martes, 11 de mayo de 2010

Por qué decimos NO al matrimonio homosexual

Hay cientos de artículos en internet, mucho mejores que este... 
Recomiendo vivamente el sitio www.esposiblelaesperanza.com  con decenas de artículos escritos por expertos de todo el mundo, y sobre todo, con una mirada muy esperanzada sobre las personas que sufren una atracción hacia personas del mismo sexo.
Lo que puedo "agregar" yo es una mirada desde el sentido común, desde la vida cotidiana en una parroquia de barrio de Paraná. Vaya mi intento.



En los últimos días en nuestro país ha recibido media sanción la “Ley de Matrimonio homosexual”. ¿Qué valoración podemos hacer desde la fe y la recta razón sobre esta iniciativa?.
Con asombro he podido escuchar que algunos católicos asumen una actitud relativista, con expresiones como “los tiempos cambian”, “hay que ser tolerantes, no somos quien para juzgar a los demás” o incluso “la Iglesia tiene que modernizarse”

La Iglesia, Madre y Maestra.
Para alguien que cree en Jesús y que se siente parte de la Iglesia Católica, no hay duda: la homosexualidad es contraria a la naturaleza humana. El Catecismo de la Iglesia Católica expresa con claridad la doctrina de siempre.
“ La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’ (CDF, decl. "Persona humana" 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.
Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.”
La Iglesia manifiesta la misma actitud de Jesús: condena clara, contundente, del pecado; caridad, compasión y comprensión hacia el hombre concreto. No son cristianas, por eso, las actitudes de violencia, desprecio o ridiculización que tantas veces se utilizan para la condición homosexual.
Cuando la Iglesia señala la malicia de los actos homosexuales, no falta al amor: al contrario, al anunciarles la verdad les muestra el camino de su auténtica libertad.

¿Ciencia vs. Religión?
Otros piensan que este es un pensamiento “oscurantista”, “retrógrado”. Que la ciencia y la psicología moderna han dejado de considerar la homosexualidad como una enfermedad o desviación, y la ha admitido como una de las posibles formas de vivir la sexualidad.
Ante esto es bueno saber que la homosexualidad dejó de inscribirse en el catálogo de las patologías por una fuerte -e incluso violenta- presión de activistas de la causa gay.
El psiquiatra holandés GERARD J.M. VAN DE AARDWEG, en una artículo publicado por el sitio web chileno HUMANITAS (http://humanitas.cl/html/biblioteca/articulos/d0341.html) presenta argumentos contundentes sobre la coincidencia de los datos de la ciencia y las enseñanzas de la Iglesia. “Un enfoque correcto de los datos de la experiencia,(...)llevan siempre a concluir que la antropología católica está en perfecta correspondencia con las conclusiones de los estudios científicos sobre la realidad del hombre.”
Con más de treinta años de experiencia en el tema, explica y fundamenta que “existe una estrecha correlación existente entre la tendencia homosexual y una estructura emotiva neurótica.” “El carácter neurótico de la vida emotiva de los homosexuales se observa en rasgos inmaduros, infantiles o pueriles presentes en su vida psíquica. No han logrado superar determinadas perturbaciones de crecimiento detectadas en la infancia o la pubertad. Esto resulta claro si se considera el carácter de pesadumbre y deseo no satisfecho propio de la homosexualidad. Es un deseo obsesivo, comparable con las ideas obsesivas a las cuales se encuentra sujeto un neurótico obsesivo-compulsivo. Precisamente por este motivo los homosexuales cambian continuamente de pareja y sus contactos sexuales son tan despersonalizados.”
Su conclusión es clara: la homosexualidad es una desviación, una enfermedad psicológica. Es algo malo, contrario al orden natural -como toda enfermedad-.

Relaciones esencialmente inestables
VAN DE AARDWEG demuestra con datos estadísticos la inestabilidad de los vínculos homosexuales. “El “matrimonio” homosexual es un mito. Durante 35 años de tratamiento psicoterapéutico de personas con problemas de homosexualidad, nunca me he enterado de una sola relación homosexual que haya durado años y pueda considerarse una relación normal, adulta. Existen ciertamente casos excepcionales de lazos de amistad que han durado años entre “compañeros” homosexuales, pero en ellos no se puede ni siquiera hablar de cohabitación duradera o fidelidad. Son relaciones caracterizadas por tensiones, celos, dependencia adolescente, fenómenos neuróticos de atracción-repulsión, etc” En la relación homosexual el concepto de “fidelidad” - tan esencial al concepto de matrimonio- es muy débil: “Otro estudio realizado en Holanda sobre parejas homosexuales “fijas” muestra que el promedio de contactos con otros compañeros comenzaba en 2,5 el primer año para llegar a 11 en el sexto año.” Un estudio publicado por la Universidad de Oxford, sostiene que la perdurabilidad promedio de una pareja homosexual dura entre un año y medio y tres.
En resumen: las estudios muestran que, como regla general -a la cual hay excepciones aisladas-, en las parejas homosexuales no hay “unidad” ni “fidelidad”; No hay perdurabilidad razonable en el tiempo, ni hay fecundidad -capacidad de procrear-. La unión de personas del mismo sexo carece, en la mayoría de los casos, de las notas esenciales del matrimonio.

Las consecuencias pedagógicas de la ley
Quiero destacar uno de los aspectos más negativos de la aprobación de esta Ley: su impacto pedagógico. Por que una ley no sólo impone castigos a los que la infringen; se supone que la Ley señala el bien para el hombre. La Ley educa, enseña.
Si esta Ley se llega a aprobar, a nuestros niños -a tus hijos, nietos, sobrinos- les van a enseñar en la escuela que da lo mismo casarse con alguien de otro sexo que con alguien del mismo. Le van a enseñar que la homosexualidad es tan válida como la heterosexualidad: dos maneras de expresarse igualmente legítimas.
Esto es tan grave y nocivo para los niños y jóvenes, que entidades que nada tienen que ver con la Iglesia se oponen a esta enseñanza sexual. Por citar un ejemplo:
En el mes de Abril el Colegio de Pediatras de EEUU envió una informe a todas las escuelas del país, advirtiendo de los riesgos de una educación basada en la “ideología del género”. Lo hizo en contra de la política oficial del gobierno de Obama, y sustentada en algunas afirmaciones muy importantes:
-La homosexualidad no es una característica determinada genéticamente ni imposible de cambiar.
-La atracción homosexual está determinada por una combinación de influencias familiares, ambientales, sociales y biológicas. La atracción homosexual se puede cambiar.
-De los pocos alumnos con atracción del mismo sexo, la mayoría (más del 85%) adoptarán finalmente una orientación heterosexual si no se alienta lo contrario.
-Declarar y validar la atracción por el mismo sexo en los años adolescentes es prematuro y personalmente dañino.
-En muchos jóvenes, la atracción homosexual se desarrolla debido a experiencias traumáticas o negativas, como el abuso sexual. Estos estudiantes necesitan terapia para el trauma y no la afirmación de una "identidad gay". 

Una palabra sobre la adopción.
Creo que no hacen falta más argumentos: queda muy claro que una “familia” formada por una pareja homosexual no es un ámbito adecuado para que un niño crezca y se desarrolle.
Algunos alegan que no se puede “discriminar” a las personas de condición homosexual, privándolas del derecho a adoptar. El Catecismo nos invitaba, en cambio, a dejar de lado toda forma de “discriminación injusta”. Es decir, hay una forma de discriminación justa, y esa es la que, precisamente, se aplica en este caso.
En realidad, si la Ley se concreta, a quien se estaría discriminando es al niño. Él tiene derecho ser protegido a vivir, educarse y desarrollarse en el seno de una familia donde impere la diversidad de lo masculino y lo femenino porque ambas condiciones son portadoras de talentos diferentes que conforman la personalidad en formación.
Además, conociendo lo inestables que son las parejas homosexuales, entregarlos a ellas es “jugar a la ruleta rusa” con la vida de esas pequeñas personitas.
Pienso, por último, en la indignación que deben sentir los matrimonios estables y bien formados que, desde hace años, y con gran sufrimiento, esperan que una niño les sea dado en adopción.
Quiera Dios que nuestros legisladores no se dejen vencer por las presiones, y que se animen a jugarse por la verdad y el bien. Y que todos los discípulos de Jesús seamos testigos del plan de Dios sobre el hombre y la familia.


lunes, 3 de mayo de 2010

Oración por la Patria en Luján

En los días previos a la gran fiesta de la Virgen del Luján, quiero compartir con ustedes una oración del P. Luis Jeannot Sueyro, sacerdote entrerriano entregado hasta el fin, poeta eximio, predicador apasionado.
No pude saber en qué año fue compuesta. Pero no me queda ninguna duda que podemos rezarla hoy, tal como está formulada. Creo que muchos sentimos el mismo dolor que al Padre al ver nuestra Argentina tan lejos de Dios, y tan postrada. 
Que nuestra Madre de Luján nos ayude a vivir como verdaderos hermanos, y nos guíe a la Patria del Cielo.



Oración por la Patria en Luján

Yo hablé una vez con la Virgen.
Era en Luján, lloviznaba,
y el gran dolor argentino
me llovia sobre el alma.

