de Cristo, la Ascética Meditada, Camino, las Meditaciones de la Pasión de San Alfonso María de Ligorio…
·            Un ardor apostólico que por momentos me da envidia. Teníamos muchos defectos. Probablemente éramos un poco altaneros, y prejuiciosos, y nos faltaba caridad para con las fallas de los demás. Pero no hay duda de que teníamos un ideal: conquistar el mundo para Cristo. Y ese ideal nos hacía valientes hasta la imprudencia, capaces de mantener acaloradas e interminables discusiones con quien fuera.
·            Y por último, una “vida comunitaria” de gran calidad. Compartimos horas de mates, partidos de ping pong, paseos, campeonatos de truco, asados –cuando la carne era barata-, partiditos de voley y fútbol – haciendo incluso incursiones en los campeonatos locales con los más variados resultados-. Momentos que ayudaron a forjar amistades profundas, duraderas, creando lazos que parecen indestructibles, y que el tiempo no solo no debilita sino que profundiza.
Todas estas vivencias durante el año “explotaban” y daban fruto en las misiones de verano. Encontrándonos con jóvenes de otras parroquia, con los mismos sueños e ideales, dispuestos a regalarle a Jesús y a las almas una de las semanas de sus vacaciones, en algunos casos, la única. Días plenos de oración, de entrega, de servicio, en compañía de los siempre numerosos sacerdotes, que aportaban cada uno su riqueza para nuestra formación.

Mi síntesis se alargó, je. Habría tanto para escribir. Probablemente, cada uno de los que fuimos y somos parte tenga experiencias similares. Sé igualmente que es un riesgo de los que “envejecemos” idealizar el pasado…
Esto solo quiere ser un ¡gracias! a Dios por todas las personas que en los años de grupo misionero. han sido para mí un signo de Su presencia y Amor. Y un compromiso para rezar y hacer lo que esté a nuestro alcance para que esta obra de Dios –si es su voluntad- permanezca por muchos años más, bajo el manto protector de la Virgen del Rosario.

martes, 18 de enero de 2011

Una canción más

Estoy de vacaciones unos días en casa, y es como que se me reaviva la vocación de cineasta, je. Acá les comparto un videíto en homenaje a Madre Teresa de Calcuta, quien ha sido una "compañera de camino" muy importante para mí en estos años. No tiene copyright el tema, a ver si alguien que toque un poco mejor la guitarra se le anima... Las voces están impecables... :)





Les dejo la letra y los tonos. ¡Bendiciones!


DAME ALMAS, SÉ MI LUZ
Canción a la Madre Teresa de Calcuta
          
                LA              MI7
1.  Desde niña un tierno amor
Fa#m           RE
por Jesús Sacramentado
Sim       Si7          MI7
Incendió     tu corazón.
      LA                 MI7
Te entregaste como esposa
Fa#m            RE
del Amor Crucificado
Sim           Si7              MI7
Toda entera     para Dios

      LA    MI7 Fa#m                RE
“Tengo    Sed” Jesús te dijo
 LA       DO                 MI7
“Dame almas, sé mi Luz”
Fa#m              Mi7                 Fa#m
Te pedimos,         Madre Teresa
RE           Sim               MI7
que irradiemos a Jesús,
          RE       MI7   LA
que amemos a Jesús.

2. Tu misión Madre Teresa
fue saciar la sed de Cristo
sed del hombre y de su amor.
En los pobres y olvidados
a Jesús reconociste
y serviste con pasión

