miércoles, 26 de agosto de 2009

Canción a la Virgen del Rosario con tonos

Ave María Purísima!!!
Estamos a punto de recibir en nuestra Parroquia una visita enormemente grata... Una de las réplicas de la imagen de Nuestra Señora del Rosario nos visitará del 29 de Agosto al 12 de Septiembre. Dios quiera que sean días de gracia abundante para todos.
En un comentario reciente me pedían los tonos de la canción a la Virgen del Rosario que subí la otra vez -y que acompaña el video que está en youtube, al que pueden acceder en la columna de la derecha.
Publico nuevamente la letra, esta vez con los tonos. Son los más sencillos, los que sepan tocar muy bien pueden incorporar muchos más. En la mitad de la tercera estrofa pasa de RE a MI, con la misma secuencia transportada.
Que la Virgen del Rosario los cuide!

Maestra de Contemplación
RE LA
1. Madre y Reina del Rosario
Sim Fa#m
En Paraná en nuestra casa
SOL RE
Te quedaste con nosotros
MI7 LA7
Para ser fuente de gracia
RE LA
Vos forjaste su destino
Sim Fa#m
La instruiste en tu alabanza
SOL RE
fuiste Madre y protectora
SOL LA7 RE
Luz regazo y esperanza

SOL LA RE LA7 Sim
Enséñanos a contemplar

SOL LA RE
el rostro de tu Hijo

2. Joven hija de tu Pueblo

por tu sí tan generoso

el Eterno Hijo del Padre

trajo al mundo inmenso Gozo

Fuiste aurora que anunciaba

que la noche había pasado

porque en cada Eucaristía

Jesús Luz se había quedado


3. Fiel discípula de tu Hijo

a la Cruz lo acompañaste

tu Dolor fue tan fecundo

que otros Cristos engendraste

Es por eso que en su triunfo

como nadie vos gozaste:

elevada en Cuerpo y alma

nuestra Gloria anticipaste.


domingo, 16 de agosto de 2009

Peregrinar al Corazón de la diócesis

Hoy, domingo 16 de Agosto, se realizará la tradicional peregrinación de las parroquias al Seminario Arquidiocesano “Nuestra Señora del Cenáculo”. Esta iniciativa tan particular nació del padre Percara, párroco de San Francisco de Borja por más de 40 años, junto al padre Bottegal cuando estuvo en San Benito. Ellos tuvieron la intuición de que esta peregrinación encerraba una gran valor para toda la Arquidiócesis.


¿Por qué peregrinar ahí?

Al acercarse la fecha, me puse a pensar cual era el sentido profundo de esta marcha, ¿por qué caminar hacia allí?. Este caminar es diferente a otros que conocemos.

Se peregrina a los santuarios Marianos, a aquellos sitios donde María ha manifestado su amor y su misericordia, apareciéndose a alguno de sus hijos o señalando su predilección por algún lugar. Así, millares de fieles concurren a Luján o a San Nicolás. También se peregrina hacia sitios donde María es venerada de modo particular, aún sin haber ocurrido alguna aparición. En nuestra Arquidiócesis, decenas de miles concurren en peregrinación a la fiesta de la Virgen del Carmen en Nogoyá, o participan de la peregrinación “Hasenkamp-Paraná”.

También se peregrina, por ejemplo, hacia los lugares donde ejercen su ministerio sacerdotes enriquecidos por el Señor con dones especiales al servicio de su Iglesia. Así, desde toda Francia peregrinaron hacia la pequeña aldea de Ars, para confesarse con su santo cura, Juan María Vianney. Entre nosotros, innumerables personas van hasta Rosario, buscando en el P. Ignacio alivio para sus almas y sanación para sus cuerpos.

¿Por qué peregrinar al Seminario? ¿Qué hay allí de importante, que amerite nuestra presencia?

Los documentos del Magisterio de la Iglesia nos enseñan que el Seminario es “el Corazón de la diócesis”. ¿Por qué? Porque es el lugar donde se preparan los futuros pastores del Pueblo de Dios, aquellos que a través de la Palabra y los sacramentos darán Vida eterna a todo el Pueblo de Dios. Es un lugar sagrado, porque en él se preparan los ministros sagrados. Con razón la Iglesia siempre ha considerado los seminarios como uno de sus tesoros, los ha cuidado y protegido como se protege el “seno materno” de una mujer que está por dar a luz.


Los “misterios” del Seminario.

No todos ven eso tan claro. Muchos desconocen el Seminario, y esto da lugar a las más variadas “teorías” sobre el mismo, en las que se mezclan elementos telenovelescos con “leyendas” populares. A lo largo de mi camino hacia el sacerdocio y también siendo ya ordenado, he escuchado diversas apreciaciones.

Algunos la “idealizan”. Piensan que tras sus paredes no hay maldad de ningún tipo, sino que conviven almas angelicales dotadas de todas las virtudes.

Otros, en cambio, imaginan el Seminario como una cerrada estructura de presión, como un lugar donde a los jóvenes inocentes se les “lava el cerebro”. O como un lugar donde, bajo una apariencia de virtud, se cometen los pecados más bajos.

Algunos más se preguntan: ¿por qué es tan larga la carrera? ¿tantas materias tienen? ¿no las pueden hacer más rápido? No falta quien imagina que los futuros sacerdotes son instruidos en todas las ciencias humanas y positivas. Muchas veces me han insinuado: “claro padre, porque a ustedes en el Seminario estudian de todo, ¿no es cierto?”...


La verdad del Seminario.

La verdad es que el Seminario no es ni una cosa ni la otra. Es una casa de formación, con una estructura de autoridad muy clara, pero donde se intenta vivir el Evangelio. Las normas de disciplina existen: son indispensables. Pero cada uno de los que allí vive las ha aceptado e intenta encarnarlas por amor a Cristo con la convicción de que de ese modo crece, cada día, en su configuración con Jesús.

En el Seminario no hay misterios, no hay cosas escondidas: calabozos subterráneos donde se castiga a los indisciplinados; o salas ocultas donde se realizan fiestas prohibidas. Todo es transparente. La vida de los muchachos es simple: rezan, van a Misa, trabajan en diversos oficios, limpian la casa, asisten a clases, estudian solos o en grupo, comparten momentos de recreación... Todo esto justamente dosificado, para formarse en las dimensiones humana, intelectual, espiritual y pastoral.

¿Por qué es tan larga “la carrera”? No porque estudien Derecho Civil, Medicina, Análisis Matemático o Biología molecular... Los años de formación -que hoy por hoy son al menos 8- tienen como finalidad que el candidato que se siente llamado al sacerdocio tenga tiempo de discernir bien su vocación, para ver si realmente proviene de Dios o es fruto de su imaginación, o un entusiasmo pasajero. Y son muchos años porque se necesita tiempo -toda la vida, en realidad- para ir formando un corazón semejante al de Jesús, Buen Pastor.

Porque los que son llamados al sacerdocio son jóvenes comunes y corrientes. No son ángeles caídos del cielo ni seres extraordinarios, criados en una aislamiento total del mundo y su pecado, incontaminados con la malicia de nuestro tiempo. No. Tienen virtudes y defectos, fortalezas y debilidades. Y por eso es perfectamente comprensible -aunque sigue siendo malo, siempre- que también existe el pecado, la malicia. Y tal vez cada uno de nosotros conozca historias que desdicen del sentido y la finalidad de esa casa. Pero el pecado, la infidelidad de seminaristas o formadores -que existen, obviamente, o al menos existieron: yo estuve allí y soy pecador...- es la excepción, no la regla. El ambiente general, el clima espiritual es el de cristianos auténticos, llamados al sacerdocio, que luchan por ser fieles a Cristo y a su vocación. Es un ambiente de libertad y de felicidad verdadera. Tal vez pocos imaginan la alegría de un recreo o incluso de una clase en el Seminario. Quienes lo hemos vivido, lo recordamos con enorme gratitud. Otro día tendré oportunidad de escribir más sobre mi paso por esa casa de formación.


¿Qué sentido tiene, en síntesis, peregrinar?

Los fieles de la Arquidiócesis vamos al Seminario a decirles a los chicos que allí se forman: estamos con ustedes. Los necesitamos, porque necesitamos a Jesús Eucaristía, porque sin la Eucaristía nos morimos de hambre. Y los necesitamos santos, totalmente entregados. Por eso rezamos y ofrecemos sacrificios. Por eso los apoyamos también desde lo humano, atendiendo a sus necesidades materiales.

Vamos al Seminario a manifestar nuestra fe en el misterio del sacerdote, y en la certeza de que , aún cuando siempre los ministros son limitados, son absolutamente necesarios.