Estaba solo ante Dios
crucificado en mi Patria.
Buscaba la albiceleste
entre el humo de las fábricas.
Buscaba huellas de historia
en las calles asfaltadas.
Buscaba el alma argentina
en mis hermanos de raza.

La Patria no estaba en ellos,
y Dios no estaba en mi Patria,
¡Y cuantos siglos de Cruz
retoñaban en la Pampa!

¿A donde vamos, Dios mío?
era de noche. Tronaba.
¿A donde vamos? yo fui
a la imagen centenaria
y le dije: Madrecita
se esta muriendo mi Patria.
La envenenaron de odios.
Sus propios hijos la matan
con las armas extranjeras.
ya le estan cambiando el alma.
por monedas y engranajes,
ya mis hermanos se arrastran
y en sus pechos ya no hay cruces
y en sus labios no hay plegarias
y no hay hombres en sus campos
y no hay niños en sus casas
y un torbellino de sangre
viene barriendo la Pampa.

Haz que vuelva San Martín
nuestro Santo de la Espada.
Haz que Belgrano de nuevo
levante la enseña sacra.

¡Virgencita de Luján,
madrecita azul y blanca
devuelvenos la Argentina,
danos Dios y danos Patria!





lunes, 12 de abril de 2010

Los niños siempre dicen la verdad...

Pensé que mi retiro anual había terminado el viernes al mediodía, después de compartir unas espléndidas jornadas en Stella Maris. Las reflexiones de Mons. Ángel Rovai, la lectura en la comida de unas preciosas homilías de Cantalamessa, los momentos de oración silenciosa... todo fue de Dios. ¡Qué grande y qué pequeño a la vez uno se siente cuando piensa un poco - alejado del fragor de la vida cotidiana- en el misterio del sacerdocio!
Pero Jesús me tenía preparada la "última charla" del retiro. Me la dío hoy, a través de dos niños de salita de cuatro años, una parte de mañana y otra a la siesta.
Estábamos sentados junto al Sagrario de la parroquia -ellos en el suelo, yo en un reclinatorio- y había bajado la imagen del Jesús Misericordioso. Yo intentaba explicarles el significado de los rayos, y cómo teníamos que confiar en Jesús; y no sé como ni por qué, uno de los chiquitos -creo que era Leandro, mi pequeño tocayo- me dijo, señalando la imagen "Jesús es más grande que vos".
Jesús es más grande... ¡Cuánto nos cuesta confiar en Él, y abandonarnos en su Providencia! Cuantas veces nosotros, los sacerdotes, nos olvidamos de eso... Cuantas veces olvido que Él es el grande, que Él hace la obra, que somos "siervos inútiles", totalmente prescindibles. Que la pastoral y el futuro de la Iglesia no están en mis manos, sino en las Suyas... Que, como tantas veces he rezado, "es necesario que él crezca y que yo disminuya". ¡Qué verdad tan maravillosa, que certeza tan consoladora! ¡Cuantas veces mi orgullo y falta de fe me impiden descansar en esa certidumbre!

Pero faltaba más, el "retiro" aún no terminaba. Por la tarde, apenas levantado de la siesta para ir a recibir los jardineros de ese turno, Candela me recibió con estas palabras: "¡Hola, Jesús!"
Y en esas palabras se me revelaba, a pesar de mis incapacidades y miserias, mi ser más profundo y mi misión. Ese es el misterio de nuestra frágil humanidad, revestida y "transustanciada" en el ser del Hijo de Dios hecho hombre. Como aprendimos en el Seminario: el sacramento nos cambió ontológicamente, nos cristificó. ¡Con qué frecuencia vivimos lejos de esa verdad luminosa! ¡Que "grande" nos queda! Y sin embargo, ¡cómo no alegrarnos a la vez por esa arcana predilección del Señor!. ¡El Sacerdote es Jesús!
Jesús: si alguna vez olvidara para qué vivo, para qué fui ordenado sacerdote, mandame a Leandro y a Candela, que me lo recuerden: Vos, que sos siempre el "más grande" me ha tomado, me ha bendecido, y partiéndome me ha dado: soy Jesús, debo ser Jesús.

martes, 30 de marzo de 2010

Sobre el Misterio de la Agonía de Jesús en el Huerto

En estos días sagrados, quiero compartir con ustedes uno de los textos más hermosos que conozco sobre el Misterio de la Agonía de Jesús en el Huerto.
Estoy seguro comprender mejor lo que aconteció esta noche y comprender lo que le costó al Señor nuestra redención, es una de las claves para dejarnos arrebatar por el amor de Jesús.

De Martin Descalzo, Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, Ed. Sígueme

En el Huerto de los Olivos
¡Qué soledad la de este Cristo cuyos amigos, todos, duermen, mientras Judas, sólo Judas, vela! Siempre los hijos de las tinieblas están más despiertos que los de la luz
Pero el coraje de Jesús es más fuerte que el desaliento. Y regresa a la oración, ahora menos angustiado, aunque tal vez más triste. Ahora ya sabe que no hay otro camino que el que pasa por la muerte. Toda su naturaleza de hombre se rebelaba. Sus treinta y tres años se ponían en pie. Le gustaba vivir. Pero ahora llegaba la hora señalada. No lucharía contra la voluntad de su Padre, por mucho que ese final le repugnara.
Por eso ahora ya no pedía ser salvado de la muerte. Se limitaba a inclinarse ante la desición tomada. “Padre, si no es posible que pase este caliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”

El último por qué
Ahora tenemos que preguntarnos por qué el miedo terrible, por qué ese espanto inédito. ¿Simple temor a la muerte? ¿Pánico ante la cruz y los azotes? ¿Terror a la soledad?
Evidentemente tiene que haber algo más allá, más horrible y profundo.
La muerte, el dolor físico, son evidentemente muy poco para quien tiene la confianza en Dios que Jesús tenía. Tuvo que haber más, mucho más. Tuvo que haber razones infinitamente más graves que el puro miedo al dolor.
Solo una explicación teológica puede ayudarnos a entender esta escena. Y esa explicaciópn es que en ese momento Jesús penetra, vive en toda su profundidad la hondura de lo que la redención va a ser para él. En ese instante Jesús asume en plenitud todos los pecados por los que va a morir. En ese momento en que comienza su Pasión, Cristo “se hace pecado” como se atrevería da deir con frase penetrante San Pablo.
¡Morir! Eso no es gran cosa! ¡Eso es cosa de hombres, parte de la aventura humana! Pero es que no se trataba de morir, sino de redimir, es decir, de incorporar, de hacer suyos, todos los pecados de todos los hombres, para morir en nombre y en lugar de todos los pecadores.
Solemos pensar que Jesús “cargó” con los pecados del mundo, como quien toma un saco y lo lleva sobre sus espaldas. Pero eso no hubiera sido una redención. Para que exista una verdadera redención debe haber una verdadera sustitución de víctimas y la que muere hacer suyas todas las culpas por las que las demás estaban castigados a la muerte eterna.
Hacerlas suyas, incorporarlas, es casi tanto como cometerlas. Jesús no pudo “cometer” los pecados por los que moría. Pero si de alguna manera no los hubiera hecho parte verdadera de su ser, no habría muerto por esos pecados. Y no se trata de uno, de dos, de cien pecados. Se trata de todos los pecados cometidos desde que el mundo es mundo hasta el final de los tiempos. Un solo pecado que él no hubiera hecho suyo habría quedado sin redimir, sin posibilidad de verdadero perdón.
Así pues, el no estaba haciéndose autor de los pecados del mundo, pero sí los tomaba por delegación, sí los incorporaba a si. Se hacía “pecador”, se hacía “pecado”
Todo esto para nosotros no significa nada. El hombre sabe muy bien vivir con su pecado, sin que esto lo desgarre. El hombre no sabe lo que es el pecado, o si lo sabe, lo olvida, o si lo recuerda, no lo mide en su profundidad.
Pero Jesús sabía en todas sus dimensiones lo que es el pecado, lo contrario de Dios, la rebeldía total contra su Creador.
Estaba, pues, haciendo suyo lo que era lo contrario de sí mismo. Estaba incorporando lo radicalmente opuesto a la naturaleza de su alma hombre-Dios. Estaba convirtiéndose, por delegación, en enemigo de su Padre, en “el” enemigo de su Padre, puesto que recogía en sí todos los gestos hostiles a Él. Hacerse pecado era para Jesús volver de revés su naturaleza, dirigir todas sus entergías contra lo que con todas sus energías era y vivía.
¿Quién no sentiría vértigo al creer estas cosas , si verdaderamente creyéramos en ellas?. Ahora sí, ahora se explica todo el desgarramiento. Nunca jamás en toda la historia del mundo y en la de todos los mundos posibles ha existido nada, ni podrá existir nada, más horrible que este hecho de un Dios haciéndose pecado. Cualquier sudor de sangre, cualquier agonía humana, no será más que un pálido reflejo de este espanto..