viernes, 31 de diciembre de 2010

Homilía 1 de enero


Como un suspiro, ha transcurrido un año más en nuestra vida. Celebramos esta Misa a pocas horas de terminar el 2010 (de haber comenzado el 2011)
1. Inevitablemente, cuando nos toca atravesar el umbral de un nuevo año, nuestra mirada se vuelve hacia atrás. ¿Cómo fue nuestro 2011? ¿Qué hubo en él de positivo, qué de negativo? Miramos la tele y nos llenan de imágenes con los momentos más importantes de la política, de la economía, de la televisión, del deporte. Existe el peligro de quedar sepultados ante tantas imágenes, en las que se mezclan cosas importantes con imbecilidades e inmoralidades, como si todo fuera lo mismo.
Como católicos, recordaremos este año por haber sido particularmente difícil para la Iglesia en Argentina. Un año donde la “conjura contra la vida”, denunciada por Juan Pablo II, parece haber tomado fuerzas en nuestro país. Hemos podido ser testigos en Paraná del odio a la vida, a la familia y a la Iglesia. Hemos vivido con mucho dolor la aprobación de matrimonio entre personas del mismo sexo, como un signo evidente de la descomposición de nuestra cultura.
Si bien es importante que vivamos inmersos en el tiempo que nos toca, y de las realidades eclesiales, no debemos olvidar que cada uno de nosotros necesita hacer un balance personal.
a) Un balance en el cual lo más importante es la sinceridad. ¡Con qué frecuencia nos mentimos a nosotros mismos! ¡Con qué facilidad nos apropiamos de méritos que no nos pertenecen, o cargamos en las espaldas de los demás las responsabilidades por nuestros propios fracasos! Reconocer lo bueno y lo malo, tal cual han sucedido, sin justificarnos, sin autoengañarnos, es esencial para que tal balance tenga sentido, y nos ayude a seguir adelante.
b) Nuestro balance personal debe ser, a la vez, integral. Otro riesgo que tenemos es quedarnos solo en la superficie: evaluar solo algunas cosas, y olvidar otras. Es importante evaluar cómo nos fue en el plano económico; en el plano laboral; en la salud física; y en cada uno de los aspectos humanos de nuestra existencia. Pero para un creyente, ese análisis es insuficiente. Porque para poder llamar a un año bueno o malo, un cristiano debe examinarlo a la luz del proyecto de Dios, de su plan eterno.
Por eso conviene realizar nuestro “balance personal” ante el Señor de la Historia. Y la preguntas fundamentales que tenés que hacerte son estas: ¿He estado cerca de Dios este año? ¿He procurado vivir como hijo suyo? ¿He cumplido su voluntad? ¿He sabido reconocer su proyecto, sus designios, y los he aceptado de corazón, y me he aferrado a ellos con todas mis fuerzas? Porque todo le pertenece. Porque cada segundo de este año ha sido un regalo, como un talento que hemos recibido, con la tarea de hacerlo fructificar, de multiplicarlo.

2. La fiesta litúrgica de este día nos ilumina, casi sin proponérselo, en esta tarea. Cada una de las fiestas marianas subraya un aspecto de la identidad de María. Cuando celebramos la Inmaculada Concepción, celebramos la santidad de la Virgen. Cuando celebramos la Asunción, contemplamos su destino final, la plena realización en ella del misterio pascual.
La fiesta de hoy, “María Madre de Dios”, nos anima a contemplar la misión de la Santísima Virgen, el “para qué” de su vida. Fue elegida para ser Madre del Hijo de Dios hecho hombre. No solo madre en sentido físico, dándole la vida corporal, sino también –y aquí está el mayor misterio- siendo verdadera madre en sentido espiritual, como modelo, como educadora, como aquella que introdujo al Niño en el misterio de la existencia humana y en el descubrimiento de su propia identidad. Hasta tal punto es real la Encarnación, es Jesús verdadero hombre, que quiere necesitar una madre, como todos nosotros.
Todo lo demás en María está orientado a esta increíble tarea que el Padre pensó para ella.
¿Cómo cumplió María su misión? En primer lugar, con una perfecta fidelidad y responsabilidad. No puso reparos, no tuvo “peros”, ni cuestionamientos ni quejas para con Dios. Se despojó de sí misma y asumió lo que el Padre le encomendaba. Como decimos habitualmente, María firmó a Dios un “cheque en blanco”, para que él dispusiera de su vida a su gusto.
En segundo lugar, María vivió esa misión en el ocultamiento y la oscuridad. Fue Madre de Jesús con la ternura y el cariño más perfectos que nos podamos imaginar, pero en una discretísima vida de familia. Su misión era la más sublime que podía encomendarse a alguien; y sin embargo estaba hecha de miles de pequeños actos de amor, de sacrificio, de renuncia, de humildad. María cumplía su misión cuando daba de mamar al niño, cuando lo limpiaba, cuando jugaba con él y le cantaba por las noches para que se durmiera. Su maternidad divina se expresaba cuando barría su pobre casa, o cuando limpiaba la “vajilla” en la que iba a comer el niño y José. María vivió su vocación en la pequeñez de las cosas simples: cosiendo la ropa de Jesús, peinándolo, enseñándole las primeras palabras, consolándolo cuando lloraba por alguna caída o alguna desilusión. Sin quejarse, sin rezongar, sin esperar aplausos ni reconocimientos. Solo por Dios y para Dios.