Que la Virgen del Cenáculo nos conceda poder vivir esa peregrinación como comunidad arquidiocesana con entusiasmo y gran sentido de fe.

lunes, 3 de agosto de 2009

Homenaje a nuestro Santo Patrono

¡¡¡Ave María Purísima!!!
Comenzamos a celebrar en estas horas al Santo Cura de Ars. Ando corto de tiempo pero no quería dejar de hacer un pequeño homenaje a este gran santo. Recuerdo todavía cuando, a mis 15 años, el p. Heraldo Reverdito me dio a leer su vida, en la versión de Francis Trochu. Su figura ascética, su entrega heroica, su amor a la confesión, todo fue calando muy hondo en mi corazón juvenil... Lástima que lo imite tan poco...!
En homenaje, subo una de sus imágenes más conocidas, la de Cabuchet, pero con una mejor resolución de las que encontré en internet.
Y les robo a los chicos del Seminario de Paraná -gracias, desde ya- el artículo de Monseñor Tortolo sobre el Cura de Ars que acaban de subir.
No elviden rezar por nosotros mañana!!!





El cura de Ars, o la mística del instrumento

En la Historia de la Misión de Santa Teresa de Lisieux, Urs von Balthasar afirma lo siguiente: “Podemos decir que Teresa junto con el Cura de Ars representa el único ejemplo absolutamente evidente de una misión teológica en amplio sentido dentro del siglo XIX”. Quizás olvide a los héroes de la caridad -la más teológica de las virtudes-, pero no puede negarse que la vocación de San Juan Vianney en el Cuerpo Místico ha sido y sigue siendo una eminente vocación teologal: el Cura de Ars personifica en su vida la teología de la instrumentalidad sacerdotal.

Ignoramos si es bajo este aspecto que von Balthasar reconoce la misión teológica del Cura de Ars, Para nosotros, sinceramente radica allí. Más allá de los hechos exteriores, de los juicios de sus coetáneos que lo consideraron sólo como modelo de párrocos, parécenos que el Señor lo ha entregado a su Iglesia para manifestar la doble virtud: de su gracia en la nada de un hombre y de la nada de un hombre que se ha dejado actuar por la gracia.

Con ingenuidad infantil pero con dura firmeza de obrero, San Juan Vianney depende de Dios, y trabaja y vive en esa dependencia omnímoda. Pero pone su parte, más que como don, como deber, llegando a la totalidad del don. La gracia tiene que vencer no resistencias positivas, pero sí una densa opacidad natural; la gracia sacerdotal debe instrumentarse, sobre todo, en un compuesto rudo y dentro de un ambiente gris y estrecho. Todo en él es pobre, hasta su físico. Pareciera que Dios ha buscado un mínimum de hombre para manifestar su riqueza y el poder de su gracia; pero, al mismo tiempo, para dar una respuesta de misericordiosa ironía a la autosuficiencia del siglo de las luces y de los siglos subsiguientes. Este hombre, sin saberlo, sin soñarlo, sin quererlo, encarna para toda la Iglesia y para lo más alto de ella, el sacerdocio, una misión teológica. ¡Qué insondables los juicios de Dios, qué sublime su trama! San Juan Vianney ha vivido la mística del instrumento y la ha vivido del modo más sublime: ignorándolo. Las reflexiones que siguen pretenden descubrir la línea vertebral de este hecho, o de este vaso: Dios-Vianney.

I. LA TEOLOGIA DEL INSTRUMENTO

El Verbo Encarnado es el libro del hombre. Los dos órdenes: divino y humano, están inscriptos en Él sin tachas y sin enmiendas. Las dos operaciones: divina y humana, actúan en Él sin oposición y en armonía invariable.

La Edad Patrística nos ha legado la expresión teológica que concreta mejor la presencia unificada de esta doble virtud de Jesucristo: su vida “teándrica”.Santo Tomás de Aquino -como toda la Escolástica- recoge esa genial expresión, más aún, la extiende, acentuando el valor sacramental de la Humanidad de Jesucristo, y nos lega a su vez los principios que informan la teología del instrumento humano en colaboración con Dios.

La Humanidad de Jesucristo es el instrumento, el órgano unido a la Divinidad. Gracias a esta conjunción por la unión hipostática, esa Humanidad se convierte también en causa eficiente de la salud del hombre.“En Cristo la operación de la Humanidad participa en algo de la virtud divina, porque todas las cosas que convienen en un Supuesto, sirven de instrumento a lo que es principal. De este modo la Humanidad de Cristo es considerada órgano de la Divinidad. Por lo tanto, todas las acciones y pasiones humanas, por virtud de la Divinidad, fueron causas de salud” (Comp. Theol,, c. 212).

Y en otro lugar señala la actividad consciente y autónoma de la Humanidad de Jesucristo: “La Humanidad de Cristo es el instrumento de la Divinidad; instrumento animado por el alma racional, que es actuado, pero de modo que también actúa” (Sum. Theol., III P., q. 7).

Instrumento actuado y actuante. He aquí el nudo dinámico en el misterio redentor de Jesucristo y la eficiencia de su virtud. Toda la vida divina que desciende al hombre y al mundo, desciende gracias a este nexo misterioso.

Nadie como el sacerdote está en la línea instrumental de Jesucristo. Nadie como él tiene la virtud de producir los mismos efectos. Y, por lo tanto, nadie como él es actuado y movido por Dios. Pero al ser instrumento racional y libre, nadie como él es actuante. Nadie entonces como el sacerdote debe estar unido a la Divinidad para recibir la fuerza íntegra del impulso divino; y nadie como él, dispuesto activa y positivamente a secundar ese impulso.

La vida sacerdotal debe ser el mejor reflejo de la vida teándrica de Jesucristo. Por eso, el Ejemplar perfecto de la mística de la instrumentalidad sacerdotal es Jesucristo. Él mismo, como “opus operatum” sacramental, impulsa a vivirla. Al mismo tiempo, insistirá desde afuera con su ejemplaridad. La aproxima en el tiempo y la encarna en almas-tipos.El Cura de Ars es una de estas almas, Arquetipo sacerdotal en toda la amplitud del término. Ha vivido la mística del instrumento del modo más constante, más íntegro, más heroico. Su razón de ser parece haber sido ésta y no otra.

II. PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA INSTRUMENTALIDAD

Señalemos algunos principios teológicos para entender mejor la misión y la lección universal de San Juan Vianney. De la Humanidad de Jesucristo, impregnada y vitalmente animada por la virtud divina, parten los principios de la instrumentalidad humana. Siempre que para producir un efecto sobrenatural concurren Dios y el hombre -gracia, sacramentos, acción de los dones- el Doctor Angélico repite las mismas expresiones que ha dicho sobre la sacramentalidad de la Humanidad de Jesucristo, movida y moviente, actuada y actuante. A las mismas expresiones recurre al exponer la instrumentalidad sacerdotal.

Destaca la libertad del instrumento humano. Y la libertad, enclavada en el centro mismo del hombre, crea ese capítulo de posibilidades múltiples y hasta opuestas: defección, obstrucción, colaboración. El principio genético, la idea central, la palabra clave de la Instrumentalidad libre es la palabra “unión”, unión con el Agente principal. Unión que no es una simple continuidad entre uno y otro -un punto de contacto- sino que además de esto significa el aporte común de las dos fuerzas, la misma dirección en el trabajo, la identificación en una misma acción.

Esta unión comienza por el aspecto negativo: la exclusión todo obstáculo a la fuerza divina actuante. Pero debe terminar en el aspecto positivo: la indiferencia personal, la disponibilidad activa, la colaboración total.La gloria del instrumento libre consiste en plegarse por entero favoreciendo el impulso del Agente principal. Es la contribución personal, insignificante y mínima, pero contribución personal al fin, a la acción de Jesucristo.Probar estos principios equivale a probar todo el dogma de gracia. Bástenos una alusión al capítulo 15 de San Juan, tan categórico para San Agustín, y convertido en cánones por el Concilio de Orange. San Juan Vianney lo vivió en toda su vida y todo su ministerio por vía sapiencial. Su misión teológica consiste precisa mente en reeditarlo.

El capítulo de San Juan es una condensación de todo el plan salvífico de Dios; condensación, por otra parte, tan frecuente en la Sagrada Biblia. Pero esta síntesis tiene sin embargo un valor único:
se trata de una revelación personal de Jesucristo el Actor inmediato de todo el plan de redención; tiene un innegable carácter de legado y de testamento, y el destinatario inmediato es el mismo Colegio Apostólico.
La redención y la gracia están cifradas en la comunicación de la Vida divina; pero esta comunicación se realiza del modo más profundo: por la inmanencia vital de Jesucristo. Esta inmanencia entraña la participación en todo el misterio de Cristo, desde la tierna solicitud del Padre hasta el odio satánico del mundo. Por virtud de esta inmanencia se corre la misma suerte.Los versículos 15 y 16 de dicho capítulo enuncian la dirección apostólica del mensaje: “Ya no sois mis siervos, sino mis amigos, porque os he revelado todos los secretos del Padre, No me elegisteis vosotros a Mí sino Yo a vosotros. Os envío para que deis mucho fruto”. La disposición permanente para ser utilizado como instrumento supone y exige un alma libre: mundi estis; libertad interior gracias a la muerte de sí mismo y a una constante pureza. No en vano ya desde el comienzo mismo habla el Señor de purgaciones y de podas.