La túnica del mal.
Quiero citar aquí, aunque sea muy largo, un texto justammentete famoso de alguien que se ha atrevido a mirar cara a cara esta tragedia. Es una meditación del Cardenal Newman sobre los “dolores mentales” de Cristo.
En esta hora tremenda, el Salvador del mundo se echó de rodillas, desnudándose de las defensas de su divinidad, apartando casi por la fuerza a los ángelse dispuestos a responder por millares a su llamada, abriendo los brazos y descubriendo su pecho para exponerlo en su inocencia, al ataque del enemigo, de un enemigo cuyo aliento era de una pestilencia mortal, cuyo abrazo era una agonía. Y así permaneció, de rodillas, inmóvil y silencioso, mientras el impuro enemigo envolvía su espíritu con una túnica empapada en todo lo que el crimen humano tiene de más odioso y atroz, y la apretaba en torno a su corazón. Y, mientras tanto, invadía su conciencia, penetraba en todos sus sentidos, en todos los poros de su espíritu y extendía sobre él su lepra moral, hasta que él se sintió convertido casi en lo que nunca podía llegar a ser, en lo que su enemigo hubiera querido convertirlo. ¡Cual fue su horror cuando al mirarse no se reconoció; cuando se sintió semejante a un impuro, a un destestable pecador, en su percepción aguda de ese montón de corrupciones que llovía sobre su cabeza y chorreaba hasta el borde de su túnica! ¡Cuál no fue su extravío cuando vio que sus ojos, sus manos, sus pies, sus labios, su corazón eran como los del maligno, y no como los de Dios! ¿Son estas las manos del Cordero inmaculado de Dios, hasta ese instante inocentes, pero rojas ahora por mil actos bárbaros y sanguinarios? ¿Son estos los labios del cordero, los labios que ya no pronuncian plegarias ni alabanzas, ni acciones de gracias, sino que están inmundos de juramentos, de blasfemias y doctrinas demoníacas? ¿Son estos los ojos del Cordero, ojos profanados por las visiones inmundas y las fascinaciones idólatras por las cuales abandonaron los hombres a su adorable Creados? En sus oídos resuena el fragor de las fiestas y los combates, su corazón está congelado por la avaricia, la crueldad, la incredulidad, su misma memoria está oprimida por todos y cada uno de los pecados cometidos desde la primera caída del hombre en todas las regiones de la tierra. Vienen todos estos adversarios sobre ti a millones, vienen en escuadrillas más numerosas que las pestes de las langostas, que los látigos del granizo, que las moscas y las ranas enviadas contra el Faraón. Los pecados de los vivos y de los muertos, los pecados de los no nacidos todavía, los de los condenados y de los salvados, los pecados de tu pueblo y de todos los extranjeros, los de los santos y los pecadores, todos los pecados están aquí. ¡Verdaderamente sólo Dios es capaz de soportar tanto peso!

¿Qué es la muerte, qué son las espinas, qué los látigos y el vinagre junto a este horror? ¿Qué es el dolor humano frente a esta atroz realidad?

¡Nuevo blog!

Como es gratis... ¡hice otro blog!
Se llama http://misadelavirgen.blogspot.com/, y lo creé como un espacio para ofrecer a todos la "Misa en honor de la Virgen del Rosario de Paraná", que los lectores del blog ya conocen.
Espero que la disfruten. ¡Buena Semana Santa! ¡Bendiciones!

miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Usted hizo algun sermon hablando de los sacerdotes pedófilos?

Con motivo de mi reciente entrada sobre los corsos, he recibido algunos comentarios en desacuerdo con lo expresado. En algunos se discutían los argumentos utilizados, en otros la forma. Y en uno de ellos me hacían la pregunta que da el título de esta entrada: ¿Usted hizo algun sermón hablando de los sacerdotes pedófilos?

La respuesta es ¡sí, muchos!. Con mi párroco tratamos de estar atentos a los sucesos que conmueven a los fieles cristianos, y durante las diferentes crisis que han surgido -por ejemplo, cuando se dio trascendencia mediática a la cuestión Grassi, sobre la cual pienso que es absolutamente "armada" y falsa- hemos intentado abordar este complejo tema desde la homilía.

Personalmente, lo hago cada vez que me toca predicar una novena o una misión, porque sé que para muchas personas nuestras debilidades son un gran obstáculo para creer. El año pasado, lo hice al hablar del artículo del Credo: "Creo en la Santa Iglesia Católica", y cómo podemos profesar la santidad de la Iglesia dirigida por sacerdotes débiles y miserables.
Este año prediqué sobre los sacramentos. Y hablé de los pecados de los sacerdotes al referirme a la Confesión y luego al hablar sobre el Orden Sagrado y el celibato sacerdotal.

Pero más allá de lo que yo pueda decir, creo que para conocer lo que la Iglesia enseña al respecto, y sobre todo para saber qué dice y hace la Iglesia en los casos de abusos de sacerdotes hacia menores a su cargo, basta con escuchar al Santo Padre Benedicto XVI. Con una valentía y un amor a la verdad ejemplares, el Papa ha reconocido, deplorado y condenado estos "crímenes abominables" -son sus palabras- y ha puesto en marcha en la Iglesia toda una nueva forma de encarar estas dolorosísimas situaciones, que algunos llaman "tolerancia cero" y que tiene tal vez su expresión más radical en la frase del Papa en Australia: "Los culpables de abuso deben ser llevaos a la justicia". Todo lo contrario de la actitud que, erróneamente -aunque quizá con buena intención- tomaron muchos obispos y sacerdotes al encubrir casos de pedofilia para evitar el escándalo.

Por eso me tomo el atrevimiento de sugerirles la lectura de dos excelentes artículos, publicados en www.zenit.org que sintetizan el Magisterio de nuestro actual pontífice y echan luz sobre esta compleja cuestión. Los artículos son:

El magisterio de Benedicto XVI sobre abusos sexuales de sacerdotes

y

¿Es santa la Iglesia?

En una de sus últimas intervenciones, el Santo Padre identifica la raíz de estos terribles males con una "crisis de fe" en la Iglesia. Cuando Cristo deja de ser el centro, cuando su Palabra y su presencia en la Eucaristía no son el alma de la vida sacerdotal, todo se derrumba. Y se cumple entonces el antiguo adagio "corruptio optimi pessima": que puede traducirse como "la corrupción de lo mejor es lo peor". Un sacerdote corrompido, un sacerdote infiel, es quizá la mayor expresión del pecado que pueda pensarse, porque es la perversión del aquél que debería ser, mas que nadie, reflejo de la Santidad de Jesús.

En este tiempo de Cuaresma que hoy comenzamos, la Cuaresma del año Sacerdotal, quisiera pedirles a todos que recen insistentemente al Buen Pastor, para que quienes debemos ser su imagen viva y transparente estemos cada día más a la altura de nuestra misión. Que el Sñor nos purifique con su gracia y que por nuestra imitación del Maestro, muchos puedan conocer su rostro y su amor misericordioso.

domingo, 7 de febrero de 2010

Otro de los regalos de enero

Bueno, no soy James Cameron ni Juan José Campanella, pero ahí va otro video...
Esta vez es sobre la Misión que realizamos del 10 al 17 de enero. Fueron días muy intensos, de mucha oración y apostolado. Compartimos una hermosa semana entre nosotros y con la gente de Nogoyá, llevando la palabra de Cristo.
Como cada vez, ha sido mucho más lo que recibimos que lo que dejamos.
Los dejo con las imágenes, que hablan por sí mismas. ¡Muchas gracias a todos! ¡Bendiciones!

PD: si me nominan para el Oscar les aviso

viernes, 5 de febrero de 2010

¡Hasta pronto, don Hipólito!

A principios de enero, antes de irme a misionar con los jóvenes de la parroquia, estuve en la casa de Claudia y Gustavo. Hacia el final de la agradable cena -amenizada por el videojuego de los Transformers que Joel, su hijo de cuatro años, manejaba con una pericia admirable- Claudia me comentó, tímidamente, que tenía a su abuelo enfermo. Que ya hacía un tiempo que estaba mal, que de a ratos se perdía, y que temían que se fuera en cualquier momento. Me pidió si podía ir a verlo, advirtiéndome que, cuando estaba bien, "no quería mucho a los padres -léase, a los curas-": que solía hablar mal de ellos y, para colmo de males, hacía mucho mucho que no iba nunca a la iglesia. Me recomendó que fuera como a hacerle "una visita" casual, como que pasaba por ahí, no sea que se diera cuenta que estaba grave.
Acostumbrado a estas situaciones -me han hecho decenas de veces recomendaciones por el estilo- un par de días mas tarde caí a lo de don Hipólito. Me atendió su hija y su señora, ambas muy agradecidas y a la vez con el mismo temor. La esposa me presentó a Hipólito de la forma más disimulada posible: "es un amigo de Joel que te viene a visitar". Hipólito estaba acostado, tranquilo. "Soy el padre Leandro" saludé. "Le vengo a dar una bendición". Don Hipólito me miraba entre asombrado y alegre. Les pedí que nos dejaran solos. "Ahora le vamos a pedir perdón a DIos por todos los pecados de la vida, y después lo voy a dar la Santa Unción, para que Jesús esté cerca de usted en este momento difícil"... Todo transcurrió con una facilidad asombrosa, "divina": la Gracia estaba actuando de manera invisible, pero eficiente, real. Don Hipólito sacó una frase del baúl de sus recuerdos, como suelen hacer los ancianos: "cuando yo era chico siempre iba a Misa, y era monaguillo..."
Confesé y animé a su señora, que ya sabía de la proximidad de la muerte de su compañero y la aceptaba, pero que necesitaba la fortaleza del Señor.