3. ¡Qué mensaje tan hermoso para cada uno de nosotros! Seguramente soñamos un 2011 hermoso, mucho mejor que el 2010. Deseamos “Felicidades” a nuestros amigos y seres queridos, lo decimos cuando levantamos nuestras copas. Pero a la vez que rezamos para que así sea, tenemos que convencernos que el 2011 es una hermosa tarea.
El 2011 puede ser el mejor año de nuestra vida, si lo asumimos con las actitudes de la Virgen. Si nos decidimos a cumplir la Voluntad del Padre con su fidelidad y su responsabilidad, en la noche de la fe, en el ocultamiento. Cada uno en su misión, en su vocación: como abuelo, como padre o madre, como hijo, como estudiante, en el noviazgo, en el trabajo y en las diferentes expresiones de la vida social.
Hoy le pedimos a Jesús que nos libere, entonces, del espíritu de disconformidad, de la queja crónica, de la “rezonguitis aguda”, que parece ser una epidemia, y que nos hace estar siempre tristes o descontentos, y nos quita la alegría de vivir. Hoy le pedimos a Jesús que nos libere del espíritu del pesimismo, del mal humor, de los malos pensamientos y las malas palabras. ¡Cuánto tiempo perdemos criticando a los políticos, a los maestros, a los patrones, a los curas (sic)…! ¡Con qué frecuencia intentamos justificar nuestros propios fracasos en la vida cotidiana, descubriendo y amplificando los errores o pecados de los otros! El 2011, para cada uno de nosotros, no depende de Cristina, ni de Cobos ni de Alfonsín, ni de Urribarri, ni de Halle, ni de Obama ni de ninguno de los poderosos de este mundo. No depende del resultado de las elecciones, ni de la inflación, del valor del dólar, ni de cómo le vaya a la selección de fútbol, ni de quien “triunfe” en el circo que montan los medios de comunicación. El 2011, el que sea feliz o no, depende de nosotros, de cómo usemos nuestra libertad, de cómo usemos el tiempo, y de que nos abramos y respondamos a la Gracia.
Pidamos a Jesús que encienda en nosotros la luz de la esperanza, de una esperanza activa, que nos mueva a comprometernos en la búsqueda de la santidad y del bien de nuestra patria. Sin duda que el 2011 será un año difícil para los creyentes, por la inmoralidad reinante, por el avance de una mentalidad que pretende expulsar a Dios. Pero no tenemos miedo, no nos achicamos, ni tampoco debemos quejarnos, ni lamentarnos: este es el tiempo que nos toca vivir, en él nos toca ser santos. Tenemos a Jesús, tenemos su gracia, tenemos la especial bendición de un Papa que con fortaleza y sabiduría nos guía en el seguimiento de Jesús.
Y tenemos a María. Hoy que celebramos la Jornada por la Paz, le pedimos que no se olvide de nosotros. Su Maternidad no terminó, ella no descansa. Después de dar vida y educar a Jesús, María recibió como misión hacer lo mismo en nosotros. Enseñános, María, a ser humildes y alegres. A vivir apasionadamente las pequeñas cosas, a buscar la perfección en el cumplimiento de nuestos deberes. Que a lo largo de este año, si nos llega a faltar la salud, o el dinero, o el trabajo, no nos falte nunca la Paz que viene de tu Hijo, y tu protección y cariño maternal. Amén.