La dialéctica de la instrumentalidad sacerdotal está expresada en el misterio de la comunión vital con Él. Cristo se subraya y confiesa dependiente del Padre al estampar en el prólogo de esta revelación: “Yo soy la Vid, pero mi Padre es el Viñador. Yo soy el instrumento del Padre; pero vosotros sois mis instrumentos”. Por ello, atendiendo a los frutos divinos que sus instrumentos deben producir, en medio de esta revelación establece y define con carácter de apotegma teológico: “Sin Mi nada podéis hacer”. La colaboración humana a la salvación de los hombres es siempre un misterio densamente obscuro. El único Salvador es Jesucristo. Desde Él, puro, libre y flexible a su primer movimiento, el sacerdote se convierte en salvador con Jesucristo.

La expresión “instinto sobrenatural” expresa esta realidad teológica. Poseer un instinto sobrenatural apostólico es poseer una conciencia instrumental activa. En la raíz de esta conciencia está presente la ley de la renuncia personal. En su crecimiento: la docilidad, la humildad y la oración. Cuando se da este instinto el instrumento libre no sólo no renuncia a su propia actividad, sino que, purificada, la acrecienta. Entonces el “movetur et movet, agitar et agit” convierte al instrumento libre en copartícipe y concausa de los mismos efectos que produce Dios.

III. LA INSTRUMENTAUDAD DE VIANNEY

Consideremos ahora la instrumentalidad de San Juan Vianney. No podemos prescindir del tiempo y del espacio, elegidos por Dios para encarnar esta gracia, verdadero carisma, en favor de la Iglesia, los sacerdotes y el mundo. El tiempo y el espacio perfilan mejor el carácter de la gracia.

El caos europeo es anterior a la Revolución Francesa. Pero ésta lo estabilizó. Tenemos hoy una adaptación psicológica y hasta espiritual para el caos y el desorden. Al menos estamos prevenidos. Entonces no fue así; casi de golpe salió Europa de sus viejos cauces quebrando el vendaval revolucionario todas las estructuras cristianas.

El siglo de las luces no cambia la suerte de Europa, pero la cubre por de fuera con cierto desorden de los espíritus. El tono del siglo lo da la ciencia. La palabra científica -escrita o hablada, libros y oratoria- tiene un valor mágico. Francia sigue siendo Europa pese a su quebranto económico y militar. Y Francia sigue dando el tono al mundo y al pensamiento de Occidente.El positivismo francés fermenta en el pensamiento general, de tal modo, que, incluso combatido, deja algo de su tóxico dentro de la misma Iglesia de Francia. La apologética, la oratoria, el púlpito de Notre-Dame padecen la sugestión de la ciencia. La Razón es la gran palabra. Es la palabra del momento. Insensiblemente penetra en el ámbito sacerdotal y, casi sin caerse en la cuenta, el Depósito de la Fe se va racionalizando en obsequio de la razón. Los valores estrictamente sobrenaturales quedan en la penumbra. Se acentúa el factor “hombre” en cuanto este hombre es un valor intelectual. Data de entonces el habitual recurso apologético de enumerar a los grandes sabios entre los creyentes.

Por factores históricos, vividos o padecidos -galicanismo, absolutismo, revolución, restauración-, latente la alianza entre el trono y el altar, en la subconciencia del clero francés se espera del Poder Civil la restauración espiritual de Francia. Por esto mismo, no se advierte la rapidez de la secularización y profanización de toda la vida humana. No se intuye que se aproxima la hora de la gran soledad de la Iglesia -culminante hoy- y que por lo tanto es urgente poner en pie los grandes valores sobrenaturales trabajando desde adentro al individuo. En cierto modo no se advierte que hay que comenzar de nuevo.Dios en cambio seguirá su estilo paradojal. El más pobre, el último estudiante de Teología en San Ireneo de Lyon, Párroco de la última Parroquia de Francia, convencido hasta la médula de ser el último sacerdote del mundo y, por añadidura, destrozado por la angustia de su propia salvación, será la respuesta de Dios y será el instrumento de su gracia misericordiosa para todo el mundo. Para reconducir el pensamiento humano a Dios y restituir la sociedad a la Iglesia, humanamente hablando hubieran parecido indispensables un Bernardo de Claraval, un Francisco de Asís u otro Tomás de Aquino. Para la Alta Edad Media esas gracias fueron concedidas en grandes vasos. El mundo mereció y hasta pudo producir esos tipos de valores.

Para el siglo de la autosuficiencia la gracia misericordiosa de Dios tiene que ser paradojal; mezclada con ironía divina. De este modo, las abrumadoras distancias entre el factor humano y los efectos divinos que produce advertirán al mundo católico, al mundo repaganizado, y sobre todo al mundo sacerdotal, cuál es e1 verdadero eje de la gracia y de la salud divina. Cada siglo tiene su pecado. O, mejor dicho, el pecado de cada siglo tiene su ropaje peculiar. También la gracia. Al pecado a veces lo protagoniza un hombre o una escuela. También a la gracia. Por El pecado del siglo XIX fue la autosuficiencia intelectual, la pseudo ciencia. La gracia misericordiosa de Dios será encarnada en un sacerdote que, además de no haber caído en el pecado del siglo, por su sola existencia es un escándalo para el mismo siglo y su pecado. Un día hasta sus hermanos sacerdotes se avergonzarán de él. El verdadero destinatario de esta gracia no es ni sólo ni primariamente el racionalismo y el positivismo francés. Ni mucho menos es Ars. El destinatario directo de esta gracia es todo el Cuerpo Místico y, con carácter de primacía, lo es todo el sacerdocio.Ningún Obispo de la Iglesia habría confiado a Vianney su Seminario. Dios, con todo, lo quiere rector, maestro y molde de infinitas generaciones sacerdotales. Hasta el final de los siglos no se hablará de teología sin Santo Tomás, de mística sin San Juan de la Cruz, de cuestiones sociales sin León XIII. Tampoco podrá hablarse de apostolado fecundo con medios pobres o en ambiente adverso, ni podrá hablarse de síntesis vivencial entre contemplación y acción, sin el Cura de Ars. Menos aún podrá hablarse de Parroquia sin hablar de él.

IV. DIOS ELIGE A UN DESPOJADO

El Cura de Ars ignora para qué lo precisa Dios. Si él llegara a intuir su misión personal dentro de la Iglesia, moriría de espanto. Si llegara a contemplar el futuro, habría enloquecido. Una misión teológica universal sobre sus hombros es algo absurdo.Es que Dios cuando quiere dar una lección al mundo -y en este caso al sacerdote- exagera los rasgos. Diríamos que intencionalmente exagera lo pobre que ha elegido. Más que nunca en estos casos sigue su invariable “confundere fortia et eligere inutilia”. San Juan Vianney es una extraordinaria lección de Dios. Nadie podrá negar, por demasiado evidente, los poquísimos dones humanos que posee y los ínfimos valores que rodean su vida parroquial.

Comparado con los Santos conocidos del siglo XIX ninguno corno San Juan Vianney está despojado de lo que hoy se llama personalidad relevante. Seminarista del último banco y de las últimas notas, ordenado sacerdote casi por compasión, sumergido de entrada en una vida y en un escenario aplastante, monótono y apto para la anquilosis y el enervamiento moral. Ni siquiera es un suburbio de París o de Lyon. Su parroquia de cuarenta años ininterrumpidos es Ars, población de 250 almas escasamente. Los carismas aparecen cuando ya él es el Santo. No dispone de un natural precozmente sobrenaturalizado; ciertos contornos defectuosos perduran muchos años en su conducta externa. No tiene esa gracia humana, esa distinción que otorga a la santidad una seducción inmediata. Sin prestancia física: su rostro fue comparado al de Voltaire. Una depreciación personal en sus actos y en su conducta lo acompaña siempre. Su pensamiento teológico es tan simple que no excede al de cualquier catecismo. Ignora la problemática pastoral de su edad en el conflicto entre la Fe y la Ciencia. Tampoco tiene el respaldo de un Instituto religioso que lo proteja y avale. El mismo Obispado -Lyon o Belley- no le puede prestar apoyo ni atención. Cuando Belley despierta, Ars ya es Ars. En su vida, y sobre todo en sus grandes horas, no aparece el Director espiritual o el libro denso que lo orienten. Es fácil que jamás se escriba un capítulo sobre sus grandes amistades, excepto las del cielo.