Un par de semanas después, me llaman nuevamente. Hipólito había llamado a todos sus hijos, para despedirse. Pasé entonces por su casa cuando pude. Cuando le pregunté como estaba me dijo: "estoy contento, muy contento". Le pregunté si se acordaba de mí, y de la otra vez que lo había visitado. Su respuesta me conmovió: "sí, padre, fue maravilloso..."
Así transcurrieron sus últimos días. Claudia, su nieta, me contaba azorada que en los días posteriores a la Santa Unción, había hablado con cada uno como nunca antes, dándoles consejos inéditos en él. "A mí me dijo que fuera todos los domingos a Misa". Y a su esposa le decía que él "iba a estar bien, que no se preocupara por nada, que él desde el Cielo la iba a cuidar..." No sé como llamarían ustedes a esto, pero para mí es clarito: la gracia de la Unción y de la Comunión que estaba recibiendo había obrado una verdadera transformación en su corazón.

¿Habrá comenzado ya a cumplir su promesa? Hipólito falleció esta mañana, con la certeza de haber experimentado la misericordia del Señor. Dejó a su familia en paz, con la paz de haberlo cuidado hasta el final, y con la profunda serenidad de saber que había recibido los sacramentos de la fe cristiana.

¿Cuál es la moraleja? Sabemos que Dios es más grande que los sacramentos que él ha instituido, y que de alguna u otra forma se las arregla para acercarse a sus hijos, sobre todo en la proximidad de la muerte. Por eso nuestra confianza en su misericordia es ilimitada. Pero ¡qué diferente, que distinta es la buena muerte, la muerte cristiana, de una muerte repentina! ¡Cuántos ancianos, cuantos enfermos terminales estarán esperando, como Hipólito, la gracia de la Santa Unción y el perdón de los pecados, para poder encontrarse, purificados, con el eterno! ¡Cuántos- y este pensamiento me espanta- mueren sin el auxilio de los sacramentos, porque sus familias "no los quieren asustar", o tienen miedo a que sepan de la proximidad de su partida!

Quiera el Señor concedernos a todos morir preparados. Quiera el Señor que ninguno de los nuestros parta sin el auxilio de su Gracia y la asistencia de la Iglesia por nuestra negligencia o pereza. Quiera el Señor que Hipólito siga tan contento, mucho más contento, celebrando -como cuando era niño- la Eucaristía del Cielo.

martes, 2 de febrero de 2010

Compartir la alegría

Nuestra alegría es el Señor... Él debe ser siempre la fuente de nuestro gozo y nuestra paz, en Él deben descansar nuestras almas. La alegría que no pasa, la que "nadie nos puede quitar" es justamente esa: ser suyos, y que él se haya hecho nuestro por amor...
Pero el Señor quiere que también podamos alegrarnos por muchas otras cosas. El final del 2009 y el inicio del 2010 -junto a las infaltables y necesarias pruebas- vino con muchos regalos en este sentido. Regalos que iré compartiendo con ustedes en estos días de vacaciones.
Uno de ellos es el haber podido dar pasos importantes en el proyecto "Madre Teresa de Calcuta". Gracias a Dios, a la Madre Teresa, a tantos que han trabajado con desinterés y a la generosidad alemana -y de otros colaboradores autóctonos-, para el 28 de enero el Salón estaba cerrado, techado y alarmado... Con tanta reja, más que un salón, parece una cárcel, pero bué...
Hice y subí un video, con una supersíntesis de estos dos años. ¡Hay tantos rostros, tantas historias! Tantas personas que con su sacrificio han sembrado la buena semilla, que esperamos fuctifique para el Cielo. ¡Gracias a todos! ¡¡¡Bendiciones!!!

martes, 26 de enero de 2010

¿Transmisión de ideas?

Durante el tiempo de Seminario, solíamos con varios compañeros intercalar entre los tiempos de estudio y demás responsabilidades, momentos de recreo muy pero muy sabrosos. Aunque quizá para quienes no lo han vivido por dentro pueda sonar extraño, vivíamos en un clima de permanente humor, en el que casi rivalizábamos entre nosotros para ver quien hacía la apreciación más aguda o la ironía más sutil...
Pues bien, recuerdo a un compañero, que solía decir, cuando entre nosotros comentábamos alguna cuestión relativa al magisterio del Santo Padre -en aquel entonces Juan Pablo II-: "Realmente es muy reconfortante descubrir que el Papa piensa siempre igual que nosotros en todo"...
Esta anécdota viene a ilustrar la alegría que experimenté ayer por la tarde, cuando supe que el tema del Mensaje del Papa para Jornada las Comunicaciones Sociales -en este año sacerdotal- es: “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital”.
Invito a todos a leer este breve documento, tan claro, tan realista, tan equilibrado y -parafraseando a mi amigo- ¡tan parecido a lo que siempre pensé! Me alegré mucho porque siempre había tenido un poquito el temor de que esto del blog - y otras andanzas mediáticas en las que me ha tocado participar- pudieran distraerme de mi ministerio.
Sólo quiero compartir un punto del mensaje, que me ha hecho reflexionar y servido de examen: El sacerdote podrá dar a conocer la vida de la Iglesia mediante estos modernos medios de comunicación, y ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo. Para ello, ha de unir el uso oportuno y competente de tales medios - adquirido también en el período de formación - con una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por su constante diálogo con el Señor. En el contacto con el mundo digital, el presbítero debe trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la "red".
Me preguntaba y respondía a mí mismo: uso competente de los medios no tengo -eso no me aflige demasiado, y hoy por hoy no tengo posibilidad de perfeccionarme-.
Pero... ¿tengo y manifiesto una sólida preparación teológica? ¿Vivo y expreso una honda espiritualidad sacerdotal? Y ¿puedo transparentar en mis entradas -poco frecuentes en los últimos tiempos- mi corazón de consagrado y "que Dios está cerca"?
En estos años de internet, he podido experimentar la amplísima gama de posibilidades de formación y comunicación que se abren, de enorme utilidad para el ministerio sacerdotal. Pero también he vivido en carne propia los riesgos de un uso desmedido: no sólo por la posibilidad siempre latente del pecado -tan a mano en cualquier sitio que navegues- sino por el tiempo que este mundo digital implica, y que puede facilmente desplazar a otras tareas mucho más necesarias. Siempre me preguntaba y ahora reflexiono con ustedes: ¿Dónde paso más tiempo, frente al monitor o frente al Sagrario...?
Pido entonces que recen por mí! Que pueda -y podamos todos los sacerdotes- vivir lo que la Iglesia Madre y Maestra, en nuestro Santo Padre, nos pide permanentemente.
A propósito, Santidad: gracias por pensar como yo...

jueves, 21 de enero de 2010

Los corsos: Un temita para debatir, ¿o no?

Bueno, hace ya casi dos meses que no ando por estos lados... Si ustedes supieran todo lo que ha sucedido en estos 60 días: muchos acontecimientos visibles, muchos otros que han transcurrido en el interior y han tenido solo al Señor como testigo.
Hoy es un poco tarde, pero una conversación que tuve hace un par de horas con una familia de mi comunidad, me impulsó a no demorar más una entrada sobre un asunto sobre el que hace ya un tiempo quería escribir. Esta familia, muy cercana y de un compromiso con Jesús muy firme, me contó, como al pasar, que habían viajado a ..... ¡a participar de los corsos! La conversación iba por otro rumbo, era tarde, y la sola mención de este tema depierta en mi interior una serie de pensamientos y recuerdos que no me permiten pensar con total fluidez. Así que dejé la corrección fraterna para un momento más oportuno. Sólo pude sentir un dolor en lo profundo de mi corazón y pensar "perdónalos, porque no saben lo que hacen"...

Y vino a mi mente, de manera inmediata, la homilía que hice en mi pequeño pueblo, Primero de Mayo, el 26 y 27 de enero de 2008, homilía que me costó perder bastante de mi buena fama en toda la comarca mayense y sus alrededores, el saludo de muchos amigos de siempre, y algunas cosas más...

Releyendo la homilía, con la perspectiva que da el tiempo, y asistiendo a la degradación cada vez más veloz de nuestra cultura, vuelvo a repetir, con toda certeza y claridad: participar de los corsos, tal como son hoy, es objetivamente un pecado. Los corsos en sí mismos, tal como se promocionan hoy, son una realidad de pecado.
Distinta es la cuestión de si todos los que van pecan: muchos lo hacen por ignorancia, o porque han perdido el sentido del pecado, o porque habiendo aceptado ya otras realidades pecaminosas como buenas, el participar de ese espectáculo denigrante no les significa nada.

Por eso publico hoy la homilía, sin omitir nada de lo que dije en aquel entonces. Podría añadir más elementos o argumentos, pero me los reservo para responder los comentarios de los lectores que quizá no estén de acuerdo.
Para quienes no estuvieron presentes o no sabían nada del asunto, les pido que no se olviden que fue una homilía, dicha en un contexto bien concreto, con unos destinatarios bien reales: los católicos de Primero de Mayo que asisten habitualmente a la Misa Dominical. Primero de Mayo fue un pueblo con una fervorosa vida de fe y un altísimo nivel de participación en la vida de la Iglesia, hasta no hace tanto. Eso explica la fuerza de varias expresiones.
No pretendo que me entiendan los activistas de la causa Gay, los propulsores de la pornografía ni Tinelli y su troupe, y sus seguidores... Sí pretendía y pretendo que me pudieran comprender al menos los cristianos que semana tras semana se alimentan de la carne del Cordero inmolado por nuestros pecados...
Bueno, basta de introducción. Acepto y espero comentarios. Sólo aclaro que en este blog los mismos se publican sólo después de que yo los apruebo, ya que me reservo el derecho de mantener un nivel en el lenguaje, los contenidos, etc. Invito a quienes quieran comentar, y que tal vez tengan puntos de vistas distintos o se sientan tocados, que lo hagan con argumentos, y no con ataques al estilo: "qué hablan los curas, mira lo que pasó con monseñor Storni" o "qué opinás vos, si cuando eras chiquito robabas mandarinas". El mensaje de Jesús tiene mensajeros muy indignos, pero sepan que, a pesar de nosotros -y parafraseando una célebre frase del acutal DT de la selección-, "la Verdad no se mancha".
Aquí va la homilía. Bendiciones!!!


Texto completo de la homilía
Queridos hermanos:
1. El evangelio de San Mateo nos narra hoy el inicio del ministerio público de Jesús. En pocas oraciones, traza como una síntesis de toda su actividad. Nos lo muestra recorriendo diversas regiones, predicando la llegada del Reino de Dios, y realizando numerosos milagros que certificaban su misión divina.
Con la llegada del Señor, se cumple la profecía de Isaías: “el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz”. El mismo Señor se llamará a sí mismo, en el Evangelio de Juan “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue, no caminará en tinieblas”
El Evangelio continúa narrándonos el llamado de los primeros discípulos. Jesús se acerca a estos hombres sencillos, y les dirige una palabra directa, ineludible, una palabra que dividiría sus vidas en un antes y un después: “Sígueme”. Estos hombres simples fueron capaces de seguir al Señor. Atraídos por su figura, movidos por la atracción que la gracia ejercía en su corazón, se pusieron en camino. A partir de entonces sus vidas se unieron definitivamente a Jesús. Solo un momento de vacilación durante la Pasión los apartaría de Él, y poco tiempo después volvieron.

2. Pero para poder seguir a Jesús, ellos debieron “dejar la barca y a su padre”. Elegir seguir a Cristo, necesariamente implica renuncias, dejar cosas, optar. Volviendo a la imagen anterior, seguir a Cristo implica renunciar a todo lo que es oscuridad, a todo lo que es pecado. Solo de este modo, rechazando toda oscuridad, podremos ser “pescadores de hombres”, podremos ser luz para nuestros hermanos que están en la oscuridad.
Lamentablemente nuestro tiempo se caracteriza por la pérdida del sentido del pecado. Muchas veces se acepta hoy, incluso en personas cristianas, comportamientos, actitudes, que claramente se oponen a la luz del Evangelio. Se aceptan como válidas conductas que se oponen diametralmente al sentido del hombre, a la dignidad de su cuerpo, al verdadero sentido de la sexualidad.

3. Hoy, queridos hermanos, quisiera que reflexionáramos juntos sobre una realidad que poco a poco ha entrado en la conducta de nuestro Primero de Mayo, y que se ha transformado, tristemente, en una de sus “atracciones”. Me refiero a los corsos. Hoy quisiera pedirle a Jesús que todos comprendamos que no se puede seguir a Jesús y participar, asistir o aprobar la perversa costumbre de los corsos. Hoy quiero pedirle a Jesús que nos demos cuenta, todos, de que los corsos son una realidad pecaminosa, de que es pecado participar o apoyar, porque este espectáculo contradice directamente el sexto y el noveno mandamiento de la ley de Dios. Y que debemos optar: no podemos venir a Misa y participar de los corsos. Mucho menos podemos comulgar el cuerpo y la Sangre de Jesús, y participar de este espectáculo degradante.
Soy conciente de que estas palabras pueden despertar asombro, o incluso rechazo. Asumo con todas sus consecuencias lo que voy a decir, como parte de mi deber de anunciar la verdad. No me ordené sacerdote para agradar, para caer simpático, sino para servir a Jesús y anunciar su verdad. No quiero juzgar a las personas, ni condenar: solo iluminar con la verdad de Jesús esta triste realidad, pidiendo al Señor para que todos los que se hallan en el error encuentren la verdad.

4. ¿Por qué estoy diciendo que los corsos son una realidad de pecado?
En primer lugar, quiero recordar que estos corsos, como se han ido desarrollando en los últimos años, no tienen nada que ver con nuestra cultura argentina. A partir de la década del 80, y bajo la influencia de los aberrantes carnavales de Río de Janeiro, se ha ido generando desde nuestra provincia un fenómeno cada vez más vasto, con una marcada influencia afro-brasileras, totalmente ajena a nuestro folklore y tradiciones, tanto criollas como de los inmigrantes que enriquecieron nuestra nación. Por lo tanto no puede aducirse, de ninguna manera, que estos espectáculos son un evento cultural: nada tienen que ver con nuestra identidad.
En segundo lugar, debemos aclarar que, aun en el caso que fueran un fenómeno que corresponda a nuestra cultura, nunca el pecado, la degradación queda legitimado. Porque la cultura no puede ir al margen del verdadero bien del hombre, de su verdadera dignidad. Un evento cultural no es tal si conduce al hombre al pecado.

5. Pero vayamos al corazón del conflicto. Decíamos que los corsos se oponen directamte al sexto y al noveno mandamiento: “No cometerás actos impuros” y “No desearás la mujer de tu prójimo” Cuando Jesús, en el Sermón de la montaña, llevó a su plenitud los diez mandamientos, agregó “Yo les aseguro que el que mira a una mujer, deseándola en su corazón, comete adulterio”. Con solo mencionar estas tres afirmaciones tan claras de la Escritura, el problema queda definido.
El espectáculo de los corsos, queridos hermanos, pone como principal foco de atención el cuerpo desnudo o semidesnudo de hombres y mujeres, pero sobre todo de las mujeres. No debemos mirar, pero si nos sorprende alguna filmación de algún carnaval, por ejemplo, nos daremos cuenta inmediatamente hacia donde apuntan los primeros planos de las cámaras: hacia los órganos sexuales de hombres y mujeres.
Esos cuerpos no sólo se transforman en objeto de deseo por estar desnudos o semidesnudos, sino sobre todo porque los pasos, la manera de bailar que se utilizan en los corsos son claramente sensuales y provocativos, apuntan a despertar la pasión de aquellos que los miran. Porque naturalmente el hombre y la mujer sienten atracción por el otro sexo: pero esta atracción tiene su lugar natural, en el plan de Dios, sólo en el matrimonio.
En los corsos, como en tantos otros espectáculos de nuestro tiempo, el placer sexual se busca como una fin en sí mismo, desvinculado del respeto y del amor a la otra persona. En este tipo de espectáculo, se despiertan los más bajos impulsos de la persona humana, lo más de animal que hay en ella. Hermanos, debemos ser realistas: cualquier varón sano psicológicamente no puede dejar de excitarse y desordenarse sexualmente al ver a una mujer contoneando su cuerpo semidesnudo, salvo que haya llegado a tal punto de degradación que ya sea incapaz de sentir esta atracción.
6. Los corsos son, entonces, una forma de pornografía: exponen a la vista de todos la desnudez corporal, que solo debería mostrarse al propio esposo o esposa. La persona que mira deseando en su corazón utiliza a otra persona como un objeto de placer. Esto desencadena, inevitablemente, una torrente de malos pensamientos, de malos deseos, y de malas acciones, de actos impuros. Mirar es ya una forma de infidelidad, pero todo esto puede conducir también a las relaciones sexuales prematuras o irresponsables, al adulterio, a la masturbación, etc. Como una simple anécdota, me tocó estar como diácono y sacerdote en dos ciudades donde el corso era ya costumbre. En ambas se hablaba de la cantidad inusual de nacimientos que se registraban, casualmente, nueve meses después de los corsos. Y recuerdo la reflexión de un hombre simple, en una misión: “¿cómo no va a haber embarazos, si bailan todos juntos, desnudos?”
Participar en los corsos, al fin y al cabo, es una forma de prostitución. Prostituirse es ofrecer el propio cuerpo, a cambio de dinero, para que otra persona que no nos ama obtenga placer sexual. El varón o la mujer que se desnudan en el corso se prostituyen. No hay tal vez un contacto físico, pero sabemos que mirar es también una manera de tocar, de aferrar, de poseer.