Vianney enfrenta solo, absoluta y heroicamente solo, su existencia providencial y asume también solo el misterio incógnito de su vida, sobrecargado por Dios con dos conflictos interiores: la incertidumbre de su salvación y de su vocación.
Esta soledad en su existencia es dramática, pero es grandiosamente santa. Del lado personal de Vianney es quizá lo más grande de toda su historia. Y con grandiosa naturalidad la vive y resuelve los pesados problemas que le crea. Él ignora que esta soledad en el misterio de su vida responde al plan grandioso de Dios. Él es la respuesta de Dios a la necia vanidad de un siglo autosuficiente.

V. EL HOMBRE DEL DEBER Y LA HUMILDAD

Podríamos ahora preguntarnos qué puso de su parte San Juan Vianney para colaborar al plan de Dios sobre su pobre vida. Indudablemente Dios y él tejieron aunados la urdimbre de su existencia.Contestar a esta pregunta equivaldría a contar toda su historia. El principio esencial que lo domina todo es su dependencia de Dios. Conviene recordar que su cuna se mece con gritos de libertad; y él encarna la antítesis de esos gritos. Señalamos al comienzo que más que el don de sí mismo, enunciado en conceptos modernos, él vive el deber, la metafísica dependencia de Dios, y por esta vía llega al perfecto don de sí mismo.

Frente al querer divino jamás tuvo dificultad alguna; en todo caso, la dificultad estuvo en discernir ese querer. Sin embargo, antes de entrar en el drama de su vocación, quisiéramos señalar dos hilos conductores de su colaboración al plan de Dios sobre él.

El primero es su colaboración al complejo infuso de la gracia. En su tiempo, llamábase piedad al desarrollo de la vida interior, sin pretender identificar los términos. Esta piedad a toda prueba, como característica saliente, le valía el sacerdocio. Este hecho histórico es uno de sus mejores panegíricos.Todos los historiadores recalcan el envidiable realismo de Vianney gracias al cual fue siempre a la sustancia de las cosas. Y por eso siempre las cosas se le entregaron. Así fue al misterio infuso de la gracia. La arborescencia tanto dogmática, como moral y ascética, no condijo con su mentalidad sabiamente simple. Por obra de este realismo buscó y amó la verdad revelada en su máxima descarnación, tal cual aparece en labios de Jesucristo. Los principios motores son las paredes maestras de la Teología; paredes desnudas pero inconmovibles, y que en su desnudez revelan mejor su origen divino. Pudo por esto ir siempre a las conclusiones últimas sin perderse. Estudiados su vida, sus sermones y sus cartas, se deduce que él vivió una maravillosa Suma Teológica, unitaria y sapiencial: Dios, Jesucristo, la Santa Misa, el Espíritu Santo, su propio Sacerdocio; y, en paralelo permanente, el pecado del hombre y la escatología. En esta descarnación hubo un lado débil. Fibras de dulce ternura -infaltables en todo santo- para la Eucaristía y para María Santísima. Ambos misterios harán aflorar siempre, hasta en el viejo párroco, su candorosa alma infantil. Si descartáramos la vía experimental, la verdadera vía mística, sería imposible saber cómo conoció el dogma con tanta profundidad y pudo intuir tan seguramente las deducciones, Algún autor destaca el relieve que da en sus sermones a la acción del Espíritu Santo; valor dogmático y místico que llegaría a ser corrientemente subrayado sólo al final del siglo. Tanto en su vida como en sus actos Vianney es un hombre de una sola pieza. Su reciedumbre, su entrega total al deber nacen precisamente de esta Teología tan descarnada, pero alma vital de
su piedad única.

El segundo hilo conductor es su humildad. La humildad es el finísimo subsuelo de su personalidad.Descubre su nada y se desposa con ella formando los dos una sola carne, una sola vida, un solo espíritu. Es tan real este desposorio que parece superar al sublime desposorio entre Francisco de Asís y Madonna Povertá. La humildad se consubstancializa con él de tal modo que podrá decirse: no es humilde, es la humildad.Ha tomado su propia nada en las manos, y no la suelta ni siquiera en el umbral del cielo.Porque ha vivido en la verdad desde su infancia, es fácil que no le haya costado un gran esfuerzo poseer la humildad. Sus reacciones más instintivas -por lo tanto las más profundas y las más connaturales- son siempre de humildad. Por eso el alma de Vianney no aprehende su nada por vía reflexiva; la posee y experimenta como al mismo cuerpo que informa.Sobre esta humildad, sin riesgo alguno, Dios puede volcar sus mejores gracias. Los hechos extraordinarios le duelen y anonadan.

VI. EL DRAMA DEL CURA DE ARS

A través de sus cuarenta años de Parroquia un drama interior penetra en las raíces de su ser y de su existencia. No aparece como drama de vocación personal; pero lo es en sentido estricto.En su conciencia esta lucha no se concreta entre los dos términos clásicos: contemplación o acción, Trapa o Parroquia. La realidad de la contemplación, como cumbre del vivir cristiano, está muy lejos de su espíritu. Él tiene conciencia de abismo y no de cumbre.

Salvación o condenación

En los primeros años la lucha se traba entre los dos términos más absolutos: salvación o condenación. En los postreros, entre oración y trabajo pastoral.Quiere renunciar absolutamente a todo ministerio para ocultarse, llorar sus pecados y prepararse a bien morir. A estos sentimientos se mezclan una atracción profunda por la oración solitaria y una tentación sutil “sub specie boni”.Plantear este drama parecería negar la conciencia instrumental de San Juan Vianney. Es todo lo contrario.

El drama prueba todavía mejor cómo se entrega a Dios sacrificándole el interés más personal su salvación, y con éste el impulso tan fuerte por la oración solitaria. Al modo de un instrumento se deja actuar, contrariando sus mejores fuerzas, y volcándolas luego al querer divino.Dios, por su parte, promovió este drama para dar una lección a los hombres; al sacerdote sobre todo La vocación viene de Dios y no del hombre.San Juan Vianney quiere ser sacerdote y llega a serlo. Quiere salvar su alma y la de muchos otros. Pero ignora el pecado hasta que deba absolverlo. Desde entonces una percepción poco común, finísima, del misterio del pecado deja en él una trepidación constante por el único mal del hombre. Incide sobre él y se siente comprometido.Al mismo tiempo, Dios, Jesucristo, el Santo Sacrificio de la Misa, la oración larga de sus primeros años sacerdotales, producen en él esa imantación que todo lo divino produce en el alma pura, y le crea esa tensión de espíritu -absorción, necesidad de entrega absoluta- creciente a medida que va viviendo.El desenlace de todo drama espiritual válido se produce por saturación. Todo drama interior debe crecer hasta estallar. La cruz, con asomos de desesperación, es inevitable.

Incertidumbre, tentación...

Vianney pasa así sus mejores años de Párroco en perpleja incertidumbre. Muchas veces deja traslucir que sobrelleva penosamente la carga parroquial. A sus ojos la responsabilidad es tremenda.No siente un ideal apostólico sostenido por un temperamento afín. No se da en Vianney un desposorio con la vida apostólica. Y quien será luego modelo de Párrocos debe ser Párroco a pesar suyo. La pasión por las almas no reviste el carácter fogoso y conquistador de San Francisco Javier o de San Francisco de Sales. Sus ayunos, su excesiva penitencia corporal, responden menos a una concreta finalidad apostólica que a la expiación personal y al sojuzgamiento de la propia carne, dada su conciencia de hombre pecador.

En un hombre tan recto, tan obediente, tan familiar con los secretos de Dios, sorprende la insistencia en dejar la Parroquia, pese a la reluctancia de tres Obispos, y más aún, sorprenden sus famosas fugas. El término tentación, que utilizan sus hagiógrafos, es exacto. Pero no lo explica todo.El proceso de saturación llega a su término. Los intentos de fuga, rompiendo el equilibrio psicológico, lo restituyen reencontrando el espiritual. Los dos filos de su espada son la salvación y la necesidad de oración. Al sacrificar su propio impulso para seguir el de Dios, pierde su alma y la salva. Sacrifica la soledad de la oración, pero de la ignorada plenitud de su contemplación divina deriva una acción apostólica tan fecunda que Ars se convierte durante cuarenta años en una perenne alborada de resurrección.También en este drama Dios ha subrayado los factores para escribir una lección con grandes letras.