7. El clima en el cual se viven en esos días, allí donde los corsos se han hecho ya habituales - y en menor medida, donde se realicen- es de una excitación y exaltación de los malos deseos. Con frases como estas se promocionan los carnavales de Entre Ríos: “La noche se transforma en un espacio de expresión y liberación tanto para los lugareños como para los visitantes.” Y también “les permiten sentir, experimentar y encarnar el sentido del carnaval: liberación de las ataduras culturales y sociales que organizan y modalizan la vida cotidiana.” Abundan en la presentación del espectáculo la palabra seducción, provocación, etc. No es extraño, entonces, que en Gualeguaychú exista un trafico de personas muy organizado, con redes de prostitución infantil que explotan a adolescentes y jóvenes como objetos de placer.
Todo ellos junto a la venta de alcohol indiscriminada y al consumo de drogas que ayudan a desinhibirse, generando un ambiente de descontrol absoluto.

8. La fe cristiana nos invita a ser realistas, a no ser ingenuos, a asumir la realidad del pecado original y vivir concientes de ellas. No podemos jugar con la vida de la gracia. No podemos pretender caminar entre las llamas sin quemarnos. Exponernos sin necesidad a caer en pecado mortal es ya un pecado que nos aparta del Señor.
Alguien puede decir, quizá sobre todo algunas mujeres: “¡Pero yo no siento nada de esto, yo voy a admirar la belleza de los trajes y la preparación de las carrozas!”. Nosotros sabemos, queridos hermanos, que el cristiano nunca puede cooperar con el mal, nunca puede participar en una acción en la cual otras personas ofendan gravemente a Dios, sin pecar ellas mismas .Si vos no sentís nada malo, pero vas, estás contribuyendo con tu entrada a que ese espectáculo crezca, estás apoyando toda esa degradación, te estás haciendo cómplice de sus pecados. Además, estás dando mal ejemplo a otras personas: hermanos, hijos, nietos, padres, amigos. Por eso también es un pecado grave.

9. Toda la predicación cristiana sobre la castidad tiene un sentido muy profundo. El pecado de la lujuria no solo nos desordena como personas, sino que sobre todo nos aleja de Dios, nos vuelve carnales, incapaces de elevarnos hacia el creador. Para el lujurioso el misterio de Dios, su presencia en la Eucaristía, la belleza de la oración, permanecen impenetrables: su corazón está totalmente vuelto hacia la carne, endurecido para Dios y para las cosas de Dios. Será por eso que en nuestro pueblo, la tarde misma en que sepultaron a nuestro párroco, se realizaron los carnavales como si nada hubiera pasado, y muchos vecinos y cristianos participaron de ellos: hasta tanto llega la dureza del corazón.
En los primeros siglos de la historia de la Iglesia las personas solían bautizarse de adultos. Para ellos el Bautismo significaba un corte efectivo con todo pecado, con toda la realidad del pecado. En las antiguas fórmulas litúrgicas de la renuncia bautismal el nuevo cristiano profesa su intención de apartarse de aquellas diversiones normales del mundo, que eran deshonestas y escandalosas.

10. Queridos hermanos: hoy Jesús nos dice a nosotros: “Sígueme”. Ojalá que nuestra disposición interior sea la misma que tuvieron estos humildes pescadores. Ojalá seamos capaces de renunciar a todo lo malo.
Pero Jesús nos dice también “Quiero que seas mi luz en medio de la oscuridad. El mundo está en tinieblas, muchas personas están en las tinieblas, ayúdame a alumbrarlo con la luz de la verdad y el bien”.
¿Qué le responderemos al Señor? ¿Llevaremos esta luz a nuestras familias, a nuestro círculo de amigos? ¿O nos callaremos por cobardía, por miedo a que nos tachen de conservadores, de atrasados, o que se rían de nosotros?
Y no olvidemos: no podemos tener el corazón dividido, no podemos participar de la mesa del Señor y participar de los corsos. Si estamos dispuestos a vivir así, acerquémonos a comulgar. De lo contrario, estaremos dando a Jesús el beso traidor de Judas, lo estaremos vendiendo nuevamente.
Que la Inmaculada, la madre de la Pureza cristiana, a quien el Cura Brochero con tantos otros llamaron “La Purísima” nos anime a seguir en este camino.

jueves, 19 de noviembre de 2009

A cuatro años de una gran audacia divina...

No recuerdo si ya alguna otra vez conté que, cuando regresábamos desde la Catedral al Seminario, apenas ordenados diáconos, íbamos en el auto con Jorge, Walter y Leandro. En ese momento, después de la intensa celebración, recuerdo que compartí con ellos una idea que rondaba todos esos días por mi cabeza: realmente, Dios es audaz.
Es audaz porque no tiene temor de jugarse por el hombre. Porque a lo largo de la historia de la salvación va realizando cada vez acciones más "arriesgadas", casi diría más "ilógicas", para que lo conozcamos y amemos.
Su amor infinito no conoce límites ni fronteras. Y es capaz de correr el riesgo de ser representado por creaturas miserables, débiles, totalmente vulnerables.
Ese es el misterio de amor oculto en el sacramento del Orden: su gracia, la Unción de su Espíritu, nos hace ser "otros Cristos", y nos permite actuar "in persona Christi Capitis".

Hoy hace cuatro años de nuestra ordenación sacerdotal, un 19 de noviembre de 2005. Misterio insondable, día sublime en que nuestra humanidad -la de Jorge, la mía, la de Walter- quedó asumida en el misterio del Verbo eterno, que quería que nuestras manos fueran las suyas, nuestros pies los suyos, nuestra boca y nuestras palabras las suyas, nuestro rostro y nuestra mirada los del Dios hecho hombre.
Siempre recuerdo la procesión de entrada de ese sábado, a media mañana: la Catedral repleta, el sol entrando a raudales por los ventanales y la cúpula, el incienso que daba a todo una atmósfera celestial y misteriosa, el coro que entonaba "Pueblo de Reyes, Asamblea Santa..." Durante mis 9 años en el Seminario, había cantado casi siempre este canto, en cada ordenación. Ahora, increíblemente, nos tocaba a nosotros...
Toda la celebración fue de una enorme intensidad. Recuerdo muy bien el momento de la postración y las letanías: ¡qué sabia la Iglesia al hacernos postrar, al recordarnos en un solo gesto nuestra nada, nuestra pequeñez...! Y a la vez, ¡cuanta sabiduría al hacernos sentir la oración de la Iglesia militante, que suplicaba a la Iglesia celestial por nosotros...!
En este día hermoso, día de gratitud, día para cantar la fidelidad de Dios -más grande que nuestras infidelidades y miserias- tengo la certeza maravillosa de que toda la Iglesia nos sostiene. Que las oraciones de los santos nos anima e impulsa. Que la oración perseverante de tantos fieles sencillos es el motor de cualquier posiblidad de entrega. Esta mañana visité a una señora, postrada por un ACV, del que se recupera lentamente. Le pedí antes de irme: "rece por mí, rece y ofrézcase por todos los sacerdotes". Su respuesta fue enormemente consoladora: "siempre lo hago"
¡Gracias, Señor, por tanta confianza! ¡Gracias por cuatro años de tu fidelidad, a pesar nuestras infidelidades a tu amor! ¡Gracias por atreverte a confiarnos lo más valioso, el misterio de la Eucaristía, y las almas redimidas con tu Sangre Divina!
Madre: ayúdanos a ser siempre fieles. Como te dije el día de mi Primera Misa "Quiero marianizar totalmente mi sacerdocio. Quiero en tus manos ser, con toda mi vida, fuente de agua viva, regazo materno para el afligido, puente entre el Cielo y la tierra, hostia viva que se ofrece para gloria del Padre y se da como alimento al mundo"
"Totus tuus ego sum, et omnia mea tua sunt, in saecula saeculorum"

domingo, 18 de octubre de 2009

Dar como vos nuestra vida

Ave María Purísima!!!
En el Año sacerdotal, comparto con ustedes una canción al Cura Brochero, que hice en el año 2000 para un concurso por el encuentro de seminaristas que se realizó en esa localidad. Le hice un cambio en la letra, porque aquella decía "nosotros, seminaristas", y hoy, por gracia de Dios, dice "nosotros, los sacerdotes..."
Acá va la letra. Le agradezco a Pablo, que acompaña con su habitual calidad en guitarra y piano.
No tuvimos tiempo para que pueda cantarla él, así no tuve otro remedio que cantar yo...

Dar como vos nuestra vida

Canción al Cura Brochero

1. Por tu entrega generosa

¡sacerdote todo entero!

te tomamos por modelo

glorioso cura Brochero.

Al Señor diste tu vida

y por él a todo hombre:

que en cualquier hermano nuestro

el Señor mismo se esconde


2. Todo enfermo o moribundo

niño, pobre, rico, anciano

recibió siempre el cuidado

de tu amor grande y fecundo.

Fuiste hostia y sacerdote

para todos otro Cristo,

y en la lepra consumaste

de tu vida el sacrificio


Sacerdote de tu gente

sacerdote todo ´e Cristo

nosotros, los sacerdotes

de este tu pueblo argentino;

A Jesús hoy le pedimos

por medio de la Pur{isima

glorioso Cura Brochero

dar como vos nuestra vida


3. Por salvar su cuerpo y alma

hiciste escuelas y rutas,

y capillas, templos, gruta

para dar al Dios que salva.

Les alcanzaste mil gracias

por tu Misa y tu Breviario

a María los confiaste

desgranando tu Rosario


4. El Milenio que comienza

necesita curas santos

que le den el Evangelio

y lo muestren con sus actos

Y que al mundo testimonien

la Vigencia del Mensaje

que en le pago e´San Alberto

con tu vida proclamaste.


jueves, 8 de octubre de 2009

Un 9 de de octubre de 1994...

Muchas veces me preguntaron, durante mis años de seminario y también ahora, "cómo elegiste hacerte sacerdote"... Supongo que esa pregunta se la harán muchos, sobre todo en un tiempo donde la vocación al sacerdocio ya no es vista como algo "apetecible" para un joven cualquiera o para sus familias...
La respuesta, casi invariablemente, ha sido siempre: "yo no elegí, sino que fui elegido, me sentí llamado". Sólo el llamado de Jesús, su voz suave y firme que nos dice "sígueme", puede desencadenar la radical decisión de hacernos sacerdotes...
Y sigue otra pregunta, casi siempre: "pero, ¿cómo te diste cuenta? ¿Cómo supiste que Dios quería que seas sacerdote?"
Y aquí la cosa se complica. Porque la vocación es un misterio, un misterio de amor y de predilecciones divinas.
Y por eso es casi imposible de explicar, al menos como uno quisiera. Las palabras humanas quedan cortas, son meros balbuceos, para expresar lo inefable.
Yo sé, con toda certeza, que mi vocación es el sacerdocio. Sé que para eso he sido creado, que ese es el sueño de Dios sobre mi vida, desde toda la eternidad.
Pero me dí cuenta... hace exactamente ¡15 años!
Y cuando pienso en aquél 9 de octubre de 1994, y en todas las "casualidades" que se dieron, para que yo estuviera en cada sitio y con cada persona, y escuchara cada palabra, no puedo dudar ni un instante de que en todo intervino la mano providente del Padre...
Lo recuerdo todo casi con lujo de detalles: la lluvia torrencial que impidió el partido con el Depro, la posibilidad y el viaje frustrado a Gualeguay al encuentro de misioneros, la invitación del Padre Heraldo para ir con él, más tarde, en su Falcon celeste; la inusual invitación de Gustavo (hoy padre Gustavo) para tomar mates en su casa...
La revelación de su futuro: dejaría su carrera universitaria porque se sentía llamado por Dios y el año siguiente entraría al Seminario; la pregunta incisiva: "y vos, ¿nunca pensaste en ser sacerdote?", a la que respondí seguro: "la verdad que no..."
A las 8:30, la Misa, con poquita gente por la lluvia. Yo sentado a la derecha del Padre Reverdito, como monaguillo. Era el domingo XXVIII del ciclo B, y el evangelio era el del Joven Rico. "Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo; después VEN Y SÍGUEME" Y recuerdo como si fuera hoy la pregunta de Pedro, y la respuesta de Jesús...
Creo que el Padre Heraldo habló de la vocación, y de la alegría de la entrega, y de la grandeza de Dios que no se deja ganar en generosidad...
Y ya no recuerdo sino una sola cosa: cuando terminó la Misa, una certeza llenaba de paz mi corazón, y lo ensanchaba, y le abría horizontes infinitos: Jesús quería que yo fuera sacerdote. Lo sabía con toda seguridad, como que era domingo y viajamos a Gualeguay, y yo estuve todo el día "en otra".
¡15 años, Dios mío! Y desde entonces siempre, cada vez, siempre con la misma intensidad, incluso en los momentos más difíciles, continué experimentando esa serena seguridad de haber encontrado mi lugar en el mundo.
En este día lleno de hermosos recuerdos, quiero compartir con todos mi Magnificat:
¡Gracias Señor, por el don de la vocación! ¡Gracias porque sin mérito de mi parte, a pesar de mis pecados y mis limitaciones, me has llamado y me has sostenido hasta ahora! ¡Gracias por las personas que usaste como instrumento, y que sigues usando, para que conozca tu voluntad e intente ser cada día más "otro Cristo"!
¡Madre del Rosario! No dudo que el don de mi vocación ha sido una gracia tuya, recibida apenas un par de días después de tu fiesta. ¡No me sueltes nunca, y haz que cada día me entregue con más fervor! ¡Totus Tuus!

lunes, 5 de octubre de 2009

Ninguna alabanza es digna de Tí, oh María...

Estamos a unas pocas horas de empezar a vivir la Patronal, la Fiesta de la Virgen del Rosario. Ayer 4 de octubre, gracias a la inspiración de Otti y a la generosa disponibilidad de tantos coreutas, y de Eduardo, pudimos regalarle a la Virgen la Misa en su honor. Gracias a todos los que estuvieron: fue un momento muy emotivo, muy pero muy hermoso.
Ahora comparto con ustedes la carta pastoral que Monseñor Tortolo dirigiera a toda la Arquidiócesis el 1º de diciembre de 1973, en preparación a la coronación pontificia de la Virgen del Rosario. Es posible que el texto contenga errores, pero no llego a revisarlo ahora...
Este 7 de octubre Monseñor Mario nos invitará a renovar la Alianza de Paraná con María. Ojalá que este texto, tan rico, pueda ayudarlos a preparar esta fiesta.

La Santísima Virgen del Rosario

Reina coronada de Paraná


Queridos hijos:

Estamos sobre la hora del gran acontecimiento de la historia espiritual de Paraná: la Coronación Pontificia de su Madre y de su Reina, la Santísima Virgen del Señor quien nos ha venido conduciendo hasta esta etapa final.


I. UNA ALIANZA CON MARIA

Paraná con su vida de hoy, de ayer y del futuro, Paraná con lo mejor que tiene, que son sus hijos, quiere consagrarse a María Santísima y sellar con Ella una Alianza, un Pacto eterno de amor.

La firma de este Pacto, el sello visible de esta Alianza, será la Corona de Oro que los hijos de Paraná -en especial sus 32.000 hogares— pondrán sobre la frente de Madre, de su Patrona y de su Reina.

Esta Coronación no es, ni podría ser, un acto circunstancial y pasajero. Es la culminación de un profundo proceso espiritual. Ha nacido de la Fe, de una Fe expresada de distintos modos, vigorizada por la oración, fecundada por el sacrificio, sostenida por el fervor mariano de sacerdotes, religiosas y fieles.


II AL ENCUENTRO DE UNA GRACIA

Dios amó y sigue amando a Paraná con un amor concreto y personal. Este amor de Dios se llama gracia y esta gracia se llama Nuestra Señora del Rosario. Los hijos de Paraná han salido al encuentro de esta gracia. El Paraná del centro, de la periferia, de la costa del río -el Paraná de todos los barrios y todos los sectores- salió al encuentro de esta gracia y se viene preparando para recibirla y hacerla suya.

Algo muy grande ha ocurrido con la respuesta de nuestro pueblo.

Como acto de gratitud al Señor por todo lo que Él hizo entre nosotros, y también como acto de reconocimiento a nuestros sacer-dotes y a nuestros fieles, permitidle señalar los caminos humanos y divinos que nos están llevando al encuentro de esta gracia.

El proceso comenzó en Pascua, al impulso de la vida nueva y victoriosa de Jesús Resucitado. Comenzó casi en silencio, de rodillas.

Para despertar a los hogares de Paraná se hicieron más de cincuenta reuniones en casas de familia. Siguió luego la Cruzada del Rosario con más de diez mil rosarios repartidos, la visita de la Santísima Virgen a más de doce mil hogares, el audiovisual de la Historia de Fátima en dos versiones, repetidas más de noventa veces, la participación tan generosa del Magisterio y del Alumnado de las Escuelas de la Ciudad con tareas pedagógicas sobre los Misterios de María y su Presencia en la Historia Patria, la visita guiada de los escolares -mañana y tarde- a la Iglesia Catedral y a la Imagen Fundadora, la insistente y cálida voz radial de todos los días.

Pero ocurrió también otra cosa providencial. Las peregrina-ciones a la Iglesia Catedral para el Jubileo del Año Santo dieron otro ritmo de vida a nuestra Catedral. Los peregrinos han abierto rutas que podríamos llamar de la periferia al centro y han unido hasta físicamente las Parroquias del interior con la Iglesia Madre de Paraná.

En busca del Hijo se han encontrado con la Madre y, al con-fiarle a Ella ese mundo interior que todos llevamos dentro, han convertido la Catedral en Santuario y en fuente de gracias en favor de todo nuestro pueblo.

La presencia de miles de peregrinos anunciados para la tarde del 8 de diciembre, es obra de este despertar mariano. Diversos hilos de vida se van convirtiendo en un inmenso río de gracias. Es el anuncio de otras mayores porque es propio de Dios seguir dando más sí nuestra respuesta es cada vez mejor.