El misterio de la vocación

El sacerdote es instrumento, siempre instrumento en las manos de Dios. El sacerdote no puede prefabricarse su ideal, su misión, su vocación. Disfrazada de bien superior aparece en el umbral de la conciencia de Vianney la seducción de un camino propio, de una elección personal. Él debe ser tentado para que pueda ser lección. Es fácil confundir vocación con autovocación. Esta confusión lleva inexorablemente al fracaso, a la ruina de las mejores esperanzas. No es raro llamar vocación al gusto personal, olvidando que el gusto personal frecuentemente está imbricado en la falacia del amor propio.

La vocación viene de Dios. Es la idea eterna, el plan eterno de Dios sobre cada uno de sus hijos. Y cada uno de sus hijos es ideado en vistas al Cuerpo Místico y a la humanidad total.La vocación es personal, en cuanto nacida de Dios; es singular concreta, particular para cada ser humano. Cada hombre es llamado de la nada y enviado al mundo para cumplir una misión del Padre. Vocación y misión son, de hecho, lo mismo.La vocación es un misterio al que hay que dar respuesta. Descubrir para responder.Una vocación personal, nacida del hombre mismo, es antiteológica. Por desgracia es también frecuente.

El paradigma vocacional más perfecto nos lo ofrece María Santísima. Su vocación personal, su misión, es la Maternidad divina; y sin embargo la ignora. Antes de la Anunciación ni vislumbró siquiera su misión. Su misma Maternidad espiritual sobre los hombres -misión conjunta o vocación integral- tampoco le es conocida desde la Encarnación del Verbo. Sólo al pie de la cruz conocerá todo su misterio, su vocación y su misión personal. Entre tanto, y desde el primer instante de su ser, ha venido cumpliendo su misión, realizando su vocación personal.La vocación es la gran oportunidad que Dios da al hombre. Una vez realizada, constituye un capítulo único también de la Historia divina. Por lo mismo, la fe es la gran virtud en juego. La fidelidad al plan misterioso de Dios no puede concebirse sino en base a la fe. En ella nace, crece y se sostiene. La fidelidad es la floración de la fe. Es su remate.

El capítulo 11 de la Carta a los Hebreos es la apología de la fe concurrente con los grandes planes de Dios. Las sublimes figuras bíblicas -nuestros Padres- responden siempre en tinieblas a la vocación personal, al misterio del llamado. Todos ellos son probados en el fuego, dejados solos, oprimidos hasta por el mismo Dios. Cuanto más alta y trascendental es su misión, se les exige una fe más profunda y más dramática.

La misión teológica

San Juan Vianney tiene una misión teológica; no es común, es extraordinaria. Sapientemente Dios lo despoja, lo desnuda de todo, hasta de la mística parroquial de la seguridad del rumbo y de la meta.A Abraham se le exige sacrificar al hijo único. ¿Es acaso menos hijo el resguardo de la propia salvación, la necesidad de horas solitarias e íntimas con Dios?Dios le exige fe, renuncia, entrega. Tiende su mano a Dios y sigue el impulso y la dirección de la otra Mano. ¿Qué le importa saber su vocación? La conoce el Autor que es Dios, y él resuelve no preguntarle nada: sólo seguirlo.

La Parroquia es un pretexto divino, Ars es una ocasión providencial, su vida es el prólogo de su verdadera misión. Más allá de Ars, de Francia, del siglo XIX, le espera un mundo, y sobre todo un mundo sacerdotal.La temprana certeza de la vocación personal es una gracia; pero ignorarla es una gracia mayor. Cumplir la misión personal devorado por el fuego de un ideal conocido, es una gracia; pero cumplirla sin ese fuego es una gracia mayor. De este modo lo personal no aparece en escena. El hombre queda hundido, perdido en lo impersonal. Es decir: en Dios. Entonces sí puede su vida encarnar una misión teológica.

VII. ENCARNACIÓN DE LA MISTICA DEL INSTRUMENTO

Ser instrumento significa primariamente servir otros intereses y no los propios. Significa seguir el impulso ajeno, significa llevar la anuncia personal hasta sus últimas etapas.El hombre moderno, mitificado, prefiere la mediocridad del yo. Quiere ser actor.

La humildad verdadera es creadora porque, al mirarla, Dios vuelca en ella su poder; es lo que San Pablo no se cansa de repetir con los nombres de virtud, de energía, de fuerza, de riqueza. San Juan Vianney tuvo esa humildad. Y el poder de Dios hizo de él un arquetipo sacerdotal.

En la historia de los sacerdotes, desde San Pedro y San Pablo hasta Foucauld y Pío XII, pocos como él se han juzgado el último. Y pocos como él han pasado a primera línea. Quiso ser movido sólo por Dios. Depender de Él y dejarse actuar y mover por Él, secundando con todo su espíritu el primer soplo de la gracia. Con medios humanamente miserables -medios inherentes a él como al ambiente- escribe una extraordinaria lección de Teología, encarnando la mística del instrumento, sobre todo, al modo de Jesucristo, la mística de la instrumentalidad sacerdotal.

TORTOLO A. La sed de Dios, escritos espirituales. Editorial Claretiana. 1977. Pags. 189-202

martes, 14 de julio de 2009

Aclaración sobre las últimas entradas

Ave María Purísima!!!
Por el frío y las necesarias medidas de prevención ante la gripe A, muchas personas se han quedado más tiempo en su casa, y han mirado el blog, por lo que veo.
También soy conciente de que a algunos no les gusta, no lo comparten. Un amigo sacerdote también me preguntó cuál era el sentido de "mostrar" lo que hacía: ¿vanagloria? ¿autoapología? O como sugiere el último comentario en una de las entradas, "mostrar lo que se hace para justificar lo que no hago..."
Es posible que algo de todo esto se pueda mezclar: el corazón del hombre es un misterio, es "tortuoso" dice la Escritura...
Pero mi simple intención -al menos la primera de todas, la original- es hacer conocer cómo es la vida de un cura común y corriente, un día de semana. Evidentemente no todos los días son tan "cargados" como ese lunes 22 de junio. Pero de cosas por el estilo vive la inmensa mayoría de los sacerdotes que conozco.
Y se las vive con verdadera felicidad, con alegría. Aunque a veces sintamos el agobio del trabajo o la angustia de la infecundidad, aunque realmente suframos por todo lo que no podemos o no sabemos hacer, podemos ser verdaderamente felices en el ministerio sacerdotal. Las últimas entradas quieren ser un testimonio de eso.
En internet hay cientos de páginas que muestran los pecados de los sacerdotes, que hablan del celibato en crisis, que cuestionan las estructuras eclesiales y las doctrinas tradicionales...
Yo simplemente quisiera decir: ¡soy feliz!, siendo sacerdote, en la Iglesia de Cristo, la Iglesia real, la que está compuesta por seres humanos débiles y limitados.
Agradezco al lector que me ha hecho reflexionar con su comentario. Sabe que mi correo electrónico o mi celular está siempre disponible, para buscar la mejor manera de servir al Señor. Y que la corrección fraterna es no solo un derecho sino también un deber para los discípulos de Cristo.
"Agradeceré eternamente el don del sacerdocio"

lunes, 13 de julio de 2009

En San Nicolás no se puede rezar...

Desde hacía un par de semanas venía pensando en peregrinar al Santuario, donde la Virgen del Rosario derrama misericorida para toda la Argentina.

Preparé el auto -gomas, agua, aceite; sólo olvidé lavarlo...-, busqué compañeros de ruta -finalmente Andrés, Efra, Damián y Janet- y estaba todo listo. Partimos con un frío realmente polar, el 9 de julio, a las 6:10. Todo estaba preparado para que fuera un día de intimidad con María, de renovación de alianzas y propósitos. Me puse la sotana nueva, porque era día de fiesta espiritual.

Alrededor de las 10:00 divisamos la cúpula que año tras años cobija millones -sí, millones- de peregrinos. Y a las 10:10 ingresamos al santuario. ¡María estaba coronada! Su hermosa diadema es un símbolo del amor de sus hijos de Argentina.

Me puse bien cerquita de la imagen, recé hora intermedia y el Oficio de lectura, y cuando quería disponerme a hacer mi oración mental...
- Padre, me puede bendecir estas medallas?
- Sí, como no, de donde vienen?
- De San Miguel, provincia de Buenos Aires...

Tracé la señal de la Cruz pidiendo bendiciones para objetos y personas. Me disponía a volver a rezar, pero ya era tarde... Uno tras otro, solos o en grupo, familias con niños -y hasta con un gato en la campera- comenzaron a pedirme su bendición. Sólo un instante retomaba mi oración, y otra vez...