III. OBRA DEL ESPÍRITU SANTO: LOS NOMBRES DE MARÍA


Por estos caminos nos condujo el Señor para hacernos descubrir su Plan, al hacernos descubrir el nexo de unión con la Virgen del Rosario, y marcar con Ella la vocación espiritual de Paraná.

Dios nos la ha dado como signo y como prueba de su Bondad para con nosotros, pero al mismo tiempo para que Ella replasmara en nosotros su propio Misterio de Nuestra Señora del Rosario, al modo como las madres traspasan a sus hijos su propia fisonomía.

Debemos explicar ahora el fundamento y el contenido de este regalo de Dios. La Santísima Virgen es una sola y siempre la misma. Su plenitud casi infinita de gracias, ofrece también una multitud casi infinita de rasgos, de expresiones, de nombres y de títulos. Podemos llamar a Maria por algunos de sus Misterios históricos: la Virgen de la Anunciación o Nuestra Señora de los Dolores. Por algunas de sus virtudes: Nuestra Señora de la Humildad o de la Confianza. Por el lugar donde quiso aparecer: Lourdes o Fátima. Por sus mensajes maternos o sus expresiones simbólicas: los rayos de luz de la Medalla Milagrosa o las lágrimas de la Virgen de Siracusa. Hoy la invocamos también como Nuestra Señora de los Pobres o Nuestra Señora del Sí.

Los siglos han acumulado nombres y los seguirán acumulando en el futuro. Es obra del Espíritu Santo, presente en la Iglesia, que nos hace descubrir nuevas y vivas conexiones entre María Santísima y Dios, entre María y su Hijo, entre Ella y nosotros, entre Ella y el universo.

Estos nombres, estos títulos, estos misterios llenan de gozo el corazón de Dios porque proclaman su Gloria, cantan la grandeza y el poder de una inagotable Bondad.

Gozar de estas realidades es complacer sobremanera a Dios. Es reconocer las obras de sus manos y cantar la riqueza de su Gracia, es asociarnos al Magnificat, surgido de los más profundo del alma radiante de María, en la que ya estaba presente nuestra ansiada Coronación.

El Magnificat es el preludio de toda la exaltación futura, exaltación que el mismo Dios reclama, y a la que equivocadamente algunos han llamado triunfalismo.


IV. NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO


Ahora bien, podemos preguntarnos qué misterio se oculta bajo este nombre del Rosario. En realidad, es el título más universal porque contiene el Misterio de la Redención humana, todo el obrar de Dios fuera de Sí mismo. Contiene todo el Misterio de Cristo que comienza con la Encarnación -inmediatamente después de la Anunciación del Ángel-, continúa por su vida, su Pasión, su Muerte y su Resurrección, culmina con su triunfo sobre el pecado y sobre la muerte y con el retorno al Padre.

Decir:Nuestra Señora del Rosario, es decir: Nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia.

Toda esa realidad, todo este contenido le fue dado a Paraná cuando el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires -instrumento humano manejado por Dios- creó el 23 dc octubre de 1730 la Parroquia de Paraná y declaró Patrona a María.

Es antiquísima la costumbre de dar un Santo Protector, o poner bajo la protección de la Santísima Virgen pueblos, profe-siones, instituciones. Esta costumbre está avalada por la Teología. Se funda en el Misterio de la Comunión de los Santos y en la promesa del Señor de ratificar en el cielo lo que su Iglesia hace en la tierra por obra del Espíritu.

Paraná no había nacido todavía. Por los organismos normales de la Iglesia se daba a Paraná una Patrona que sería Madre, Fundadora y Alma de la Ciudad: María Santísima del Rosario. Una pequeña Imagen la haría visible.

Todos sabemos que la Imagen no es la realidad, pero la repre-senta, como ocurre con una foto o con un cuadro. Por eso, cuando hablamos de Coronación entendemos que el gesto de coronar acaba en la Imagen, pero la realidad a la que tiende y da valor al acto es la misma Virgen María, hoy en cuerpo y alma en la gloria.


V. SUMERGIRNOS EN LOS MISTERIOS DE CRISTO


Dios ha puesto lo suyo; exige ahora lo nuestro. El vínculo entre la Ciudad de Paraná y la Virgen del Rosario es obra de Dios. Nosotros debemos vivirlo cada uno de nosotros así como toda la Ciudad, y vivirlo en la vida de cada día.

La Santísima Virgen cumple, como Madre, su misión de velar y de intervenir secretamente mediante su influjo y su presencia. Pero, en cambio, ¿vivimos nosotros nuestra filial dependencia de María y encarnamos el contenido de su gran Misterio?

No es fácil responder en alta voz. Sin embargo debemos recor-dar que la Virgen del Rosario, de un modo sobreeminente, encarna tres valores, tres elementos esenciales que surgen espontáneamente a la luz del Evangelio.

1) María vive siempre con Dios: “El Señor está Contigo y Tú con Él”. 2) María crece en gracia y santidad: “Llena eres de gracia”. 3) María santifica su deber de estado: gozosamente se reconoce “esclava del Señor” porque sólo quiere cumplir su Divina Voluntad.

Estos tres valores los vive en la atmósfera sagrada de un humilde hogar, a través de su vida de familia, sufriendo, sirviendo, amando.

Ella realizó y vivió con incomparable intensidad estos tres valores. Ahora desde el cielo quiere trasvasarlos a nuestro espíritu. ¿De qué manera?

Colaboradora de Dios, insiste en un camino, humilde pero seguro: el Santo Rosario. No se trata de pasar cuentas entre los dedos. Se trata sumergirnos en los Misterios de Cristo e, iluminados por la Fe y el Amor, contemplar su Rostro sus gestos escuchar sus palabras, seguir sus pasos.

Surgirá al instante una luz junto a otra luz, María junto a Cristo, unida a Él, identificada con Él. Y como tomándonos de la mano nos conducirá al interior de Cristo, después de habernos hecho gustar su propio interior de Madre.

Esto es lo esencial del Rosario, estos son los Misterios del Rosario, a los que se unen como una melodía un poco lejana el Padre Nuestro y las Ave Marías.

Recordar estos Misterios no es recordar un hecho que fue, como se recuerda una batalla. Recordarlos en medio de la oración es sumergirnos en la vida temporal y gloriosa de Jesús, es sentir su calor, su amor, las vibraciones más íntimas de su espíritu. Es entrar en el alma de María, dejarnos formar, educar con Ella como hijos de Dios para vivir en el cielo.


VI. ¡VOLVEMOS A REZAR EL ROSARIO!


Gracias a Dios el Rosario vuelve a rezarse en Paraná. Varones y mujeres no se avergüenzan de llevarlo y menos de rezarlo. Los niños de la generación actual crecerán marcados por él. Y nosotros, los adultos queremos pasar esta llama sagrada a la generación de jóvenes que nos siguen. Gracias a Dios el Rosario vuelve a ser oración habitual para los alumnos del Seminario; presagio de los apóstoles de fuego que vislumbra San Luis de Montfort.

El Rosario renacer con ese vigor que caracteriza a una prima-vera cuando el invierno fue largo o fue duro.

Quienes marginan el Rosario de la vida espiritual pierden mucho y quizá ignoren que marginan el Evangelio -al que dicen descubrir- y marginan una forma inequívoca de experimentarlo auténticamente.

El demonio conoce también la virtud oculta y omnipotente del Rosario. Por eso su trampa de substituirlo por algo mejor para anularlo después. Él bien sabe cuánto gana con ello.


VII. LA CORONAMOS Y NOS CONSAGRAMOS

Queridos hijos:

El próximo 8 de diciembre ocurrirá algo muy grande entre nosotros. El Señor nos ha hecho ver más de cerca el Don de su Divina Madre; Don otorgado a Paraná bajo el título de Nuestra Señora del Rosario. Al agradecer este Don queremos comprome-ternos con Dios y con su Madre. La Coronación es un acto de reconocimiento por el pasado y es un compromiso para el futuro.

Coronamos a María primero en el corazón de cada uno de sus hijos, pero luego la coronamos en el corazón de la Ciudad y aceptamos las exigencias que la Coronación impone: fidelidad, entrega, servicio, amor apasionado.

Coronación y Consagración son palabras que se complementan y exigen todo, tanto del hombre como de la Ciudad. La coronamos como Reina y como Madre y nos entregamos consagrados a esta doble realidad.

Paraná nunca dejó de ser hija de la Virgen, pero hoy proclama y reconoce su condición de hija dc la Virgen del Rosario como la vocación espiritual que ha de cumplir con heroica firmeza.

Paraná como Ciudad tiene su propia vocación, su misión histó-rica que sólo Dios conoce. Pero Paraná será fiel a su vocación y a su destino si es fiel a la Virgen del Rosario, dada por Dios antes de que Paraná naciera.

Por eso, ante Dios y ante los hombres, Paraná dice que Sí a esta Coronación y a la Consagración que entraña. Para esto quiere sellar al modo bíblico un Pacto y una Alianza de amor eterno con María Santísima. El contenido del Pacto y de la Alianza se expresa en esta breve frase, inscripta en el corazón dc cada paranaense y de toda la Ciudad: “Madre del Rosario, todo lo nuestro es tuyo, todo lo tuyo es nuestro”. Juramos ser fieles hasta morir.