Así, con alguna confesión incluida, llegamos a la Santa Misa, con la emoción de ver el templo con muchos fieles, con la alegría infantil de celebrar con ornamentos celestes, siempre sintiendo la presencia de la Madre. Y luego nuevamente; bendiciones de medallas, rosarios, llaves de autos y casas, niños en brazos, familas completas. De Ballester, de Rosario, de Río Cuarto, de Belgrano... Dentro del Templo y fuera de él, en la santería, en el atrio del Santuario, en la calle antes de subir al auto...

En el camino, y una vez de regreso, sentía y renovaba interiormente mi fe en el misterio del Sacerdocio. ¿Qué otra explicación puede tener esa avalancha de fieles en torno a alguien a quien nunca han visto, sino la fe, todavía arraigada, en el sacerdote, en el poder sagrado del sacerdocio cristiano?

¡Gracias, Señor, por el don del sacerdocio! ¡Gracias porque, aunque muchas veces puede parecer que estamos de más, nos renovás en la certeza de que somos necesarios! Porque el mundo necesita tu presencia. ¡Porque nuestras manos son tus manos, nuestra voz es tu voz, nuestros pies los tuyos! ¡Haz que siempre seamos fieles a semejante dignación de tu amor!

"Agradeceré eternamente el don del sacerdocio"

martes, 30 de junio de 2009

Una oración por los sacerdotes

Jesús, Buen Pastor,

que has querido guiar a tu pueblo

mediante el ministerio de los sacerdotes:

¡gracias por este regalo para tu Iglesia y para el mundo!

Te pedimos por quienes has llamado a ser tus ministros:

cuídalos y concédeles el ser fieles.

Que sepan estar en medio y delante de tu pueblo,

siguiendo tus huellas e irradiando tus mismos sentimientos.

Te rogamos por quienes se están preparando

para servir como pastores

que sean disponibles y generosos

para dejarse moldear según tu corazón.

Te pedimos por los jóvenes a quienes también hoy llamas:

que sepan escucharte y tengan el coraje de responderte,

que no sean indiferentes a tu mirada tierna y comprometedora,

que te descubran como el verdadero Tesoro

y estén dispuestos a dar la vida "hasta el extremo".

Te lo pedimos junto con María, nuestra Madre de Luján,

y San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars,

en este Año Sacerdotal. Amén.

lunes, 22 de junio de 2009

Un lunes 22 de junio...

Esta vez, el domingo logré acostarme temprano. Con la satisfacción de la tarea cumplida, con varios compromisos para la semana entrante... y con la alegría del Huracán casi campeón. ¡Ah! Además esta semana comienza Wimbledon... Será un placer ver campeón y número 1 nuevamente al gran Roger...

Con un sueño suficiente y mucho mejor de la congestión, comenzamos tempranito. Una leche con miel y las semillas para la memoria que me dió mi mamá, y a las 6:00 ya estaba en la Iglesia, ¡despierto!. Con Jesús y con don Cacho, pude comenzar con el Evangelio del Sermón del Monte... ¡qué exigente es el Señor!

A las 6:50, don Werner y su señora, con una fidelidad y puntualidad alemana, estaban listos esperando la Comunión, en el Mes del Corazón de Jesús. Van 22 días y ya estoy a punto de aprenderme de memoria el acto de consagración, tan hermoso como difícil...
A las 7:00, Oficio de Lectura y Laudes. El día ya está consagrado al Señor del Tiempo, y puede comenzar a rodar.

Las Hermanitas del Hogar me esperaban para la Santa Misa. Claro que esta vez las sorprendí: ¡llegué 5 minutos antes! Y a las 7:30 ya estaba comenzando, cuando la hermana Gloria y la Hna. Dora aún traían a los niños hacia la capilla. La Eucaristía simple, esencial, cotidiana. La presencia del Señor en su Pascua, que da sentido y eleva todas nuestras pequeñas pascuas del día.

Sin homilía ni demasiados espacios, porque a las 8:05 me esperan los niños de la Escuela en el Templo parroquial. Gracias a Dios se demoran un poquito, y alcanzo a cruzar algún chiste con nuestro secretario, que siempre está de buen humor.
La catequesis versó hoy sobre la mansedumbre y humildad de Jesús... cada palabra dicha es un examen de conciencia... A las 8:30, la Comunión. Este fin de semana estuvo feo el tiempo. Veo que son muchos los que no participaron de la Misa, y por eso -tal vez- no se acercan a comulgar hoy... ¡Qué pena para Jesús! Pero muchos otros sí: y lo hacen siempre, con gran perseverancia. Son la esperanza de la Iglesia.

Un ratito me alcanza para compartir en la sala de maestros de la escuela, con las jardineras, y sus anécdotas familiares... Así es la escuela, gracias a Dios: como una gran familia.
Y a las 9, volvemos al templo con los jardineros de 4 y 5 años. Siempre es una delicia compartir un rato de catequesis, aunque percibo que no alcanzan a comprender al "cura" que les habla demasiado difícil, demasiado elevado. Falta pedagogía, ¿no? El Señor suple...

Saliendo de la Sacristía, una hermosa visita: Stella, que está de licencia en la Escuela, viene a devolver una mantel. Luego de las obligadas cargadas por la demora -lo tiene desde el Viernes Santo, jeje- me cuenta de su recuperación, y de como este tiempo de prueba la ha hecho profundizar en su fe y abandono en Dios. ¡Es un alivio que todavía haya gente tan creyente!

Afuera, mientras charlaba, me espera un hombre joven, de unos 35 años, cara conocida, pero no lo logro identificar... Ah, claro, estuve en su casa la semana pasada, bendiciéndola -qué desastre la memoria, necesito más semillas, je-. Se acerca porque están pasando momentos difíciles en su familia. Hace unos años hizo un seminario de vida, y quisiera volver a acercarse a Dios...

En eso estábamos, cuando Cacho - a las 9:50- me pasa el teléfono. Un enfermo grave, con síntomas de estar en sus últimas horas, necesita los sacramentos. Queda lejos, pero sé bien llegar: su hermana me espera afuera. Allá salí hacia el geriátrico y sí, era verdad: Ricardo está grave, respira con gran dificultad, no parece escuchar, tiene sus ojos cerrados. ¡Qué pequeño me siento, en eso momento, tan trascendente, en el que se juega la salvación de su alma! Le doy la absolución bajo condición, exhortándolo al arrepentimiento; le doy la indulgencia plenaria, lo unjo, y encomiendo su alma. A la tarde lo habían pasado a terapia, y no sabían si pasaba la noche: ¡recen por él!

Al regresar, a las 10:20, intento sin éxito pasar por el Gimnasio que me pidieron que bendiga. Vamos entonces a la Escuela. El mate de la sala de maestros es poco recomendable, pero llego justo al recreo largo, y aprovecho el café. Diversas cuestiones salen a la luz en la breve charla con la directora y algunos maestros: la misión, el casamiento de Graciela, el desinterés de algunos padres, las obras en el Salón... Todo parte de nuestra realidad.

Subo después al Secundario, y aprovecho a pasar por cuarto año. Estamos organizando un viaje, pero aparentemente no va a poder ser... Demasiados compromisos, demasiados gastos.
Pero tengo otro interés: en las vacaciones hay Ejercicios espirituales en la Aldea, los del Padre Leo. Creo que les va a venir bien a algunos en particular. Los invito, se ponen contentos, creo que van...

Regreso a la casa parroquial a las 11:45. Reviso el correo -me llegó una respuesta por un presupuesto para grabar un CD, uno de los tantos proyectos de este año-. Leo el diario online -sobre todo el deportivo, lógico- y ya estamos listos para almorzar. Es el momento de ponernos al día y organizar el resto de la jornada con el P. César, que desafía estoicamente el frío y continúa con sus actividades sacerdotales, a pesar de sus achaques.

Un ratito de siesta, un llamado telefónico a mi casa y a las 13:40 de nuevo a la Iglesia, porque vienen los chicos del turno tarde a hacer el mes del Sagrado Corazón. Otra vez no son tantos los que comulgan, pero si fuera uno solo, valdría la pena.
A las 14:00 los jardineros nuevamente. ¡Qué difícil explicarles lo que es la "humildad" de Jesús! Tomás siempre tiene una respuesta rápida, aunque no siempre tan precisa... ¡son hermosos!. Las maestras invitaron a los papás, y aprovecho para darles un mensaje, y una bendición: han venido unos 15, que se van contentos.

En ese huequito rezo Nona, y preparo el bolso para la Misa de las 16 en la gruta de santa Rita. Pero antes hay dos reuniones de padres en la Escuela, para entregar los boletines. Siento una hermosa confianza con muchos de ellos: me siento parte de su familia. Otros, en cambio, miran con un poco de recelo, como a un extraño. ¡Acércalos a tu Corazón, Jesús mío!

A las 15:40 salgo caminando hacia la placita, donde debo bendecir la gruta y la imagen de Santa Rita. ¿Vendrá gente, con tanto frío? Sorpresivamente, llegamos a ser unos 30 o más: ¡hasta había algunos hombres y niños! Enfrente, otros hombres quemaban los restos de un árbol, pero el humo no nos afecta. La historia de Santa Rita vale tanto como su intercesión: ojalá viviéramos el Evangelio como ella.

De regreso a la Parroquia, enciendo el auto para calentar el motor y luego ir a ver a Claudia, que no puede caminar del dolor en estos días. Me voy para la cocina a calentar agua para el mate de Pamela, que viene a pasar los Bautismos al libro, y mientras la pava chilla veo los goles de Huracán: ¡qué equipo!. Cuando salgo ¡el auto no estaba en su lugar! Se había ido hacia atrás por el patio, hasta casi chocar la columna de la luz. Claro: el freno de mano no anda, y en punto muerto...

Gracias a Dios no pasó nada y a las 17:10 marché para el Barrio Corona Sur, a la casa de Zulema. Ella sabe donde vive Claudia. En la esquina lo encuentro al Padre Esteban Madrid Páez, que viene de su casa. Son amigos desde que Rodrigo estuvo en el Seminario menor. Intercambiamos saludos y unas palabras desde los autos, y nos despedimos.

¡Pobre Claudia! Realmente estaba mal. ¡Qué fácil es hablar de la Cruz y del sentido del dolor, pero qué difícil es vivirlo! Intento escucharla, comprenderla, hacerle sentir que Jesús estaba a su lado. No tiene los sacramentos -su familia no era católica- pero es una mujer de fe, y sé que en estos momentos se aferrará a Jesús. Rezamos juntos y le doy una bendición.

Por calle Almafuerte se llega bastante rápido al Hospital. Allí está desde hace unos días Lilí, la mamá de Ulises. Que me había reclamado la semana anterior... se me había complicado, y además estaba resfriado, y ella con defensas bajas. Estuvimos casi una hora: la noté dolorida pero animada, acompañada de su esposo.

A las 19:50 estaba de nuevo en Borja. Recé Vísperas, poniendo a todos mis feligreses en el Corazón de Jesús, y luego el Rosario. En el Corazón de la Virgen van quedando todas las impresiones y las intenciones del día. ¿Qué habrá de cenar? Mmmm hay tarta, ¡y budín de pan de postre!

Un mensaje para una enferma, otro para mi hermano -que nunca responde, como de costumbre-, y a escribir para el blog. Solo falta un buen baño caliente, las completas, y a disfrutar de las aventuras de Don Bosco: ¡qué bien escribe Hugo Wast!

"Agradeceré eternamente el don del Sacerdocio"

"Agradeceré eternamente el don del Sacerdocio"

Siempre me atrajo esa frase que está sobre la lápida de Monseñor Tortolo, en la Catedral de Paraná, en el altar de la Inmaculada.
Sólo pude comenzar a comprenderla cuando, el 19 de noviembre del 2005, el Señor tuvo la misericordia de consagrarme a mí también para que sea otra Cristo. Cada día puedo ahondarla más, y a medida que pasa el tiempo, el agradecimiento se hace más pleno. El Señor es increíble.
En este año sacerdotal, quisiera compartir algunas experiencias que me han ido marcando y a través de las cuales el Señor me muestra su amor misericirdioso.
Comienzo con la narración de algunos días sacerdotales. Hoy: un lunes, el lunes 22 de Junio de 2009.

jueves, 18 de junio de 2009

En el inicio del año sacerdotal...


Ave María Purísima!!!
¿Cómo están? ¡Tanto tiempo!
Mañana iniciamos el año sacerdotal que ha convocado el Santo Padre. Además de pedir oraciones por mí y todos mis "colegas", quiero compartir un artículo que me pidieron de una publicación. El tema que me pidieron era "el discipulado del presbítero", en el marco del documento de Aparecida. Pero creo que puede ayudarnos a reflexionar sobre la importancia y sentido del año sacerdotal. ¡Que les aproveche!

El presbítero también es un discípulo
El encuentro de Aparecida nos ha ayudado a ver con más claridad qué significa ser discípulo. En el documento ocupa un lugar especial lo referente a los presbíteros como discípulos misioneros. El discipulado de estos miembros de la Iglesia reviste una gran importancia para la vida de la Iglesia. De su fidelidad depende, en gran medida, la fidelidad del pueblo de Dios y la vitalidad de la Iglesia misionera.

¿Crisis de fidelidad?
En los tiempos que corren, y particularmente en estos primeros meses del 2009, los MCS han insistido en mostrar una extendida "crisis" en los presbíteros de la Iglesia. Lamentablemente esa "sensación" se ha extendido por todas partes, y ha golpeado fuertemente la fe de muchos creyentes sencillos. Ante esto me parece que es importante tener en claro algunas cuestiones: Es verdad que algunos de los casos "mediatizados" son auténticos; pero es es injusto e infundado afirmar que todo el clero esté en crisis y es un hecho -reconocido por los obispos en Aparecida- que la mayor parte de los sacerdotes son sustancialmente fieles. Con nuestras debilidades y pecados personales, como todo mortal. Pero fieles al fin, intentando vivir cada día nuestra vocación.

¿Qué actitud tomar?
Ante esa situación ambigua -a la que seguramente todos hemos dedicado una o más charlas con nuestra familia o amigos-, nos preguntamo: ¿cuál es la actitud correcta ante las caídas de quienes deben ser, “imágenes del Buen Pastor"? Cada pecado grave es una ofensa en cierto modo infinita, porque atenta contra el amor infinito de Dios. Por eso debemos sufrir, nos debe doler a todos. Porque además de lastimar el Corazón de Cristo, ese pecado hiere a toda la Iglesia, la debilita. Es necesario que conservemos la conciencia clara, y que por una misericordia mal entendida, no acabemos justificando el mal. Ciertamente, el Señor es misericordioso, y todo pecado puede ser perdonado. Ciertamente nadie puede juzgar a su hermano. Pero debemos evitar justificar lo injustificable. O ante una infidelidad personal, caer en la fácil coartada de criticar a la institución.

El celibato, ¿una trampa?
Cada vez que un sacerdote viola su promesa de celibato, parece que toda la Iglesia jerárquica es llevada al "banquillo" del acusado, como si él hubiera llegado a esa situación forzado por oscuros intereses de una estructura de poder. ¿Es el celibato una trampa? De ninguna manera. Nosotros, de forma absolutamente libre, hemos abrazado el celibato no como un requisito formal, porque "no quedaba otra", sino porque nos sentíamos llamados por Cristo a dedicarle nuestra vida entera. Éramos plenamente conscientes de que esa radicalidad implicaba la renuncia a formar una familia. Y todo el proceso ha sido cuidadosamente acompañado por la Iglesia Madre.

El sacerdote, siempre discípulo.
¿Por qué suceden las infidelidades? Porque como elegidos "llevamos este tesoro en recipientes de barro" (2 Cor 4,7) Porque la fidelidad es una gracia. En otras palabras: aquellos que hemos sido consagrados por el sacramento del Orden, continuamos siendo, esencialmente, discípulos. Aunque muchas veces debamos actuar "en persona de Cristo Cabeza", debamos enseñar con autoridad y debamos ser pastores del rebaño. Seguimos siendo niños pequeños, infantes que no saben sino balbucir el nombre de Dios, y que estamos recién aprendiendo nuestras primeras lecciones. Somos ovejas, que más que ninguna otra necesitamos escuchar la Palabra del Buen Pastor y dejarnos guiar por él. La Iglesia ha elaborado una doctrina muy profunda y amplia sobre los medios de santificación del sacerdote: la lectura orante y la predicación de la Palabra de Dios; la celebración gozosa de la Eucaristía y de toda la liturgia; el servicio fiel, paciente y generoso a los fieles, sobre todo a los pobres y enfermos y la devoción tierna a María Santísima...

El pastor necesita de las ovejas...
Pero aún más. Por esta debilidad congénita en nosotros, necesitamos del apoyo y sobre todo de la oración de los fieles. En uno de sus libros, el Cardenal Ratzinger recordaba su ordenación sacerdotal y episcopal. Y decía que "Mientras los candidatos a la ordenación se postran rostro en tierra, toda la comunidad reunida canta la letanía de los santos. (...) Fue para mí maravillosamente consolador sentir a la Iglesia en oración, que invocaba a todos los santos, sentir que la oración de la Iglesia me envolvía y me abrazaba físicamente. En la propia incapacidad, que debía expresarse corporalmente en el estar postrado, esta oración, esta presencia de todos los santos, de los vivos y de los difuntos, esta una fuerza maravillosa y sólo ella podía confortarme." Para ser fiel, el sacerdote debe permanecer siempre, hasta el fin de su vida, espiritualmente postrado en tierra, consciente de su fragilidad y de su nada para asumir la misión. Y sigue necesitando, mucho más aún que en el día de su ordenación, de la oración y del apoyo de los demás cristianos.

¿Un año sacerdotal?
Ese es el sentido del año sacerdotal convocado por el Santo Padre. Su lema es sugerente: "Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote". Se pide a los fieles intensificar la oración por los sacerdotes, a que los abracen y envuelvan con sus plegarias, para que puedan ser fieles al llamado recibido. Es también muy sugerente la ocasión de la convocatoria del año sacerdotal: los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars. Cuando la sociedad quiere mirar y juzgar al sacerdote desde los modelos de liderazgo humanos actuales, como si fuera un manager o un dirigente social, el Papa vuelve a proponernos a este humilde sacerdote como modelo ¿Qué hizo de particular el Santo Cura de Ars? Fue cura, se entregó sin reservas a su vocación. Otros santos sacerdotes han pasado a la historia como grandes fundadores, como teólogos o filósofos brillantes, como renovadores de la vida y la disciplina de la Iglesia, etc. El Cura de Ars se pasó la vida en oración y penitencia, en un pueblito pequeño, sin brillo, confesando durante días enteros, sin descansar. Fue fiel, en el sentido más profundo de la palabra. Su figura parecía humanamente insignificante: sin embargo, por su gran humildad y disponibilidad, el Señor obró maravillas. Que este Año Sacerdotal, bajo la protección de María, formadora del Sumo y eterno sacerdote, nos permita renovarnos en la fidelidad de nuestro discipulado.





jueves, 23 de abril de 2009

Ahora sí va la Canción

Ave María Purísima!
Ahora sí, la Canción a la Virgen del Rosario, cuya letra subí hace unos meses, pero no puede subir hasta ayer, con algunas imágenes.
La letra la encuentran en el blog, unos entradas antes...

Les dejo el link en youtube, para que lo vean directamente desde allí, o si no en la barra de la derecha.


¡Madre, soy todo tuyo, por los siglos de los siglos!

martes, 21 de abril de 2009

Algo sobre el Complejo Madre Teresa

¡Esta semana nos hemos hecho tristemente famosos...! Salimos en varios medios locales -y por el fenómeno internet, también hacia todo el ciberespacio- porque sufrimos un robo.
En el Domingo de la Divina Misericordia, el Señor nos invitó, de una manera muy elocuente, a ejercitarla...
¿Qué pasó? Habíamos colocado unas rejas en dos habitaciones del Salón Madre Teresa de Calcuta. Dejamos en una de las habitaciones el altar, el ambón, y cuatro bancos. El viernes por la noche, nos visitaron... abrieron la reja y se llevaron dos bancos de madera, de unos 3 metros y medio de largo. ¿Para qué? Vaya a saber uno...
¿Qué hicimos? Con los chicos de la catequesis, que miraban atónitos la reja toda doblada, rezamos por quienes nos habían dañado. No les voy a negar que sentí un poco... bastante... mucha indignación...
Pero estábamos en las vísperas del Domingo de la Divina Misericordia. El Señor nos presentaba sus cinco llagas refulgentes de luz, y su Corazón derramando perdón y piedad sobre la humanidad... Así que rezamos, ofrecimos la Misa de la tarde por los que habían tenido la delicadeza de invitarnos a vivir el Evangelio.
Lo cierto también es que los vecinos se enojaron y llamaron a los medios... Y también -esto es lo más importante- se solidarizaron. Hicimos un pedido en las misas del Domingo, y ¡ya nos donaron más de 20 sillas! El Señor no nos deja faltar nada...

Para aquellos que sólo supieron de Madre Teresa por lo del robo, pueden ver el video en youtube, está también en la columna de la derecha del blog.

Y les dejo una hermosa foto del Cardenal Estanislao Esteban Karlic, que presidió la Procesión y la Misa del domingo de Ramos, rodeado de niños.
Sigan rezando por toda la comunidad de Madre Teresa de Calcuta. Que a medida que crece el edificio, crezca también el amor y la unidad. ¡Bendiciones para todos!

domingo, 22 de marzo de 2009

La Conspiración contra la Sotana Blanca


El Evangelio de este domingo, luego de hablarnos del misterio del Amor de Dios manifestado en la muerte de Cristo, y de la posibilidad de que el hombre pueda cerrarse ante ese Amor, nos advertía: "Todo el que obra mal odia la luz".

¿Por qué la Luz puede ser odiada? ¿Cómo es posible semejante cosa? Es que la Luz pone en evidencia las tinieblas, el mal, el error. Cuando hay luz, todo queda al descubierto. Por eso las tienieblas la odian, se la quiere destruir y hacer desaparecer.

Esta frase evangélica puede aplicarse a la polémica suscitada en días pasados en torno a las palabras de Benedicto XVI, durante el vuelo hacia Camerún y Angola. No voy a repetir estas declaraciones, que se pueden encontrar -completas, no recortadas como en casi todos los medios periodísticos más difundidos- en muchos sitios de internet.

Lo que me llamó la atención fue el ODIO con que muchos reaccionaron. Porque los ataques fueron frontales, personales, globales. Daba la impresión de que, de pronto, Benedicto XVI era responsable de millones de muertes, y por tanto uno de los grandes genocidas de la historia de la Humanidad, comparable solo a Hitler...

Descalificaron absolutamente su persona y -como ocurre normalmente- no mostraron ningún argumento convincente, ni científico ni antropológico. Hipócritamente, lo acusaron de “vivir fuera del siglo XXI” y hacer afirmaciones “contrarias a la ciencia”. Digo hipócritamente porque ellos saben muy bien que la misma ciencia, y los mismos organismos internacionales que luchan contra el SIDA, han reconocido reiteradas veces la fragilidad de la protección que el preservativo ofrece, con un riesgo de fallar de al menos un 15%...

Dijeron también que sus afirmaciones fueron "cínicas, ignorantes y de desprecio a la humanidad" Los tres adjetivos son falsos, totalmente. Cualquier persona de buena voluntad sabe que las palabras centrales del Papa : “no se puede solucionar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos: al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema” son verdaderas, totalmente verdaderas, irrefutablemente verdaderas. Son verdaderas a priori y verdaderas a posteriori, como lo demuestra la experiencia de países como Uganda, que gracias a la promoción de los valores de la familia lograron hacer disminuir espectacularmente el porcentaje de infectados en su país. Pero el odio impide pensar. El odio enceguece. El odio degrada.

La ceguera llega a su punto máximo, a mi modo de ver, cuando alguien sostiene que la Iglesia es responsable de las muertes de los infectados por el SIDA. Según la “lógica” de algunos, habría personas que, decidiendo vivir su sexualidad fuera del proyecto de Dios y de la enseñanza de la Iglesia, no usarían el profiláctico por “fidelidad a la Santa Sede”... Es realmente irrisorio. Si alguien rechaza la enseñanza de la Iglesia de que la sexualidad solo se vive humanamente y de manera éticamente aceptable en el matrimonio, ¿por qué habría de hacer caso al rechazo del preservativo de parte de la misma?

Ahora, yo me pregunto: ¿por qué molesta tanto la palabra del Santo Padre si, como muchos de sus detractores afirman, carece de todo fundamento, y él de toda autoridad? ¿Por qué no pueden soportar sus palabras, por qué están atentos a cada detalle de sus afirmaciones, intentando manipularlas para desprestigiarlo?

Creo que el alcance y la difusión de tales polémicas no hace más que demostrar su enorme autoridad moral. Nos hace ver claro que, a pesar de la “dictadura del relativismo” en que vivimos inmersos, la palabra de la Iglesia sigue siendo la conciencia de la humanidad entera. Esa voz, como la de nuestra propia conciencia, molesta, inquieta, intranquiliza, no nos permite obrar “como si nada”. Por eso intentamos suprimirla.

Parece que el resplandor de esa sotana blanca, y sobre todo de la palabra convicente de quien la porta, hiere los ojos de quienes, libremente, han decidido vivir en el error, en la oscuridad. Como hiere la luz del sol la mirada de aquellos seres que viven en las profundidades de la tierra, incapaces de disfrutar la luz y los colores.

Gracias, Santidad, por su valentía. Gracias por mostrarnos el camino, enseñando la verdad del Evangelio con lucidez, con claridad, con caridad. Gracias por darnos un ejemplo tan grande de misericordia, de comprensión. Por no reaccionar con odio, sino con el Amor de Jesús.

Que la Luz de la fe, en la que usted tiene la misión de “confirmar a sus hermanos”, continúe resplandeciendo en su persona y en su palabra, para gloria de Dios Padre y salvación de las almas.